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¿Hacia una política 2.0? Potencialidades y límites de la red de redes

Las redes sociales asentadas en internet plantean opciones, pero sobre todo desafíos, a la política convencional. El uso de la red para difundir contenidos políticos tiene implicaciones que van desde el traslado de las confrontaciones políticas a esos nuevos espacios hasta la posibilidad de que, en ellos, los ciudadanos atemperen su rechazo al quehacer político mismo. En este artículo se discute el concepto de red 2.0, se describe el auge de las redes sociales y se apuntan algunas de sus limitaciones, en especial para promover la deliberación de ideas. Finalmente, se incluyen consideraciones generales acerca de su utilización en la construcción de la democracia latinoamericana.

¿Hacia una política 2.0? Potencialidades y límites de la red de redes

En un mundo tan extensamente dominado –y en no pocas ocasiones determinado– por el marketing, es prudente desconfiar de las etiquetas. Por eso, cuando en 2004, en una conferencia convocada por el especialista Tim O’Reilly se propuso denominar 2.0 a la World Wide Web, fue necesario tomar con precaución ese nuevo enunciado. Los propagandistas de las capacidades transformadoras de la red –que no son pocos– suelen abultar sus efectos sociales y políticos –y desde luego económicos–, porque mientras más se enaltezcan esas potencialidades, mayor será el negocio de las empresas relacionadas con internet. De allí la tendencia a sugerir que cada cambio o avance en la configuración tecnológica de internet tiene implicaciones contundentes, cuando a veces se trata solo de su evolución natural. Por eso, cuando se habla de la red 2.0 es preciso subrayar que no se trata de una mudanza súbita ni completa e incluso hay motivos para considerar que las innovaciones que implica este giro no son necesariamente definitivas. Con todo, las tendencias que implica constituyen el salto más importante que pueda haber ocurrido en las relaciones sociales en varias décadas.

En contraste con la internet inicial, cuya www ofrecía gran diversidad de contenidos que los usuarios en línea podían conocer, consumir o adquirir, en la red 2.0 los usuarios tienen más facilidad para producir sus propios contenidos. La colaboración, el intercambio de información, la posibilidad de colocar en línea archivos de la más variada índole para que sean vistos y eventualmente reelaborados por otros internautas, existían ya desde los orígenes de la red, pero era necesario tener cierta especialización técnica para aprovechar la apertura y la flexibilidad que son distintivos de internet. A diferencia de lo que sucede en los medios de comunicación convencionales, en la red no hay –todavía, por lo menos– operadores, censores o cancerberos que decidan qué ha de publicarse. Allí radica el carácter inicialmente democratizador de internet. Sin embargo, esa apertura no basta. Es preciso abatir la brecha digital, propagar conexiones de calidad y lograr que los usuarios sean participantes y no solamente espectadores de los contenidos que allí circulan, para que las promesas democráticas puedan cumplirse en internet. Está además, desde luego, el problema de la calidad de los contenidos.

El apogeo de las redes sociales

Cuando en la primera década del nuevo siglo aparecen servicios que permiten colocar contenidos sin necesidad de ser especialista en informática, los usos de internet se vuelven más amplios y a la vez crecientemente personalizados. Por ejemplo, los blogs comenzaron a popularizarse a partir del nacimiento de Blogger en agosto de 1999. La posibilidad de dejar constancia de opiniones, inquietudes o vicisitudes atrajo a millones de internautas que alimentaron esas nuevas bitácoras personales. En mayo de 2003 surgió la red de contactos profesionales LinkedIn, y ese mismo mes apareció Wordpress, que ofrecía opciones de presentación y diseño más flexibles en comparación con las de Blogger y otros servicios para la creación de blogs. En junio de 2003 entra en funcionamiento Hi5 y en agosto, MySpace, cuyos usuarios pueden crear redes de amistades en las cuales comparten preferencias personales. En febrero de 2004 –como es ampliamente sabido, ya que se volvió incluso tema cinematográfico– comienza a funcionar Facebook, que al terminar julio de 2011 reune más de 700 millones de cuentas en todo el mundo1. Un año más tarde, en febrero de 2005, surge YouTube que, se asegura, proporcionaba a mediados de 2011 3.000 millones de reproducciones de videos por día2. En julio de 2006 se pone en marcha Twitter, que al cumplir cinco años alcanza los 200 millones de usuarios3.

Estas cifras resultan apabullantes. Sin lugar a dudas, cada vez más usuarios de internet se suman a las redes sociales. Sin embargo, hay que tomar esos datos con una pizca de cautela porque, al lado de quienes dialogan y participan en la red, sigue habiendo una mayoría significativa que se conforma con ser espectadora de lo que otros dicen y hacen. A mediados de 2011 los usuarios de internet suman unos 2.000 millones en todo el mundo4, lo cual implica que existe un suscriptor de Facebook casi por cada tres usuarios de la red y uno de Twitter por cada 10 internautas. Por eso, cuando se proclama que la web 2.0 significa la transformación de los consumidores en autores de contenidos, hay que recordar que se trata de una mudanza paulatina. El especialista español David de Ugarte ha explicado que «la web 2.0 representa la separación entre producción y distribución de la información. La producción se atomiza y pasa a los usuarios. Pero la cuestión central –el poder de filtro– sigue abierta, y bajo la etiqueta 2.0 se ocultan distribuciones de poder, modelos sociales antagónicos»5.

Mensajes breves, ideas cortas

Indudablemente, hoy en día la producción de contenidos es más abundante, heterogénea y efervescente que nunca antes. La posibilidad de colocar en línea un comentario en un foro de debate periodístico, una foto para que vean nuestros «amigos» en las redes sociales o un par de líneas en Twitter está abierta a cada vez más personas. La libertad de expresión inherente a internet es ejercida de muy versátiles y creativas maneras. Y el ejercicio de esa libertad está ofreciendo resultados también variados, pero además contradictorios. Cada vez se dicen más cosas en la red, pero al mismo tiempo, lo que se dice tiende a ser más simple, conciso y posiblemente efímero. El ejemplo más claro es el de los mensajes de Twitter. Los 140 caracteres a los que tienen que ajustarse esas breves notas pueden servir para dar a conocer un asunto o para reaccionar ante él, pero no constituyen el espacio más adecuado para explicar nada. Aunque es posible redactar tweets largos, la mayor parte de quienes los reciban se conformarán con el mensaje inicial, ceñido a las dimensiones mencionadas.

Por supuesto que nadie esperaría una explicación densa ni mucho menos extensa en esos breves textos en Twitter. Estos son fundamentalmente útiles para transmitir alertas, juicios breves o estados de ánimo. Por eso hay cierta exageración en las especulaciones acerca del desplazamiento que el periodismo tradicional puede experimentar a causa de la proliferación de noticias en las redes sociales. Hoy en día los usuarios de la red, y especialmente los periodistas que tienen cuentas en Twitter, se enteran de muchos asuntos gracias a mensajes breves de esa índole. Pero la ubicación de un acontecimiento, la construcción del contexto en el que se ha producido y sus interpretaciones posibles siguen siendo tareas del periodismo. Quizá los medios tradicionales hayan perdido, al menos en parte, la capacidad de anunciar grandes novedades, pero el periodismo es algo más, mucho más, que la propagación de un acontecimiento. Lo que sí cambia para el periodismo es la plataforma que le permite llegar a sus destinatarios. De allí los intentos para pasar del papel a los formatos electrónicos sin dejar de obtener rendimientos financieros, intentos que hasta ahora no cristalizan en un modelo aceptable tanto para las empresas de comunicación como para lectores y consumidores de contenidos periodísticos.En Twitter, los interesados en un asunto pueden reenviar, y así compartir con sus seguidores, el link al sitio web donde se da una noticia o alguna información adicional acerca de un cierto tema. El reenvío de un usuario de esa red será replicado por otros más, de tal suerte que hoy en día una buena parte de los visitantes a los sitios web de contenido más popular no llegan a partir de buscadores como Google, sino a partir de referencias difundidas por redes sociales. Tomemos, por ejemplo, el caso de The New York Times, cuyo sitio www.nyt.com es uno de los portales de noticias más consultados y se encuentra en la ubicación 89 entre los sitios de la red más visitados en el mundo. Casi 24% de quienes llegan a ese sitio lo hacen como resultado de una búsqueda en Google, y 4,1% a partir de búsquedas en Yahoo. Por su parte, 9,2% de los que visitan el sitio son remitidos desde Facebook y 2,5%, desde Twitter 6.