Tema central

Intelectuales: nacimiento y peripecia de un nombre

En este artículo se traza, en grandes líneas, el recorrido que hizo el término «intelectual», desde su bautismo político en Francia con el caso Dreyfus. Si bien la resonancia que tuvo la acción de los intelectuales franceses en la crisis de 1898 fue muy amplia, los efectos de su irradiación no fueron los mismos en todas partes ni en todas las lenguas. La geografía cultural que el autor toma en cuenta no es solo la de los países europeos, sino también la de la América hispana, donde rápidamente la nueva expresión cobró ciudadanía.

Intelectuales: nacimiento y peripecia de un nombre

El concepto de intelectual no tiene un significado establecido: es multívoco, se presta a la polémica y tiene límites imprecisos, como el conjunto social que se busca identificar con la denominación de «intelectuales». Evocar brevemente la genealogía de este nombre no nos proporcionará una definición, pero puede servirnos para un primer acercamiento a la cuestión y a su histórica polivalencia.

Como sustantivo, el término «intelectual», con su plural «intelectuales», es relativamente nuevo. Corriente hoy en el habla común, en los media y en el lenguaje de las ciencias sociales, su empleo para designar a un grupo social o a un actor de la vida pública no va más allá del último tercio del siglo XIX, en cualquiera de las lenguas modernas. En el Primer diccionario etimológico de la lengua española, de 1881, uno de los significados del vocablo «intelectual» indica una ocupación: «El dedicado al estudio y la meditación»1. Esta acepción aparece consolidada en castellano ya a principios del siglo XX, según se lee en la Enciclopedia Espasa-Calpe: desde entonces «se ha usado con frecuencia la denominación ‘intelectuales’ para designar a los cultivadores de cualquier género literario o científico»2. Entre las dos fechas ha mediado lo que podríamos llamar el bautismo público de este vocablo y el comienzo de su connotación política.

Relato de origen

De acuerdo con una tradición consagrada, el nacimiento de la noción de intelectuales en la cultura contemporánea remite a Francia, al año 1898 y al debate que movilizó y dividió a la opinión pública francesa en torno del «caso Dreyfus». Hasta entonces, el vocablo había circulado en francés marginalmente, sobre todo en revistas de la vanguardia anarquista y simbolista parisina3.

«En el comienzo estaba el caso Dreyfus», escribe Jean-François Sirinelli4 para referirse a esa escena originaria. En 1894, el capitán del Ejército francés Alfred Dreyfus, alsaciano y de origen judío, fue arrestado bajo la acusación de haber entregado información secreta al agregado militar alemán en París. Pese a la fragilidad de las pruebas, un consejo de guerra lo halló culpable de alta traición y lo condenó a cumplir cadena perpetua en la Isla del Diablo (Guayana Francesa), tras ser despojado de sus grados militares. Solo la familia creyó en su inocencia y se movilizó para lograr la reapertura de la causa buscando apoyo en el mundo político y en la prensa. Aunque en 1896 el descubrimiento de nuevos indicios dio sustento a la demanda de los Dreyfus, la justicia militar francesa, dominada por círculos de la derecha nacionalista y antisemita, se negó a revisar el caso y a investigar las pruebas que señalaban a un nuevo sospechoso, el comandante Walsin Esterházy. Para los jefes militares, la admisión del error afectaría la autoridad del Ejército. No obstante, la labor de los familiares y los rumores sobre ocultamientos y manipulaciones lograron trascender el escudo de silencio con que las autoridades habían rodeado el affaire, y algunas personalidades se sumaron al reclamo de reabrir la causa.

En 1897 ingresa en el combate por la revisión el escritor Émile Zola. Primero desde las páginas de Le Figaro, después en L’Aurore, cuando la caída de las ventas hace flaquear el dreyfusismo de Le Figaro. Y en L’Aurore publicará el 13 de enero de 1898 su carta abierta al presidente de la república francesa, titulada por Georges Clemenceau, jefe de redacción del diario, con el título luminoso que la hará célebre: «Yo acuso». Al día siguiente, el mismo diario recoge un breve petitorio bajo el título «Una protesta», cuyos signatarios eran hombres de letras y científicos. El texto reprobaba la «violación de las formas jurídicas» en el proceso de 1894 y los «misterios» que habían rodeado el caso Esterházy y exigía una revisión. Las firmas de respaldo se escalonarían a lo largo de muchas semanas. Algunos de los firmantes gozaban de gran notoriedad –como los escritores Anatole France y Pierre Louÿs o el historiador Charles Seignobos–; el renombre de otros ante el gran público era menor, como el de los todavía jóvenes André Gide, Marcel Proust y Charles Péguy; el resto era completamente desconocido. A la firma de quienes consideraban que su nombre bastaba (los eximía de mayor identificación el prestigio de una obra literaria o científica asociado con su nombre), el petitorio sumaba las de quienes consignaban los títulos profesionales de que estaban investidos o sus diplomas («licenciado en Letras», «licenciado en Ciencias», «agregé», etc.). A los pocos días de que se publicara la protesta, el 23 de enero y nuevamente en L’Aurore, Clemenceau hizo referencia a ella y a sus firmantes, «esos intelectuales que se agrupan en torno de una idea y se mantienen inquebrantables». El periodista anunciaba así que un nuevo actor colectivo había hecho su ingreso en la vida pública francesa.

«En la memoria del medio intelectual, el acto fundador de la gesta de los clercs es la firma de ‘J’Accuse…!’ por Émile Zola en L’Aurore del 13 de enero de 1898, acto apoyado al día siguiente en el mismo diario por un grupo de escritores y universitarios. Una iniciativa individual, pues, seguida de un texto colectivo»5. La investigación histórica ha corregido muchos lugares comunes contenidos en la vulgata de ese relato de origen, pero ninguna de las enmiendas despojó de su valor mítico, como hechos constituyentes, al manifiesto de Zola y al petitorio colectivo que lo siguió. A través de ellos, los clercs, como los denomina Sirinelli con deliberado anacronismo, afirmaban su autoridad, una autoridad diferente de la autoridad política y sus órganos, una suerte de tribunal de los hombres de cultura. ¿De dónde procedía esa autoridad? De la reputación adquirida como escritor, erudito, científico o artista, y de los diplomas universitarios –es el argumento que dejan ver las firmas–. Pero el universo social de los signatarios del petitorio no se agotaba en las categorías profesionales mencionadas. La declaración fue suscripta igualmente por numerosos periodistas y también por docentes de la enseñanza primaria y secundaria. Esta coalición cultural obró como una magistratura que se manifestaba en el espacio público y proclamaba su incumbencia en lo referente a la verdad, la razón y la justicia, no solo frente a la elite política, el Ejército y las magistraturas del Estado, sino también frente al juicio irrazonado de una multitud arrebatada por el chovinismo y el antisemitismo. El término «intelectuales» se arraigó a partir del debate que fracturó el campo de las elites culturales y las dividió en dos familias espirituales, dreyfusards y antidreyfusards: las dos Francias. El elogio de Clemenceau a la actitud de los firmantes impulsó la respuesta de una de las plumas más prestigiosas del momento, Maurice Barrès, alineado con el antidreyfusismo. En un editorial de Le Journal del 1o de febrero de 1898 titulado «La protestation des intellectuels!» [La protesta de los intelectuales], Barrès retomó esa denominación para volverla contra los firmantes, descalificándolos: «Estos supuestos intelectuales son un desecho inevitable del esfuerzo que lleva a cabo la sociedad para crear una elite». Para el historiador Pascal Ory, este editorial de Barrès marca la verdadera fecha de bautismo de la palabra «intelectuales» en el lenguaje ideológico contemporáneo. Al replicar, los dreyfusistas harían suya la denominación con que Barrès había buscado mofarse y ridiculizarlos: «Algunos días más tarde, el bibliotecario de la Rue d’Ulm, Lucien Herr, mentor de los jóvenes normalistas de izquierda, redimió a la palabra de su infamia en una solemne carta abierta ‘A M. Maurice Barrès’, aparecida en la que hasta entonces era la más barresiana (y antizoliana) de las revistas, La Revue Blanche»6.

  • 1. Roque Barcia: Primer diccionario etimológico de la lengua española, Madrid, t. iii, 1881.
  • 2. Espasa-Calpe: Enciclopedia Universal Ilustrada Europeo Americana Espasa-Calpe, tomo 28, Espasa-Calpe, Madrid, 1926.
  • 3. Christophe Charle: Naissance des «intellectuels», 1890-1900, Minuit, París, 1990.
  • 4. J.-F. Sirinelli: Intellectuels et passions françaises, Fayard, París, 1990.
  • 5. Ibíd., p. 21.
  • 6. P. Ory: «Qu’est-ce qu’un intellectuel?» en vvaa: Dernières questions aux intellectuels et quatre essais pour y répondre, Olivier Orban, París, 1990, p. 21.