Opinión

Evo y las decisiones truncadas

Todo gobernante vive y trabaja bajo la sombra de su antecesor. Desde enero de este año, Evo Morales, líder sindical indígena, ostenta el mando de Bolivia. De acuerdo con la regla formulada, la sombra de Mesa lo condiciona, y por ello su principal temor consiste en quedarse quieto. Ya no son los muertos en las calles, sino la inmovilidad del Palacio lo que atormenta al presidente. Y es por ello, entre otras razones, que duerme poco, viaja siempre, encara iniciativas en múltiples frentes y se mueve como si el Estado que encabeza fuera uno del Primer Mundo.

Evo y las decisiones truncadas

Todo gobernante vive y trabaja bajo la sombra de su antecesor. Hasta donde se sabe, se trata de una obsesión muy personal, de un imperativo que va martillando sus días y sus firmas. Así, cada mandatario actúa con la precaución de no cometer los mismos errores de quienes lo precedieron en el cargo. Tal parece ser la garantía práctica de una buena administración.

En el caso de Bolivia, Carlos Mesa, el sucesor de Gonzalo Sánchez de Lozada, vivió con la obsesión de no causar muertos durante los conflictos sociales que sacuden habitualmente el país. Sánchez de Lozada se vio forzado a huir de Bolivia dejando tras de sí 67 muertos y multitudes enardecidas por el duelo y la impotencia. A Mesa le correspondió corregir la falta, suavizar los dolores de la masacre y pasar a la historia como el presidente más sereno y, por eso mismo, el más timorato. Cualquier determinación que hubiese podido generar conflictos y, por consiguiente, heridos y hasta muertos en las calles, era razón suficiente para que el jefe de Estado interpusiera sus reparos. Mesa pasó a la posteridad como un despilfarro, es decir, como el personaje que, gozando de gran popularidad y lucidez, fue impotente para cambiar la marcha de los acontecimientos.

Desde enero de este año, Evo Morales, líder sindical indígena, ostenta el mando de Bolivia. De acuerdo con la regla formulada en el inicio, la sombra de Mesa lo condiciona, y por ello su principal temor consiste en quedarse quieto. Ya no son los muertos en las calles, sino la inmovilidad del Palacio lo que atormenta al presidente. Y es por ello, entre otras razones, que duerme poco, viaja siempre, encara iniciativas en múltiples frentes y se mueve como si el Estado que encabeza fuera uno del Primer Mundo. En algún momento, Morales declaró que en sólo seis meses había cumplido ya 80% de sus promesas electorales y que en el tiempo restante de su mandato tendría que inventar nuevas metas.

Sin embargo, la aceleración de gestos y medidas oficiales no implica que Bolivia se haya subido a un tren bala. Poco a poco ha comenzado a quedar claro que una gran parte de las decisiones medulares asumidas por el nuevo gobierno ha quedado suspendida en la fría cárcel del papel. Andrés Soliz Rada, el ministro de Hidrocarburos, quiso llevar a la práctica la decisión, tomada hace ya cuatro meses, de ocupar para el Estado nacional las refinerías. Dado que las negociaciones con Brasil por el precio del gas boliviano estaban aún en curso, y teniendo en cuenta que Lula es un firme aspirante a la reelección, finalmente la medida del ministro terminó siendo desautorizada por el gobierno. Soliz renunció de inmediato al cargo, y encarnó así un caso extraordinario en el que una autoridad tiene que marcharse a su casa por haber querido ejecutar el contenido de un decreto tan sonadamente publicitado como punta de lanza de la «nacionalización de los hidrocarburos».

El episodio retrata de cuerpo entero los dilemas del nuevo gobierno nacionalista y revolucionario de Bolivia. Su frenesí activista contrasta cruelmente con las realidades mundiales, en las que un país como el suyo tiene poca o ninguna incidencia. ¿Cómo será entonces el sucesor de Morales? ¿Un cauto reformista? Al predominar los extremos, la consigna parece ser la de vivir al compás de movimientos pendulares.

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