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El orteguismo y sus circunstancias Claves de un éxito volátil

Daniel Ortega se prepara para su tercer periodo presidencial consecutivo, esta vez con su esposa como vicepresidenta. Su victoria, con la exclusión de la principal fuerza opositora, es resultado de una sucesión de jugadas audaces para conservar el poder. Pero la fortaleza del régimen actual tiene los pies de barro. Aunque su apoyo se basa en diversas torsiones de la institucionalidad, a merced del poder matrimonial, sostener, en el extremo opuesto, que el orteguismo está ayuno de respaldo social es el sueño vano de la oposición.

El orteguismo y sus circunstancias / Claves de un éxito volátil

Daniel Ortega gobernó Nicaragua durante el periodo 1979-1985 como parte de dos juntas de gobierno. Fue elegido presidente en 1985 y derrotado en las elecciones de 1990. En 2006, después de tres intentos fallidos y de «gobernar desde abajo» –según la consigna que él mismo acuñó–, retornó al poder para dar un giro a la política nicaragüense y edificar la «Nicaragua cristiana, socialista y solidaria». Reelegido en 2011, se prepara para gobernar en su tercer periodo presidencial consecutivo tras su triunfo del 6 de noviembre de 2016 con más de 70% de los votos1, en una elección en la que la principal fuerza opositora quedó fuera de juego debido a una estratagema legal que adjudicó la propiedad de la personería jurídica del Partido Liberal Independiente a un político al servicio del orteguismo. Esta vez su acompañante en la fórmula no es un ex-participante de la lucha armada como en 2006 ni un general retirado como en 2011. Es su esposa, la poeta Rosario Murillo, a quien muchos reconocen como el poder tras el trono, artífice de muchos logros y creadora de la imagen y cosmética del régimen.

En los años 80, Murillo presidió la Asociación Sandinista de Trabajadores de la Cultura (astc), una suerte de Ministerio de Cultura paralelo al que dirigía Ernesto Cardenal, con quien siempre sostuvo una rivalidad que escindió a los artistas y escritores nicaragüenses2. En ese entonces su poder fue equilibrado por la Dirección Nacional de nueve comandantes que lideraron el proceso revolucionario. Pero el giro del Frente Sandinista de Liberación Nacional (fsln) hacia la autocracia le ha dado a Murillo un poder sin precedentes para una primera dama en Nicaragua. Son numerosas las especulaciones sobre la decisión de transformarla en vicepresidenta: ¿se le quiere dar más poder formal y visibilidad de los que ya tiene? ¿Se prepara una sucesión y se toman medidas para que el poder quede en familia? ¿Se sientan las bases de una nueva dinastía, semejante a la de los Somoza? Sea cual fuere la motivación, la medida es muy arriesgada porque Murillo despierta considerable animadversión tanto en las filas de la oposición como en las del propio fsln. Pero la pareja presidencial se fía de la solidez de su dominio en este alarde temerario. Exploraremos las bases de su poder y su fortaleza en un contrapunto en el que, tras cada clave de su éxito, mencionaré sus límites.

Oligarquía dividida, elites sobornadas

La década de 1980, entre otros profundos cambios sociales, sacudió la forma en que las elites nicaragüenses estaban articuladas. Las posibilidades de esta sacudida se remontan a las décadas previas a la revolución sandinista. Los tres grupos de la elite identificados por Jaime Wheelock –agropecuario, comercial e inmobiliario– estaban cohesionados por su aversión al enemigo común que los mantenía alejados de la tajada del león: el «grupo de los dados cargados», personificado por Anastasio Somoza y sus compinches3. Pero sus intereses eran muy diversos y por eso cada sector se fortalecía en torno de un banco. La tentación actual es tomar a los banqueros como un grupo monolítico considerando exclusivamente los obvios intereses comunes, pero haciendo caso omiso de que históricamente en Nicaragua los bancos han sido la punta de lanza financiera de los mencionados tres grupos que dan cuenta de la elite local.

El fsln ha sabido aprovechar las divisiones de las elites: coopta, compra o alquila grupos, asociaciones, personas y conciencias. El soborno de alto nivel es su mejor aliado. Pondré algunos ejemplos que ilustran su estrategia. El proyecto de un canal transoceánico fue pensado para convertirse en la nueva «revolución de las oportunidades», nombre que el último Somoza dio al terremoto de 1972 porque le permitió multiplicar su fortuna mediante la rapiña de la ayuda internacional a los damnificados. El canal podría ser un nuevo embuste como tal, pero es una oportunidad de acaparamiento de tierras, entre otras cosas. La debacle económica de Wang Jing, el empresario chino que suscribió el convenio con el gobierno de Ortega, evaporó la carnada que debía atraer a otros inversionistas: súbitamente perdió en la Bolsa de Valores alrededor de 80% de su fortuna y el proyecto perdió credibilidad4. Este inesperado giro de los acontecimientos puso en evidencia lo que muchos ya intuían: es probable que no haya canal, pero sí una serie de inversiones alrededor de la posibilidad del canal y sus efectos colaterales, como zonas libres, aeropuertos, etc. La faceta menos visible –y sin embargo más real– es la oportunidad de trabajo con salarios astronómicos para muchos ex-oligarcas reciclados en tecnócratas especializados en medio ambiente, cálculos financieros, trapicheos legales y obras de ingeniería. Los tecnócratas se han acercado para abrevar en las aguas revueltas. El negocio del canal ha cristalizado en ingentes beneficios. También hay promesas de contratos a compañías constructoras. Por esa razón, algunos de los miembros más connotados del Consejo Superior de la Empresa Privada (Cosep), principalmente aquellos ligados a la Cámara de la Construcción, se dejaron cortejar en un viaje a China con gastos pagados por el gobierno.

Otro sector de las elites es el ligado al Banco de la Producción (Banpro), que fue uno de los principales beneficiarios de las compactaciones de bancos con que arrancó el siglo xxi. Se puede rastrear el origen de su capital en las inversiones algodoneras y el comercio de mediados del siglo xx, pero un nuevo proceso de acumulación –de «acumulación por desposesión»5– tuvo lugar con las quiebras bancarias y su absorción de las carteras –presuntamente contaminadas– de las instituciones condenadas a la bancarrota por la Superintendencia de Bancos, en un proceso que ha sido cuestionado con evidencia en mano6. Este banco ha sido el custodio de gran parte de los fondos de la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (alba) y del Instituto Nicaragüense de Seguridad Social (inss). Suficiente razón para el silencio. También para cerrar el grifo del apoyo financiero que brindaba a Eduardo Montealegre, candidato presidencial de la oposición. Pero las contraprestaciones del Banpro no se han detenido ahí: en 2011 compró El Nuevo Diario, un periódico de raíces sandinistas pero entonces ya muy crítico del fsln y con reportajes investigativos de gran calidad. Las caricias financieras al Banpro tuvieron réditos significativos: cortar el mecenazgo a un candidato de oposición y neutralizar el tabloide que apoyaba a un periodismo independiente.

Como buenos estrategas, los más astutos miembros del fsln saben que un correligionario puede traicionar, pero un adversario bien pagado es un aliado fiel. Estos pequeños pactos con las elites son solo algunos ejemplos de cómo el fsln ha sabido ganárselos. La política tributaria ha sido un elemento de mayor alcance: los gobiernos de Ortega mantuvieron 850 millones de dólares anuales en exenciones de impuestos al gran capital, lo que equivale a 7% del pib (algo impensable en un gobierno de izquierda), beneficios fiscales para ciertos tipos de inversión y, en general, una estructura regresiva de impuestos7. Este pacto ha descansado sobre la ayuda de Venezuela (donaciones y préstamos a 25 años de plazo, con cinco años de gracia y 2% de interés)8. El mantenimiento de un salario mínimo bajo y de una legislación laboral flexible ha sido música para los oídos de los inversionistas nacionales y extranjeros.

En ese contexto de alianzas tácitas y explícitas, el sector de las elites –no muy grande, pero de alta cultura y calidad crítica– que integra las ong y los medios de comunicación quedó debilitado. Unos tienen raíces sandinistas, otros no han cesado de ser la voz de la oligarquía. No se pueden unificar por razones ideológicas y tampoco logran articular un frente sólido por separado. Ambos grupos han perdido capacidad de obtener un respaldo serio del segmento empresarial de las elites porque los atractivos financieros que el fsln ofrece a los empresarios son muy eficaces. Con una oligarquía dividida y una elevada tasa de subempleo y empleo informal, no hay posibilidad de montar una huelga que ponga en jaque al régimen, como ocurrió en tiempos de Somoza, cuando en 1978 y 1979 empresarios y trabajadores se unieron para paralizar el país. Sin embargo, el fantasma del desplome de la autarquía está rondando. El fsln sabe que las elites que le habían hecho el juego al somocismo repentinamente cambiaron y colaboraron muy activamente en su defenestramiento. Son aliados pagos: cuando cesa el pago, el pacto colapsa. El fin del petróleo venezolano puede implicar un cambio en la política fiscal, que afectará a elites y a sectores populares.

La importancia de carecer de importancia

Hoy Nicaragua no es una plataforma clave en la geopolítica estadounidense: no presenta los niveles de violencia que por décadas han afectado a sus vecinos del norte de Centroamérica9 y, por consiguiente, no es un país emisor de migrantes en cantidades comparables a las de esos países; tampoco tiene petróleo como Venezuela. eeuu sigue siendo el principal socio comercial, pero Nicaragua es un socio de escasa importancia y no tiene ninguno de los productos más apetecidos por escasos o valiosos. Nicaragua es sustituible en el ámbito comercial y apenas visible en el político. Su papel marginal en la geopolítica estadounidense puede ser medido precisamente por la tolerancia a las bravuconadas antiimperialistas del fsln, retórica hueca acompañada por patéticas brazadas de ahogado. Al fin y al cabo, Nicaragua está en el alba, pero también en el tratado de libre comercio entre eeuu, Centroamérica y República Dominicana (cafta-rd, por sus siglas en inglés). El monto de la ayuda del gobierno estadounidense (56 millones de dólares) y los temas que ocupan a Usaid en Nicaragua también son un indicio del escaso interés que el país reviste para la gran potencia: capacitación de jóvenes líderes, vih/sida, becas para que jóvenes de la Región Autónoma del Atlántico Sur (raas) asistan a la escuela primaria y secundaria y promoción de sociedades público-privadas en el sector social.

La patente de corso de la que aparentemente goza el fsln –a pesar de las revelaciones en Wikileaks que mostraron la preocupación de «la Embajada» por la corrupción policial y los nexos entre policías y narcotraficantes– se basa en esa carencia de importancia y en una política de colaboración en temas claves como la migración. Actualmente hay más de 10.000 migrantes –africanos, haitianos y cubanos– varados en Costa Rica porque la política migratoria que mantiene Nicaragua, que oficial y significativamente se llama «muro de contención», no les permite continuar su camino rumbo al Norte. La embajadora estadounidense en Nicaragua, Laura F. Dogu, ha manifestado su complacencia con una política en la que ve un freno al narcotráfico y un esfuerzo coordinado con eeuu10.

Ortega ha cosechado los frutos de carecer de importancia y de sus modestas colaboraciones en temas delicados. ¿Será siempre así? La oposición ha apostado por hacer del Departamento de Estado y de Capitol Hill sus muros de los lamentos, donde dejan sus plegarias para que el todopoderoso imperio se acuerde de poner orden en sus dominios. Los líderes de los partidos de oposición –incluso los que se presentan como de centroizquierda– visitan a los congresistas y se hacen selfies con ellos que luego exhiben en sus redes sociales. Su esperanza probablemente es que repitan en Nicaragua el experimento guatemalteco: creación de la Comisión Internacional contra la Impunidad en Guatemala (cicig) y respaldo a la presión social que condujo a la destitución y el encarcelamiento de Otto Pérez Molina y Roxana Baldetti. ¿Por qué Barack Obama o su sucesor Donald Trump no podrían hacer lo mismo en Nicaragua? Por el momento, porque Nicaragua no es Guatemala. Por citar un solo detalle (eludiendo por razones de espacio los espinosos temas de narcotráfico y violencia) que explica por qué eeuu prioriza a Guatemala por encima de Nicaragua, reputada como el segundo país más pobre de América Latina: en 2014 los guatemaltecos detenidos mientras intentaban ingresar irregularmente en eeuu ascendieron a casi 100.000, mientras que los nicaragüenses apenas rozaron los 3.00011, una diferencia que en parte explica que Guatemala reciba 162 millones de dólares y no 56 millones de dólares en concepto de ayuda para el desarrollo, o los 141 millones de dólares que le corresponderían atendiendo a proporciones demográficas12.

Washington ha perdido interés en Nicaragua pero podría recuperarlo de forma repentina. Nicaragua podría convertirse en un terreno importante si el malestar que ahora existe se multiplica y se transforma en propulsor de migrantes, lo que sumaría al país a los ya inestables y expulsores territorios de Honduras, Guatemala y El Salvador. Existe un primer paso en esa dirección: la Ley de Condicionalidad de a las Inversiones en Nicaragua (Nicaraguan Investment Conditionality Act, nica) de 2016, que impone sanciones al gobierno de Ortega por las violaciones a los derechos humanos, el retroceso de la democracia y el desmantelamiento del sistema de elecciones libres. Aunque aprobada por la Cámara de Representantes, puede quedarse en un gesto sin mayores repercusiones, no ser más que un sketch sin continuidad ni inserción en una obra mayor de no ser ratificado por el Senado. Pero también puede ser el primer paso hacia un giro en su tratamiento del caso nicaragüense.

Clientelismo del siglo xxi y más…

Solo los analistas cercanos al fsln creen que la cifra de 72% de los votos obtenidos por el oficialismo en las últimas elecciones es cierta. Pero sostener, en el extremo opuesto, que el orteguismo está ayuno de respaldo social es el sueño vano de la oposición. El fsln gobernó «desde abajo» durante 17 años (1990-2006), fiel a la consigna que lanzaron sus dirigentes: cortaron la circulación de calles, paralizaron universidades e hicieron de muchos pandilleros sus condottieri mal pagos pero sumamente eficaces para distribuir persuasivos mamporros. Todos los gobiernos del intermezzo neoliberal solo pudieron gestionar el país con la venia del fsln, a veces contra el fsln, pero nunca sin el fsln. Según Evelina Dagnino, Alberto Olvera y Aldo Panfichi, los grandes proyectos políticos en América Latina pueden ser catalogados como autoritarios, neoliberales o participativos13. Tras su retorno al poder, el fsln ensaya un cóctel de las tres modalidades: participativo en la retórica, neoliberal en sus fines y autoritario en sus medios. El neoliberalismo queda patente en su pacto con las elites y su voluntad de no hacer cambios estructurales. Pero la retórica viene acompañada de algunas realizaciones de impacto cotidiano en los bolsillos de los estratos de la población que fueron «olvidados» por los gobiernos que precedieron al del fsln.

Los cambios que el fsln ha introducido están enviando un mensaje a las multitudes más pobres y a los sectores medios que suele ser subestimado por los analistas de la oposición. Tras su arribo al poder, el orteguismo congeló el costo del pasaje de los buses urbanos e implantó un subsidio al consumo de energía eléctrica. En un contexto inflacionario, esto significa un creciente abaratamiento de la movilidad diaria y de la energía. Los trabajadores que todos los días deben abordar dos o más buses para llegar de su casa al centro laboral encuentran en este congelamiento un beneficio sustancial, pero desde sus cómodos vehículos muchos analistas no consiguen avizorar el impacto del subsidio al transporte colectivo.

Con el ojo puesto en las arcas de la seguridad social, tradicional caja chica de gobiernos de izquierda y derecha, el fsln lanzó en su primer mandato (2007-2011) un decreto que obliga a todos los empleadores a inscribir como cotizantes a los trabajadores con independencia de la duración de su contrato, inscripción que hasta entonces solo era obligatoria para los contratos por tiempo indefinido. En un contexto de elevado subempleo, informalidad y rotación de los cotizantes, esto no significa que vayan a cobrar un seguro de vejez. No se les ha concedido un beneficio a largo plazo, pero el haber ingresado al selecto club de los cotizantes permite a muchos miembros de la clase trabajadora y sus familiares tener acceso a servicios médicos y medicinas, subsidio por maternidad y enfermedad y prestaciones que debe reconocer el empleador.

El fsln ha creado nuevos mercados –llamados «mercados de feria»–, donde los artesanos y agricultores llegan dos días por semana –desde sitios tan remotos como Wiwilí e incluso la costa atlántica– a vender sus hamacas, carteras de cuero, quesos, crema, orquídeas y el típico pan de coco caribeño. Sus alcaldías los apoyan con el transporte y el gobierno central pone a su disposición una infraestructura cuyos costos de mantenimiento, vigilancia y limpieza asume sin pedir retribución alguna. Y las clases medias de la ciudad acuden a estos mercados a comprar a precios muy por debajo de los del supermercado. De similar perfil e intención es el puerto Salvador Allende, construido con fondos venezolanos a orillas del lago de Managua: el malecón que servía de emplazamiento para burdeles y cantinas es ahora un complejo familiar seguro e impoluto, acordonado por una fila de restaurantes y tiendas de artesanías.

En esas infraestructuras, todos los muros, bancas, botes de basura y rótulos exhiben los colores y consignas que los nicaragüenses aprendieron a identificar con la primera dama. La gente sabe que «la Chayo», como se apoda popularmente a Murillo, es la autora de esa cosmética callejera, que también empapa las páginas web y los documentos oficiales del gobierno. Su omnipresente firma está siempre ahí para recordarnos que ella estampó su sello. Y aunque a muchos pueda parecerles que esta estrambótica decoración raya en el ridículo y se precipita hacia un sitial de honor en los anales del mal gusto, los colores cumplen su cometido: anuncian a la hechora y resignifican el espacio público. La oposición se burla, pero no puede borrar la omnipresencia de un sello personal y partidario que constantemente recuerda a quién se debe cada objeto de la inversión pública. Salpicando el país de cabo a rabo con su paleta multicolor, Murillo ha construido un espacio hiperpolitizado, en permanente y ubicua campaña electoral. El «clientelismo del siglo xxi» copia la invasión del espacio público de otros populismos. Estos adornos tienen efectos simbólicos y prácticos: la cosmética, los nuevos mercados y museos proporcionan empleo y establecen un clientelismo abierto, que puede derivar en clientelismo en expansión. El clientelismo selectivo y cerrado se orienta hacia la contratación de la mano de obra que estos proyectos requieren. El clientelismo indiscriminado y abierto es para el público que, sin motivaciones confesionales, se acerca como consumidor. Estas inversiones, que la oposición denosta o minimiza, son la base material de una base social.

Pero esa base se asienta sobre un terreno inestable, porque todos estos logros –así como también la distribución de ganado menor y mayor, láminas y víveres del programa «Hambre Cero»– han dependido desde su fase embrionaria de la ayuda de Venezuela y, en consecuencia, de la bonanza de los precios del petróleo. Sin Hugo Chávez ni chavismo y sin precios del crudo en alza, los proyectos pueden languidecer. El oleoducto los ha dejado de nutrir. Si el «socialismo del siglo xxi» en Venezuela es un socialismo rentista, el de Nicaragua es un socialismo parasitario, montado sobre la mendicidad y no sobre la tributación al gran capital. El día de hoy el fsln se enfrenta a la encrucijada de mantener sus proyectos o privilegiar su pacto con ciertos sectores de las elites. Ya tomó algunas medidas que perjudican a las clases medias y a cierto sector de las altas: el control sobre los fondos de la ayuda externa, que provocó una fuga de agencias internacionales y la reducción al mínimo vital del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (pnud). Continuar esta política puede socavar su base social y llevar el malestar a un punto de ebullición, el punto en que los intereses de muchos sectores coincidan para repetir la pesadilla de las elecciones de 1990: todos contra el Frente.

Las trampas de la fe

Por el momento, los depósitos bancarios van en aumento, hay un boom de la construcción y la economía crece. Elites y organizaciones de base han creído cooptar en su favor el populismo en versión Ortega-Murillo. Los dirigentes de las federaciones de cooperativas, la Asociación de Trabajadores del Campo y la Unión Nacional de Agricultores y Ganaderos han obtenido prebendas y sinecuras que los han dejado ahítos. Las elites mantienen y suman más privilegios, una legislación laboral neoliberalizada (flexibilidad laboral, múltiples modalidades de contrataciones) y una estabilidad que envidian sus pares de la región. Los gobiernos de Arnoldo Alemán (1997-2002) y Enrique Bolaños Geyer (2002-2007), que precedieron al sandinismo reloaded, fueron sacudidos por crisis del café, conflictos entre viejos y nuevos mandos de la Policía Nacional y quiebras, salvatajes y fusiones bancarias. En la era de Ortega hay estabilidad y el sector financiero luce boyante: hay un notable incremento de los depósitos y las colocaciones crediticias.

Ambos polos –sectores populares organizados y cúpula empresarial– suponen haber domesticado el populismo orteguista y haberlo puesto al servicio de sus intereses. Pero esta fe en sus logros como agentes negociadores emerge de una fe en el poder de las políticas públicas. Las posibilidades de mantener ciertas condiciones se han basado solo parcialmente en la estrategia del gobierno y constituyen un logro volátil, porque se han montado sobre las donaciones/préstamos de Venezuela, deuda cuyo peso se sentirá a medida que venzan los plazos. Los otros factores de esas condiciones no dependen de las estrategias de Ortega. Son factores macroeconómicos: los precios favorables de los principales productos de exportación (carne, lácteos, café, oro), las inversiones extranjeras y las remesas que envían los migrantes a sus familiares. En los últimos dos años los precios de los productos de exportación cayeron, pero la economía no se resintió porque ese descenso vino acompañado del declive de los precios del petróleo y, de forma concomitante, de un incremento del consumo interno. El golpe también ha sido amortiguado por el continuo crecimiento de las remesas y la inversión extranjera, que llega imantada por los bajos salarios, el bajo costo de la tierra, la flexibilidad laboral, la estabilidad política y la posibilidad casi ilimitada de obtener acuerdos ad hoc mediante lubricaciones pecuniarias a las conexiones políticas.

Pero esta bonanza tiene los pies de barro. Los nuevos empleos son de baja productividad porque se concentran en el sector informal. La muy publicitada reducción de la pobreza no es tal. La pobreza se mide en parte por la relación entre personas dependientes y trabajadores activos en cada hogar. Dado que la pirámide poblacional ha favorecido la multiplicación de hogares –a medida que la numerosa población adolescente se convierte en población adulta–, la pobreza decrece porque mengua la cantidad de personas dependientes en cada hogar, pero no por una mejora de la productividad o de la calidad del empleo14. Y cualquier perturbación a la estabilidad –como la que podría derivarse de la Ley nica– puede cambiar de un plumazo las condiciones macroeconómicas sobre las que descansa el régimen. Sus aliados podrían empezar a sentir que ya no logran «domesticar» las estrategias del orteguismo. Y en realidad no se trata del orteguismo, sino de sus circunstancias, pero para efectos prácticos da igual: los aliados –elites y sectores populares–concluirán que ya no tienen cabida en el clientelismo del siglo xxi.

En suma, el hecho de que el autoritarismo de Ortega no tambalee por perturbaciones externas e internas descansa sobre el papel marginal que Nicaragua ha jugado en la geopolítica actual de eeuu, la división de las elites, el mecenazgo del socialismo rentista venezolano que ha pagado programas sociales y subsidios, la cooptación de los presuntos cooptadores mediante pactos más o menos explícitos y las condiciones externas favorables. El fin de la ayuda venezolana es un dato que cambia este panorama y puede forzar a un replanteamiento del esquema de alianzas. La inestabilidad que puede derivarse de esta reconfiguración es un riesgo letal para el régimen, porque Nicaragua podría recuperar importancia para eeuu, las elites podrían presentar un frente unificado, los sectores populares revelarse y la inversión externa menguar, lo que daría lugar a un círculo vicioso –desde el punto de vista del fsln– donde unos factores catapultan el desarrollo de otros. Quizás la oposición contempla este escenario. Lo que no considera es que, más allá del giro que tomen los acontecimientos, la estabilidad futura de Nicaragua y la posibilidad de avanzar hacia una mayor equidad estarán vinculadas a lo que suceda con esa formidable y extremadamente hábil maquinaria política en que se ha convertido el fsln, un partido con un tendido social y unos estrategas de los que no dispone ninguna otra fuerza política.

  • 1.

    José Luis Rocha: es investigador de la revista Envío y del Instituto de Investigación y Proyección Social sobre Dinámicas Globales y Territoriales (idgt) de la Universidad Rafael Landívar en Guatemala.Palabras claves: cooptación, democracia, sandinismo, Rosario Murillo, Daniel Ortega, Nicaragua.. Arturo Wallace: «La reelección de Daniel Ortega, el sandinista que ayudó a derrocar a los Somoza y ahora gobernará Nicaragua por más tiempo que cualquiera de ellos» en bbc Mundo, 7/11/2016.

  • 2.

    Klaas Wellinga: Los poetas y el poder. Política cultural en la Nicaragua sandinista, Paria, Ciudad de México, 1993.

  • 3.

    J. Wheelock: Imperialismo y dictadura. Crisis de una formación social, 6ª ed., Siglo xxi, Ciudad de México, 1982, p. 126.

  • 4.

    Suzanne Daley: «Lost in Nicaragua, a Chinese Tycoon’s Canal Project» en The New York Times, 3/4/2016.

  • 5.

    David Harvey: «The ‘New’ Imperialism: Accumulation by Dispossession» en Socialist Register No 40, 2004. [Hay edición en español: «El ‘nuevo‘ imperialismo. Acumulación por desposesión», Clacso, Buenos Aires, 2005].

  • 6.

    J.L. Rocha, Ed Brown y Jon Cloke: «Of Legitimate and Illegitimate Corruption: Bankruptcies in Nicaragua» en Critical Perspectives on International Business vol. 7 No 2, 2011.

  • 7.

    Arturo Grigsby: «La Ley Nica nos coloca en una situación de alto riesgo. ¿Nos tocará repetir el mito de Sísifo?» en Envío No 415, 10/2016.

  • 8.

    Esta ayuda se calcula en un promedio de 550 millones de dólares anuales solo entre 2011 y 2014. Iván Olivares: «Gestión fraudulenta de cooperación venezolana» en Confidencial, 15/4/2016.

  • 9.

    J.L. Rocha: «Street Gangs of Nicaragua» en Thomas Bruneau, Lucía Dammert y Elizabeth Skinner (eds.): Gang Violence and Security in Central America, University of Texas Press, Austin, 2011, pp. 105-122.

  • 10.

    Lucydalia Baca Castellón: «eeuu reitera apoyo al país. Embajadora reconoce esfuerzos y reitera necesidad de trabajar en conjunto» en La Prensa, 14/9/2016.

  • 11.

    Departamento de Seguridad Nacional de eeuu, Oficina de Estadísticas de Inmigración: Yearbook of Immigration Statistics: 2014, Washington, dc, 2016, p. 93.

  • 12.

    «Guatemala» en Usaid, https://explorer.usaid.gov/country-detail.html#Guatemala.

  • 13.

    E. Dagnino, A. Olvera y A. Panfichi: La disputa por la construcción democrática en América Latina, Programa Interinstitucional de Investigación-Acción sobre Democracia, Sociedad Civil y Derechos Humanos, Ciudad de México, 2006, p. 45.

  • 14.

    A. Grigsby: ob. cit.