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La izquierda y la transición cubana En diálogo con «El hombre que amaba a los perros», de Leonardo Padura

El León Trotsky construido por Leonardo Padura –sin pérdida de rigor histórico– es en parte el Trotsky que el novelista cubano necesita para articular una crítica al propio devenir antiutópico del socialismo en la isla caribeña. Así, el viejo revolucionario ruso se arrepiente de las medidas más duras tomadas por los bolcheviques luego de la guerra civil, y una de las facetas de su pensamiento resaltadas por la novela es su defensa de la libertad artística. Padura es, sin duda, un exponente del ambiente cultural e intelectual de la transición cubana, que brega por la democratización sin abandonar el país y cuya independencia de criterio va en paralelo a la independencia económica que logró mediante la publicación de sus obras fuera de Cuba.

Marzo - Abril 2012
La izquierda y la transición cubana / En diálogo con «El hombre que amaba a los perros», de Leonardo Padura

1. El hombre que amaba a los perros1 es la obra más reciente del escritor cubano Leonardo Padura, conocido por sus novelas sobre las peripecias del detective Mario Conde. Es claro que en esas obras policiacas, Padura expone muchas de sus ideas sobre la política y la sociedad cubanas, pero es en este último libro donde sus reflexiones políticas y sociales alcanzan mayor significado y profundidad. El hombre que amaba a los perros entrelaza tres relatos, basados en una rica y profunda investigación histórica sobre el revolucionario ruso León Trotsky y su asesino, el comunista catalán Ramón Mercader, cruzados por la construcción literaria de un periodista cubano ficticio –el narrador de la obra–, reducido en la novela, por razones políticas, a la humilde condición de corrector de pruebas de una revista de veterinaria.

El hecho de que Mercader residiera en Cuba por unos cuatro años hacia finales de los años 70, cuando trabajó como asesor del Ministerio del Interior2, le sirve a Padura para establecer la conexión ficticia entre el asesino y el periodista cubano. Este encuentra a Mercader acompañado por un guardaespaldas en la playa, mientras pasea a sus perros.

Usando un seudónimo, Mercader le revela al cubano mucho de su vida, pero como si estuviera hablando de un tercero y no de él mismo. Es a través de esa convención artística como Padura revela y articula su pensamiento sobre el estalinismo, su psicología y sus horrores, tanto en el ámbito de la alta política como en el del individuo en su más fundamental condición de ser humano. En su rica exploración del mundo estalinista, Padura presenta diferentes tipos de comunistas, lo que permite apreciar cómo a la postre la individualidad persiste a pesar del peso aplastante de la ortodoxia ideológica y el terror.

Así, la novela de Padura nos presenta inicialmente a Mercader como un soldado comprometido con el comunismo, que combate en las filas republicanas en la Guerra Civil española, reclutado por los servicios de inteligencia soviéticos. El futuro asesino de Trotsky aparece en estas páginas como un ser pensante y hasta cierto grado capaz de mantener criterios independientes. Pero sus compañeros comunistas lo callan y le informan que «el partido siempre tiene la razón (…) y si no entiendes, no importa, tienes que obedecer»3. Kotov, su superior soviético, le comunica que hay que limpiar el Ejército republicano y deshacerse de algunos jefes incondicionales al presidente socialista Francisco Largo Caballero, y que el mismo Stalin ordenó purgar los mandos republicanos para lograr la preeminencia comunista, tanto en el Ejército como en las otras instituciones de la República4. Es así como Padura desafía muchos de los mitos y convenciones sobre el papel del Partido Comunista en la Guerra Civil española que aún predominan en Cuba y que tanta influencia tuvieron en el resto de América Latina.

Cuando narra cómo Mercader es enviado a la Unión Soviética para ser entrenado en los servicios de inteligencia, Padura aprovecha para exponer, en algunas de las escenas más escalofriantes del libro, cómo el militante comunista se convierte, ya en el campo de entrenamiento, en el anónimo soldado 13. Allí es obligado, entre otras tareas, a ejecutar a cuchillazos a un pobre hombre vestido con harapos al que sus entrenadores describen como un «perro trotskista» enemigo del pueblo.

En comparación con Ramón Mercader, descrito por Padura como un estalinista convencido pero hasta cierto grado atrapado y víctima de las circunstancias, su madre Caridad es una creyente fanática sin capacidad de reflexión o pensamiento independiente y sin siquiera un rastro de remordimiento de conciencia. Mientras que, por ejemplo, a Mercader le cuesta aceptar el pacto Hitler-Stalin, Caridad lo justifica sin la menor vacilación5. Y cuando llega el momento de asesinar a Trotsky, Ramón tiene un momento de duda y comprensión hacia el anciano líder revolucionario, mientras que una Caridad llena de odio incita a su hijo a que actúe sin piedad argumentando que nadie la tendrá con él6.

2. Sobre Trotsky, el otro hombre que amaba a los perros, ¿qué nos dice Padura? Basado en una profunda investigación y en el estudio de la obra del dirigente bolchevique, el autor cubano nos describe con mucha simpatía a un hombre ya exiliado, de gran integridad y genuinamente dedicado a la causa de un auténtico socialismo internacionalista. Trotsky ha sido despojado de su ciudadanía soviética y ningún país quiere darle asilo hasta que el presidente Lázaro Cárdenas lo acoge en México. Es un hombre perseguido, y muchos de sus familiares y seguidores han sido asesinados por órdenes de Stalin. Pero hay perseguidos de diferentes tipos. Los hay como Nelson Mandela, durante sus oscuras décadas de prisión, que son respaldados por grandes movimientos sociales y políticos. Pero también los hay como Trotsky, quien en la novela llega a decir: «cada vez estoy más solo, sin amigos, sin camaradas, sin familia»7. Es quizás por esa soledad que Padura entiende que aunque Trotsky no se asombrara de las increíbles confesiones arrancadas a las víctimas de las grandes purgas de los años 30 en la URSS, sí se entristeciera por las autoinculpaciones de Christian Rakovsky, su viejo compañero de las primeras luchas contra Stalin, en el tercer juicio de Moscú de 19388.

En su simpatía hacia el líder ruso, Padura especula sobre un Trotsky que internamente («jamás lo confesaría en público», aclara el autor) se recrimina por no haber reconocido los excesos en los que él mismo incurrió para defender la Revolución y su permanencia. El Trotsky imaginado por Padura lamenta sus medidas para la militarización de los sindicatos ferroviarios y, más allá de eso, las políticas coercitivas aplicadas para la reconstrucción de la posguerra, la destitución de líderes sindicales e incluso su actuación en el aplastamiento sangriento de la revuelta de Kronstadt9. Estas son especulaciones razonables de Padura basadas en la revisión que hizo Trotsky durante los años 30 de muchas de las ideas políticas que había sostenido principalmente durante la Guerra Civil (1918-1920); así, por ejemplo, rechazó el principio del partido único como piedra angular del socialismo en el poder. Pero esto no deja de sugerir que se trata aquí de las proyecciones de un Padura que está retrospectivamente reflexionando sobre la dinámica de implantación de un sistema similar en su propia nación.

Es también alguien que ha vivido bajo el estalinismo sui géneris de la isla quien resalta al Trotsky crítico literario que afirma sin titubeos que «todo está permitido en el arte». En diálogo con André Breton, quien sostiene que todo está permitido en el arte menos lo que atente contra la revolución proletaria, Trotsky insiste en que no se puede admitir ninguna restricción, que no hay nada que una dictadura deba imponer al creador bajo el pretexto de la necesidad histórica y política: el arte tiene que atenerse a sus propias exigencias y solo a ellas10. 3. Más allá del respeto por la verdad histórica y la simpatía con que Padura trata a Trotsky, sería un gran error ver este libro como trotskista o trotskizante, aun si se define el trotskismo de un modo tan amplio como lo hizo George Orwell en algún momento: como todo socialismo radical opuesto al estalinismo. En realidad, el trotskismo significa algo más que el socialismo radical antiestalinista, e incluye como mínimo ciertas actitudes políticas hacia el reformismo socialdemócrata o liberal, la tesis sobre la revolución permanente y un internacionalismo intransigente.

Padura describe la severa crítica de Trotsky hacia el comunismo alemán y su política suicida frente al nazismo, que se tradujo en considerar la socialdemocracia («fascismo social», según el lenguaje político pervertido y extremadamente sectario de los estalinistas) como equivalente al nazismo. El Trotsky de Padura propone una especie de frente popular de todas las fuerzas democráticas y progresistas contra el nazismo. Pero esto no fue en absoluto lo que Trotsky propuso para Alemania o cualquier otro país que enfrentara el peligro de la toma del poder por el nazismo, el fascismo o la extrema derecha tradicional. Haciéndose eco de las directivas del Komintern de principios de los años 20, Trotsky planteó una política de frente único que agrupara a todas las fuerzas de la clase obrera, lo cual obviamente incluía a la socialdemocracia pero excluía a los partidos burgueses, aunque estos fueran liberales y democráticos. En otras palabras, Trotsky apoyaba una política clasista y no una política «popular». Él suponía, como en el caso de España, que la oposición al fascismo y la extrema derecha solo podía triunfar si se basaba en la movilización de intereses de clase que a largo plazo llevarían a la revolución socialista, la única verdadera alternativa al fascismo, dada la decadencia de la sociedad capitalista aun en sus versiones democráticas.

En todo caso, el trotskismo ha sido una tendencia que se ha desarrollado principalmente en los países capitalistas. En los Estados comunistas de Europa del Este fue rechazado por la gran mayoría de los disidentes por diversas razones, incluyendo la percepción en muchos sentidos errónea de que Trotsky solamente se preocupaba por la revolución y no por la democracia, y de que su política agraria habría sido tan mala o peor que la de Stalin. Aunque personalidades importantes como Jacek Kuron y Karol Modzelewski (quienes también tuvieron mucha influencia sobre el joven Adam Michnik) en Polonia y Peter Uhl en Checoslovaquia pasaron por el socialismo revolucionario, se convirtieron en socialdemócratas o liberales a medida que se iba acercando el derrocamiento del sistema comunista. 4. Es posible afirmar que el personaje principal de El hombre que amaba a los perros no es ni Trotsky ni Ramón Mercader. La figura principal es el único personaje totalmente ficticio de la trama: el narrador mismo, el único de los tres que es cubano; solo al pasar nos enteramos de que se llama Iván. Para cuando se encuentra con Mercader, este joven periodista ya ha sido castigado por el sistema dos veces. La primera, cuando recién graduado de la universidad fue enviado al remoto pueblo de Baracoa –en el extremo oriental de la isla– como jefe de la emisora de radio local, un correctivo para «bajarle los humos». La segunda vez, cuando lo envían a trabajar como corrector de pruebas de una revista de veterinaria. Como si su desdicha profesional fuera poca, su hermano es excluido de la universidad por ser gay y desaparece tratando de huir hacia Estados Unidos.

La trama narrada por Iván ocurre durante los 70, época que marca tanto los cuatro años en que Mercader residió en Cuba como asesor del Ministerio del Interior como el apogeo de la represión cultural y política en Cuba. Son los años que el escritor Ambrosio Fornet ha caracterizado como el «quinquenio gris» (1971-1976), pero que el prominente arquitecto Mario Coyula Cowley denominó, con más precisión histórica, el «trinquenio gris»: los peores 15 años del estalinismo tropical que, según él, ya habían comenzado a finales de los 6011. Fue durante lo años 70 y 80 cuando Iván se sintió marginado, prohibido, sepultado en vida a los treinta y pico, cuando empezaba a ser un escritor en serio. No era, nos aclara Iván, como si la vida de los escritores estuviera en peligro, sino que los habían convertido en nada. Fue entonces cuando aprendió a saber lo que es el miedo. En un lenguaje característicamente rico y transparente, Iván nos describe el sabor de la época:

Creo que en esos años nosotros debimos de haber sido, en todo el mundo occidental civilizado y estudiantil, los únicos miembros de nuestra generación que, por ejemplo, jamás se pusieron entre los labios un cigarro de marihuana y los que, a pesar del calor que nos corría por las venas, más tardíamente nos liberamos de atavismos sexuales, encabezados por el jodido tabú de la virginidad (nada más cercano a la moral comunista que los preceptos católicos); en el Caribe hispano fuimos los únicos que vivimos sin saber que estaba naciendo la música salsa o que los Beatles (Rollings y Mamas too) eran símbolo de la rebeldía y no de la cultura imperialista, como tantas veces nos dijeron… habíamos sido, en su momento, los menos enterados de las proporciones de la herida física y filosófica que habían producido en Praga unos tanques algo más que amenazadores, de la matanza de estudiantes en una plaza mexicana llamada Tlatelolco, de la devastación humana e histórica provocada por la Revolución Cultural del amado camarada Mao y del nacimiento, para gentes de nuestra edad, de otro tipo de sueño, alumbrado en las calles de París y en los conciertos de rock de California.12

Las reflexiones del narrador no se limitan a las tristes experiencias del quinquenio o trinquenio gris. Situándose en los 90, Iván recuerda el nacimiento y la muerte de las esperanzas de la Perestroika, la revelación de la verdad sobre el dictador rumano Nicolae Ceaucescu, los horrores de la Revolución Cultural en China y la decepción de comprobar que el gran sueño estaba enfermo de muerte y que en su nombre se habían cometido hasta genocidios como el de la Camboya de los Khmer Rouge de Pol Pot. Lo que parecía indestructible terminó deshecho. Aquellos fueron los tiempos en los que se concretó el gran desencanto13.

5. El colapso de la URSS y el bloque soviético a fines de los 80 y principios de los 90 provocó una crisis catastrófica en la economía y sociedad cubanas, con su consecuente impacto en la política e ideología del gobierno. Fidel Castro y la nomenklatura cubana optaron por disminuir el peso del marxismo en la temática ideológica del régimen, a cambio de un nuevo énfasis en el nacionalismo y una interpretación en extremo sesgada del pensamiento político de José Martí, transformado en un precursor del castrismo. Al mismo tiempo, el régimen trató retrospectivamente de alejarse de las experiencias de la URSS y sus satélites europeos, acentuando las supuestas diferencias entre el modelo cubano y los del bloque soviético. Aun así, los líderes cubanos siguieron afirmando sus lazos con el «socialismo» de países como China y Vietnam, a pesar de sucesos como los de la plaza de Tiananmen en Beijing en 1989 y el viraje hacia el capitalismo emprendido por ambos países.

La severa crisis económica también causó un cierto grado de liberalización política, que afectó significativamente la vida intelectual, académica y artística de la isla. Desde entonces, voces más críticas –aunque no llegan a ser oposicionistas– han desarrollado una especie de comunismo liberal que se ha manifestado en varias publicaciones de circulación limitada entre las elites educadas y artísticas. Entre estas se encuentran Temas, La Gaceta de Cuba –órgano de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (Uneac)– y Criterios. Estas revistas, que incluso han publicado contribuciones de escritores y académicos exiliados, tienen un contenido y un estilo muy diferentes del aburrido y dogmático Granma. Por ejemplo, Temas, que es la revista de ciencias sociales más importante de Cuba, publica con frecuencia artículos con riqueza de datos y de tono crítico, aunque sus colaboradores evitan un cuestionamiento directo de las políticas del gobierno, y mucho más del sistema unipartidista y sus líderes principales.

Vale la pena notar que varios intelectuales y académicos jóvenes se han preocupado por problemas políticos que los académicos «comunistas liberales» más veteranos han ignorado. Entre estos están Julio César Guanche, quien junto con otros académicos que pertenecieron al Centro de Estudios sobre América –cuyos miembros fueron expulsados por el gobierno en 1996 por ser demasiado independientes y críticos–, como Juan Valdés Paz, trabaja en el Centro para el Desarrollo de la Cultura Cubana Juan Marinello14. Este centro se ha hecho más receptivo al pensamiento crítico. También hay estudiosos de tendencia socialista revolucionaria que nacieron y se criaron bajo la Revolución, como Hiram Hernández Castro y Ariel Dacal Díaz. Hernández Castro, por ejemplo, ha escrito en términos positivos sobre Rosa Luxemburgo y sus puntos de vista libertarios con respecto al socialismo15. Dacal, además de haber escrito sobre la URSS y Trotsky16, contribuyó en 2007 a la organización de una velada en ocasión del 90o aniversario de la Revolución Rusa a la cual asistieron unos 500 estudiantes, y donde la discusión se centró en el tema de por qué la Revolución se burocratizó bajo Stalin. Los organizadores del evento aprovecharon el argumento del gobierno cubano de que el socialismo en Cuba difería significativamente del sistema que prevaleció en la URSS y el este de Europa, y de que por lo tanto no sufriría el mismo destino. Con esta postura ideológica, el gobierno cubano abrió la puerta a análisis críticos sobre las razones por las que esos sistemas colapsaron. Una consecuencia no anticipada de permitir estos escritos y discusiones es que se pueden convertir en una manera indirecta y oblicua de analizar públicamente los defectos y fallas de la versión cubana del mismo sistema.

Más allá de estos intelectuales y académicos críticos, hay que destacar que en los últimos años se ha desarrollado un pequeño ambiente alternativo de izquierda que se ha expresado en varios lugares, pero especialmente en el sitio web bilingüe Havana Times. Varios jóvenes contribuyen a este sitio y articulan una amplia crítica democrática y socialista de la política y sociedad cubanas. Entre ellos se encuentran Erasmo Calzadilla, Dmitri Pietro-Sansonov, Armando Chaguaceda y Daisy Valera. Como Yoani Sánchez, la bloguera liberal moderada que escribe y edita Generación Y, los que contribuyen a Havana Times reflexionan sobre los problemas de la vida diaria en Cuba, así como sobre cuestiones más estrictamente políticas, y con frecuencia producen críticas agudas del sistema social y político de la isla. Por desgracia, muy pocos cubanos tienen acceso a internet y a estos escritos.

Además de los jóvenes que contribuyen regularmente a Havana Times, hay críticos del régimen que provienen de un marxismo más ortodoxo. El más importante es Pedro Campos Santos. Este diplomático jubilado y sus compañeros de ideas han abogado por un socialismo democrático y participativo y hacen hincapié en la necesidad de una transición de lo que ellos llaman «estatificación» a la socialización (con frecuencia han usado la expresión «capitalismo de Estado» cuando describen el sistema imperante en Cuba)17. Esto requiere, según ellos, la autogestión de la economía cubana a través de la creación de consejos obreros en todas las fábricas y oficinas del país. Estos críticos también abogan por la creación de cooperativas genuinas, así como por la legalización de la pequeña empresa privada.

Quizás el grupo más importante del medio ambiente de izquierda crítica es la Red Protagónica Observatorio Crítico18. La Red Protagónica ha estado involucrada en una cantidad de actividades ecológicas, históricas, artísticas y editoriales, que han sido reportadas en Havana Times y otras publicaciones que son afines a las perspectivas críticas19. También ha funcionado como un grupo aglutinante que incluye a otros grupos como el de Campos Santos y los intelectuales críticos negros organizados en la Cofradía de la Negritud20. Algunos de los miembros de la Red Protagónica, como otros jóvenes cubanos de inclinaciones izquierdistas, se han interesado en las ideas y tradiciones radicales que van desde el anarquismo hasta varias corrientes del socialismo revolucionario, incluyendo la tradición antipartidista de los consejistas y el trotskismo.

Esta naciente izquierda crítica enfrenta obviamente muchísimos obstáculos, incluyendo la censura sistemática en los medios masivos de comunicación y la esperada hostilidad gubernamental, que con cierta frecuencia se ha expresado en actos represivos no solo contra las disidencias moderadas y de derecha, sino contra los críticos de izquierda21. La ausencia de tradiciones políticas afines a un socialismo alternativo constituye sin duda alguna otro obstáculo importante. Para la década de 1950 ya no existía en la isla una tradición significativa socialista o marxista, aparte de los viejos estalinistas promoscovitas agrupados en el Partido Socialista Popular (PSP). El marxismo del periodo revolucionario estuvo principalmente basado en manuales soviéticos traducidos al español. Solo por un breve periodo a finales de los 60 y principios de los 70, a través de la revista Pensamiento Crítico, y de nuevo desde el 90, la liberalización en los círculos intelectuales y académicos ha abierto un espacio para el redescubrimiento de lo mejor de la tradición del marxismo clásico. La socialdemocracia tradicional orientada a los sindicatos obreros nunca fue importante en el país, y la corriente anarquista de origen español dejó de ser influyente en los sindicatos en la década de 1920. El trotskismo fue una corriente de cierta importancia en los años 30, pero desapareció una vez que los trotskistas se unieron a las filas nacionalistas y socialistas de la Joven Cuba fundada por Antonio Guiteras y, más tarde, al Partido Auténtico dirigido por Ramón Grau San Martín.

Esa tradición nacionalista de izquierda sobrevivió en los 40 y 50, pero fue muy debilitada por la tendencia de muchos líderes y activistas a unirse a la creciente moderación de los partidos y gobiernos populistas o al gangsterismo político de los 40 y principios de los 50.

Sin embargo, el obstáculo más grande a largo plazo es de índole material y económica, y sus obvias repercusiones son políticas e ideológicas. Me refiero a la creciente intensidad con que las fuerzas del mercado capitalista y del modelo de tipo sino-vietnamita se están imponiendo en la isla. El nuevo modelo está impulsado principalmente por los sectores de gerentes y tecnócratas afincados en las joint ventures con el capital extranjero en el turismo, níquel y otras industrias, y especialmente en el Grupo de Administración Empresarial (Gaesa), el poderoso sector empresarial de las Fuerzas Armadas. El director de este grupo es Luis Alberto Rodríguez López-Calleja, un oficial del Ejército casado con una de las hijas de Raúl Castro, que fue elegido miembro del Comité Central del Partido Comunista de Cuba (PCC) en el VI Congreso que tuvo lugar en abril de 2011. Por otra parte, los empresarios cubanos establecidos en el sur de la Florida han demostrado interés en invertir en Cuba, así que no es muy aventurado anticipar una futura escisión en el exilio cubano, por la cual una parte importante apoye un acercamiento con el gobierno de la isla, especialmente después de la muerte de Raúl y Fidel Castro. Esta nueva relación sería similar a la que muchos empresarios chinos de ultramar mantienen con el gobierno «comunista» del gigante asiático.

No cabe duda de que en Cuba se está gestando el inicio de una izquierda socialista y democrática. Pero dado su incipiente y tentativo desarrollo, no es probable que esta nueva izquierda pueda contender por el poder en la transición cubana que se aproxima, quizás con más rapidez de lo que muchos anticipamos. Pero esto no significa que una política de izquierda sea inútil o irrelevante para el futuro cubano próximo. Aunque esta política no tenga la fuerza para competir por el poder, podría jugar un papel muy importante en impulsar e influir sobre el tipo de resistencia que inevitablemente se desarrolle contra las nuevas y viejas opresiones. Una visión política que evoque la autogestión democrática de la economía, la política y la sociedad cubanas podría dar forma y contenido a una alternativa política al modelo de liberalización económica y regimentación política. Instar a la solidaridad con las necesidades de los más pobres y débiles y, por lo tanto, a la igualdad de clase, raza y género, permitiría que un movimiento de resistencia desarrollara la unidad contra las variadas desigualdades. Así, por ejemplo, un sindicalismo que defendiera a los trabajadores de los sectores «perdedores» de la economía cubana (la manufactura «no competitiva», varios sectores agrícolas) contra la pérdida de conquistas sociales producto de los cambios en marcha, aseguraría la solidaridad de esos trabajadores con los de los sectores «victoriosos» (turismo, industrias extractivas como el níquel) y se forjaría, de esta manera, un frente social y político capaz de evitar que los más débiles paguen los costos de la transición, como ocurrió en los países del bloque soviético europeo y en Asia.

6. Leonardo Padura es uno de los principales representantes de un nuevo ambiente intelectual y cultural en la isla. Si bien ha visto con beneplácito las reformas del gobierno de Raúl Castro, ha actuado con mucha más independencia del régimen que muchos otros intelectuales y artistas cubanos destacados. Por ejemplo, se ha abstenido de apoyar muchas de las declaraciones impulsadas por los aparatos culturales del Estado cubano para denunciar a disidentes. Como Padura mismo lo ha manifestado en varias ocasiones, esto es posible en parte gracias a la independencia económica que ha logrado por la publicación de sus obras en el exterior22.

La interpretación realizada en este ensayo está respaldada por lo que el autor de El hombre que amaba a los perros ha explicado. En la «Nota muy agradecida» incluida al final de la novela, relata que la «semilla» del libro comenzó a germinar en una visita que hizo, poco antes del colapso del bloque soviético, a la casa de Trotsky en Coyoacán, un museo que según Padura es «un verdadero monumento a la zozobra, el miedo y la victoria del odio». Quince años más tarde, nos dice el novelista cubano, la historia del asesinato de Trotsky fue relatada «para reflexionar sobre la perversión de la gran utopía del siglo XX, ese proceso en el que muchos invirtieron sus esperanzas y tantos hemos perdido sueños, años y hasta sangre y vida»23. Lamentablemente, aunque el libro fue publicado en la isla y la prensa oficial lo reseñó en términos favorables –si bien breves–, la edición cubana fue tan pequeña que se agotó poco después de su presentación.

  • 1.

    Samuel Farber: doctor en Sociología por la Universidad de California en Berkeley. Fue profesor del Brooklyn College de la City University of New York. Nació y se crió en Cuba, donde fue activista estudiantil de la segunda enseñanza contra la dictadura de Fulgencio Batista; migró a Estados Unidos en 1958. Su obra más reciente es Cuba Since the Revolution of 1959. A Critical Assessment (Haymarket Books, Chicago, 2011).Palabras claves: socialismo, democracia, León Trotsky, Leonardo Padura, Ramón Mercader, Raúl Castro, El hombre que amaba a los perros, Cuba.. Tusquets, Barcelona, 2009.

  • 2.

    Según Luis Mercader, hermano menor de Ramón, este fue invitado a residir en Cuba por intermedio de una tal Carmen Vega, durante una de las visitas de Fidel Castro a Moscú. Anteriormente, Mercader había estado unos pocos días en la isla, cuando salió de la cárcel mexicana en ruta a Europa del Este en 1960. Otro lazo de los Mercader con la nación caribeña era que Caridad, la madre de Ramón y Luis, había nacido en Cuba, aunque su familia migró tempranamente a España. Durante los años 60, Caridad trabajó por siete años como funcionaria encargada de las relaciones públicas de la Embajada cubana en París. L. Mercader y Germán Sánchez (con la colaboración de Rafael Llanos): Ramón Mercader. Mi hermano. Cincuenta años después, Espasa-Calpe, Madrid, 1990.

  • 3.

    L. Padura: ob. cit., p. 91.

  • 4.

    Ibíd., p. 120.

  • 5.

    Ibíd., pp. 329-331.

  • 6.

    Ibíd., pp. 415 y 435.

  • 7.

    Ibíd., p. 415.

  • 8.

    Ibíd., p. 345.

  • 9.

    Ibíd., pp. 67-69.

  • 10.

    Ibíd., pp. 350-351.

  • 11.

    A. Fornet: «El Quinquenio Gris: Revisitando el término», 30/1/2007 y M. Coyula: «El Trinquenio Amargo y la ciudad distópica: Autopsia de una utopía», 19/5/2007, ambos en Centro Teórico-Cultural Criterios, www.criterios.es/cicloquinqueniogris.htm.

  • 12.

    L. Padura: ob. cit., p. 78.

  • 13.

    Ibíd., pp. 320-321.

  • 14.

    Irónicamente, Juan Marinello (1898-1977) fue el intelectual más destacado del Partido Socialista Popular (psp), el viejo partido estalinista y prosoviético cubano, por el que fue candidato presidencial en 1948.

  • 15.

    «Rosa Luxemburgo y la Revolución Rusa» en EspaiMarx, www.moviments.net/espaimarx/index.php?lang=spa&query=647bba344396e7c8170902bcf2e15551&view=section, s./f.

  • 16.

    «Por qué fracasó el socialismo soviético» en Temas Nº 50-51, 4-9/2007, pp. 4-15. Dacal también participó en un simposio titulado «¿Por qué cayó el socialismo en Europa oriental?», cuyas intervenciones se publicaron en Temas Nº 39-40, 10-12/2004, pp. 91-111.

  • 17.

    V., por ejemplo, el artículo de P. Campos Santos titulado «Cuba: ¡Qué confusión!» en kaosenlared.net, http://old.kaosenlared.net/noticia/cuba-que-confusion, 2/6/2009.

  • 18.

    http://observatoriocriticodesdecuba.worldpress.com.

  • 19.

    A. Chaguaceda y D. Prieto: «La esperanza asumida: Bitácora –criolla y crítica– de otro exorcismo colectivo» en Espacio Laical Digital, 4/2010, http://espaciolaical.org/contens/24/114120.pdf, p. 117.

  • 20.

    Red Protagónica Observatorio Crítico: «Observatorio Crítico hacia el 2011», comunicado de prensa, La Habana, 19 de diciembre de 2010.

  • 21.

    V., por ejemplo, Red Protagónica Observatorio Crítico: «Carta en rechazo a las actuales obstrucciones y prohibiciones de iniciativas sociales y culturales», 18 de diciembre de 2009.

  • 22.

    La traducción al inglés de El hombre que amaba a los perros será publicada por la prestigiosa editorial estadounidense Farrar, Straus y Giroux en 2012.

  • 23.

    L. Padura: ob. cit., p. 571.