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La dirección y los límites de los cambios

En Cuba se ha producido una sucesión política –de Fidel Castro a su hermano Raúl– que se anuncia acompañada de cambios. No es posible aún evaluar su magnitud y dirección, pero la información disponible sugiere que se concentrarán en la esfera económica, abriendo mayores espacios al mercado en la asignación de recursos. Un límite claro a estas reformas será la fragmentación y la falta de autonomía de la sociedad cubana, un requisito para la reproducción del proyecto de poder de una elite crecientemente posrevolucionaria.

La dirección y los límites de los cambios

Durante lustros, la política cubana fue una especie de letanía soporífica, aggiornada en sus detalles tras cada congreso quinquenal del Partido Comunista de Cuba (PCC). En los 90 esto empezó a cambiar, con un inusual incremento de los debates y de la búsqueda de nuevos caminos, todo lo cual fue sofocado por la ofensiva conservadora de 1996 llevada a cabo por el Buró Político del PCC. Durante diez años, animada por un discreto repunte económico y más adelante por los alegres subsidios venezolanos, la clase política cubana volvió a su estado natural, la inmovilidad, y la idea del cambio desapareció nuevamente de su discurso. El cambio, se dijo entonces, ya se había producido en 1959, cuando la insurrección triunfante derrocó a la dictadura de Fulgencio Batista y abrió el camino al socialismo. La única crítica permitida volvió a ser la del propio Fidel Castro, alimentando así el complaciente sofisma de que el viejo gobernante era su propia oposición. Sin embargo, en julio de 2006 Fidel Castro desapareció virtualmente de escena y sus herederos se encontraron frente a una situación de mediocridad económica, aherrojamiento burocrático y apatía social que difícilmente podía mantenerse por mucho tiempo sin generar graves consecuencias. Ello obligó al general Raúl Castro –hermano menor y sucesor de Fidel– a retomar la apelación al cambio y, en consonancia con ello, a convocar, en julio de 2007, a un debate popular que prácticamente nadie mencionó hasta que se informó oficialmente que había concluido, y en el cual aún no sabemos exactamente qué se dijo.

En las elecciones que tuvieron lugar en febrero de 2008, tras la renuncia de Fidel Castro a continuar al frente del Estado, Raúl fue finalmente elegido presidente del Consejo de Estado y del Consejo de Ministros. Unos días más tarde, tras concluir un pleno del Comité Central del PCC, el nuevo líder anunció el fin de la «provisionalidad». Formó una supercomisión ejecutiva de siete miembros supuestamente encargada de dirigir al país de manera colegiada y convocó al VI Congreso del PCC, que deberá tener lugar a fines de 2009, tras 12 años de posposiciones, cuando razonablemente ya Fidel no estará en este mundo y la elite habrá logrado reorganizarse y trazar un rumbo en estos expectantes «días después».

En todo momento, el general-presidente ha reafirmado su voluntad de hacer cambios, especialmente en la eliminación de las excesivas prohibiciones que saturan la vida cotidiana y la administración en Cuba, y que clasificó en dos tipos: las sencillas, que serían eliminadas de inmediato, y las complejas, que serían analizadas con más detenimiento, aunque sin precisar cuáles eran unas y cuáles las otras, sin comprometerse con plazos y dejando claro a los amantes de las emociones fuertes que no se producirían cambios espectaculares. Para despejar dudas acerca de la gradualidad y el probable contenido de los cambios, escogió como primer vicepresidente al político cubano menos carismático desde los tiempos de la colonia y al representante más notorio del dogmatismo y el inmovilismo: José Ramón Machado Ventura. Además, ha producido cooptaciones y nombramientos de personas a las que por sus edades y posicionamientos políticos todos considerábamos como notas al pie de página prescindibles en la historia de la Revolución Cubana.

A pesar de todos estos datos en contra, creo que efectivamente el general va a intentar producir cambios. Raúl Castro es un hombre pragmático, sin ínfulas fundacionales, con un sentido de la finitud que nunca tuvo su hermano y una mayor capacidad para entender qué pasa en la vida cotidiana. Aunque tiene en su contra haber encabezado los actos represivos más estridentes que se han producido en Cuba, también ha sido el impulsor de las principales reformas económicas. De hecho, en las últimas semanas la sociedad cubana ha experimentado más cambios que en todo el lustro precedente, aun cuando algunos de ellos –como la autorización a comprar computadoras, rentar teléfonos móviles o alojarse en hoteles– no han hecho otra cosa que otorgar a los cubanos un derecho legal que los terrícolas –con la posible excepción de los que viven en Corea del Norte– consideran un atributo consuetudinario librado a las potencialidades de cada bolsillo.

La sucesión jugada al corto plazo

Aunque muchos tratadistas señalan a Raúl como un hombre que ha vivido atribulado por la fuerte personalidad de su hermano mayor, la vida le ha otorgado una recompensa postrera, al ofrecerle el poder en condiciones particularmente favorables. Lo que en otro lugar he llamado «una cómoda sucesión».

En el plano internacional, Raúl Castro asume la jefatura de Estado en medio de una alineación política continental muy favorable (la mejor de toda la historia), resultado tanto de la proliferación de gobiernos centroizquierdistas en América Latina como de una administración estadounidense sumamente hostil y agresiva, pero muy débil y empantanada en sus desastres políticos y militares en Oriente Medio. Justamente el tipo de gobierno estadounidense que los dirigentes cubanos prefieren.

En este escenario internacional favorable, dos datos merecen especial atención. El primero es la concertación de acuerdos comerciales de largo plazo con China y el interés mostrado por este país en los yacimientos niquelíferos cubanos. El segundo, y en el corto plazo el dato más importante, es la alianza con Venezuela en momentos en que este país experimenta un boom financiero sin precedentes y es dirigido por un presidente cuya ambición política continental pasa inevitablemente por el apuntalamiento económico de Cuba. Los subsidios venezolanos –que generosamente Pedro Monreal ha llamado «la matriz bolivariana»– se han convertido en una variable clave para explicar tanto la situación actual de la economía como el comportamiento de la elite política.

También en el plano interno la situación se muestra relativamente favorable. Ante todo, la economía cubana, citando a Carmelo Mesa-Lago, ha vivido en los últimos diez años «una recuperación prolongada e incompleta». Un paisaje no exactamente promisorio, pero que ya dejó atrás la debacle postsoviética, lo que ha ayudado a garantizar las coordenadas de gobernabilidad y superar las angustias paralizantes de aquellos tiempos en los que la dinámica nacional no garantizaba la simple reproducción de su base material. A esto debemos sumar las expectativas generadas por el descubrimiento de petróleo suficiente y de calidad en las aguas territoriales del Golfo de México, lo que ha atraído a varias compañías internacionales y mejorado la posición cubana en el mercado financiero internacional.