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Energía y seguridad en Sudamérica: más allá de las materias primas

La energía es una fuente de poder y, como tal, es motivo de fricciones y conflictos. En Sudamérica, la energía puede ser también el eje de proyectos de integración que garanticen la seguridad a los Estados asociados. Para ello, es necesario dejar atrás la visión de la energía como una simple materia prima y adoptar una perspectiva estratégica: un proyecto de integración energética debe descansar en sólidas decisiones políticas, con una planificación para varias décadas que deje de lado el «patriotismo económico», profundice iniciativas novedosas, como la tecnología del etanol en Brasil, y avance en la búsqueda de fuentes variadas y, de ser posible, renovables.

Energía y seguridad en Sudamérica: más allá de las materias primas

Energía y poder

Para Lenin, la fórmula del éxito en la emergente Unión Soviética era simple: «socialismo = soviets + electrificación». El poder político y los medios para mover la industria serían las claves para la construcción del nuevo sistema social. Claro que, en realidad, la ecuación de Lenin era minimalista, ya que se necesita más que un buen gobierno y energía para asegurar el bienestar de un pueblo. Pero aunque ambos factores no son condición suficiente para el éxito, nadie pone en duda que son necesarios. En inglés, la energía eléctrica se denomina simplemente power, es decir, «poder». El fluido eléctrico es, en efecto, una forma de energía que se obtiene de distintas fuentes, sobre todo a partir de hidrocarburos. Entre ellos, el petróleo, la fuente primaria más versátil, domina el mercado energético. La mayor parte del crudo –60% de las reservas– se concentra en Oriente Medio, cuyas fronteras e historia estuvieron, durante el siglo XX, marcadas por el petróleo. Algunos lo llaman «oro negro», otros lo han llegado a denominar «excremento del demonio», y lo cierto es que el petróleo puede ser una bendición o una maldición: el devenir político de Irak, Arabia Saudita, Irán, Kuwait y el resto de los países del Golfo Pérsico está determinado por su condición de grandes productores de la materia prima más cotizada.

Hay, claro, otros elementos asociados de manera directa al poder: uno de ellos es el armamento. Hasta cierto punto, es posible establecer una analogía entre la energía y las armas. Para muchos, el petróleo, igual que otras fuentes energéticas, es simplemente una mercancía más. Su adquisición es transada en los mercados internacionales y su precio se fija por la oferta y la demanda. Así ocurre en tiempos normales.

Sin embargo, la energía también puede utilizarse como un arma. Hay quienes señalan que la clave del éxito bélico no radica en el campo de batalla sino en la logística. Con ello quieren decir que de nada sirve un ejército valeroso si no dispone de los insumos necesarios para combatir. La ausencia de carburantes para los blindados puede paralizar incluso a poderosas maquinarias de guerra, como le ocurrió en ciertos frentes a la Wehrmacht hacia fines de la Segunda Guerra Mundial. En Vietnam, Estados Unidos dedicó gran parte de su esfuerzo a romper el flujo de pertrechos entre el norte y el sur. Entre 1965 y 1973, con el objetivo de destruir las líneas de abastecimiento comunistas, se lanzaron más de dos millones de toneladas de bombas sobre Laos y Camboya; este último país recibió el equivalente a más de la mitad de las bombas lanzadas sobre Japón durante la Segunda Guerra Mundial. El esfuerzo apuntaba a bloquear la llamada «ruta de Ho Chi Minh» que, con un ancho promedio de ocho kilómetros, corría a lo largo de un millar de kilómetros bajo el denso follaje. Por allí pasaba un oleoducto bien camuflado, que fue fundamental para la circulación de los 10.000 camiones indispensables para montar el asalto final a Saigón. El general estadounidense Carl Stiner, quien comandó las fuerzas especiales durante el conflicto, resumió así la importancia del abastecimiento: «Es creíble el planteo de que si EEUU hubiera encontrado una forma efectiva de bloquear la ruta de Ho Chi Minh en 1962 o 1963, la intervención masiva estadounidense, cuatro años más tarde, no hubiese ocurrido, y quizás la guerra de Vietnam hubiese concluido de manera más feliz».

Está claro que, en una guerra, disponer o no de petróleo puede marcar la diferencia entre la victoria y la derrota. Pero contar con armamento poderoso, al igual que disponer de hidrocarburos, puede tener doble filo: puede constituir tanto una fortaleza (cuando se puede hacer pleno uso de los recursos) como una vulnerabilidad (si no se tiene la capacidad de defenderlos). Un ejemplo de esto último son aquellos países con armas de destrucción masiva (nucleares, químicas o biológicas) que no son capaces de protegerlas, como ocurrió con Irak en 1981, hace exactamente 25 años, cuando Israel destruyó hasta sus cimientos el reactor nuclear de Osirak, a punto de ser puesto en marcha. Así quedó sepultada la voluntad de Saddam Hussein de contar con la «primera bomba atómica islámica». Hoy, Irán enfrenta un dilema similar.

Lo mismo sucede con los hidrocarburos. El poder que otorga esta fuente de energía es tal que también puede invitar a países más poderosos a buscar su control, a través de tratados internacionales o de la fuerza. Arabia Saudita optó por la primera alternativa: la familia real estableció una alianza con EEUU en la década del 30 y la convergencia de intereses –protección política a cambio de petróleo– se reflejó en la famosa empresa Arabian Oil Company. Irán siguió otro camino: no hubo acuerdo con EEUU, debido a la marea nacionalista que llevó al gobierno a Muhammad Mossadeq, quien, nombrado primer ministro tras las elecciones de 1951, nacionalizó el petróleo. En represalia, Londres y Washington instigaron un golpe militar y en 1953 se estableció una férrea dictadura con un papel protagónico para la Savak, la policía secreta. El régimen dictatorial fue depuesto solo en 1979 y dio paso a un intolerante gobierno dominado por fundamentalistas islámicos.

Pero ésta no es la única consecuencia política de la posesión de grandes reservas de hidrocarburos. Aquellos países con abundantes reservas de petróleo y gas, como Rusia, las utilizan para influir en las relaciones con sus vecinos. La decisión de disminuir el flujo del abastecimiento a Ucrania y Georgia contribuyó a que estas ex-repúblicas soviéticas recordaran cuánto dependen aún de la voluntad de Moscú. En América Latina, el presidente venezolano Hugo Chávez ha ganado aliados en el Caribe y algunos países de Sudamérica con una política de venta de petróleo a precios preferenciales, e incluso ha intentado ampliar ese capital político en EEUU y Gran Bretaña con ofertas para vender crudo a sectores populares a valores inferiores a los del mercado.

Por supuesto, también hay casos de cooperación, cuyo eje integrador han sido los acuerdos de explotación de materias primas. Es lo que ocurrió entre Francia y Alemania luego de la Segunda Guerra Mundial. Allí donde algunos veían una amenaza, otros vieron una oportunidad y, después de tres guerras devastadoras y en menos de un siglo, París y Berlín decidieron hacer del Viejo Continente, al fin, un ámbito de paz. La clave fue colocar sus respectivas industrias del carbón y el acero bajo una autoridad común. Robert Shuman, ex-ministro de Relaciones Exteriores francés y arquitecto de la naciente unificación, vaticinó que Europa se construiría «a través de realizaciones concretas creando desde el comienzo una solidaridad de hecho».