Ensayo

Izquierdas y democracia Noticias de una crisis

La crisis de la izquierda revela una notable pérdida de credibilidad de las promesas de igualdad y emancipación que estaban en su origen, tanto en el proyecto socialista-comunista como en el socialdemócrata. Hoy, la fuerza normativa del capital financiero se muestra mayor que la intención «dirigista» de la constitución social y bloquea los utopismos democráticos de la izquierda, en una parálisis a la que contribuyen la mutación del sistema capitalista, el descrédito político de las relaciones de solidaridad de la socialdemocracia y la reducción creciente de la fuerza combativa del proletariado clásico.

Izquierdas y democracia / Noticias de una crisis

I. El diálogo que tuvo lugar entre Norberto Bobbio y Perry Anderson a fines del siglo pasado es una introducción relevante al debate acerca de la crisis del socialismo y de la democracia, además de un diálogo premonitorio de los tiempos que vivimos: «Usted me podría objetar –dice Bobbio– que manteniéndonos en la democracia liberal jamás se llegará al socialismo. Yo le replico, como lo he hecho en todos estos años a los comunistas, que tomando un atajo para llegar al socialismo no se retornará jamás a los derechos de libertad». Del largo periodo de disensos entre el socialismo democrático y el socialismo de tipo soviético se llegó a la constatación de que en las experiencias reales de socialismo se reestructuraron las carencias y se lograron ciertas mejoras en las condiciones mínimas para una vida material digna (sin libertades políticas), mientras que en los países en donde se persiguió un modelo socialdemócrata (a excepción de los casos conocidos en que la socialdemocracia fue implantada de manera «radical») la desigualdad se mantuvo a través de una serie de mecanismos nuevos, económicos y políticos.

Junto con la crisis de la izquierda, en consecuencia, y respecto tanto del proyecto socialista-comunista específico como del socialdemócrata, se hace patente la pérdida de credibilidad en las promesas de igualdad y emancipación que formaban parte de ambos proyectos desde sus orígenes. Esto se aplica tanto a las promesas revolucionarias como a las estrategias reformistas por parte de gobiernos surgidos de procesos electorales.

La crisis de la izquierda es, por lo tanto, algo que se configura como crisis del proyecto revolucionario socialista y como crisis de la idea general de una reducción drástica de las desigualdades en la vida democrática dentro del capitalismo. La demolición del socialismo soviético que pretendía forjar la transición a una sociedad sin clases (ya sea en la experiencia bolchevique como en sus variantes) y la crisis de las experiencias socialdemócratas (con algunos países pequeños como excepción) reconocen causas a simple vista diferentes, pero sus fundamentos históricos son los mismos, y estos se hallan en las «mutaciones» del capitalismo durante los últimos 50 años. Luiz Felipe Alencastro sostiene que «las mutaciones no siempre se perciben en toda su dimensión. El peso de las tradiciones, la contingencia de los hechos y el alcance de las rupturas opacan el sentido de las transformaciones en la vida de las personas y las sociedades». Estas transformaciones surgen de un largo proceso que desembocó en las revoluciones tecnológicas aún hoy en marcha, las cuales han derribado los modos tradicionales del quehacer político y alterado las culturas hegemónicas y dominantes. Son mutaciones que están presentes en los grandes cambios sufridos por los procesos del trabajo y la radical financierización de la economía global, que modificaron material y espiritualmente la conformación de las clases sociales. Ni el socialismo en tanto régimen económico ni la democracia como forma política pudieron adecuarse a estos nuevos procesos: ambos perdieron fuerza para combatir las desigualdades y asegurar libertades y derechos.

En ese cuadro complejo se originó la «crisis de la política» en la democracia y la pérdida de confianza en las cada vez más frágiles instituciones parlamentarias tradicionales. En realidad, los que tienen el control monetario son los que también controlan el régimen político y el régimen de acumulación, y lo cierto es que los que controlan la moneda no son los órganos democráticos sujetos al mecanismo de la deliberación.

Y hay una dificultad adicional para entender esta situación, que no deriva de la «falta de imaginación» de la izquierda tradicional, sino del hecho de que estas mutaciones aún no se han realizado plenamente, lo que hace que cualquier respuesta consistente a ellas deba demorarse en su comprensión y asimilación. Las ideas universales de igualdad y emancipación, que fueron el motor de las luchas por la supresión de los privilegios (incluso en términos de una lucha de clases «flexibilizada») sobre la base de acuerdos contractuales (en la socialdemocracia) o bien buscando «suprimir» la división de clases (en el socialismo bolchevique), hoy se enfrentan con obstáculos cada vez más difíciles de superar. Y estos obstáculos son tan recurrentes en las sociedades democráticas más desarrolladas de la actualidad como lo fueron en las sociedades menos industrializadas que, en el siglo pasado, inspiraron el bolchevismo. Las transformaciones del capitalismo en lo referido a este nuevo patrón de acumulación fundado en el consumismo anárquico acabaron reestructurando la sociedad de clases y acelerando los conflictos entre democracia y consumo, republicanismo y consumismo.

Lo que Georg Lukács llamaba «centralidad ontológica del presente» –entendiendo que en el presente están contenidos el pasado y el futuro– se ha convertido, así, en un presente «puro» que se presta a ser apropiado sin ninguna dimensión valorativa: un «presente perpetuo», que aparece como una emanación en la que se funden lo mediato y lo inmediato, dentro de un mismo espacio existencial que envuelve a toda la ciudadanía y promueve una individuación alienada. El presente perpetuo da lugar al consumismo perpetuo.

Este nuevo patrón de acumulación en condiciones tecnológicas revolucionarias, al mismo tiempo que habilita el acceso a un enorme manantial de datos, números, conocimientos e informaciones, lo que hace es «cancelar la Historia» y limitar la utopía democrática: «jamás en ninguna civilización anterior las grandes preocupaciones metafísicas, las cuestiones fundamentales del ser y del sentido de la vida se habían mostrado tan remotas e insustanciales». Es a partir de la elaboración de estas preocupaciones y de la comprobación de su sentido como surgen las opciones políticas en la modernidad.

El estado de la subjetividad colectiva se vuelve universal, y esto a su vez obedece a que «la tensión entre el flujo de informaciones sin bloqueos o filtros nacionales y las reglamentaciones legislativas propias de cada país se acentúa en función de los intereses de las grandes corporaciones, que buscan limitar las prácticas comunicacionales y las creaciones tecnológicas (en los países externos al núcleo orgánico del capitalismo)» manteniéndonos en un estado de euforia consumista. Dada esta situación, en todas las experiencias contemporáneas de búsqueda de una mayor igualdad en democracia, los bloqueos a la reducción «contractual» (socialdemócrata) de las desigualdades se han hecho más fuertes, mientras que en el «socialismo real» esa deseada tendencia a la supresión de las clases se fue mostrando cada vez más improbable. En ambos casos, la esfera de la política queda capturada, ya sea por el economicismo financiero en las democracias o por la burocracia del Estado-partido en el socialismo real de tipo soviético.

Constatemos en qué periodo se termina de conformar la crisis de la idea de igualdad, fundamento axiológico de la izquierda, lo que lleva a que la idea de emancipación quede sometida al totalitarismo. Esto solamente pudo haberse dado en un momento en que el nuevo Estado «proletario» surgía victorioso frente a todas las amenazas de restauración del viejo régimen, contando con el apoyo popular interno y el control de su territorio. Es el momento en que se disemina por toda la red de la cultura «socialista real» la idea de que la Personalidad reemplaza a la Legalidad del Estado; de que este, el Estado, reemplaza al Partido, el cual, a su vez, encarna la Política de la Revolución, con lo cual la Política de la Revolución pasa a ser legítima en la medida en que surge de la Burocracia Estatal y esta, la Burocracia, finalmente, reemplaza a la pretensión de poder específico de la Clase Proletaria.

Los efectos devastadores de esta serie de mediaciones separaron, en definitiva, la cultura democrática de las Luces –la cultura de la democracia de las comunas y de la Constitución de Weimar– de la cultura del socialismo y la revolución. Tal separación tuvo su reflejo en las concepciones de partido que sirvieron de patrón tanto para el reformismo comunista como para el revolucionarismo bolchevique resistente.La concepción de partido bolchevique estaba vinculada a la sumisión de la personalidad política de los individuos al organismo, y esto permitía a su vez una transformación del partido, que pasó de ser un contrato moral con vistas a la revolución, organizado por hombres y mujeres libres (posición que luego volvería a buscar Antonio Gramsci en su crítica al estalinismo), a convertirse en un pacto burocrático normativo, que obligaba a las personas a ceder en su creatividad y osadía para así construir lo «nuevo»:

Por importante que sea ver claramente en el plano teórico esta relación de la organización comunista con sus miembros individuales, sería funesto atenerse a ello, ver el problema de la organización bajo su aspecto formal y ético. Pues la relación descrita aquí entre el individuo y la voluntad de conjunto a la cual se somete con toda su personalidad no se encuentra, considerada aisladamente, solo en el partido comunista, sino que ha sido más bien un rasgo esencial de numerosas sectas utopistas.

Nadie se somete a un conjunto, «en toda su personalidad», sin perder algo centralmente humano y creador.

II. Lo que mantuvo «encendida» la llama de la izquierda fue mucho menos la construcción del socialismo que las luchas de liberación antiimperialistas y las luchas contra los regímenes dictatoriales subordinados –tanto en África como en Asia y América Latina– principalmente a Estados Unidos, Francia, Portugal y Gran Bretaña. Estas luchas, llevadas a cabo fundamentalmente entre las décadas de 1950 y 1980, constituyeron para los movimientos socialistas y socialdemócratas un sustrato «de izquierda» que fue muy superior a los ejemplos de implantación del socialismo.

Es cierto que la educación política de estas generaciones y la defensa de los modelos soviético o chino también significaron un conjunto de referencias importantes para ciertos sectores de izquierda más (o menos) informados acerca de lo que ocurría en la Unión Soviética o en China. Pero el derrumbe de las dictaduras y las luchas de liberación nacional forjaron la base ético-moral más universal de la izquierda acumulando prestigio, movilizando solidaridades y defendiendo, al menos de manera abstracta, un proyecto socialista más democrático.

Las transformaciones en los países que se liberaron del yugo colonial-imperial promovieron resultados ambiguos para sus pueblos. En los países del socialismo real –incluido el caso de Cuba, un país agrario que reguló sus «carencias» y logró importantes avances en seguridad pública, salud y educación–, los aparatos estatales cerrados al conocimiento público y proveedores de estadísticas poco fiables reprodujeron, en la producción, los mismos rasgos de la administración capitalista, en un cuadro agravado por la falta de resistencia sindical en los respectivos Estados y en las empresas públicas y estatales.

La ampliación de «tiempo libre» en las experiencias «soviéticas» para que los trabajadores pudiesen «hacer política» y controlar al Estado (condición sine qua non para la emancipación) fue convirtiéndose cada vez más en un espejismo. En palabras de Fernando Haddad:

el neoeconomicismo estalinista, reforzando el carácter determinista de las llamadas «leyes dialécticas», acarrea, como ya se ha dicho, el sobredimensionamiento de las condiciones objetivas de la transición. Las consignas de la época estalinista son: «la técnica lo decide todo» y «alcanzar y dejar atrás a los países capitalistas más avanzados». La industrialización y el crecimiento agigantado del aparato estatal son las consecuencias obvias de la nueva filosofía.

De ahí a la vuelta al capitalismo, con más o menos democracia, solo había un paso inevitable. István Mészáros, discípulo de Lukács, parte del principio de la emancipación para demostrar que

el sistema de sociometabolismo del capital es más poderoso y amplio que el propio capital, teniendo su núcleo constitutivo conformado por el trío capital, trabajo y Estado. Siendo que estas tres dimensiones fundamentales del sistema están materialmente constituidas e interrelacionadas, resulta imposible superar el capital sin eliminar el conjunto de los elementos que comprende este sistema. Los países poscapitalistas, con la urss a la cabeza, mantuvieron intactos los elementos básicos constitutivos de la división social jerárquica del trabajo que configura el dominio del capital.

Para este autor, «un nuevo sistema metabólico de control social debe instaurar una forma de sociabilidad humana autodeterminada, lo que implica una ruptura integral con el sistema del capital y de la producción de valores de cambio en el mercado».

El análisis de Mészáros parte del presupuesto según el cual tomando otros caminos sería posible una transición hacia la sociedad autoemancipada, en la que los seres humanos han de establecer la economía a partir de la política, sin subordinarse a las leyes de hierro del capitalismo, en un proceso autoemancipatorio que acabaría dejando atrás la desigualdad y la alienación. Lucio Magri, osado teórico del comunismo italiano, fue en su momento un pionero en formular un planteo similar, y en la misma dirección, aunque no tuvo éxito en convencer a su propio partido.

Lo que subyace a estas visiones es la concepción de que la experiencia soviética –aun habiendo mejorado la vida de los asalariados en relación con la situación precedente– reprodujo condiciones análogas a aquellas padecidas por los obreros europeos, ya que, «sumergido en una profunda miseria material y cultural, el proletariado europeo trabajaba comúnmente 16 horas por día, en actividades extenuantes e insalubres, apenas lograba sobrevivir y tenía poco tiempo, en efecto, para dedicarse en sus horas libres a las tareas de la revolución».

Vistos de cerca, tanto el modelo soviético como las experiencias socialdemócratas no constituyeron en su mayoría un camino socialista «autoemancipatorio» o contractual, tal como pretendía Karl Marx. Los modelos implantados tuvieron éxito en áreas importantes, que beneficiaron a «los de abajo», pero a su vez regresaron a formas clásicas de desigualdad, jerarquización social y dominio político.

Lo cierto es que en el ámbito del marxismo ocurrió una especie de venganza tardía de los «mencheviques», el grupo socialdemócrata que en los días de la Revolución Rusa sostenía que ninguna forma de socialismo podría alcanzarse sin pasar por el desarrollo pleno de la modernización capitalista y que por lo tanto consideraba históricamente imposible el «salto» que proponían los comunistas bolcheviques. En el texto de Mészáros se retoma de un modo puro la visión marxista que veía en la expansión del régimen del capital la forma universalmente viable de un régimen de acumulación socialista, con «un nuevo sistema metabólico de control» que habría de generar una «ruptura integral con el sistema del capital y de la producción de valores de cambio en el mercado».

Es la ruptura «sociometabólica» la que habilitaría el pasaje, de manera consciente, de una sociedad autoemancipada, que algún día alcanzaría la superproducción sin mercado, a una sociedad «conscientemente orientada»: la sociedad comunista, sin clases ni Estado, al menos tal como han sido siempre concebidos. La fórmula en cuestión permite concluir que, según Mészáros, en tanto aquel objetivo no se alcanzó, las experiencias de gobiernos de izquierda dentro del sistema del capital, ya se trate de gobiernos reformistas o revolucionarios, han sido tentativas de transición sin ruptura con el sociometabolismo del capital.

Independientemente de que nos parezca viable, el análisis de Mészáros desnuda una realidad que fue bloqueada tanto por el socialismo soviético como por la misma socialdemocracia en una escala global. Ni la lógica inherente a la acumulación soviética creaba las bases para la emancipación socialista fundada en la dirección de los trabajadores (socialismo revolucionario) ni la evolución capitalista en su ruta «financierista» estabilizaba un «nuevo contrato social» (en la socialdemocracia). Ambos regímenes repusieron las condiciones para el retorno integral de la lógica del capital, hoy de un poder cada vez más difuso y abstracto (en apariencia) pero a su vez más concentrado y concreto (en esencia): el poder del capital financiero.

Lo que quedó demostrado 150 años después del Manifiesto Comunista –el documento más potente de inspiración para la izquierda en toda la era moderna– es que la universalización del capitalismo no condujo a la universalización de la revolución socialista, sino a nuevas formas de capitalismo, ya que «las actuales transformaciones en la esfera productiva, que vienen reduciendo las dimensiones de la clase obrera principalmente en los países centrales, llevan consigo la destrucción de las conquistas sociales de ese mismo sector social».

III. Veamos ahora cómo la socialdemocracia afrontó estos dilemas, con un primer y relativo éxito que desembocó, luego, en el hundimiento en una crisis que se presenta como la etapa de decadencia de su potencial reformista. Para este análisis, de todos modos, conviene tener en cuenta la identidad «racionalista-normativista» de las concepciones de Estado que signaron tanto el sistema soviético como la conformación del Estado de Bienestar. Son los legados de la formación del Estado moderno.

Descontando los enfoques más simplificadores de la teoría del Estado del marxismo soviético, que resuelven esta complicada cuestión sencillamente reproduciendo los planteos más conocidos de Lenin en El Estado y la revolución (1917), la concepción que más influyó tanto entre los adeptos al liberalismo político democrático como entre los teóricos marxistas fue la que surgió «desde adentro» de las doctrinas de formación del Estado moderno absolutista, racionalista y normativista. Una concepción que moldea tanto la realidad del funcionamiento de los Estados como su estética institucional.

No son muy diferentes, por ejemplo, las concepciones de Karl Renner y de Ulrich Karpen (el primero, representante del socialismo legalista de inflexión marxista; el segundo, representante del conservadurismo liberal-democrático). Renner, por ejemplo, sostiene que «el Estado es apenas una forma particular de organización, la más antigua y la más grande (...). El Estado y el Derecho son los medios técnicos de la sociedad. La teoría del Estado y del Derecho es la ciencia de la técnica social». Nótese la cercanía con Karpen: «El Estado constitucional garantiza el predominio del derecho. La Constitución es el ordenamiento jurídico fundamental del Estado, el derecho supremo. El derecho cumple diversas funciones en el Estado de derecho (...). En su conjunto, el derecho tiene, en el Estado de derecho, una función reguladora, integradora, racionalizadora y anticipatoria».

Se trata de una concepción de Estado que sirve a dos propósitos: desarrollar un sistema socialista burocrático (un capitalismo de Estado con fuerte carga distributiva), disciplinado desde lo más alto, así como para transportar el capitalismo a su fase de «financierización» hegemónica de la economía. En ambos casos, la legalidad del Estado queda subordinada al manejo racionalista por parte de sus elites burocráticas tanto en el socialismo soviético como en la democracia política del capitalismo. Así, lo que esto hace es ponerles límites a las instituciones democráticas del capitalismo y promover una mayor desigualdad, o bien facilitar la coerción, en el Estado «proletario» real, para desautorizar a la democracia y promover una menor desigualdad, solo que a la fuerza.

El «tipo» de Estado que caracteriza a la modernidad, por ende, hace su aporte a la crisis de la izquierda. Es un Estado que sostiene, por medio de la «razón», el enfoque del liberalismo económico radical según el cual hay un único camino: el que traza la fuerza de la máquina racional-normativa. La fuerza para «anticiparse» a las exigencias «naturales» de la economía, para promover las reformas económicas que les den garantías a los acreedores de deuda pública, cuya ecuación es lo que sustenta el funcionamiento de su máquina y la vitalidad de su burocracia. Y la solución que suele darse es «sencilla»: «menos Estado» se vuelve sinónimo de «más libertad» y «menos anarquía», en una democracia cuya enfermedad, para esta doctrina, reside en la corrupción de los partidos y de los políticos. Menos Estado, para así lograr decisiones técnicas más rápidas, que acabarán transformando las necesidades del mercado en un concepto. Menos Estado, para que así las personas se dediquen a ser más «iguales en el mercado», a partir de decisiones burocráticas expedidas por instituciones externas a la soberanía del Estado nacional. Se obtiene, de este modo, una «economización» del derecho y de la política, ya que las fuerzas productivas del capital –vuelto ahora capital financiero hegemónico– no estimulan la socialización o la satisfacción de los derechos, sino que viabilizan la sumisión del derecho a la economía, y con esto, la disolución de la ciudadanía política en el reino del consumo continuo. La creación de necesidades artificiales o superfluas genera una cultura y un modo de vida, y en función de esto se crean los sujetos consumidores de esas nuevas necesidades. Recuerda Manuel Castells que, cuando estallan rebeliones sin rumbo y sin objetivo, y cuando se desafía el poder del Estado

este responde según sus normas institucionales, ya sean democráticas, dictatoriales o una mezcla de ambas. Si no consigue incorporar las demandas o los proyectos de sus rivales sin poner en peligro los principios fundamentales de las relaciones de poder que representa, recurre a su última esencia: el monopolio de la violencia en su esfera de acción. Su disposición a hacer uso de la violencia extrema depende de su legitimidad, de la intensidad del desafío que tiene que afrontar y de su capacidad operativa y social para usar la violencia.

En las condiciones actuales de funcionamiento del capitalismo, la fuerza de lo constituyente, la fuerza política normativa de los principios de la Constitución y de sus derechos fundamentales (escogidos en su momento para la sociedad industrial del siglo pasado) pierden de manera creciente su efectividad. La Constitución carece de poder, no de legitimidad, para regular desde afuera (desde la esfera jurídica y política) lo que es una legalidad «natural» en el proceso de reproducción social, y lo que hace es apropiarse por completo de la vida social: el trabajo, el consumo, la cultura de masas.

En esta época de relaciones virtuales intensas e integradas en una red, los tiempos de trabajo, esparcimiento, relacionamiento familiar y cultural se funden, y de este modo,

La subsunción real tiene lugar cuando toda la vida se activa en el marco de valorización del capital, y no porque todo el trabajo se vuelva asalariado y fabril, sino en la medida en que el trabajo se realiza dentro de las redes sociales, mezclando tiempo libre y tiempo de trabajo en un único tiempo de vida que es enteramente tiempo de producción.

La visión «racionalista-normativista» de la Constitución encontró un destacado aporte con la formulación de la doctrina de la «Constitución dirigente» que llevó al máximo su potencial reformista. Tal doctrina promovió a su vez una mayor politización del derecho, cosa que propició –aun cuando esto no estuviera entre sus objetivos– una inversión conservadora: la Constitución «real», que supera la fuerza de la Constitución «formal», se apropió de su potencial «dirigente» en un sentido que no había sido previsto.

Remarcando el hecho de que este proceso sigue estando aún en curso, no es precipitado decir que, en función de las mutaciones del capitalismo en sus formas de reproducción social, el carácter «dirigente» de la Constitución ya se expresa en las políticas de Estado dejando en un segundo plano sus principios sociales y democráticos, decididos por el poder constituyente, y haciendo viables así los nuevos patrones de acumulación del capital financiero.

La Constitución expresa, entonces, su sentido dirigente en un rumbo no concebido, avalado por la pérdida de la fuerza normativa de su carácter jurídico, para dar fluidez a otras fuerzas normativas de carácter estrictamente económico-financiero que acaban frustrando su propósito inicial de «revocar» la tutela del derecho sobre la economía. Mauro de Azevedo Menezes señala adecuadamente cuál es el objetivo de la Constitución dirigente:

el autor portugués [Canotilho] le atribuye a la fuerza conformadora-normativa de la Constitución, combinada con lo que él llama «activa efectividad del derecho», el efecto de generar para sí una relativa autonomía ante los condicionamientos económicos. Esta dimensión autónoma pone en cuestión la pretensión de absoluta congruencia del derecho respecto de las relaciones de producción y de otras relaciones sociales sobre las que este incide.

La «economización» del derecho (ya) se produce (con fuerza «dirigente») porque, siguiendo la correcta observación de Antonio Baylos,

los mecanismos democráticos se presentan como «formalismos» que entorpecen la toma de las decisiones «necesarias», de modo que se los deja de lado para la práctica de la «gobernanza» cotidiana y se los reemplaza por impulsos y automatismos predeterminados y codificados en otro lugar; en el «nivel adecuado» donde se toman las decisiones determinantes cuya traducción en los diversos espacios naciones se realiza cada vez con mayor opacidad y autoritarismo. Triunfo del principio oligárquico, es la afirmación de un «largo Termidor» en las sociedades europeas del siglo xxi.

IV. Una vez señalados algunos rasgos esenciales de la crisis de la izquierda a partir de la óptica revolucionaria marxista y de la pérdida de fuerza normativa de las constituciones socialdemócratas, y considerando que el resultado de estas transformaciones es la reposición de las desigualdades y –en los países soviéticos– la desembocadura en sociedades con instituciones liberal-democráticas tardías, veamos ahora los dramas de la socialdemocracia en su perspectiva reformista de izquierda. Como es notorio,

el Estado de Bienestar constará de tres grandes elementos: en primer lugar, una red de seguridad, esto es, el sistema de protección social, que integra todos los programas de pensiones, desempleo, salud, programas de ingresos mínimos o asistenciales y algunos servicios sociales. El segundo elemento estará constituido por las instituciones proveedoras de otros bienes y servicios públicos, básicamente educación, servicios colectivos y habitación. Finalmente, el tercer elemento sobre el cual se apoyan los anteriores es el sistema fiscal y las políticas de intervención en la economía.

El sistema fiscal y las políticas de intervención en la economía de la socialdemocracia comienzan a partir de los años 70 a tener roces con la competitividad internacional de los países de economía más ágil y más indiferente a sus efectos en el plano de los derechos sociales. Este «sistema» y esta «intervención» se ven desafiados, a partir de los años 90, por otro competidor en el terreno global: el «dragón» chino, agrario y de producción industrial tradicional, que promueve una serie de reformas modernizadoras que imprimen, a partir de esos mismos años, una dinámica productiva osada y agresiva en el mercado mundial.

El «dragón» saca provecho de los precios relativos reducidos de su fuerza de trabajo y pasa a ser un duro competidor global al enfrentarse a los países capitalistas más modernos, de los cuales China obtuvo nuevas tecnologías, nuevos patrones de productividad y un aprendizaje sobre la manipulación monetaria. Neoliberalismo, «meritocracia» y políticas compensatorias (cuando estas están ausentes, el aumento de la pobreza pasa a ser galopante), keynesianismo militar como en la era Reagan, disputas de las socialdemocracias con sus Estados costosos; todo esto despierta, en sus jefes y partidos, un «neorrevisionismo orientado por el pragmatismo electoral y fermentado en una ética de justicia social (compensatoria) y una retórica de modernización. Los estrategas socialistas abandonaron el planeamiento, la nacionalización, el tributo redistributivo y los gastos públicos» y perdieron «la confianza en el Estado».

Es el periodo en que el socialismo democrático se enfrenta a un nuevo adversario: el conservadurismo neoliberal, el cual impregna a la sociedad, como corrobora Willy Brandt, «de los valores del individualismo posesivo y exclusivista, el lucro a cualquier precio [que] forjó los cimientos de una sociedad dual y no solidaria, en donde la gran mayoría ha sido perjudicada». Prosigue Brandt:

Es preciso responder al modelo neoconservador de sociedad con un proyecto de sociedad integrado y no polarizado, basado en la calidad de vida y no en la riqueza monetaria. Frente a la pesadilla de una sociedad dividida entre privilegiados y marginales es preciso, hoy más que nunca, enarbolar la bandera de una sociedad libre y cooperativa que es la meta del socialismo democrático.

Tal fenómeno no se limita a las socialdemocracias consolidadas, sino que alcanza a todos los países donde se promueven reformas inspiradas en aquellas experiencias, que cercenan la valorización del mundo del trabajo y las políticas públicas de reducción de desigualdades. Se hace evidente, en este contexto, la impotencia de los gobiernos de cualquier ideología para responder en defensa de los derechos sociales, aun teniendo de su lado la «Constitución dirigente» (racionalista-normativista) colmada de buenos propósitos, que acaban quedando tan amparados como encarcelados dentro de los límites de la igualdad formal.

La fuerza normativa del capital financiero, de este modo, se muestra más grande que la intención «dirigista» de la constitución social. Bloquea los utopismos democráticos de la izquierda, en una parálisis a la que contribuyen la mutación del sistema capitalista, el descrédito político de las relaciones de solidaridad de la socialdemocracia y la reducción creciente de la fuerza combativa del proletariado clásico. No sería raro decir que nos acercamos a una suerte de «fascismo financiero» como una de las formas más virulentas de fascismo, con un «potencial destructivo que debe ser limitado a través de una regulación internacional que le imponga un espacio-tiempo capaz de permitir la deliberación democrática» por sobre el capital financiero. Esta regulación, sin embargo, no integra la «res-pública» democrática, debido a una nueva situación de «gobernanza» amparada en poderosas fuerzas reales que, para ejercer su poder, necesitan deslindar al liberalismo político de su sentido republicano.

Se trata de un disenso respecto del alcance de la libertad y de las funciones del Estado que «atraviesa y organiza el desarrollo histórico de las tradiciones republicanas y liberales, (y que) incide centralmente en la relación entre libertad individual y formación democrática del principio de soberanía del Estado, o sea, entre la libertad del ciudadano y las libertades públicas». La libertad del ciudadano es manipulada en el mercado financiero y en el consumismo, y las libertades públicas son secuestradas por la ausencia de libertad para elegir el «modo de vida», congelada en un consumismo ilimitado. Las políticas de ajuste practicadas a escala transnacional, que están en el centro de la «integración económica del mundo», se concentran ahora, en un periodo histórico acotado, a partir de todas las conexiones financieras y políticas que vienen formándose desde el mercantilismo. Todos los datos disponibles muestran que

la regulación nacional de la economía está en ruinas, y que de esas ruinas emerge una regulación transnacional, una «relación salarial global», que paradójicamente consiente la fragmentación creciente de los mercados de trabajo, transformando drásticamente el rol regulador del Estado-nación, forzando la retirada de la protección estatal de los mercados nacionales de la moneda, el trabajo y las mercancías, y suscitando una profunda reorganización del Estado.

El deterioro de la esfera de la política en el territorio soberano, en tanto locus de la deliberación democrática, conduce al vaciamiento y la corrupción de la finalidad de los partidos políticos como consecuencia y no causa de este proceso. Esto, que no es muy reciente, se remonta al triunfo del thatcherismo en Inglaterra, que antes que llevar a la izquierda a una crisis llevó a la política democrática en general a un letargo peligroso y de consecuencias futuras aún no del todo visibles. Pensemos en la advertencia de David Miliband, ya en la década de 1980:

La política rara vez ha estado tan desprestigiada como en el mundo capitalista avanzado. Juzgadas ya sea por las investigaciones de opinión o por el surgimiento de movimientos de protesta, las instituciones formales de la política, y los políticos que las pueblan, reciben todos la más baja estima. En el mejor de los casos, son vistos como impotentes ante la complejidad de la economía y las transformaciones sociales; en el peor, son ellos mismos parte integrante de una conspiración que se burla del público en general.

La agenda política, por lo demás, fue capturada por las grandes corporaciones de medios, que son, al mismo tiempo, la voz de las agencias de riesgo y de los que financian la deuda pública. Así, como apunta Juarez Guimarães,

la crisis de representación de los partidos en las democracias contemporáneas es ciertamente hermana de los obstáculos estructurales para la formación de una opinión pública democrática. Si el derecho al voto centralizó las luchas democráticas de mediados del siglo xix a mediados del xx, hoy, siglo xxi, es el derecho público a tener voz, el derecho a hablar y ser escuchado, lo que parece instalarse dramáticamente en el centro de la agenda democrática. Sin el derecho democrático a una voz pública, es la misma libertad la que asume una condición agónica.

Con la globalización económico-financiera, financieramente acelerada, la circulación en tiempo real de la información y la transferencia conmutativa de signos, datos y recursos en las condiciones que esta globalización establece, el pasado y el futuro se concentran en el presente de forma inmediata, no reflexiva, no crítica. Y la velocidad siempre ascendente de las crisis y soluciones –artificiales o no– hace que «nuestra vida cotidiana, nuestra experiencia psíquica, nuestros lenguajes culturales estén dominados en la actualidad por el espacio, en vez de por categorías de tiempo, como en el periodo anterior de modernidad propiamente dicha».

La coincidencia alienada entre cotidiano e historia destruye en los individuos el sentido de lo público. Bloquea el impulso comunitario de la vida y aborda la solución de los problemas más graves a partir de la velocidad que a estos se les puede imprimir en el ámbito global, en tanto soluciones forzadas, y nunca como soluciones más humanas y duraderas. Así es como la democracia, el socialismo, la socialdemocracia, en este torbellino histórico, pierden su encanto utópico y se vuelven cuestiones cada vez más superfluas.

Los contenidos informativos que circulan como «opinión», ya sea de agencias gubernamentales o de instituciones multilaterales, de especialistas y agencias de riesgo, se aceptan siempre como voces autorizadas. Como mínimo, lo que hacen es impedir el debate racional sobre los caminos para enfrentar las crisis, que son crisis en las cuales el capitalismo se renueva, el sector financiero global sigue controlando los precios y los plazos de la deuda pública y la renta continúa concentrándose.

La transnacionalización de todas las cuestiones importantes que afectan a un país o a una región, combinada con el vacío de solidaridad política entre los «de abajo» –shocks inmigratorios y conflictos de interés entre la clases asalariadas en todo el mundo– también comprometen a la fuerza política interna de la izquierda en sus respectivos territorios sociales. La búsqueda de otras soluciones distintas de aquellas que figuran dentro del abanico de opciones de esta transnacionalidad se hace más débil y se repliega, no por traición de los dirigentes políticos, ya sean estos alternativos o no, sino básicamente por la imposibilidad de cohesionar a las mayorías sociales y políticas para la resistencia, como se notó recientemente en la crisis griega.

Con estas transformaciones lacerantes de la modernidad propiamente dicha, la abolición o la reducción drástica de la jornada de trabajo para que esta deje de ser una «penosa carga» no es algo que nazca como pura alegría y felicidad, que es lo que se preveía en la idea marxista de futuro, sino

solo en forma negativa, como crisis, y finalmente como crisis absoluta de la reproducción realizada de esa forma (...). La sociedad mundial capitalista está acercándose así a su prueba de resistencia y ruptura, pues ha de llegar a un punto (que a los contemporáneos tal vez les parezca una línea) en que habrá de suprimir el trabajo abstracto en su aptitud de ser la sustancia social del valor económico.

Este es un texto sobre una crisis, y los textos que indagan las crisis siempre suenan apocalípticos, por eso concluyo además con una advertencia, un poco en el límite del riesgo voluntarista: nunca la fuerza de la política y el aprecio por la utopía fueron tan importantes como hoy. La fuerza de la política, porque ella es el marco que distingue al ser humano, como lo es también el trabajo, en relación con la naturalidad. El aprecio por la utopía, no porque esta sea un lugar deseado posible, sino porque es una búsqueda de caminos, del peor al mejor, de la inhumanidad a la humanización, del presente alienado a una vida conscientemente orientada.

Si esto no sirve de advertencia es, al menos, una esperanza que nos ayuda a vivir. Evocando a Karel Kosik: pueden no cambiar el mundo y la vida, pero sí nuestra posición ante la vida y ante el mundo.