Tema central

El impacto de la crisis global en América Latina

La actual crisis forma parte de un proceso que comenzó en los años recientes y que se explica en buena medida por el auge y la volatilidad de los flujos financieros. Su impacto en América Latina ya se siente y, aunque la región se encuentra en mejor situación que en el pasado, los pronósticos indican una caída del PIB de 2% para 2009. El artículo analiza los orígenes de la actual crisis y sus efectos en América Latina, y luego repasa los esfuerzos para corregir las deficiencias más graves de los mercados financieros y redirigirlos hacia el financiamiento para el desarrollo, que comenzaron con la Cumbre de Monterrey de 2002 y tuvieron su último episodio en el acuerdo del G-20 del 2 de abril de 2009. Finalmente, se analizan los desafíos que deben abordarse para avanzar hacia el desarrollo sostenido.

El impacto de la crisis global en América Latina

Introducción

La crisis que hoy atravesamos forma parte de un proceso en marcha que comenzó en los años recientes. La actual globalización se ha caracterizado por el auge de flujos financieros que exhiben una notable volatilidad. Se trata de fluctuaciones que se expresan en intensos ciclos, que se extienden por periodos prolongados y afectan la calidad de la asignación de recursos, la equidad, y siembran desequilibrios que, al final, generan costosas recesiones de la economía real. América Latina ha sido una víctima predilecta, recurrente, de estas crisis. En efecto, la región ha sufrido coyunturas recesivas profundas en todo el decenio de los 80, en 1995, en 1998-2003 y en la actualidad.

Como es sabido, esta vez el epicentro de la crisis se sitúa en la mayor economía mundial, la que había promovido, con mucha fuerza, la liberalización de los mercados financieros. En la actualidad, la mayor parte del mundo está inmerso en esta crisis como resultado de la globalización de la volatilidad financiera. Sus graves consecuencias a escala global deberían, por lo tanto, implicar una urgente corrección de la arquitectura financiera internacional.

Este artículo se divide en cuatro partes. La primera presenta un breve recuento de la globalización financiera y la actual crisis mundial. La segunda examina el impacto de las crisis financieras sobre América Latina. La tercera analiza el principal esfuerzo internacional para corregir las deficiencias más graves de los mercados financieros y redirigirlos hacia el financiamiento para el desarrollo, la Cumbre de las Naciones Unidas efectuada en Monterrey en 2002, y culmina con un breve resumen de la Cumbre de Doha y del acuerdo del G-20 del 2 de abril de 2009. Finalmente, se analizan los desafíos que deben abordarse para avanzar hacia el desarrollo sostenido.

La globalización de la volatilidad financiera y la crisis

La actual crisis mundial se fue sembrando paulatinamente en los quinquenios precedentes. En el centro de su gestación estuvo el creciente sesgo cortoplacista y especulativo de los mercados financieros internacionales. Los mercados de capitales se expandieron espectacularmente en los años recientes, con una intensa diversificación mediante segmentos cada vez más opacos y propensos a la especulación. La presencia de un número creciente de centros financieros internacionales extraterritoriales y paraísos fiscales con escasa o ninguna regulación estimuló la evasión de la reglamentación financiera nacional, de los controles de capital y de impuestos. Este fenómeno, junto con las innovaciones revolucionarias en materia de informática y telecomunicaciones, así como en el uso de técnicas financieras cada vez más sofisticadas (muchas de las cuales permiten un excesivo apalancamiento a través de operaciones fuera del balance de las instituciones financieras, off-balance sheet operations), contribuyeron al notable auge de los flujos internacionales. Las políticas macroeconómicas procíclicas terminaron de definir un escenario proclive a desequilibrios cada vez más explosivos, por la magnitud de los recursos involucrados y por la propensión a la volatilidad que los caracterizaban.

Se puede estimar, a partir de información del Banco de Pagos Internacionales, que por cada dólar de comercio internacional de bienes y servicios se mueven unos 40 dólares en los mercados cambiarios. Esta relación tan desigual es un reflejo de los fondos que se movilizan varias veces al día, en general ajenos al comercio real y a la inversión productiva. Esto complica el entorno macroeconómico de la economía real, donde opera la abrumadora mayoría de empresas y trabajadores. En los mercados financieros se registran frecuentes cambios de «estado de ánimo» que afectan las expectativas de precios de, por ejemplo, el dólar y los mercados bursátiles, lo que hace que los fondos líquidos, a diferencia de aquellos invertidos en actividades productivas («inversiones irreversibles»), puedan decidir abruptamente emigrar a otro mercado. Estos cambios de ánimo de los mercados financieros y cambiarios se sienten con mucha fuerza en la economía real; esto es, en la producción, el empleo, las utilidades y la recaudación fiscal.

En general, el auge financiero se desarrolló en un contexto de regulación y supervisiones flojas o parciales. Pero cabe destacar que la falta de regulación no ha sido homogénea. Por ejemplo, persistió la regulación de los sistemas bancarios, en particular en las economías desarrolladas. Es sabido que, no obstante, esta regulación tiene, en general, un sesgo procíclico, agravado con Basilea II1.

Sin embargo, el problema principal incluye tres rasgos muy marcados. El primero es el de los segmentos crecientes o nuevos (mercados bursátiles, fondos de inversión internacionales y mercados de derivados), que pasaron a constituir la proporción dominante de los mercados financieros y operaron bajo regulaciones débiles o inexistentes. Estas «innovaciones» financieras son sumamente opacas. En un contexto de prolongado auge de esos mercados, se dificultó cada vez más la percepción de los riesgos que se iban acumulando, incluidos los notables fraudes detectados posteriormente. El segundo rasgo del problema es el de los agentes de estos mercados, que en general asignan los recursos de acuerdo con una visión de corto plazo, sesgo acentuado por los sistemas de incentivos imperantes2. Como trabajan con recursos líquidos y en el espacio internacional, se genera una enorme volatilidad en las macroeconomías nacionales. El tercer rasgo es el predominio de un enfoque macroeconómico neoliberal marcadamente procíclico3, con fuertes ciclos cambiarios y monetarios. Dos de sus expresiones fueron el gigantesco déficit externo de Estados Unidos y los atrasos cambiarios registrados en América Latina en varias ocasiones desde 2004 (ver gráfico).

Aunque es difícil prever el momento en que explotarán las crisis, es posible identificar cuándo se están gestando sus bases. Con frecuencia hemos observado que las economías emergentes han sido empujadas por las entradas masivas de capitales hacia «zonas de vulnerabilidad». Estas incluyen: a) déficit elevado en la cuenta corriente; b) importantes pasivos externos, con un componente líquido significativo, mayor que las reservas internacionales; c) tipo de cambio real apreciado y descalce de monedas; d) precios altos de los activos nacionales (bolsas, bonos, activos inmobiliarios); e) endeudamiento elevado de hogares, en proporción a salarios y utilidades; y f) tasas de interés decrecientes con aumentos significativos en la oferta monetaria.

  • 1. Ver Stephany Griffith-Jones y Avinash Persaud: «Basilea ii: su impacto en los mercados emergentes y su economía política» en R. Ffrench-Davis (ed.): Crecimiento esquivo y volatilidad financiera, Cepal / Mayol, Bogotá, 2005 y José Antonio Ocampo: «La macroeconomía de la bonanza económica latinoamericana» en Revista de la Cepal No 93, 12/2007.
  • 2. Ver John Williamson: «Proposals for Curbing the Boom-Bust Cycle in the Supply of Capital to Emerging Markets» en R. Ffrench-Davis y S. Griffith-Jones (eds.): From Capital Surges to Drought, Palgrave Macmillan, Londres, 2003.
  • 3. Ver R. Ffrench-Davis; Reformas para América Latina: después del fundamentalismo neoliberal, cit., cap. v; J.A. Ocampo: «La macroeconomía de la bonanza económica latinoamericana», cit.