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El portazo de Estados Unidos al Acuerdo de París: un ruido que no se escuchó

La salida de Estados Unidos del acuerdo para disminuir las emisiones de gases de efecto invernadero tiene un doble efecto: sin duda, constituye un mensaje político de la primera potencia económica global, pero, al mismo tiempo, la posición del presidente estadounidense generó un fuerte rechazo del resto del mundo y una rebelión de grandes ciudades de EEUU, además de una reactivación de la militancia ambiental. El carácter voluntario del Acuerdo de París y la inexistencia de penalizaciones para quienes no cumplan los objetivos abren un escenario incierto. Con todo, París señaló un camino.

El portazo de Estados Unidos al Acuerdo de París: un ruido que no se escuchó

El retiro de Estados Unidos del Acuerdo de París no provocó una estampida de países que acompañaran su renuncia al compromiso contra el calentamiento global. No pasó nada. Y, dentro de eeuu, la decisión de Donald Trump reavivó la agenda ambiental de las ciudades y los estados de una manera casi insurreccional. ¿Por qué pasó esto? Fundamentalmente, porque la arquitectura del tratado se basa en compromisos voluntarios. Para lograr la meta de detener la suba del termómetro en 2 ºc, el mundo tendrá que estabilizar las emisiones de gases de efecto invernadero para 2020 y detenerlas para 2050. Pero esa fecha se puede adelantar. El día que Trump ganó las elecciones presidenciales, la Conferencia de las Partes –la reunión internacional que se encarga de negociar los acuerdos climáticos– estaba sesionando en Marruecos. En un primer momento, el ambiente era de derrotismo. Los delegados norteamericanos, que durante el gobierno de Barack Obama se encargaban de poner a sus colegas de otros países contra la pared (a veces con tácticas agresivas), estaban literalmente demudados. Parecía que se venía el mundo abajo. Sin embargo, algo extraordinario sucedió 24 horas más tarde: todos los países decidieron reafirmar su compromiso con el Acuerdo de París, que se había aprobado un año antes. Fue una respuesta, si se quiere, de rebeldía ante lo que acababa de pasar con el poder en Washington. Y ese ánimo no se modificó cuando Trump finalmente decidió retirarse del tratado. El Acuerdo, firmado por 193 países, seguía vivo. Bien vivo. Solo que uno de sus integrantes decía que ya no formaría parte de él.

La respuesta al interrogante de por qué pasó esto hay que sondearla en la propia estructura de lo conseguido en París: un acuerdo cimentado por compromisos voluntarios. Ningún país puede obligar a otro a establecer metas de reducción de los gases que causan el calentamiento de la atmósfera. Cada parte hace el cálculo de lo que emite, lo hace con la metodología que elige y se pone objetivos para la transición energética de su economía al ritmo que quiere. Por supuesto, esto arroja resultados absolutamente insatisfactorios para la realidad de la atmósfera, donde mandan las leyes de la física y no de la política. Si cada parte persistiera en los objetivos que llevó a la conferencia en 2015, la temperatura global subiría más de 3 ºc hacia fin de siglo, lo que llevaría al planeta a un punto de no retorno. Sin embargo, también se negoció un mecanismo para que todos mejoren las llamadas «contribuciones nacionalmente determinadas» (cnd): en 2020, se deberán presentar esas propuestas y luego actualizarlas cada cinco años.

Ningún país puede argumentar con apego a la verdad que el Acuerdo de París es injusto con su gente, aun cuando Trump haya utilizado ese argumento para despegarse del tratado. El hecho de que sea voluntario es su fortaleza y, paradójicamente, también su debilidad. Las negociaciones climáticas internacionales son asuntos extremadamente complejos, que llevan muchos años de discusiones áridas. No podríamos esperar que Trump, un presidente con desprecio declarado hacia el pensamiento, fuera a entender esto. Así que cuando se retiró del marco del Acuerdo acaso no haya interpretado cabalmente que eeuu no se podía desenganchar del proceso en cuatro años. Y que, justamente, como este es un proceso al que se le va agregando carne cada vez que se encuentran las delegaciones de todo el mundo a discutir la letra chica (lo que sucede varias veces por año), eeuu se está perdiendo la oportunidad de influir en la negociación en la dirección que quiere. La última vez que se encontraron las delegaciones en Bonn, en mayo de 2017, eeuu mandó solo seis personas a la conferencia. Hasta la representación argentina era más numerosa.

Así que quizás es mejor que Trump se desentienda del tema y que el Departamento de Estado mantenga un perfil bajo en los encuentros, en vez de boicotear las negociaciones internacionales con dinamita, dado que hay muchas cosas importantes por decidir. En 2018, por ejemplo, los países tienen que ponerse de acuerdo sobre cómo se va a monitorear el cumplimiento de las contribuciones nacionales. Si no, esto lo hará una oficina de la Organización de las Naciones Unidas (onu) o tendrán participación organizaciones independientes, como Carbon Action Tracker (cat), que es la que realizó los cálculos de las primeras metas presentadas ante París.

El verbo «descarbonizar»

El objetivo de París es limitar la suba de la temperatura planetaria por debajo de los 2 ºc respecto de la era preindustrial «y proseguir los esfuerzos para limitar ese aumento de la temperatura a 1,5 °c con respecto a los niveles preindustriales, reconociendo que ello reduciría considerablemente los riesgos y los efectos del cambio climático»1.

Pero ¿qué es la era preindustrial? ¿Empezó en 1750, con la invención del motor de explosión, o en 1800, cuando se comenzaron a tomar mediciones con termómetro? Los acuerdos internacionales tan complejos como este suelen tener este tipo de baches conceptuales, y con lo que está en juego en París, esa ambigüedad no es poca cosa. Saber con exactitud cuándo comenzó el ser humano a afectar el clima con sus actividades determina fundamentalmente el cálculo del presupuesto de carbono que queda para lograr que el mundo se convierta en un recuerdo. Los humanos bien pudieron haber estado afectando la atmósfera desde que comenzaron a hacer agricultura. Pero nada se compara con la incorporación de carbón como combustible a escala industrial.Paradójicamente, la adopción del lenguaje de París fue bastante más ambiciosa de lo que se podría haber esperado cuando los delegados comenzaron a reunirse en el centro de convenciones de Le Bourget, en las afueras de la Ciudad Luz. Entonces, todo el mundo repetía el mantra de los 2 ºc como el límite aceptado para «salvar» el mundo. La sociedad civil, pero particularmente las naciones insulares, tuvieron un papel fundamental en el cambio del concepto, que finalmente se terminó adoptando por unanimidad un día después de la fecha que se había pautado para el fin de la conferencia.

Antes de deshacer sus valijas para ingresar en el recinto de las negociaciones, se sabía que paradisíacas islas del Pacífico iban a desaparecer bajo el agua con un escenario de aumento de 2 ºc en la temperatura media. Lo que contribuyó a dar sentido de urgencia a las negociaciones es que los impactos del cambio climático ya se sienten. No es algo que sucederá en un futuro distante, como se creía hasta no hace mucho. Como dijo en su momento el ex-presidente Obama: «Somos la primera generación en sentir los efectos del cambio climático y la última que puede hacer algo al respecto».

La temperatura planetaria ya ha subido 1 ºc desde que se empezaron a tomar los registros, mientras que la concentración de co2 en la atmósfera es de 410 partes por millón, muy lejos del límite de 350 partes por millón que se considera como el nivel más seguro para la Tierra. El dióxido de carbono (co2) puede perdurar por siglos en la atmósfera. Hace cientos de miles de años que el clima no estaba tan caliente, lo que representa una amenaza no solo para la sociedad en todo el mundo, sino también para las especies vegetales y animales. No hay antecedente en la historia de la vida de un aumento tan brutal y tan rápido de la temperatura, y por lo tanto los científicos ignoran si la biodiversidad será capaz de adaptarse a una velocidad suficiente, aun dentro de los límites mencionados en el acuerdo.

Más allá de las metas, lo que en definitiva sale del proceso de París es un cambio radical del concepto de lo que hoy son nuestras economías. Esto significa abandonar un patrón tecnológico dominado transversalmente por los combustibles fósiles, para reemplazarlo por uno que no sature la atmósfera con gases que retengan el calor del sol y que, por ende, afecten de manera irreversible el clima, los océanos y los grandes cuerpos helados. Es lo que se llama técnicamente «proceso de descarbonización». Por eso, más allá de lo que diga la letra grande o chica del acuerdo, el gran mérito de París es haber empezado a cambiar una cultura que parecía imposible de remover. Comenzó a vislumbrarse que había una fecha de vencimiento para el petróleo, algo que no era del todo evidente entonces, pero que ya se está notando.

La ruta de las emisiones bajas

Cuando se votó por el acuerdo, lo que discutían los medios económicos era el precio del barril del petróleo. Entonces, promediaba los 30 dólares. La noticia dominante parecía ser la «guerra» de las naciones de la Organización de Países Productores de Petróleo (opep) contra los productores de eeuu, que mediante la técnica de fractura hidráulica o fracking pasaron a la vanguardia de la producción petrolera en el mundo. Aunque el precio del barril subió 20 dólares desde entonces, lentamente empezaron a aparecer signos de que ya nada será business as usual con el petróleo. Primero, por el descenso impresionante del precio de las tecnologías renovables; segundo, porque los accionistas de las grandes compañías ya están presionando para saber cuáles son los planes para adaptar el negocio a un escenario de 2 ºc; y tercero, por un dato objetivo: a partir de 2050 ya no se podría emitir más co2, el gas principal que resulta de la quema de combustibles fósiles, en un escenario de 2 ºc.

Para que París sea efectivo, hay que lograr que en 2020 las emisiones de gas de efecto invernadero se estabilicen y que luego empiecen a descender hasta quedar en cero para 2050, con lo cual existe una ventana muy pequeña para realmente salvar al mundo. Y, por eso, lo más importante aquí es lo que hagan individualmente tanto los países como sus ciudades, más allá de quién los supervise. El Acuerdo de París no tiene un mecanismo punitivo que castigue al que no cumple. Entonces, para que tenga éxito, hace falta cambiar la mentalidad de las sociedades y los gobiernos y hacer que resulte realmente conveniente dejar de lado los combustibles fósiles de la matriz de desarrollo. El camino que queda es realmente largo.

Según el informe «From Brown to Green», elaborado por Climate Transparency, en los últimos tres años las emisiones de co2 se han desacoplado finalmente del crecimiento económico, ya que permanecieron estables. Y esto fue posible, entre otras cosas, por el fuerte descenso de los costos de la energía solar fotovoltaica, que hoy en muchos países es competitiva, incluso sin subsidios, respecto de combustibles más sucios2. Christiana Figueres, ex-secretaria ejecutiva de la Convención Marco de las Naciones Unidas para el Cambio Climático (cmnucc), dijo en una entrevista que

para poder tener una economía totalmente descarbonizada para el año 2050 hay que hacer una corrección de rumbo para el año 2020. Si no corregimos la trayectoria y el rumbo, va a ser muy difícil y muy caro y desestabilizador para la economía. Las inversiones que nosotros estamos haciendo hoy tendrán sus consecuencias en las emisiones de gases de efecto invernadero no solo hoy sino a lo largo de 20, 30, 40 años. Si una planta de energía eléctrica es renovable, entonces no tendrá emisiones; pero si utiliza combustibles fósiles, las emisiones seguirán dándose a lo largo de la vida de la planta generadora de electricidad. Y eso son 20, 30, 40 años. Por eso, hay que pensar dónde realizar las inversiones hoy por sus consecuencias de largo plazo. Lo que la ciencia ha establecido es que para estar en un rumbo hacia la descarbonización para el año 2050, hay que iniciar un descenso en las emisiones anuales a partir del año 2020, para tener 30 años para poder descarbonizar la economía gradualmente y de manera eficiente y segura, sin incurrir en medidas dramáticas que sean difíciles de manejar. (...) Hoy tenemos un 23% de energías renovables en la matriz energética mundial y tenemos que llegar a un 30% para el año 2020. El Instituto Internacional de Energía está prediciendo que podríamos estar en un 26% o 27% para 2020. Entonces, la brecha que hay que cerrar es relativamente pequeña. Esto es enteramente factible si tenemos una intencionalidad respecto de dónde estamos invirtiendo. Otro sector que es importante es el de movilidad, que ya hoy por hoy está en un proceso de evolución, puesto que hay tres factores que lo están afectando: uno es la electrificación de la movilidad y otro es la automatización de la movilidad, y el tercero es el de compartir los vehículos. Esos tres factores están llevando al sector a tener más bajas emisiones. Ya estamos avanzando bastante. Acá no hay que llegar del punto cero al punto cien en tres años. Lo que tenemos que hacer es aprovechar todos los adelantos que ya tenemos, todos los progresos que hemos venido dando, para aligerar la transición.3

En zigzag, hacia adelante

Las negociaciones climáticas no son lo que eran hace una década. Por ejemplo, China y la India (el primer país y el cuarto, respectivamente, en el orden de emisiones) ya no reclaman en los hechos que necesitan el carbón para alcanzar paridad con el mundo desarrollado. Beijing ha decidido cerrar 4.300 minas y reducir la producción de carbón en el orden de 700 millones de toneladas del mineral combustible para 20194. Y también ha dispuesto cancelar 100 centrales térmicas que ya tenían el visto bueno para su construcción. Tampoco aprobará ningún nuevo proyecto de generación térmica a carbón. Por su lado, la India, además de impulsar la energía fotovoltaica, está realizando una gran apuesta por los automóviles eléctricos: a partir de 2030 no se podrán vender en su territorio vehículos que tengan motores de combustión. Inglaterra y Francia han anunciado lo mismo, solo que a partir del año 2040, lo que seguramente disparará una campaña de desprestigio por parte de las petroleras. Volvo se adelantó a la movida y anunció que a partir de 2019 solo producirá autos con baterías. Y en eeuu sale a competir el Tesla 3.

Todo este recambio tecnológico es posible porque el Acuerdo de París creó la sinergia necesaria para que suceda. Y la realidad del mercado luego confirmó que esto no es solo una expresión de deseos. Aunque se trata de un movimiento en zigzag, la tendencia hacia las energías renovables es indetenible. En eeuu, por ejemplo, la instalación de energía solar para la producción eléctrica genera más empleo que todas las energías fósiles juntas. En ese país, se proyecta para fines de 2017 apagar 59.000 mw de energía originada en carbón, de un pico de generación de 318.000 mw en 20115. Es decir que las políticas de Obama, y luego el descenso del precio de las energías renovables, están probando ser efectivas más allá del profeso amor de Trump por los mineros de la cuenca carbonífera.

Efecto Trump

La decisión de Trump de abandonar el Acuerdo de París tuvo un efecto doble, positivo y negativo al mismo tiempo. Por un lado, reactivó la militancia ambiental en eeuu como nunca antes se había visto. Inmediatamente después de su anuncio, las ciudades y los Estados decidieron tomar la posta de la lucha contra el cambio climático ratificando los objetivos del acuerdo6. California, con su gobernador Jerry Brown a la cabeza, lidera la movida. El dato es auspicioso porque este estado, que representa por sí solo la sexta economía mundial, es uno de los principales emisores del país. Allí hay consenso entre republicanos y demócratas de que el cambio climático debe ser atacado con agresividad y se fijaron metas muy ambiciosas para los próximos 13 años: han prometido bajar los niveles de emisión en 40% respecto de los niveles de 1990. Para cumplir este objetivo, California deberá contar en 2030 con 50% de energía renovable7. Recientemente, estableció también un nuevo mercado de carbono (técnicamente llamado sistema de cap and trade), para reducir emisiones mediante la venta de permisos. El sistema ha probado ser eficaz.

Todos los estados, incluyendo los dominados por gobiernos republicanos, están experimentando una conversión a las energías renovables. Y está claro por qué: más allá de que se discuta si el ser humano ha tenido o no un impacto en el cambio de clima terrestre, las energías renovables convienen. Hasta ahora, 140 pueblos y ciudades han firmado un compromiso del Sierra Club para tener una matriz energética 100% renovable. Hay ciudades pequeñas, como East Hampton, en Nueva York, pero también centros urbanos importantes, como San Diego y San Francisco, Miami y Salt Lake City, entre otros, que han emprendido esta vía en franca divergencia con las declaraciones de la Casa Blanca.

Pero, claro, no todo es tan sencillo. Trump ha dicho que no va a completar la contribución de eeuu al Fondo Verde, que es el que debe ayudar a los países a realizar la transformación tecnológica necesaria e incrementar la ambición de sus metas. Y es lógico que así sea porque los países que más abusaron de la atmósfera, que son los más ricos, deben ayudar a los menos industrializados a ingresar plenamente en la nueva era. Muchas naciones han sometido a la onu promesas de reducción condicionadas a la ayuda internacional, que se verá reducida en los próximos años. Obama se había comprometido a destinar 3.000 millones de dólares, de los cuales eeuu solo depositó 1.000 millones.

La decisión de Trump de negar el cambio climático tiene también impacto en el terreno de la ciencia. Hay laboratorios muy sofisticados en eeuu que no pueden operar porque se secó el dinero girado por el gobierno federal para estudios sobre cambio climático, justo en el momento en que más crítica resulta la producción de conocimiento sobre este tema. En el Departamento de Agricultura, por ejemplo, se prohibió utilizar la expresión «cambio climático» en los documentos internos.

Mucho se ha escrito sobre quién podría ocupar el lugar que eeuu dejó vacante al retirarse de la mesa de negociaciones. Según un memo del Departamento de Estado filtrado por la agencia Reuters, el secretario de Estado, Rex Tillerson, les recomienda a los diplomáticos que, cuando les pregunten por el compromiso de eeuu respecto del Acuerdo de París, directamente eludan la respuesta. El gobierno de Trump ya presentó formalmente el papelerío ante la onu para retirarse del Acuerdo, pero no renunció a la cmnucc, cuya existencia posibilitó otro gobierno republicano: el de George Bush (padre). En los documentos presentados ante la onu, Washington también manifiesta su voluntad de seguir participando de las negociaciones de las Conferencias de las Partes (cop), aunque no queda muy claro para qué. Es realmente un hecho notable que Washington esté renunciando a su supremacía diplomática de esta manera.

Está claro que bajo el liderazgo de Angela Merkel, Alemania es un actor fundamental del proceso. Ella fue quien impulsó las declaraciones del g-7 y del g-20, de las que por primera vez eeuu se apartó. Otro actor clave es Emmanuel Macron, quien ha hecho de la agenda climática uno de los puntos centrales de su gestión. Está por verse el compromiso de China. No es necesariamente el estilo de Beijing presionar diplomáticamente a los países por temas como este. Sin embargo, la enorme contribución de China es haber desarrollado los insumos para que la transición a una economía descarbonizada sea tan barata, que sea posible descartar el carbón del mapa energético. Algunos analistas estiman que el gigante asiático llegará antes al pico de emisiones. Obama y el presidente chino Xi Jinping habían acordado que la máxima cantidad de gases que China arrojaría a la atmósfera ocurriría en el año 2030. Sin embargo, hay indicios de que esto sucedería muchos años antes. Justamente, ese acuerdo entre eeuu y China, sellado en 2015, fue uno de los principales impulsos que tuvo el Acuerdo de París.

Otro motor no despreciable en las negociaciones internacionales es el Vaticano. El propio papa Francisco se encargó de llamar a varias capitales en los momentos culminantes de la negociación de París. Esto no es un dato nuevo: el Vaticano tiene una tradición de participación en las grandes conferencias de la onu.

La contradicción humana

En 2018, la cop se reunirá en la ciudad de Katowice. Así Polonia, uno de los países más persistentes en la defensa del carbón, será el anfitrión y allí el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (ipcc, por sus siglas en inglés) tendrá que realizar un informe que evalúe los impactos de una suba de 1,5 ºc. Ese será un momento crítico porque seguramente los deseos políticos de muchas naciones se chocarán otra vez de narices con la realidad del calentamiento global. De pronto, 2050 como fecha de descarbonización del mundo queda obsoleta y, realmente, quizá haya que recurrir a un plan b.

A principios de agosto de 2017, se publicaron dos trabajos científicos que tendrían que preocupar a los gobiernos del mundo entero. Uno, aparecido en Nature Climate Change, indica que tenemos solo 5% de probabilidades de alcanzar un escenario de 2 ºc, y un nimio 1% para frenar el termómetro en 1,5 ºc. El otro trabajo científico fue producido por el Max Planck Institute y la Universidad de Colorado, con sede en Boulder. Este dice que aun si dejáramos de emitir gases de efecto invernadero hoy mismo, la suba de 1,5 ºc ya resulta inevitable debido a un efecto residual del calor acumulado. Ambos trabajos apuntan a la necesidad de emisiones negativas, es decir, a una tecnología que sea capaz de capturar el co2 de la atmósfera, algo que hoy no existe a gran escala. Una empresa suiza lo está ensayando, con un costo altísimo, de 600 dólares por tonelada de co28.

Más que racional, el ser humano parece ser por naturaleza contradictorio y, ciertamente, el proceso de descarbonización que es preciso realizar para no atravesar las puertas del infierno tal vez no sea distinto de esa esencia. Pero el largo y sinuoso proceso que empezó en 1992, cuando se realizó la histórica Cumbre de la Tierra (que es la que luego dio lugar al sistema de conferencias que terminó con el Acuerdo de París), fue el resultado de esas mismas tribulaciones que aún hoy nos dividen, entre la tentación de seguir produciendo petróleo o sumergirnos de lleno en el cambio. En última instancia, son las sociedades las que deben realizar la transformación que quieren. Lo que París nos da es un marco internacional para que esto ocurra. Nada es mágico en sí mismo.