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Entrevista a Nestor García Canclini

Trazar un mapa de la condición juvenil latinoamericana plantea un importante desafío a las ciencias sociales de nuestra época. La coexistencia de diferencias internas hace dela juventud una situación de intercambios más que un espacio de referencias y visiones generacionales claramente discernibles, como lo fuera en décadas anteriores. Pese a la difuminación que caracteriza el universo juvenil, hay signos persistentes que ayudan a precisar la relación entre los jóvenes y el futuro de la región. Marcados por la desinstitucionalización, el consumo y la informalidad, los jóvenes siguen subrayandolos modos en que la sociedad se renueva o reestiliza frente a lo político, lo social y lo popular.

Entrevista a Nestor García Canclini

El antropólogo argentino-mexicano Néstor García Canclini tiene un destacado papel en las ciencias sociales de la región desde hace varias décadas. En sus libros se conjugan las miradas científicas sobre el mundo social y cultural con las interpretaciones críticas propias del ensayismo latinoamericano más ejemplar. García Canclini es una figura insoslayable en el campo de la reflexión sobre la circulación política de los significados culturales, así como también en el análisis de los bienes simbólicos en juego y de las industrias culturales, en el contexto de la globalización y de las transformaciones derivadas de las actuales condiciones económicas de gobierno. En su reciente libro Diferentes, desiguales y desconectados, el autor propone nuevas precisiones conceptuales sobre la intensificación de los intercambios simbólicos y culturales, derivados de la cada vez mayor y más compleja interacción económica y tecnológica. El nuevo paisaje intercultural plantea desafíos tanto políticos como interpretativos. Aprovechando su paso por la ciudad de Nueva York en septiembre de 2005, NUEVA SOCIEDAD conversó con él sobre la articulación de estas situaciones en el llamado «mundo juvenil», al que dedica un capítulo de su libro. Si bien, como aclara modestamente García Canclini, se trata de hipótesis que requerirían una mayor elaboración y comprobación, ofrecemos la entrevista como aporte a una necesaria actualización conceptual de la problemática de la juventud en América Latina.

SERGIO CHEJFEC: Quisiera comenzar con una pregunta, digamos, general. ¿Qué rasgos diferenciales pueden encontrarse en las prácticas y los procesos culturales que protagoniza la juventud actual, con respecto al panorama juvenil de décadas pasadas, en especial los años 50, 60 o 70? Tengo la impresión de que por diversos motivos las miradas volcadas hacia la juventud de hoy están de algún modo delimitadas, a veces por contraste, por las manifestaciones y los sentidos juveniles de aquellas décadas.

NÉSTOR GARCÍA CANCLINI: Hay varias diferencias. Una es la mayor desconfianza que existe hoy hacia las distinciones generacionales. En los años 60, cuando se comienza a hablar del tema, todavía había libros especializados que se referían a la adolescencia y la juventud como etapas claramente diferenciadas. Y me parece que hoy, en general, los criterios generacionales son tomados muy flexiblemente. Ni en las maneras de vestir ni en los hábitos de consumo, ni en otros rasgos que podría presumirse que confieren sentido e identidad, sería posible encontrar diferencias entre lo que habitualmente se llama jóvenes, una edad que oscilaría entre los 18 y los 30 años, y otras edades. Una segunda diferencia, sin duda relacionada con cualquier tema, es el avance en la investigación y el análisis. Hay mucha más investigación empírica de la que había hace 40 años, y a su vez hay una problematización de cómo estudiar estos asuntos. Me parece que si miramos lo que las ciencias sociales encuentran en los jóvenes, hay poca rotundidad en los modos de esa presencia. En realidad, lo que sucede es que las ciencias sociales se hacen cargo de una institucionalización de la condición juvenil: hay institutos para la juventud; hay libros para jóvenes, películas, programas de radio y de televisión que pretenden destinarse específicamente a ellos. Entonces la condición de joven está constituida desde instancias públicas, institucionales, mediáticas. Pero, según creo, aun esos instituidores de identidades juveniles son bastante conscientes de las diferencias existentes entre los jóvenes. Quienes llevan adelante una radio para jóvenes no pretenden llegar al ciento por ciento de ellos; saben que hay jóvenes con gustos diferentes, con capacidades artísticas distintas. Las diferenciaciones internas de la llamada «condición juvenil» erosionan la posibilidad de configurar un universo denominado «joven». Otro rasgo que me parece importante en la actualidad es la difuminación de las características atribuidas a los jóvenes en muchas generaciones. Modos de vestir, asistencia a espectáculos, otros elementos de consumo recorren, aun cuando están aparentemente dirigidos a los jóvenes, un espectro bastante amplio, desde adolescentes muy tempranos, de 12 años, hasta personas de 60. Entonces, en ese sentido, la llamada «condición juvenil» corresponde a modos en que la sociedad se renueva o se reestiliza. En fin, me parece una zona todavía llena de confusiones. Por ejemplo, hay festivales o ferias de literatura infantil y juvenil; es difícil entender las motivaciones de ese agrupamiento: eso viene de una época en que se pensaba que tanto los niños como los jóvenes tenían una condición subalterna, que debía protegerse y cultivarse.

S.CH.: Uno puede pensar en fenómenos dobles. Hoy tenemos miradas hacia la juventud que derivan de los modos juveniles del pasado, de alguna manera hegemónicos en su momento, digamos en los 60. Pero también esos valores juveniles se han extendido y difuminado por acción tecnológica, por un lado, y por acción biológica, debido al desarrollo de las personas, por el otro. Entonces se tiene la impresión de que existe una continuidad en múltiples dimensiones, una profundización general. Ser joven es una condición subrayada, digamos, de una naturaleza juvenil extendida desde hace décadas y lanzada hacia el futuro individual de los antiguos jóvenes.

N.G.C.: Habría que hablar no solo de las continuidades y de la difuminación sino también de las rupturas. Porque al mismo tiempo que hay fenómenos como el de los Rolling Stones, que a los sesenta y tantos años siguen convocando jóvenes y apareciendo como representativos de estilos y gustos juveniles, hay amplias zonas de la vida social donde los jóvenes buscan delimitar sus propios espacios o circuitos y así tener una mayor independencia de las generaciones mayores que la habida en décadas anteriores. Lo vemos en algunas experiencias mediáticas como la de MTV, quizá la primera televisión hecha por jóvenes para jóvenes, con un diálogo muy horizontal entre enunciadores y receptores, y con la búsqueda de formas de complicidad, sobre todo en su primera etapa, cuando trataba de comunicar de un modo que excluyera a quienes no pertenecían a ese universo. Con el tiempo se fue comercializando, buscando públicos más amplios y perdiendo sus rasgos iniciales. También hay muchos espacios, singularmente en las ciudades grandes, en que los jóvenes se consideran protagonistas legítimos y descalifican la presencia de otros: lugares de baile, de diversión, modos de situarse ante lo social, lo político, lo popular.