Ensayo

Izquierdas y democracia Noticias de una crisis

La crisis de la izquierda revela una notable pérdida de credibilidad de las promesas de igualdad y emancipación que estaban en su origen, tanto en el proyecto socialista-comunista como en el socialdemócrata. Hoy, la fuerza normativa del capital financiero se muestra mayor que la intención «dirigista» de la constitución social y bloquea los utopismos democráticos de la izquierda, en una parálisis a la que contribuyen la mutación del sistema capitalista, el descrédito político de las relaciones de solidaridad de la socialdemocracia y la reducción creciente de la fuerza combativa del proletariado clásico.

Izquierdas y democracia / Noticias de una crisis

I. El diálogo que tuvo lugar entre Norberto Bobbio y Perry Anderson a fines del siglo pasado es una introducción relevante al debate acerca de la crisis del socialismo y de la democracia, además de un diálogo premonitorio de los tiempos que vivimos: «Usted me podría objetar –dice Bobbio– que manteniéndonos en la democracia liberal jamás se llegará al socialismo. Yo le replico, como lo he hecho en todos estos años a los comunistas, que tomando un atajo para llegar al socialismo no se retornará jamás a los derechos de libertad». Del largo periodo de disensos entre el socialismo democrático y el socialismo de tipo soviético se llegó a la constatación de que en las experiencias reales de socialismo se reestructuraron las carencias y se lograron ciertas mejoras en las condiciones mínimas para una vida material digna (sin libertades políticas), mientras que en los países en donde se persiguió un modelo socialdemócrata (a excepción de los casos conocidos en que la socialdemocracia fue implantada de manera «radical») la desigualdad se mantuvo a través de una serie de mecanismos nuevos, económicos y políticos.

Junto con la crisis de la izquierda, en consecuencia, y respecto tanto del proyecto socialista-comunista específico como del socialdemócrata, se hace patente la pérdida de credibilidad en las promesas de igualdad y emancipación que formaban parte de ambos proyectos desde sus orígenes. Esto se aplica tanto a las promesas revolucionarias como a las estrategias reformistas por parte de gobiernos surgidos de procesos electorales.

La crisis de la izquierda es, por lo tanto, algo que se configura como crisis del proyecto revolucionario socialista y como crisis de la idea general de una reducción drástica de las desigualdades en la vida democrática dentro del capitalismo. La demolición del socialismo soviético que pretendía forjar la transición a una sociedad sin clases (ya sea en la experiencia bolchevique como en sus variantes) y la crisis de las experiencias socialdemócratas (con algunos países pequeños como excepción) reconocen causas a simple vista diferentes, pero sus fundamentos históricos son los mismos, y estos se hallan en las «mutaciones» del capitalismo durante los últimos 50 años. Luiz Felipe Alencastro sostiene que «las mutaciones no siempre se perciben en toda su dimensión. El peso de las tradiciones, la contingencia de los hechos y el alcance de las rupturas opacan el sentido de las transformaciones en la vida de las personas y las sociedades». Estas transformaciones surgen de un largo proceso que desembocó en las revoluciones tecnológicas aún hoy en marcha, las cuales han derribado los modos tradicionales del quehacer político y alterado las culturas hegemónicas y dominantes. Son mutaciones que están presentes en los grandes cambios sufridos por los procesos del trabajo y la radical financierización de la economía global, que modificaron material y espiritualmente la conformación de las clases sociales. Ni el socialismo en tanto régimen económico ni la democracia como forma política pudieron adecuarse a estos nuevos procesos: ambos perdieron fuerza para combatir las desigualdades y asegurar libertades y derechos.

En ese cuadro complejo se originó la «crisis de la política» en la democracia y la pérdida de confianza en las cada vez más frágiles instituciones parlamentarias tradicionales. En realidad, los que tienen el control monetario son los que también controlan el régimen político y el régimen de acumulación, y lo cierto es que los que controlan la moneda no son los órganos democráticos sujetos al mecanismo de la deliberación.

Y hay una dificultad adicional para entender esta situación, que no deriva de la «falta de imaginación» de la izquierda tradicional, sino del hecho de que estas mutaciones aún no se han realizado plenamente, lo que hace que cualquier respuesta consistente a ellas deba demorarse en su comprensión y asimilación. Las ideas universales de igualdad y emancipación, que fueron el motor de las luchas por la supresión de los privilegios (incluso en términos de una lucha de clases «flexibilizada») sobre la base de acuerdos contractuales (en la socialdemocracia) o bien buscando «suprimir» la división de clases (en el socialismo bolchevique), hoy se enfrentan con obstáculos cada vez más difíciles de superar. Y estos obstáculos son tan recurrentes en las sociedades democráticas más desarrolladas de la actualidad como lo fueron en las sociedades menos industrializadas que, en el siglo pasado, inspiraron el bolchevismo. Las transformaciones del capitalismo en lo referido a este nuevo patrón de acumulación fundado en el consumismo anárquico acabaron reestructurando la sociedad de clases y acelerando los conflictos entre democracia y consumo, republicanismo y consumismo.

Lo que Georg Lukács llamaba «centralidad ontológica del presente» –entendiendo que en el presente están contenidos el pasado y el futuro– se ha convertido, así, en un presente «puro» que se presta a ser apropiado sin ninguna dimensión valorativa: un «presente perpetuo», que aparece como una emanación en la que se funden lo mediato y lo inmediato, dentro de un mismo espacio existencial que envuelve a toda la ciudadanía y promueve una individuación alienada. El presente perpetuo da lugar al consumismo perpetuo.

Este nuevo patrón de acumulación en condiciones tecnológicas revolucionarias, al mismo tiempo que habilita el acceso a un enorme manantial de datos, números, conocimientos e informaciones, lo que hace es «cancelar la Historia» y limitar la utopía democrática: «jamás en ninguna civilización anterior las grandes preocupaciones metafísicas, las cuestiones fundamentales del ser y del sentido de la vida se habían mostrado tan remotas e insustanciales». Es a partir de la elaboración de estas preocupaciones y de la comprobación de su sentido como surgen las opciones políticas en la modernidad.

El estado de la subjetividad colectiva se vuelve universal, y esto a su vez obedece a que «la tensión entre el flujo de informaciones sin bloqueos o filtros nacionales y las reglamentaciones legislativas propias de cada país se acentúa en función de los intereses de las grandes corporaciones, que buscan limitar las prácticas comunicacionales y las creaciones tecnológicas (en los países externos al núcleo orgánico del capitalismo)» manteniéndonos en un estado de euforia consumista. Dada esta situación, en todas las experiencias contemporáneas de búsqueda de una mayor igualdad en democracia, los bloqueos a la reducción «contractual» (socialdemócrata) de las desigualdades se han hecho más fuertes, mientras que en el «socialismo real» esa deseada tendencia a la supresión de las clases se fue mostrando cada vez más improbable. En ambos casos, la esfera de la política queda capturada, ya sea por el economicismo financiero en las democracias o por la burocracia del Estado-partido en el socialismo real de tipo soviético.