Ensayo

El país del ave Fénix. Un comentario sobre el devenir histórico de los argentinos para lectores no argentinos

Argentina no tiene una larga historia. Pero ha sido una historia agitada, contradictoria y quizás inconducente. Pensado para parecer europeo, y esforzándose mucho en lograrlo, el salto del país hacia afuera de Latinoamérica quedó trunco, inconcluso, vacilando entre dos mundos. Los últimos 100 años de historia han sido convulsos y decepcionantes: el país se dañó a sí mismo y ahora descubre que su destino no está garantizado y que, además, debe reinventarse como nación. Argentina parece un enfermo que vacila entre agonizar y curarse. No obstante, siendo un país construido por los sobrevivientes de las guerras intestinas del siglo xix y por millones de inmigrantes europeos, está habituado a capear tempestades.

El país del ave Fénix. Un comentario sobre el devenir histórico de los argentinos para lectores no argentinos

I. Argentina es un país autodestructivo. Quizás es lo más cierto que pueda decirse de nosotros con pocas palabras claras. No nos faltan fuerzas ni riquezas, el suelo es feraz, hay amplio territorio, nuestra historia es joven, recursos hay. Otros pueblos han tenido que remar hacia adelante desembarazándose de pesados lastres y superando desventajas mayores, y por eso mismo suelen anteponer vallas de contención al capricho de zapatear sobre el abismo. En cambio, los argentinos estamos poseídos por el genio del estropicio. Esa es nuestra «diferencia», es decir nuestro ámbito de destino. Todo lo que construimos con esfuerzo y amor termina arrojado a holocaustos de ocasión, que nunca nos han faltado, o bien abandonado a su ruina. Luego, es preciso recomenzar. No es que seamos seres dañinos por naturaleza o que procedamos en forma imprudente, más bien hemos vivido hechizados por los elementos contradictorios de los que estamos hechos y entonces nos cuesta mucho la unidad de propósitos. Además, todavía estamos signados por acontecimientos recientes e impiadosos, que no sabemos cómo confrontar y que permanecen activos bajo la superficie de los días. Fueron hechos muy graves, aunque no los únicos ni los primeros.

Tantos han sido los sobresaltos y las encalladuras sucedidas durante nuestra corta historia –de las que salíamos aparentemente ilesos– que acabamos por acostumbrarnos a su reincidencia, sin figurársenos una amenaza, mucho menos una advertencia que no por incumplida aún dejaba de ser funesta. Así que, por lo general, hicimos de cuenta que la tierra no temblaba bajo los pies hasta que ya era demasiado tarde. Esos eran los momentos en que nuestra natural preferencia por la improvisación se nos aparecía, por una vez, como deficiencia, aunque no nos desentendíamos de ella, pues los argentinos siempre hemos confiado en el arte del repentismo como en la mejor tabla de salvación. Por momentos parece como si nos complaciera destripar nuestras posibilidades tal como lo hacen los niños pequeños con sus juguetes, sin malicia, pero con metódica determinación, y no por ello logramos ser exceptuados de padecer las consecuencias: cada tantos años, en forma cíclica, este país se desmadra y termina pagando su libra de carne a la Historia, que es una usurera.

No tenemos por hábito, una vez pasada la conmoción, entrar en razones, de modo que ante cada reiteración reaccionamos de la misma manera, como recién caídos del catre, todavía empapados de resaca, inventariando los destrozos dejados por la fiesta que se nos fue de cauce, sintiéndonos apenas responsables de la enormidad de lo sucedido, y sin dejar de quejarnos como lunáticos, del país, no de nosotros mismos. Ya a comienzos de este milenio –en el año 2001– saltamos por los aires una vez más, de paso echando por la borda al presidente en ejercicio, al plan económico y al sistema monetario entero, y parecía, esta vez, que el golpe nos iba a repercutir en toda la línea, puesto que la caída arrastraba consigo las andaderas económicas, políticas y psicológicas acostumbradas. Fue esa una época en la que los argentinos dábamos vueltas y vueltas por calles y plazas, desconcertados como derviches fuera de órbita. Pero cuando todo parecía perdido, cuando escorábamos hacia una última convulsión que nos dejaría varados entre piedras y reducidos a las pocas fuerzas que nos quedaran, sucedió que el sol se puso a sonreír, que el cereal maduraba, como siempre, y que había viento a favor. Argentina se restablecía rearticulándose con el mercado mundial de alimentos y la única moraleja que se sacó en limpio de aquel desbarajuste fue la de que no es fácil hundirnos. Ni siquiera le agradecimos lo suficiente al dios de la buena suerte, que también la tenemos, y a veces en demasía. Nos podría haber ido mucho peor.

II. El país ha celebrado 200 años de vida independiente, iniciada con el adiós jacobino espetado en 1810 a la Casa de Borbón, reinante en España, pero lo cierto es que en la memoria colectiva los primeros 100 –el siglo XIX– suelen traspapelarse entre figuritas escolares de indios, gauchos, próceres e inmigrantes, siendo estos últimos los únicos que adquieren algún sentido para los argentinos de la actualidad. Las otras tres figuras –los indígenas, «habitantes del desierto» ya eliminados; los gauchos, domesticados por el alambre de púa; y los héroes, que expulsaron al último virrey a la vez que daban pie a luchas fratricidas duraderas– retroceden en el tiempo como fantasmas de épocas de las que hemos podido prescindir. Hoy nos parecen más literarios que verdaderos y hay que buscarlos tras bambalinas.

Los países se fundan, despliegan su acontecer, y también se reinventan. Así sucedió con Argentina, que 100 años atrás acogió un colosal movimiento de gentes –se contaban por millones–, europeos la mayoría, portadores de poca o ninguna fortuna, y las más de la veces casi analfabetos. Venían detrás de una esperanza, o de un espejismo, en fuga del hambre, el estancamiento o la persecución, pero dispuestos a luchar. Y a fin de cuentas se puede decir que lo lograron, que pudieron cantar victoria. Sus descendientes prosperaron y estudiaron y hasta rebasaron las líneas de contención con que las castas acomodadas de la Argentina criolla habían pretendido mantenerlos a raya. Y además, casi todos confraternizaron, con dificultades, pero lo hicieron, y eso que habían llegado de todas partes, puesto que los argentinos somos el resultado de una orgía de naciones, sin olvidar el componente indígena y la ya algo diluida pigmentación africana, que también están en el genoma de la población actual.

Fueron tantos los que se «mudaron de casa» –tal es el significado de origen de la palabra migrar– que, en algunas provincias, casi empataban el número de nativos. En muchos lugares incluso predominaban y se los llamaba «gringos». Desde entonces, Argentina fue otra. Fue más «europea», o así parecía serlo. Eso, Argentina, se la creyó, en detrimento de la verdad y de la evidente supervivencia de los componentes latinoamericanos en su matriz cultural, pero esto último fue ocultado, porque era una realidad vergonzante que nadie quería ver y que se creía solo existente tras las fronteras con los países vecinos, a los que se juzgaba atrasados e incultos, cuando no bárbaros. Lo cierto es que a lo largo del siglo XX vivieron en el país millones de personas que no eran argentinos pero que fueron haciéndose argentinos. Como se suele decir, «se integraron», y de a poco fueron discerniendo y sopesando las reglas y las jerarquías de los dueños locales de la tierra.