Coyuntura

La esperanza y las dificultades de Fernando Lugo

La victoria de Fernando Lugo en las elecciones de agosto de 2008 marcó un quiebre en la historia de Paraguay: constituye la primera derrota electoral del Partido Colorado, la primera alternancia pacífica en el poder y el ascenso, también inédito, de un gobierno de centroizquierda. A pocos meses de la asunción de Lugo, sin embargo, los problemas son graves: la resistencia de los empresarios agropecuarios a pagar más impuestos, las tensiones con Brasil por la renegociación del contrato de la hidroeléctrica Itaipú y el bloqueo parlamentario, que dificulta la aprobación de medidas de emergencia para paliar la crisis económica, son algunos de los obstáculos que enfrenta el nuevo gobierno.

La esperanza y las dificultades de Fernando Lugo

El ascenso de Fernando Lugo al gobierno, en agosto de 2008, constituyó el mayor cambio político reciente de Paraguay, solo comparable al golpe de Estado que 20 años atrás derrocó a la dictadura de Alfredo Stroessner (1954-1989). La victoria de Lugo –candidato de la Alianza Patriótica para el Cambio, integrada por el Partido Liberal Radical Auténtico y por grupos políticos de centroizquierda– marcó el fin del lapso de 61 años de gobierno ininterrumpido del Partido Colorado, años que incluyeron los 35 años de dictadura. El coloradismo paraguayo, a semejanza del Partido de la Revolución Institucional (PRI) mexicano, se había convertido en un verdadero «partido de Estado». Su derrota implica un cambio crucial en la historia de Paraguay.La segunda novedad del triunfo de Lugo es que constituye la primera alternancia pacífica de la historia nacional. Por primera vez, un partido deja el gobierno a otro a través de las urnas. Antes, los recambios se habían concretado a través de golpes de Estado o por medio de guerras civiles.

La tercera novedad –pero no la menos importante– es que, con la victoria de Lugo, asciende al poder, quizás por primera vez en la historia de Paraguay, un gobierno de centroizquierda.

El nuevo presidente presenta otras peculiaridades, aunque más bien fol-clóricas. Lugo dejó la tiara episcopal para ponerse, dos años más tarde, la banda presidencial. Esto le valió una sanción ad divinis del Papa, quien luego le dio las dispensas del caso: una cosa es sancionar a un obispo desobediente que había presentado su candidatura a presidente y otra muy distinta es enemistarse con un jefe de Estado. Lugo se niega a usar corbata y a abandonar sus rústicas sandalias en los actos protocolares y prefiere vestirse como el obispo-campesino que fue en el pasado. Al lado del vetusto estilo establecido, estos nuevos gestos aparecen como una liturgia transgresora y contraria a los ritos tradicionales del poder.

La magnitud del cambio puede medirse en la sorprendida conciencia de los protagonistas de la contienda. Ni oficialistas ni opositores pudieron predecir ni elaborar tal acontecimiento. Nadie había pensado en la gran magnitud de la diferencia de votos, que alcanzó el 10%, sino, apenas, en la posibilidad de la victoria de Lugo. Como en vísperas del golpe contra Stroessner, los observadores extranjeros tuvieron más claridad que los analistas locales, sugestionados por la inercia de una historia tan inmóvil como agobiante.

Sin embargo, los datos que anunciaban la alternancia estaban a la vista de todos. El Partido Colorado se había dividido en dos fracciones que conservaban su fuerza electoral, frente a una oposición que concurría unida. Lo que había oscurecido la lucidez de los pronósticos locales era que la gente había terminado atribuyendo un cierto poder mágico al oficialismo colorado. Y no era para menos.

El Partido Colorado, que había llegado al poder tras la guerra civil más sangrienta de la historia, que se había subordinado durante un tercio de siglo a un dictador militar, al que después derrocó; el partido que había hecho una transición democrática sin alternancia y que se había mantenido así durante casi 20 años, con gobiernos ineptos y corruptos; que había aterrado, oprimido, explotado, pauperizado, seducido y corrompido al electorado, sin haber sido derrotado ni por las buenas ni por las malas: ese partido sería, finalmente, derrotado en una elección contundente. El coloradismo obedeció el veredicto de las urnas mecánicamente, como si fuera un contendiente leal, cosa que nunca había sido. Blanca Ovelar, su candidata, reconoció su derrota a solo tres horas de la clausura del acto comicial.

Los resultados electorales y los mandatos de Lugo

Los resultados de las elecciones fueron: Fernando Lugo (Alianza Patriótica para el Cambio): 41%; Blanca Ovelar (Partido Colorado): 31%; Lino Oviedo (Partido Unase): 22%; otros: 2%.

Los resultados en los comicios presidenciales fueron similares a los registrados en los parlamentarios, que se realizaron simultáneamente. Esto implica que, con el sistema de proporcionalidad vigente, el coloradismo –es decir, el Partido Colorado y el partido Unase, de Lino Oviedo, que es un desprendimiento colorado– conservó la mayoría en el Congreso. Así, se invirtió el escenario típico de los años que siguieron a la dictadura, conformado por un presidente perteneciente al Partido Colorado y una mayoría parlamentaria opositora. Ahora se trata de lo contrario: un presidente no colorado con mayoría colorada en el Parlamento.

Si a esta circunstancia, que dificulta la gobernabilidad, se agrega el hecho de que el Partido Liberal Radical –fuerza principal oficialista de la Alianza para el Cambio– es una organización que carece de disciplina parlamentaria; y si además se tiene en cuenta que el entorno más cercano a Lugo no obtuvo más de escasos cinco escaños, entonces se hace evidente que la gobernabilidad no será fácil para el flamante presidente.

En efecto, los problemas no se hicieron esperar. Ya en los primeros meses de gobierno, en los cuales se estila otorgar al nuevo presidente un estado de gracia o tregua, Lugo sufrió un verdadero boicot parlamentario y tuvo que soportar una fuerte oposición fuera del ámbito político-institucional.

Esto se hace evidente al analizar los dos grandes ejes de la campaña electoral de Lugo: la recuperación de la soberanía (principalmente a través de la renegociación del tratado de Itaipú firmado con Brasil) y la realización de una reforma agraria integral. El tercer eje, implícito, consistía en la ampliación de las políticas sociales. Ninguno de estos objetivos se presenta fácil.

En el primer punto, es cierto que el gobierno de Luiz Inácio Lula da Silva ha demostrado una actitud de simpatía hacia Paraguay y hacia su presidente. Sin embargo, los intereses en juego son muy fuertes como para que esta disputa se gestione con gestos de buena voluntad. Itaipú, la mayor represa hidroeléctrica del globo, significa energía barata para San Pablo a costa de Paraguay. Según el tratado firmado por las dictaduras, el precio de la energía es fijo, innegociable y debe ser pagado por el que usa la energía (básicamente Brasil) al que no puede usarla (Paraguay). Esto, como se explica en detalle más adelante, solo es favorable a los intereses brasileños.