Opinión

La crisis en América Latina: no dormirse en los laureles

¿Cuál ha sido el impacto de la crisis en América Latina? A casi dos años de la quiebra de Lehman Brothers, parece haber cierto consenso en que los efectos han sido diferenciados y, en términos generales, menos graves de lo esperado. La Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal) proyecta un crecimiento para la región de 4,3% en 2010 y su secretaria general, Alicia Bárcena, ha sostenido que la crisis de Grecia podría tener un efecto en el sistema financiero latinoamericano, pero que también podría abrir una oportunidad para la llegada de más inversiones. Las vías de contagio fueron varias: para algunos países, como Argentina y Uruguay, el problema fue la baja –transitoria– de los precios de los commodities agropecuarios. Otros países, como Venezuela, sufren el declive del precio del petróleo: aunque sin desplomarse a los valores de los 90, este está lejos de los 130 dólares de los años anteriores. En algunos casos, el contagio se ha dado principalmente por la vía comercial y de inversiones. Esto produjo efectos muy negativos en aquellas economías ligadas al mercado norteamericano, el primero en ser afectado por el crack: es el caso de México, que coloca 85% de sus exportaciones en ese país.

La crisis en América Latina: no dormirse en los laureles

¿Cuál ha sido el impacto de la crisis en América Latina? A casi dos años de la quiebra de Lehman Brothers, parece haber cierto consenso en que los efectos han sido diferenciados y, en términos generales, menos graves de lo esperado. La Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal) proyecta un crecimiento para la región de 4,3% en 2010 y su secretaria general, Alicia Bárcena, ha sostenido que la crisis de Grecia podría tener un efecto en el sistema financiero latinoamericano, pero que también podría abrir una oportunidad para la llegada de más inversiones. Las vías de contagio fueron varias: para algunos países, como Argentina y Uruguay, el problema fue la baja –transitoria– de los precios de los commodities agropecuarios. Otros países, como Venezuela, sufren el declive del precio del petróleo: aunque sin desplomarse a los valores de los 90, este está lejos de los 130 dólares de los años anteriores. En algunos casos, el contagio se ha dado principalmente por la vía comercial y de inversiones. Esto produjo efectos muy negativos en aquellas economías ligadas al mercado norteamericano, el primero en ser afectado por el crack: es el caso de México, que coloca 85% de sus exportaciones en ese país. En general, sin embargo, las consecuencias han sido menos dramáticas de lo que se pensaba en un primer momento. Al final, y por primera vez en décadas, el mundo en desarrollo no solo no es el origen de la crisis (que comenzó en Estados Unidos) sino que tampoco se ha convertido en su principal zona de contagio (como Grecia y quizás España y Portugal). Esto es resultado, en primer lugar, de fenómenos externos. La enorme demanda de productos primarios impulsada por China y la India y el buen momento de la economía mundial habían generado, en los últimos años, una mejora de los términos de intercambio. En combinación con las excepcionales condiciones de financiamiento internacional, América Latina acumulaba seis años de crecimiento ininterrumpido cuando estalló la crisis. Luego de unos primeros meses de incertidumbre, la demanda de las nuevas locomotoras de la economía internacional se recuperó rápidamente, y los países sudamericanos pudieron mantener el nivel de sus exportaciones. Pero la solidez de las economías de la región se debe también a decisiones propias. La primera tiene que ver con la deuda. En los años previos, varios países latinoamericanos aprovecharon las buenas condiciones internacionales para aligerar la carga de sus compromisos externos. La deuda argentina, que en el peor momento llegó a 150% del PIB, hoy se sitúa en 56%. La deuda brasileña también disminuyó en porcentaje y mejoró su perfil, resultado de la estrategia de recomprar títulos viejos. Asimismo, varios gobiernos, incluyendo los de Argentina, Brasil, Venezuela, Ecuador y Uruguay, tomaron la decisión de pagar todos los compromisos con el Fondo Monetario Internacional (FMI) como forma de ganar autonomía y margen de maniobra. Otra decisión importante fue la acumulación de reservas, que en casi todos los países batió récords históricos –casi 200.000 millones de dólares en Brasil, cerca de 50.000 en Argentina y 40.000 en Venezuela–. En buena medida, todo esto es resultado de la estrategia de apropiarse de un mayor porcentaje de la renta nacional, en general derivada de la exportación de materias primas. Corazón de la política económica de los gobiernos posneoliberales, esta línea se ha llevado adelante con diferentes herramientas: nacionalizaciones (Venezuela y Bolivia), impuestos especiales a las exportaciones (Argentina y Ecuador), explotación de empresas nacionales (Chile, Venezuela, Brasil) y reformas impositivas (Uruguay). Esto permitió enfrentar la crisis con paquetes de estímulo. Como señala el documento de la Cepal «La reacción de los gobiernos de las Américas frente a la crisis internacional», estos paquetes incluyen desde decisiones de política financiera orientadas a inyectar más liquidez al mercado, hasta medidas orientadas a incentivar el consumo (de electrodomésticos, automóviles, viviendas) o nuevas líneas de créditos blandos. Pero todo esto no significa que la crisis no haya generado efectos. En términos sociales, y aunque sin llegar a los extremos del pasado, se han registrado una suba del desempleo, un freno a las mejoras producidas en los años anteriores y, en algunos países, un incremento de la pobreza y la indigencia. En el número 224 de Nueva Sociedad, Francisco Rojas Aravena sugiere no dormirse en los laureles y considerar que, en contextos de mucha fragilidad, la mejora de los indicadores sociales suele ser más lenta y trabajosa que la recuperación económica. Y recuerda que la economía de América Latina demoró 12 años en recuperarse de los shocks de los 80, pero que pasaron 24 años antes de que se alcanzaran los niveles de pobreza anteriores a la crisis.

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