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La difícil reversión de los legados del neoliberalismo. La recuperación industrial en Argentina en la posconvertibilidad.

¿Cuáles son las condiciones para la adopción de estrategias de desarrollo en América Latina en tiempos posneoliberales? Luego de una breve discusión sobre desarrollo y crecimiento económico, el artículo examina el rol de las instituciones y las elites políticas en la capacidad de generar proyectos nacionales sustentables, y analiza el rol de los actores empresariales y sociales. No existe la posibilidad de un retorno del Estado omnipresente del pasado, pero tampoco es posible seguir negando el rol del sector público como ocurrió durante los 90. En definitiva, una propuesta de desarrollo nacional requiere el concurso de todos los sectores relevantes como requisito ineludible para revertir la desigualdad y la marginalidad de América Latina.

La difícil reversión de los legados del neoliberalismo. La recuperación industrial en Argentina en la posconvertibilidad.

La crisis de la convertibilidad y la «salida devaluatoria»: impactos sobre la industria

Hace más de 30 años, Joan Robinson y John Eatwell señalaban: «aplazar una devaluación que, al fin, resulta que es inevitable, y luchar contra ella mediante la deflación y el desempleo pueden ser medidas de las que claramente se ve, a posteriori, que han sido estúpidas, pero no siempre está claro a priori lo que debería hacerse».Se trata de una clara radiografía anticipada de lo sucedido en Argentina entre 1995 y 2001, en el marco del régimen de caja de conversión fija con el dólar estadounidense instaurado a principios de 1991. Al cabo de esos años, el índice de precios al consumidor se contrajo 2,6%, al tiempo que el desempleo abierto se incrementó de un ya por demás elevado 16,6% a 18,3%, respectivamente. Por su parte, en el ámbito industrial los resultados no difieren mayormente: siempre entre 1995 y 2001, los precios mayoristas decayeron 0,7%, mientras que el sector expulsó a 2,2% de su fuerza laboral, con la peculiaridad, consistente con la generalizada precarización del empleo, de que la masa de trabajadores registrados disminuyó algo más de 11% y la de no registrados aumentó alrededor de 10%1. No son los únicos indicadores que reflejaban la crisis de una de las experiencias más traumáticas de políticas enmarcadas en los postulados evangélicos del Consenso de Washington: privatización, desregulación, apertura de la economía, ajuste estructural, hegemonía de la valorización financiera y, en lo sustantivo, confianza ciega en los mecanismos de mercado o, más apropiadamente, en el ejercicio pleno de la capacidad de coacción sobre los mercados por parte de aquellos actores con poder económico.

Así, durante la vigencia de la convertibilidad, entre 1991 y 2001, el PIB total (a precios constantes) se incrementó poco más de 29%, mientras que el industrial creció apenas 10%. Como resultado, se profundizaron los procesos de desindustrialización y reestructuración regresiva del sector que se remontan a la última dictadura militar (1976-1983). De allí que en 2001 se verificara una nueva disminución en el peso relativo de la industria en el PIB en relación con los inicios de los 90 (casi tres puntos porcentuales, ubicándose ligeramente por encima de 15%), al tiempo que, en términos del PIB industrial por habitante, se manifestaba una caída superior a 10% (los registros de 2001 se ubicaban incluso por debajo de los correspondientes a casi 30 años atrás, durante la hegemonía de la industrialización sustitutiva). Y, plenamente consustanciado con la teoría de las ventajas comparativas, se profundizaba el repliegue de la estructura manufacturera hacia núcleos productivos vinculados al aprovechamiento y la explotación de recursos naturales; ello, en el marco de un pronunciado retroceso de ramas estratégicas por su potencialidad para la integración de la matriz productiva, como bienes de capital, metalmecánicas, electrónica industrial, etc.En ese escenario, en los últimos días de 2001 una masiva movilización popular preanunciaba el fin de la convertibilidad. A pesar de ser violentamente reprimida, exigió cambios radicales en la institucionalidad gubernamental, las orientaciones estratégicas de las políticas públicas, el régimen de convertibilidad y, en síntesis, el «modelo» gestado y consolidado al calor del neoliberalismo, que en los años 90 había logrado avanzar sobre gran parte de las «asignaturas pendientes» de la última dictadura militar.

Para ese entonces, Argentina atravesaba una de las crisis más profundas y prolongadas de su historia que, como era de esperar, se vio agravada por la implosión de la convertibilidad. Entre otros aspectos, ello se veía reflejado en cuatro años consecutivos de caída del nivel de actividad y en la acentuada retracción industrial, acompañadas por una intensa centralización de capitales, dramáticos niveles de pobreza e indigencia, elevadísimas tasas de desocupación y subocupación, déficit fiscal insostenible, desequilibrios crecientes en el sector externo (agudizados por una fuga de capitales muy pronunciada) y recurrentes renegociaciones de la deuda externa2. Finalmente, a principios de enero de 2002, con la sanción de la Ley de Emergencia Pública y Reforma del Régimen Cambiario, quedó formalizada la demorada salida del esquema convertible.

En ese plano, interesa reflexionar en torno de dos temas fundamentales de los últimos años de vigencia de la convertibilidad, en tanto reflejo de la crisis terminal del «modelo de los 90»: el nivel de actividad económica y las propuestas de «resolución».

La crisis comenzó a manifestarse a mediados de 1998 para, a partir de allí, ingresar en una irresoluble fase de agudización en el marco de las políticas y las estrategias que sustentaban el modelo: entre 1997 y 2001 el PIB cayó 4,8% y el industrial, 16,5% (porcentuales que, de involucrar el crítico año 2002, alcanzaron valores extremos: 15,2% y 25,6%, respectivamente). Semejante desempeño fue el resultado previsible de la implementación de medidas que en su momento convirtieron a Argentina en uno de los mejores y más disciplinados alumnos del neoliberalismo extremo y las «recomendaciones» de los organismos multilaterales de crédito y sus adláteres locales.Ese cuadro crítico remite al segundo tema: las fuertes disputas dentro de los sectores dominantes respecto de las «formas» que debía asumir la «solución» de la crisis de la convertibilidad, que se expresaron con particular y creciente intensidad a partir de 1998, al converger el inicio de la prolongada fase recesiva con las devaluaciones implementadas en varios países asiáticos y en Brasil. Quienes propulsaban el sostenimiento de la convertibilidad (e incluso la dolarización de la economía) se encolumnaron detrás de varias empresas extranjeras ligadas fundamentalmente a la prestación de servicios públicos y financieros. De concretarse esta propuesta, esas grandes firmas podrían preservar o potenciar el valor en «moneda dura» de sus activos, ingresos y rentabilidad futura, como sucediera bajo el régimen de caja de conversión.

  • 1. Salvo que se señale lo contrario, la información estadística utilizada en este trabajo se encuentra disponible en la página web del Instituto Nacional de Estadística y Censos, www.indec.gov.ar.
  • 2. En octubre de 2001 la pobreza y la indigencia alcanzaron, respectivamente, 28% y 9,4%, mientras que los desocupados representaron 18,3% de la fuerza de trabajo activa y los subocupados, 16,3% (en mayo de 2002 los porcentajes habían sido 41,4% para la pobreza, 18% para la indigencia, 21,5% para el desempleo y 18,6% para la subocupación). Asimismo, en 2001 el desequilibrio fiscal significó alrededor de cuatro puntos del pib, al tiempo que el déficit de la cuenta corriente ascendió a 3.800 millones de dólares y el de movimientos de capital, a 8.300 millones de dólares.