Coyuntura

¿Fin de fiesta en Brasil?

Las protestas en las calles de Brasil han acompañado el escándalo de corrupción en Petrobras y debilitaron la imagen de Dilma Rousseff, a solo unos meses de su reelección. A diferencia de las movilizaciones de junio de 2013, las actuales son mayoritariamente de sectores medios y altos, blancos y de mediana edad. Hoy, una vez conseguido el objetivo de limitar el poder de Dilma, las centrales empresariales llaman a la responsabilidad y a la calma, en tanto que el pt perdió la mística de antaño y pocos lo ven como vector de cambios profundos.

¿Fin de fiesta en Brasil?

Tragedia

Aquel lunes 20 de octubre, en la última semana de campaña, ocurrió el giro decisivo en la elección presidencial brasileña de 2014. Viejos y nuevos militantes, junto con activistas, se movilizaron para el empujón final que garantizó la reelección de Dilma Rousseff con más de 54 millones de votos. De acuerdo con el discurso de campaña, veríamos la continuidad de una inédita secuencia «progresista» en Brasil, a pesar de un nítido y generalizado enfriamiento durante el último de los tres periodos de gobierno del Partido de los Trabajadores (pt) y el primero de Rousseff como sucesora de Luiz Inácio Lula da Silva. Pero, por el contrario, el país viene recorriendo un camino de desesperanza para muchos brasileños. En lugar de «Cambia más» (lema del primer turno electoral), tenemos «Un gobierno nuevo, ideas nuevas» (eslogan de la segunda vuelta), solo que en el mal sentido de lo que podría significar el término «nuevo».Dos días después de la victoria electoral, el Banco Central decretó un aumento de las tasas de interés, algo que se repitió seis veces más hasta hoy. Recordemos que la política monetaria y el papel del Banco Central activaron una de las polémicas más encendidas de la disputa electoral (en duros embates con los rivales Marina Silva y Aécio Neves) y que Rousseff, en su primer mandato, había impulsado una reducción significativa de las tasas de interés. Las ganancias de los bancos, ya extremadamente altas, se dispararon: las principales instituciones privadas (Itaú, Bradesco y Santander) ganaron 12.000 millones de reales (3.300 millones de dólares) en el último trimestre, cifra casi 18% mayor que la del año anterior. Todo ello, sumado a un ajuste fiscal violento y que lanzó la economía hacia una espiral recesiva. Dos errores de Dilma: durante la campaña se negó con vehemencia la necesidad de un ajuste, y cuando este se ejecutó, pareció olvidarse el patrón básico de la izquierda: hacer que los ricos paguen más, especialmente en un país de extrema injusticia tributaria, donde, por ejemplo, no se cobran impuestos a la renta a las personas físicas por los ingresos percibidos por lucros y dividendos de las empresas de las cuales son dueñas o socias; se trata de un universo de poco más de 70.000 personas que han ganado, en 2013, unos 55.000 millones de dólares y que no son sometidas a tributación (desde 1995, cuando esa tasa se eliminó durante el primer año del gobierno de Fernando Henrique Cardoso). Brasil vive ahora una situación de creciente desempleo, conjugado con varios aumentos de las tarifas de servicios públicos, una alta inflación de alimentos, una disminución del ingreso real de los trabajadores y la desaceleración de la redistribución progresiva de la renta que había marcado los años anteriores de los gobiernos del pt.

Las clases populares –base social del lulismo– reaccionaron, y la popularidad de Dilma se desplomó y es hoy bajísima en todos los sectores de la población brasileña, independientemente de la región, la edad o el nivel de ingresos. Eso se produce incluso en el norte y el nordeste (un bastión lulista donde hoy el apoyo a la presidenta se derrumbó a 10%) y entre quienes ganan hasta dos salarios mínimos (el apoyo a la jefa del Estado en este sector alcanza proporciones similares). Ambos grupos eran considerados como una suerte de «reserva de popularidad» para el gobierno petista. Como es evidente, cualquier mandatario en un país democrático con un dígito de opiniones positivas se vuelve extremadamente frágil. Si al final del segundo gobierno de Lula nueve de cada diez brasileños aprobaban su gestión, hoy se manifiesta un fenómeno inverso: solamente uno de cada diez confía en su sucesora en el Planalto.

Eso lleva a serias dificultades de gobernabilidad y a situaciones de inestabilidad política. En el Congreso, las alianzas hacen agua. Partidos «aliados» que cuentan con ministerios votan contra el gobierno en el Parlamento. La articulación política se puso en manos del vicepresidente Michel Temer, del Partido del Movimiento Democrático Brasileño (pmdb), que acaba de abandonar esa tarea. El pmdb es al mismo tiempo el principal aliado del pt a nivel federal y casi un partido opositor. Se trata de un partido sin programa claro, pero clave para conseguir mayorías gubernamentales desde la redemocratización, y desde hace mucho tiempo opera como un bloqueo para cambios progresistas. En ese sentido, el pemedebismo sería «la verdadera fuerza hegemónica de la política [institucional] brasileña». El presidente de la Cámara de Diputados, Eduardo Cunha –también del pmdb–, rompió con el Poder Ejecutivo después de ser acusado ante la justicia de haber recibido millonarios sobornos en el marco del escándalo de corrupción que involucra al gigante Petrobras y la operación de la Policía Federal llamada «Lava Jato» [Lavado de autos]. El titular del Senado, Renan Calheiros –del mismo partido–, amenazó con seguirlo. Pero luego cambió de rumbo y propuso un apoyo parlamentario al go-bierno a cambio de una «Agenda Brasil» cuyos objetivos serían mejorar el ambiente de los negocios y la infraestructura, el equilibrio fiscal y la protección social. Sin embargo, se trata sobre todo de viejas propuestas de reducción de derechos, sea de los pueblos indígenas o de los trabajadores, retrocesos en las políticas ambientales, privatizaciones y ataque al sistema público de salud o al Mercado Común del Sur (Mercosur) (aunque esos dos últimos puntos fueran posteriormente retirados). Esa agenda fue acogida por la presidenta en un momento de particular fragilidad, pero queda por ver en qué medida e intensidad será aprobada en el Congreso e implementada por el Ejecutivo.

Además, el principal partido de la oposición –el Partido de la Socialdemocracia Brasileña (psdb, de centroderecha)– llegó a pedir elecciones anticipadas, un recurso no previsto en la Constitución, antes de sugerir la renuncia de Rousseff. Varios analistas decretaron incluso el fin del gobierno. Otros hablan de una posible renuncia. El 16 de agosto se organizó el tercer domingo de multitudinarias manifestaciones con centenas de miles de personas en todo el país, después del 15 de marzo y el 12 de abril. Esos actos, que reclaman la salida de Rousseff y el combate contra la corrupción, están protagonizados en su mayoría por sectores sociales altos, blancos y de mediana o avanzada edad, lo que representa un cambio significativo respecto de la composición de las grandes protestas de 2013. Concentran también a electores de la derecha, pero es un fenómeno más diverso que la simple caricatura que algunos sectores progresistas hacen acerca del «tradicional fascismo» de las capas altas brasileñas. Hay, por supuesto, mucho de eso en su virulento «anticomunismo» (comparaciones entre Brasil y Cuba), en las selfies con policías vinculados al «gatillo fácil» y en el hecho de que la personalidad más popular de esas manifestaciones sea el diputado de extrema derecha Jair Bolsonaro (junto con el juez Sergio Moro, responsable por las investigaciones de la operación «Lava Jato»). Las encuestas indican el (previsible) profundo rechazo hacia el pt, pero también hacia el pmdb (aun hacia el opositor Cunha) e incluso, en parte, hacia el psdb (que por primera vez se sumó a la convocatoria de la movilización). ¿Cómo caracterizar entonces a esa derecha que vuelve a la calle por primera vez desde el golpe de 1964? ¿Se trataría de una nueva derecha? Existen señales contradictorias, en la medida en que quienes convocan esos actos asumen un discurso ultraliberal al estilo estadounidense –«Menos Marx, más Mises»– o contra el sistema público de salud, pero al mismo tiempo, una mayoría de los presentes en San Pablo dice defender precisamente los derechos a la educación, la salud y el transporte públicos.

La ya mencionada operación «Lava Jato» y su investigación de corrupción acerca de las operaciones de Petrobras –solamente posible por la inédita autonomía dada por los gobiernos del pt a la Policía Federal, el Ministerio Público y la Procuraduría General de la República– han causado un terremoto en la casta política y, sobre todo, económica. Se trata todavía de una investigación en curso, pero que revela con mayor claridad los vínculos explícitos y espurios entre los mundos político y económico (podríamos recordar la fortísima concentración de unos pocos donadores de campaña en el financiamiento electoral). A pesar de los clamores constantes por una reforma política (que incluya el financiamiento público de las campañas y la prohibición de los aportes privados), ya sea en el programa electoral que venció en 2002, después del escándalo conocido como «mensalão» en 2005 o tras las protestas de junio de 2013, el pt utilizó masivamente ese condenado financiamiento privado, tanto para las elecciones cuanto para el día a día del funcionamiento partidario. Eso provocó que se esfumara el «capital moral» del pt respecto del sistema político corrupto predominante en Brasil. El partido tampoco ha ofrecido a sus militantes, simpatizantes y electores una explicación plausible de su involucramiento en esos casos de corrupción.

Todo esto pasó cuando el país vivía su boom económico, de redistribución «material» y «simbólica» de poder, pero ahora, dado el reflujo generalizado en la economía, el humor social ha cambiado. Muchos brasileños y brasileñas tal vez deseen una menor distancia entre retórica y práctica; eso explicaría la inusual acogida a José «Pepe» Mujica en su visita a Brasil de fines de agosto –la bbc lo comparó con una «estrella de rock»–: el ex-jefe de Estado uruguayo fue recibido por miles de jóvenes entusiastas con su figura de «presidente más pobre del mundo». Mujica, el «materialmente pobre-espiritualmente rico», es efectivamente una figura pop, y en Brasil esto se entronca con el malestar generalizado por las extendidas redes de corrupción. Su transformación en personaje global, así como la que ocurrió con el papa Francisco, atestigua la fuerza de ese ethos de «simplicidad transformadora».

Hoy, el arresto del empresario Marcelo Odebrecht, entre otros, constituye un fuerte símbolo, en un país donde hasta hace poco «los ricos no iban a la cárcel». La Organización Odebrecht es un gigante brasileño con presencia global (en más de 20 países), que actúa en sectores como construcción, ingeniería y energía. Si la profunda depuración de la corrupción y el castigo a los infractores son grandes conquistas democráticas, esta operación no deja de levantar polémicas, especialmente respecto de ciertos atropellos jurídicos, de su selectividad política, de las cuestiones geopolíticas que implica (porque uno de los blancos de espionaje de la Agencia de Seguridad estadounidense fue Petrobras y por el papel considerable de Odebrecht en la nueva política externa y en la política de defensa) y de los engranajes corruptos de las economías capitalistas.

El tema omnipresente del momento son los posibles golpes o el impedimento a un mandato presidencial que no lleva más de un semestre. Los riesgos de un golpe (más o menos «blando») no pueden ser descartados, y muchos sectores conspiran permanente y abiertamente. No obstante, en una posición solo en apariencia sorpresiva, sectores poderosos de la gran burguesía, como la Federación de Industrias del Estado de Río de Janeiro (firjan) y la Federación de Industrias del Estado de San Pablo (fiesp), el presidente de Bradesco, Luiz Carlos Trabuco, o el del banco Itaú, Roberto Setúbal, tomaron posición recientemente en favor de la gobernabilidad frente a los grupos radicalizados. En un artículo publicado el 6 de agosto, la fiesp y la firjan señalaron que «el momento es de responsabilidad, diálogo y acción para preservar la estabilidad institucional de Brasil». El conglomerado Globo (tanto el canal de televisión como el periódico) también se posicionó en ese mismo sentido al día siguiente. ¿Que pasó? Todo indica que el «gran capital» no quiso abrir la puerta al riesgo de sumar una cuarta crisis (institucional) a las tres en curso: la económica (recesión), la política (falta casi total de representatividad del Congreso y de los políticos en general para la gran mayoría de la población, lo que se refuerza con el debilitamiento del pt, único partido brasileño en un sentido fuerte) y la social (enormes demandas y debilitamiento del modelo lulista de redistribución). No hay hoy tampoco un liderazgo en Brasil capaz de representar a las fuerzas de la oposición y los sentimientos difusos de descontento.

Mirando hacia la otra parte, a pesar de que el gobierno sea «indefendible» (además de los puntos mencionados más arriba, en medio de esta complicada coyuntura logró enviar y aprobar un proyecto de ley «antiterrorista», algo que, como lo muestra la experiencia, siempre se vuelve en algún momento en contra de los movimientos sociales), una parte importante –diríamos, incluso, mayoritaria– de la izquierda quiere sostenerlo. Con ese fin se organizó una contundente marcha el 20 de agosto en defensa de la democracia, contra la ofensiva de la derecha, pero también en oposición al ajuste fiscal y por una «salida popular» a la crisis.

Sin embargo, el «golpe» ya fue consumado: el programa de Rousseff para su reelección fue abandonado. En este contexto de extrema fragilidad, sin cambios de rumbo (sobre todo de la política económica), parece difícil imaginar cómo puede terminar este gobierno, cómo llegará a su término previsto para 2018. En medio de tales tensiones, en junio de este año se realizó el v Congreso del pt. ¿Qué ocurrió allí? Nada. ¿Temor de arriesgarse a los cambios? ¿Incapacidad para hacerlos? ¿Falta de voluntad? ¿Espera de una calma que no parece llegar, una economía revigorizada después del «ajuste» y la vuelta de Lula en 2018? A pesar de todas las adversidades, Lula mantiene cierta popularidad y hoy tendría chances razonables de vencer en 2018. Mientras tanto, la receta lulista (beneficios para «los de abajo» sin confrontar con «los de arriba»), que trajo muchas conquistas al país, fue sepultada por las circunstancias y difícilmente vencerá su continuidad como «plan», en el sentido de un renovado combate contra las desigualdades. El auge del lulismo ya pasó; podríamos situarlo en aquellos momentos del increíble acuerdo con Irán y Turquía, de la victoria de Brasil para ser sede de la Copa del Mundo y de las Olimpíadas, de un Brasil que se encontraba consigo mismo, capaz de distribuir ganancias, comenzar a reparar deudas sociales y raciales, fomentar revoluciones simbólicas y construir una nueva inserción internacional.

En junio de 2013 –en el marco de la ola de protestas iniciada por el aumento del transporte público, que desató un cúmulo de reivindicaciones– se selló el fin de ese proceso. La popularidad de Rousseff, en ese entonces bastante alta, se desplomó (de 57% a 30%) y nunca se recuperó totalmente (solo, y en parte, aumentó durante las elecciones). Lo mismo ocurrió con el alcalde petista de San Pablo, Fernando Haddad, cuyo porcentaje de opiniones favorables se diluyó de 34% a 18% en tres semanas. Por eso tantos sectores del pt –que podríamos llamar conservadores– «maldicen» el movimiento de junio. No comprenden cómo aquel junio disruptivo representó un acontecimiento que podía cambiar la correlación de fuerzas a partir del deseo expresado de priorizar los servicios públicos, el derecho a la ciudad y lo común en detrimento de lo privado o puramente estatal. La conexión pt-junio falló y dejó un esbozo de lo que podría haberse multiplicado a partir de los tímidos pero importantes ejemplos del Programa más Médicos (que en dos años logró atender a 63 millones de brasileños, gracias sobre todo a los médicos cubanos, en municipios y en las periferias donde no había profesionales de la salud) y del 10% de las regalías del pre-sal para la educación. Este punto nos llama a una reflexión acerca de la «organización política» de la izquierda, a partir de una nueva generación y también de nuevos problemas.

Ciclos

El film Que horas ela volta? [¿A qué hora vuelve ella?] de Anna Muylaert nos muestra los «pequeños movimientos tectónicos [que] sacuden la estructura de clases de la sociedad brasileña». En la historia, Jéssica llega de Pernambuco hasta San Pablo para intentar ingresar en la universidad, después de diez años sin encontrar a su madre, Val, que es trabajadora doméstica y vive sometida a sus patrones (duerme en un cuartito de la enorme casa, está todo el tiempo disponible, es considerada «de la familia»...). Ahí se desarrolla el enredo, ya que Jéssica, venida de otra realidad (política) no puede encontrar «su lugar» en ese ambiente y cuestiona las leyes no escritas de un Brasil todavía marcado por la esclavitud y las actitudes de su mamá. Jéssica rechaza repetir la trayectoria de Val y quiere formarse como arquitecta en una prestigiosa universidad. Como dijo la directora, «Jéssica no respeta las reglas separatistas porque ella no las reconoce y se mira en otro lugar. Todo eso tiene que ver con un nuevo Brasil, que es el Brasil post-Lula». Hace 15 años habría seguido otro rumbo, como la propia directora lo pensó: «yo también colocaba a la hija de la empleada en el mismo lugar [en el primer guión, Jéssica al final se volvía niñera, como su madre Val] (...) Para salir de esa maldición, sacar la cámara del salón y colocarla en la cocina, fue necesario un cambio personal como artista y, también, ese cambio del país». Esa mirada desde la cocina es una de las muchísimas señales de un país que cambió, y también lo es Jéssica transformando a Val, su mamá, y ofreciendo otra perspectiva, la de la desobediencia. Es una nueva generación.

¿Cómo pensar la revolución simbólica lulista, la irrupción de junio y la entrada en escena de una nueva generación y de sus colectivos, y la posibilidad de que esa energía desemboque en un proyecto político más «organizado»? Este también es un punto neurálgico. La cuestión radica justamente en escapar de la trampa de la representación-síntesis, como si hubiera un lugar capaz de unificar esas energías de resistencia. En España, Podemos no representa al 15-m, «porque este es políticamente irrepresentable», como suele afirmar Iñigo Errejón. Sin embargo, sin el 15-m Podemos tampoco sería posible, así como no sería posible pensar un nuevo activismo político y la crisis del desarrollismo sin el junio brasileño.

Una especificidad determinante del proceso de las últimas décadas en Brasil fue la existencia de entidades «englobadoras» que, en parte, consiguieron articular las diferencias: un partido-red (pt); una central sindical que incluía oposiciones a la estructura sindical oficial y organización desde las bases; movimientos campesinos, negros y feministas fuertes; movilización de los barrios (politización de la vida cotidiana a partir, por ejemplo, de la lucha contra la carestía); un gobierno nacional originado en un ciclo de luchas desde abajo. Pero el desplazamiento de las instituciones hacia las calles –¿sorprendentemente?– golpeó al pt, que parece más un obstáculo que un vector para profundizar los cambios para los cuales el partido fue un actor clave. Y las fuertes articulaciones se mostraron como demasiado «tradicionales» en el post-junio, al no lograr abrir un verdadero diálogo con los múltiples nuevos sectores, aquellos que hoy se hacen y son hechos por deseos de libertad, nuevos derechos, y que producen modos de existencia desafiantes a un proyecto monocultural cuyo sentido es hoy completamente hueco y estéril.

¿Cuáles serían nuestros próximos «20 centavos», el desencadenante inmediato (junto con la violencia policial) de las protestas de junio de 2013? El Movimiento Pase Libre (mpl) mostró «una notable combinación de valorización del proceso y orientación a resultados». Junio tuvo sus hechos notables, como bajar los boletos, y reposicionar el debate sobre los servicios públicos, el derecho a la ciudad y la crítica a la representación corrupta. Sin embargo, todavía no se conseguió, a partir de la lucha contra un molinete (de los ómnibus), desdoblarla en el cuestionamiento y la subversión de los muchos molinetes existentes en la sociedad (policía, comunicación, agua, economía…). Nos parece, sin embargo, que los caminos están abiertos para pensar-hacer el proyecto de radicalización democrática a partir de la gestión colectiva de los bienes comunes (de bibliotecas, software, presupuestos, basura, medios de transporte, huertas comunitarias, agroecología), en las luchas contra las barreras que marcan los cuerpos a los que se puede matar y a los que no, actualizadas por la violencia policial contra la juventud negra todos los días.Hablamos tanto de las protestas de los movimientos sociales como de las protagonizadas mayoritariamente por los sectores medios y altos contra el gobierno y el pt. En ese contexto, cortando ese polo en una línea transversal, están junio y sus continuidades discontinuas. Como lo ha planteado el historiador Lincoln Secco, «la apuesta es que después de junio vivimos un nuevo ciclo político». Así, «en el subterráneo de la política, hay un espíritu vibrante, todavía sin un cuerpo social. Como un espectro que nos ronda». Nuestros desafíos presentes exigen espacios políticos de conexión de las luchas. Es necesario hacer del grito desencantado materia prima para construir nuestras tecnologías políticas y sociales de pertenencia. ¿De qué forma estamos atados y cómo vamos a producir los vínculos necesarios para sentirnos comprometidos con un proyecto común?

Estas reflexiones pueden quizá ayudarnos a escapar de la «ley de hierro de las oligarquías partidarias» y de la «tiranía de las organizaciones sin estructura». No se trata de una cuestión únicamente brasileña sino que esta irrupción habla respecto del actual ciclo de las revueltas globales, de Túnez a Bahréin, de España a Nueva York, de Kobane y México a Turquía y Nigeria. Todos esos procesos son ineludibles en el sentido de que producen no solo experiencias sino también reflexiones actualizadas sobre los lazos entre «revuelta» y «organización», «espontaneidad» y «día a día», «horizontalidad» y «estructura». No podemos hacer de estos pares un conjunto de opciones infernales: pensamos que el centro neurálgico de las transformaciones hoy habita esa tensión permanente entre la energía del movimiento y el salto político de la organización. Es justamente el mantenimiento de esa tensión productiva lo que nos posibilitará pensar en horizontalidades estructuradas, organizaciones descentralizadas, en suma, poder distribuido y desplazamientos de la fuerza del Estado para la potencia de lo común. Es necesario no domesticar esa tensión, experimentar esa cohabitación y hacer de ella la energía para la producción de otras ecologías políticas.

Comprender los cambios menos como proyectos de crecimiento progresivo institucional y más en la acción de «romper la camisa de fuerza de la política institucional» vía movilización popular, en vez de «proponer demandas todavía más ‘realistas’, es decir, menos visionarias, menos relacionadas con principios». Una nueva sensibilidad estético-política está en curso y pone «la necesidad de un cuidado de conexiones (…), de los lazos que ligan movimientos de tipos diferentes, organizados a partir de intereses y problemas diversos». ¿Cómo articular las diferentes luchas, cómo conectar los puntos de resistencia de clase y feminismos, antirracismos y lgbt? Hacer funcionar estas luchas en conexiones vinculantes: plataformas colaborativas, acciones en las redes y calles, hacer de las diferencias posibilidades de influencias mutuas. Necesitamos conectores. Y un nuevo vocabulario político.

Es bueno tener el «Frente Brasil Popular» que une a la izquierda organizada, pero tal vez sea más potente caminar para una federación de luchas (¡viva Proudhon!). No tanto el «trabajo de base» en el sentido de una transmisión verticalizada y a veces sin muchas experimentaciones entre los lugares de experiencia y habla, y más plataformas de colaboración, creación colectiva, inversiones en la producción de relaciones. Hacer red, como apoyo mutuo (¡viva Kropotkin!). Ganar la población, ser «populista» en este sentido fuerte, patear el tablero, contaminarnos de la misma sustancia. La nueva tarea política requiere la voluntad de asumir riesgos. Para entender el deseo de un nuevo Brasil, debemos estar abiertos a nuevas subjetividades políticas, caminando con ellas, aunque sea en la dirección de un lugar que nadie sabe todavía cuál es. En Brasil, se ganaron tres importantes macrodebates en las últimas décadas: democracia (fin de la dictadura), combate contra las desigualdades (elección de Lula), distribución política (junio). Ahora llega el desafío, en este contexto de crisis, de profundizar y reelaborar esas tres victorias, creando, colectivamente, imaginarios y prácticas que entusiasmen a Jéssica y a Val. Para animar (o retomar) la fiesta.