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La crisis de la socialdemocracia europea

La socialdemocracia clásica atraviesa una profunda crisis que refiere a su propia identidad ideológico-política. Tanto la influencia del liberalismo de izquierda (vinculado a los valores «posmateriales» y al multiculturalismo) como la del social-liberalismo (asociado a la hegemonía neoliberal) han provocado cortocircuitos con los votantes más tradicionales. Al mismo tiempo, la apuesta por «Europa» y el debilitamiento de los Estados-nación plantean tensiones en el relato socialdemócrata a las que, hasta ahora, las fuerzas partidarias que lo expresan no lograron responder con éxito. Reconstruir este relato se presenta como algo tan necesario como dificultoso.

La crisis de la socialdemocracia europea

El paisaje político de Europa se encuentra en proceso de reestructuración y ese proceso resulta más debilitante que fortalecedor para la socialdemocracia europea. Su apoyo entre los electores disminuye. En la Europa actual, los gobiernos de tipo socialdemócrata son más la excepción que la regla. Han surgido nuevos partidos «populistas» que compiten con ella y que ganan cada vez más apoyo. La socialdemocracia ha perdido influencia incluso en el plano intelectual y en la actualidad le resulta prácticamente imposible instalar debates públicos. Tanto en el terreno político como en el ideológico, el movimiento socialdemócrata –así como la izquierda en general– es una fuerza debilitada, lejana de la hegemonía política y cultural que consiguió durante largos tramos del siglo xx.

Este desarrollo no es en sí mismo necesariamente sorprendente. La socialdemocracia, como proyecto político común del proletariado y la clase media baja, es hija de una determinada fase histórica del desarrollo político y económico de las sociedades europeas. En el capitalismo industrial de los siglos xix y xx, los conflictos políticos y sociales se centraron durante amplios periodos en las cuestiones socioeconómicas. Los enfrentamientos giraban en torno de la parte del valor producido que les correspondía respectivamente al capital, al trabajo y al Estado. Con la creación de los Estados-nación democráticos modernos, se generó un marco político que permitía poner en práctica el proyecto de la socialdemocracia. Solo en el marco de la democracia representativa de los Estados-nación fue posible lograr el equilibrio de fuerzas entre capital y trabajo que caracterizó el «siglo socialdemócrata». Porque solo en ese marco, a través del proceso electoral, mayorías sociales pudieron (y pueden) traducirse en poder político y administrativo. Y solo en los Estados-nación, con sus sentimientos de identidad nacional compartida, pudieron crearse los mecanismos de redistribución del Estado social que corrigieron el mecanismo de distribución del capitalismo en favor de los sectores más débiles de la sociedad. En el contexto de esos procesos, surgió y se solidificó la «alianza de clases» entre el proletariado y las clases medias esclarecidas que durante mucho tiempo fue característica de la socialdemocracia europea clásica.

Sin embargo, casi todos los pilares históricos de la socialdemocracia han empezado a tambalearse. Los Estados-nación están debilitados, las identidades de clase y los sentimientos de pertenencia nacional pierden fuerza. Incluso ha perdido importancia la dimensión socioeconómica en los conflictos políticos y sociales. Si bien la mayoría de las sociedades europeas resulta afectada por una gran desigualdad que ha crecido en tiempos recientes, las enormes ganancias de productividad de las últimas décadas y la ampliación de los sistemas de seguridad social han llevado a una virtual desaparición de la pobreza material efectiva, incluso en los sectores más pobres de la sociedad. Y aquellas personas que están integradas a la sociedad del trabajo –y estas constituyen aún la gran mayoría de la población– siguen disponiendo de un bienestar material y social casi único en el mundo. Contemplado en forma objetiva, el problema de las sociedades europeas no es la escasez, sino una superproducción de bienes materiales que es absolutamente cuestionable en términos tanto ecológicos como culturales. Esto no significa que las personas no puedan sentirse económica y socialmente vulnerables y potencialmente amenazadas de pobreza y exclusión. Pero esa pobreza es relativa y ya no absoluta, y tampoco afecta a la mayoría de las personas.

Al mismo tiempo, el poder y las capacidades de los Estados-nación europeos han decrecido. Un escaso crecimiento económico, el sobreendeudamiento de los Estados, el proceso de globalización, los desarrollos tecnológicos (sobre todo en las tecnologías de la información y la comunicación) y la «desfronterización» de los Estados-nación como parte de la integración europea han contribuido a ese debilitamiento. La base financiera de los Estados se resiente debido a la evasión fiscal por parte de las grandes empresas transnacionales, que se benefician de las posibilidades de «optimización de impuestos» en el marco de la Unión Europea. Las consecuencias pueden palparse en la vida cotidiana de los ciudadanos: en la actualidad, prácticamente todos los bienes públicos (public goods), desde el sistema educativo y de salud hasta el resguardo de la seguridad pública, se brindan de forma menos efectiva y más limitada que antes. La pérdida de control sobre las fronteras exteriores de la ue en el verano boreal de 2015 y la indefensión frente al terrorismo islámico (como pudo verse en París en noviembre pasado) son solo manifestaciones particularmente dramáticas de una pérdida de eficiencia más generalizada. Este debilitamiento de las capacidades de la política afecta de manera negativa a todas las fuerzas políticas. Pero para la izquierda constituye un problema aún mayor: sus bases dependen mucho más de los bienes públicos y de un Estado efectivo que los electores de la derecha tradicional. Además, estos últimos tendieron a beneficiarse con la dinámica del capitalismo neoliberal en las últimas décadas.

El ascenso de las cuestiones socioculturales

La pérdida de importancia de la «cuestión distributiva» de índole socioeconómica llevó aparejado un aumento de importancia de otros temas políticos. Cuestiones de índole sociocultural, sobre todo, adquirieron una relevancia nueva y se encuentran en el centro de los actuales procesos de reestructuración del paisaje político en las democracias occidentales1. En esta reestructuración repercuten tanto los efectos político-sociales de los movimientos migratorios de las últimas décadas –en particular, los provenientes de países islámicos– como el cambio ideológico y cultural de las sociedades europeas después de 1968. Con la «revolución hedonista» de los años 60 y 70, empezó una fase de hegemonía cultural del liberalismo de izquierda que llegó a transformar el cuerpo ideológico de los partidos socialdemócratas. Los partidos de izquierda encontraron nuevos objetivos principales: fomentar la integración europea mediante la creación de una ue supranacional y superar el orden europeo de Estados-nación; imponer a fondo las ideas liberales en cuestiones socioculturales y morales y fomentar sociedades «multiculturales», en las cuales debe haber espacio para las normas y los valores culturales y sociales de los inmigrantes provenientes de países no europeos, cada vez más numerosos. Las tensiones culturales provocadas por estos procesos constituyen en este momento el factor más importante que aleja a los votantes históricos de la izquierda2.

  • 1.

    Hanspeter Kriesi et al.: «Globalization and the Transformation of the National Political Space: Six European Countries Compared» en European Journal of Political Research vol. 45 No 6, 10/2006; Jonathan Hait: The Righteous Mind, Pantheon Books, Nueva York, 2012; Peter Mair: Ruling the Void: The Hollowing of Western Democracy, Verso, Londres, 2013.

  • 2.

    Laurent Bouvet: L’insécurité culturelle, Fayard, París, 2015.