Artículo

El Test de las Malvinas

Es patética la puntualidad con que el conflicto de las Malvinas ha reactivado el núcleo de violencia endémico de la sociedad argentina. El estallido, encubierto por la máscara de la reivindicación nacionalista, no hace más que trasladar al plano exterior los actos de fuerza que se pusieron en marcha dentro del país, con obvio desprecio por la vida humana, a partir de dos asesinatos alevosos perpetrados en 1969: el de un ex presidente, el general Pedro Eugenio Aramburu, y el de un dirigente sindical peronista, Augusto Vandor. Desde entonces, todos los bandos en pugna justificaron sus desafueros mediante monsergas nacionalistas. Unos mataban para librar al país de la colusión entre la oligarquía nativa y los imperialismos yanqui e inglés y postulaban un modelo de socialismo anómalo sobrecargado de contaminaciones chovinistas, bárbaras y represivas. Otros mataban con el pretexto de evitar que la derrota de los dos imperialismos trajera aparejada la implantación de un sucedáneo soviético o cubano, y sintetizaban su precaria ideología en consignas tales como: \"Ni yanquis ni marxistas, peronistas\", o \"El mejor enemigo es el enemigo muerto\". Otros, en fin, mataban para salvaguardar una versión desnaturalizada de la civilización occidental y cristiana, sujeta a la doctrina de la seguridad nacional. El denominador común de los tres grupos era, como se ve, la inmolación del adversario interpretado como personificación del enemigo foráneo.

El Test de las Malvinas