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La construcción del relato desde unos países náufragos. García Márquez, centro del canon

A través de un recorrido que explora los alcances y fraudes de los conceptos de «literatura», «latinoamericana» y «masiva», el artículo propone una reflexión acerca de las intertextualidades voluntarias e involuntarias y sus trascendencias en la colectiva subjetividad de los lectores. El paradigma es Gabriel García Márquez, emblema de la literatura latinoamericana y quien mejor expresa las tendencias analizadas.

La construcción del relato desde unos países náufragos. García Márquez, centro del canon

Un libro destinado a despertar la inteligencia y el amor a la lectura en una población casi primitiva, a servir de provechoso recreo, después de las fatigosas tareas, a millares de personas que jamás han leído, debe ajustarse estrictamente a los usos y costumbres de dichos lectores, rendir sus ideas e interpretar sus sentimientos en su mismo lenguaje, en sus frases más usuales, en su forma más general, aunque sea incorrecta; con sus imágenes de mayor relieve, y con sus giros más característicos. A fin de que el libro se identifique con ellos de una manera estrecha e íntima, que su lectura no sea sino una continuación natural de su existencia.José Hernández, «Cuatro palabras de conversación con los lectores» Como Akira Kurosawa con el cine japonés, Gabriel García Márquez es algo diferente a un representante latinoamericano de escritor bueno y popular: es quien extiende el interés por su campo como ninguno de sus colegas lo había conseguido antes. Y si a Kurosawa en Japón lo consideran un híbrido occidentalizado, a Gabriel García Márquez se lo denosta en ámbitos académicos sofisticados, o se le adosan lecturas de compleja intertextualidad. Se lo llama «Gabriel García Marketing» y se escriben libros como ¡Basta de Mac Ondo! Empezar este recorrido con la figura más sobresaliente y al mismo tiempo controvertida de la denominada «literatura latinoamericana masiva» no sería ocioso: ni Carlos Fuentes, ni Julio Cortázar, ni Mario Vargas Llosa nos permiten considerar con tantas contradicciones internas el denominado fenómeno del «boom latinoamericano», así como tampoco sus actualidades y concomitancias extraliterarias.

En primer lugar, resulta arduo bosquejar la frontera entre lo que es latinoamericano y lo que no. Después de todo, el modernismo que el nicaragüense Rubén Darío compagina tomando modelos franceses de ritmo y pura forma influye sobre corrientes europeas que a su vez nutren en un toma y daca nuestras posteriores creaciones. La literatura no tiene los límites que construyen los Estados-nación con sus mitos de origen y su colectivo idiosincrásico para nuclear voluntades ciudadanas. Garcilaso «importa» la métrica de Petrarca. Homero inspira a Virgilio, que inspira a Dante. París catapulta a Poe. Los irlandeses Bernard Shaw y Oscar Wilde y James Joyce y Samuel Beckett salvan las letras inglesas.

Carlos Fuentes declaró que en Cuba La metamorfosis sería costumbrista: para un Estado totalitario y liberticida es la realidad cotidiana que el individuo sea visto como insecto. En este sentido, García Márquez ilustra esa condición anfibológica que trasciende un esencialismo chauvinista inmanente: su formación en la Cinecittà de Fellini y De Sica (como la de Manuel Puig), su maravillamiento ante La metamorfosis de Kafka (en textuales palabras: «¿Eso vale?») y su socialismo internacionalista nos impiden encapsularlo como colombiano o latinoamericano o siquiera contemporáneo. García Márquez corre el mojón, expande ese difuso límite que también se desdibuja vaporosamente al intentar clasificar qué es literatura y qué parte de la industria editorial es ajena al arte. La literatura de García Márquez no es solamente fácil de leer: es fácil sentir empatía por la ingenua idea de que el artefacto literario es una mera copia especular, una mímesis aristotélica de una descomunal naturaleza salvaje con fascinante color local y ribetes surrealistas.García Márquez, como amigo de Fidel Castro y director de la escuela de guion en San Antonio de los Baños, Cuba, es un millonario de izquierda que no ha teorizado muy profundamente acerca de su propio oficio y del poder performativo que políticamente pudiere abarcar. Con esto no pretendo negar que haya premiado en concursos biografías ilegibles del «Che», sino que no leyó a Lukács ni sintió nunca la menor reverencia hacia lo académico. Su hijo, ahora guionista de In Treatment y director de Con solo mirarte, asistió en La Sorbona a una clase de literaturas emergentes y oyó incrédulo la interpretación alegórica cristiana que se daba al final de un cuento de su padre, en el que una mujer asciende al cielo envuelta en unas sábanas cuando está colgando la ropa. Para los académicos, la subida al cielo de Remedios la bella se trataba de una alusión a la Virgen María Madre de Dios, que no podía morir ni haber sido atravesada por la sexualidad. «Nada que ver», trató de disuadirlos el hijo del autor. «Mi papá no sabía cómo guayaberas terminar el cuento hasta que vio a una vecina colgando la ropa.» Lo mandaron a callar.

Otro hijo, Gonzalo, no contestó en un examen de admisión para la carrera de Literatura en Londres que el gallo de El coronel no tiene quien le escriba era el símbolo de la fuerza popular reprimida. Acerca de esta lectura escribe Gabo: «Cuando lo supe me alegré una vez más por mi buena estrella política, pues el final que yo había pensado para ese libro, y que cambié a última hora, era que el coronel le torciera el pescuezo al gallo e hiciera con él una sopa de protesta»1. García Márquez considera absurda la interpretación de que la abuela desalmada, gorda y voraz que explota a la cándida Eréndira para cobrarse una deuda sea un símbolo del capitalismo insaciable. Si se quiere, puede plantearse que García Márquez es marxista malgré lui, al sugerir que es el paisaje caribeño quien le dicta –como Alá al analfabeto Mahoma el Corán– su realismo mágico. Esta negación del dispositivo escriturario como artefacto artificial condice con la noción de que son las condiciones materiales de producción las que la condicionan o determinan.

Como para subrayar esta paradójica filiación, podría recordarse que Marx adscribió a la dialéctica histórica de Hegel pero «poniendo de cabeza» el idealismo hegeliano para devenirlo materialista. Y en el discurso de García Márquez ante la Academia Sueca al recibir el Nobel, intitulado «La soledad de América», el colombiano pone de cabeza la segunda lección de la Filosofía de la Historia de Hegel, que declaraba que en América todo es más pequeño: el ñandú más pequeño que el avestruz, el yaguareté más reducido que el tigre. En esa construcción, mediante una hábil práctica discursiva, el laureado escritor postulaba los accidentes naturales como matriz natural, como si la noción de volcán no hubiera requerido que muriera devorado por la lava Plinio el Viejo y que atestiguara una erupción del Vesubio Plinio el Joven. Este carácter de «buen salvaje» del realismo mágico es liberador para nuestra fisiología. Puede perderse el intelecto en infinitos matices, pero el cuerpo es maniqueo, los glóbulos blancos no contemplan reflexivamente el sesgo válido de la ideología de un virus con tolerancia para la diversidad. Y los sentimientos espontáneos humanos son, mal que le pese a la crítica, obscenamente cursis.

  • 1. «La poesía, al alcance de los niños» en Notas de prensa 1980-1984, Sudamericana, Buenos Aires, 1992.