Coyuntura

Entre el Mercosur y el ALCA

Un viejo chiste dice que Paraguay es un territorio argentino dentro de Brasil. Durante años, el país implementó un juego diplomático de oscilación entre sus dos grandes vecinos, un modo de paliar sus desfavorables condiciones económicas y ganar cierta autonomía. Con su ingreso al Mercosur, Paraguay se vio obligado a subir sus aranceles, perdió mercados externos y vive sometido a la inestabilidad financiera de los socios mayores. En estas circunstancias, el país inauguró una nueva política pendular: ya no entre Argentina y Brasil, sino entre el Mercosur y el ALCA.

Entre el Mercosur y el ALCA

El presidente de Paraguay, Nicanor Duarte Frutos, pertenece a una generación de nuevos líderes populistas progresistas de América Latina, cuyos rasgos son sorprendentes. Su partido, la Asociación Nacional Republicana (el Partido Colorado), es un empecinado «peronismo» rural, capaz de gobernar cueste lo que cueste, incluso al costo de no resolver ningún problema. La diplomacia de Nicanor es una incógnita. Se trata de una nueva política pendular, que ya no oscila entre Brasil y Argentina, los países que permiten o impiden que el país acceda al exterior, sino entre el Mercosur y el ALCA: es decir, entre los gobiernos progresistas del Cono Sur latinoamericano, que paradójicamente bloquean el desarrollo de Paraguay, y el presidente George W. Bush, el «americano malo» del Norte, que sin embargo puede tirar un balón de oxígeno a una sociedad que se está asfixiando.

Estados Unidos y Paraguay

Durante el siglo XX, la política paraguaya en relación con Estados Unidos –cuando la hubo– fue de una sujeción casi mecánica, casi centroamericana. Casi, porque Paraguay es un país «demasiado lejano» para el desembarco rutinario de los marines, y no se benefició nunca del comercio ni de inversiones estadounidenses significativas. Además, Paraguay está demasiado subordinado a sus grandes vecinos para que una intervención directa de Washington no acarree conflictos.

Para EEUU, Paraguay ha sido una dictadura cómoda, anticomunista, cuartelera, católica, corrupta, institucional, obediente y sin desbordes pasionales. Fiel al bando occidental durante la Guerra Fría, tenía pequeños «daños colaterales» como el tráfico de drogas o las violaciones de los derechos humanos. Pero ése no era un tema internacional antes de la llegada al poder de James Carter. Cuando éste decidió poner fin de una vez a las prisiones sin término del dictador Alfredo Stroessner, quien ejerció durante 34 años el gobierno, las cárceles se abrieron. Cuando su sucesor, Ronald Reagan, decidió que había que reemplazar a las dictaduras latinoamericanas e iniciar los procesos de transición democrática, sus deseos fueron órdenes.

En 1989, entonces, llegó presuroso el golpe de Estado del general Andrés Rodríguez, consuegro del dictador. Y Paraguay, cuya cultura autoritaria –según la literatura sociológica angloamericana– llevaba de manera inexorable al autoritarismo de sus gobiernos, que de otro modo desembocarían en la anarquía, se democratizó de la noche a la mañana: nueva Constitución, cárcel inmediata para los torturadores, exilio para el dictador y apertura de los archivos policíacos. Eso no significó –no significa todavía– que el país funcione adecuadamente. Pero la violación de los derechos humanos de sus opositores dejó de ser el procedimiento rutinario del gobierno, y ya no es considerada una prerrogativa de los poderosos. El régimen democrático se consolidó, no sin tensiones, pero con bajo costo.

Paraguay y el Mercosur

La historia de la relación con los países que hoy integran el Mercosur también es larga. Los «puertos precisos» originados en el periodo colonial fueron heredados por las nuevas repúblicas y aprovechados por los porteños para sacar dinero a las provincias del interior. En el Río de la Plata, esto valía en especial para la «provincia rebelde», Paraguay, que no se independizó de España sino de Buenos Aires. Entre 1865 y 1870, en la más cruenta guerra de América, la Triple Alianza destruyó el proyecto de modernización del Estado paraguayo y aniquiló a la mayor parte de su población. Los países de la Triple Alianza, Argentina, Uruguay y Brasil, los contendientes de ayer, son hoy los socios del Mercosur.

Según un viejo chiste, Paraguay es un territorio argentino dentro de Brasil. Hasta la década de 1960, su única conexión con el resto del mundo era el Río de la Plata. Y era Argentina la que decidía impedir o permitir la salida comercial de Paraguay, bloqueándolo cuando lo deseaba. Luego de que Brasil construyera un puente y una ruta, Paraguay consiguió una salida alternativa a través del Puente de la Amistad. Y solo entonces Argentina reconoció jurídicamente el derecho a la libre navegabilidad internacional del río Paraná para los paraguayos.

Sin embargo, diplomática y comercialmente, Paraguay siguió siendo un país «fronterizo». Sus seis millones de habitantes, frente a los 150 millones de brasileños y los 40 millones de argentinos, no tienen hoy ningún peso comercial, cultural, diplomático ni político, en un subcontinente donde la desigualdad no quita el sueño a los ricos ni permite a los pobres encarar políticas exitosas en defensa de sus intereses. Uruguay es también una frontera, pero con costa marítima, y eso lo diferencia de Paraguay.

En la década de 1960, Paraguay había obtenido algún respiro diplomático con su política pendular. Servir a dos señores aumenta la libertad del subalterno cuando lo único que puede negociar es su fidelidad. Ahora ya no se trata de jugar entre Argentina y Brasil: en relación con Paraguay, ambos están de acuerdo. Con sus vecinos, Paraguay tiene un comercio deficitario, términos de intercambio desfavorables, trabas no arancelarias permanentes y la discriminación de siempre. Por ejemplo, varias empresas brasileñas cobran a los productos paraguayos un flete más caro que a los argentinos. Los encargados de custodiar la frontera argentina dificultan el flujo de camiones de Paraguay a Chile con pretextos, como inspecciones y destructivos controles, o limitando arbitrariamente el número de vehículos por día.

Este panorama es agravado por la incapacidad de Paraguay para ejercer presiones adecuadas. Porque mientras Brasil y Argentina representan las dos terceras partes de sus intercambios internacionales, Paraguay no constituye para sus vecinos un porcentaje importante. Todo esto motiva otra política pendular: en lugar de un juego dentro del Cono Sur, ahora se trata de intentar cierta autonomía comercial que contrabalancee al Mercosur con EEUU, que busca aumentar su influencia a través del ALCA.