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En diálogo con "El hombre que amaba a los perros", de Leonardo Padura

El León Trotsky construido por Leonardo Padura –sin pérdida de rigor histórico– es en parte el Trotsky que el novelista cubano necesita para articular una crítica al propio devenir antiutópico del socialismo en la isla caribeña. Así, el viejo revolucionario ruso se arrepiente de las medidas más duras tomadas por los bolcheviques luego de la guerra civil, y una de las facetas de su pensamiento resaltadas por la novela es su defensa de la libertad artística. Padura es, sin duda, un exponente del ambiente cultural e intelectual de la transición cubana, que brega por la democratización sin abandonar el país y cuya independencia de criterio va en paralelo a la independencia económica que logró mediante la publicación de sus obras fuera de Cuba.

En diálogo con "El hombre que amaba a los perros", de Leonardo Padura

1. El hombre que amaba a los perros1 es la obra más reciente del escritor cubano Leonardo Padura, conocido por sus novelas sobre las peripecias del detective Mario Conde. Es claro que en esas obras policiacas, Padura expone muchas de sus ideas sobre la política y la sociedad cubanas, pero es en este último libro donde sus reflexiones políticas y sociales alcanzan mayor significado y profundidad. El hombre que amaba a los perros entrelaza tres relatos, basados en una rica y profunda investigación histórica sobre el revolucionario ruso León Trotsky y su asesino, el comunista catalán Ramón Mercader, cruzados por la construcción literaria de un periodista cubano ficticio –el narrador de la obra–, reducido en la novela, por razones políticas, a la humilde condición de corrector de pruebas de una revista de veterinaria.

El hecho de que Mercader residiera en Cuba por unos cuatro años hacia finales de los años 70, cuando trabajó como asesor del Ministerio del Interior2, le sirve a Padura para establecer la conexión ficticia entre el asesino y el periodista cubano. Este encuentra a Mercader acompañado por un guardaespaldas en la playa, mientras pasea a sus perros.

Usando un seudónimo, Mercader le revela al cubano mucho de su vida, pero como si estuviera hablando de un tercero y no de él mismo. Es a través de esa convención artística como Padura revela y articula su pensamiento sobre el estalinismo, su psicología y sus horrores, tanto en el ámbito de la alta política como en el del individuo en su más fundamental condición de ser humano. En su rica exploración del mundo estalinista, Padura presenta diferentes tipos de comunistas, lo que permite apreciar cómo a la postre la individualidad persiste a pesar del peso aplastante de la ortodoxia ideológica y el terror.

Así, la novela de Padura nos presenta inicialmente a Mercader como un soldado comprometido con el comunismo, que combate en las filas republicanas en la Guerra Civil española, reclutado por los servicios de inteligencia soviéticos. El futuro asesino de Trotsky aparece en estas páginas como un ser pensante y hasta cierto grado capaz de mantener criterios independientes. Pero sus compañeros comunistas lo callan y le informan que «el partido siempre tiene la razón (…) y si no entiendes, no importa, tienes que obedecer»3. Kotov, su superior soviético, le comunica que hay que limpiar el Ejército republicano y deshacerse de algunos jefes incondicionales al presidente socialista Francisco Largo Caballero, y que el mismo Stalin ordenó purgar los mandos republicanos para lograr la preeminencia comunista, tanto en el Ejército como en las otras instituciones de la República4. Es así como Padura desafía muchos de los mitos y convenciones sobre el papel del Partido Comunista en la Guerra Civil española que aún predominan en Cuba y que tanta influencia tuvieron en el resto de América Latina.

Cuando narra cómo Mercader es enviado a la Unión Soviética para ser entrenado en los servicios de inteligencia, Padura aprovecha para exponer, en algunas de las escenas más escalofriantes del libro, cómo el militante comunista se convierte, ya en el campo de entrenamiento, en el anónimo soldado 13. Allí es obligado, entre otras tareas, a ejecutar a cuchillazos a un pobre hombre vestido con harapos al que sus entrenadores describen como un «perro trotskista» enemigo del pueblo.

En comparación con Ramón Mercader, descrito por Padura como un estalinista convencido pero hasta cierto grado atrapado y víctima de las circunstancias, su madre Caridad es una creyente fanática sin capacidad de reflexión o pensamiento independiente y sin siquiera un rastro de remordimiento de conciencia. Mientras que, por ejemplo, a Mercader le cuesta aceptar el pacto Hitler-Stalin, Caridad lo justifica sin la menor vacilación5. Y cuando llega el momento de asesinar a Trotsky, Ramón tiene un momento de duda y comprensión hacia el anciano líder revolucionario, mientras que una Caridad llena de odio incita a su hijo a que actúe sin piedad argumentando que nadie la tendrá con él6.

2. Sobre Trotsky, el otro hombre que amaba a los perros, ¿qué nos dice Padura? Basado en una profunda investigación y en el estudio de la obra del dirigente bolchevique, el autor cubano nos describe con mucha simpatía a un hombre ya exiliado, de gran integridad y genuinamente dedicado a la causa de un auténtico socialismo internacionalista. Trotsky ha sido despojado de su ciudadanía soviética y ningún país quiere darle asilo hasta que el presidente Lázaro Cárdenas lo acoge en México. Es un hombre perseguido, y muchos de sus familiares y seguidores han sido asesinados por órdenes de Stalin. Pero hay perseguidos de diferentes tipos. Los hay como Nelson Mandela, durante sus oscuras décadas de prisión, que son respaldados por grandes movimientos sociales y políticos. Pero también los hay como Trotsky, quien en la novela llega a decir: «cada vez estoy más solo, sin amigos, sin camaradas, sin familia»7. Es quizás por esa soledad que Padura entiende que aunque Trotsky no se asombrara de las increíbles confesiones arrancadas a las víctimas de las grandes purgas de los años 30 en la URSS, sí se entristeciera por las autoinculpaciones de Christian Rakovsky, su viejo compañero de las primeras luchas contra Stalin, en el tercer juicio de Moscú de 19388.

En su simpatía hacia el líder ruso, Padura especula sobre un Trotsky que internamente («jamás lo confesaría en público», aclara el autor) se recrimina por no haber reconocido los excesos en los que él mismo incurrió para defender la Revolución y su permanencia. El Trotsky imaginado por Padura lamenta sus medidas para la militarización de los sindicatos ferroviarios y, más allá de eso, las políticas coercitivas aplicadas para la reconstrucción de la posguerra, la destitución de líderes sindicales e incluso su actuación en el aplastamiento sangriento de la revuelta de Kronstadt9. Estas son especulaciones razonables de Padura basadas en la revisión que hizo Trotsky durante los años 30 de muchas de las ideas políticas que había sostenido principalmente durante la Guerra Civil (1918-1920); así, por ejemplo, rechazó el principio del partido único como piedra angular del socialismo en el poder. Pero esto no deja de sugerir que se trata aquí de las proyecciones de un Padura que está retrospectivamente reflexionando sobre la dinámica de implantación de un sistema similar en su propia nación.

  • 1. Samuel Farber: doctor en Sociología por la Universidad de California en Berkeley. Fue profesor del Brooklyn College de la City University of New York. Nació y se crió en Cuba, donde fue activista estudiantil de la segunda enseñanza contra la dictadura de Fulgencio Batista; migró a Estados Unidos en 1958. Su obra más reciente es Cuba Since the Revolution of 1959. A Critical Assessment (Haymarket Books, Chicago, 2011).Palabras claves: socialismo, democracia, León Trotsky, Leonardo Padura, Ramón Mercader, Raúl Castro, El hombre que amaba a los perros, Cuba.. Tusquets, Barcelona, 2009.
  • 2. Según Luis Mercader, hermano menor de Ramón, este fue invitado a residir en Cuba por intermedio de una tal Carmen Vega, durante una de las visitas de Fidel Castro a Moscú. Anteriormente, Mercader había estado unos pocos días en la isla, cuando salió de la cárcel mexicana en ruta a Europa del Este en 1960. Otro lazo de los Mercader con la nación caribeña era que Caridad, la madre de Ramón y Luis, había nacido en Cuba, aunque su familia migró tempranamente a España. Durante los años 60, Caridad trabajó por siete años como funcionaria encargada de las relaciones públicas de la Embajada cubana en París. L. Mercader y Germán Sánchez (con la colaboración de Rafael Llanos): Ramón Mercader. Mi hermano. Cincuenta años después, Espasa-Calpe, Madrid, 1990.
  • 3. L. Padura: ob. cit., p. 91.
  • 4. Ibíd., p. 120.
  • 5. Ibíd., pp. 329-331.
  • 6. Ibíd., pp. 415 y 435.
  • 7. Ibíd., p. 415.
  • 8. Ibíd., p. 345.
  • 9. Ibíd., pp. 67-69.