Tema central

El giro del APRA y de Alan García

Tras una primera presidencia que terminó en medio del caos hiperinflacionario y de una larga debacle durante los 90, la Alianza Popular Revolucionaria Americana (apra) volvió al gobierno de la mano de Alan García. Pero se trata de un partido y de un líder muy distintos a los del pasado. Debido a la necesidad de conquistar los votos de la derecha para ganar las elecciones y la urgencia por construir una coalición parlamentaria con los partidos conservadores, García dejó definitivamente atrás las invocaciones socialdemócratas que había esgrimido en otros momentos y lideró un gobierno económicamente ortodoxo y socialmente poco ambicioso. El contexto de alto crecimiento en el que llegó al poder reforzó esta tendencia conservadora. Y en buena medida explica el giro de García y del apra, de un voluntarismo exacerbado a un hiperrealismo sin ilusiones.

El giro del APRA y de Alan García

Introducción

Después de la muerte en 1979 de su jefe máximo, Víctor Raúl Haya de la Torre, la Alianza Popular Revolucionaria Americana (APRA) entró en una profunda crisis. Se inició una intensa lucha por la sucesión en un partido que se percibía como envejecido, a tal punto que se hablaba de la existencia de una gerontocracia. Pero envejecido no solo por la edad de sus líderes principales, sino también porque el ideario histórico del partido no alcanzaba ya para orientar su actuación en los nuevos tiempos. El APRA pasó de un inicial discurso de inspiración marxista, con un radical programa nacionalista revolucionario y prácticas insurreccionales en las décadas de 1930 y 1940, a concepciones más pragmáticas de negociación con Estados Unidos y los capitalistas nacionales y extranjeros, junto a la búsqueda de un entendimiento político con partidos de la oligarquía tradicional en las décadas de 1950 y 1960. Además, la muerte de Haya ocurrió luego de doce años de una dictadura militar que había cambiado profundamente al país (y que había llevado a la práctica algunas de las banderas históricas del APRA), en medio de un proceso de transición a una democracia que siempre había tenido dificultades para implantarse en Perú.

En este contexto, un líder joven, Alan García, llegó a la secretaría general del partido en 1982 y lo renovó aceleradamente. Aportó su imagen fresca y también una nueva identidad construida en torno de un discurso socialdemócrata inspirado en el socialismo español de Felipe González. En las elecciones de 1985, García aprovechó el desgaste del segundo gobierno de Fernando Belaúnde, quien había intentado infructuosamente implementar una reforma orientada al mercado y sufrió los embates de la crisis de la deuda. Y entonces, sobre la base de un discurso que prometía una revolución social, García logró lo que Haya nunca había podido alcanzar: la Presidencia de la República. Así, 55 años después de su fundación, el APRA logró llegar al Poder Ejecutivo. García obtuvo 55% de los votos válidos y las listas del APRA, casi 50% de los lugares en el Congreso.

La gestión gubernamental de García puede dividirse en dos etapas muy marcadas. Sus dos primeros años fueron muy exitosos: la clave fue un programa económico que limitó unilateralmente el pago de la deuda externa e implementó medidas de estímulo a la demanda y controles de precios. Esto permitió un aumento del gasto social, de los sueldos y salarios, así como una recuperación de la actividad económica, al tiempo que la inflación caía. Estos impresionantes logros legitimaron la retórica antiimperialista y revolucionaria del presidente y su promesa de un «futuro diferente». En cuanto a la política contrasubversiva, García inició su gobierno con gestos encaminados a cambiar una estrategia eminentemente represiva por otra de respeto a los derechos humanos, con un verdadero control civil sobre las Fuerzas Armadas y un impulso al desarrollo social en las zonas afectadas por la violencia. Desde 1987, sin embargo, las cosas cambiaron drásticamente. La política de estímulo a la demanda empezó nuevamente a generar inflación; García, en vez de enfriar la economía y promover la inversión, optó –confiando en el mero voluntarismo– por una propuesta de estatizar la banca, para así controlar desde el gobierno la orientación y el ritmo de la inversión. La consecuencia fue la abierta oposición de los gremios empresariales, de los sectores medios y altos y de la derecha política, lo que generó una fuerte polarización. La confrontación terminó con la derrota del gobierno, que no logró que el proyecto de estatización fuera aprobado por el Congreso.

Además, durante este periodo de conflicto se registró una caída de la inversión privada, lo que llevó a la economía a la recesión. Pese a ello, el gasto público corriente continuó aumentando, lo cual produjo una nefasta combinación de recesión con incremento de los precios que terminó en el estallido de la hiperinflación en los dos últimos años de gobierno. Es necesario considerar que, por esos mismos años, Argentina, con Raúl Alfonsín, Bolivia, con Hernán Siles Zuazo, y Brasil, con José Sarney, intentaron también programas económicos heterodoxos y rápidamente quedaron envueltos en procesos hiperinflacionarios. ¿Qué tenían en común estos países? Dinámicas en las cuales la contención a la expansión de la demanda era políticamente muy costosa para el gobierno. En el caso peruano, debemos considerar que parte de la explicación acerca de por qué a García le resultaba difícil tomar medidas de ajuste se encuentra en el ascenso de Izquierda Unida (IU). Alfonso Barrantes, candidato presidencial de IU en 1985, había obtenido 25% de los votos, y sus posibilidades electorales aumentarían con un cambio de política económica.

Al mismo tiempo, en cuanto a la política contrasubversiva, desde mediados de 1986 el gobierno se enfrentó a la realidad de que el cambio de estrategia no había dado los resultados esperados, con lo que se volvió a políticas más netamente represivas, que llevaron nuevamente a violaciones de los derechos humanos. Estas involucraron a distintos funcionarios del gobierno y llegaron a comprometer en alguna medida hasta al propio presidente García, según activistas de derechos humanos. Lo mismo puede decirse de las múltiples denuncias de casos de corrupción. Los sueños e ilusiones apristas de 1985 se convirtieron en terribles pesadillas.

La travesía en el desierto y el regreso del líder

El descalabro político e institucional que vivió el país a finales de la década de 1980 hizo posible la inesperada llegada al poder de Alberto Fujimori, un outsider que rápidamente desplegó un discurso antipartido. Sorprendentemente, Fujimori tuvo éxito en contener la hiperinflación mediante duras medidas de ajuste que, aunque ocasionaron grandes costos sociales, le permitieron obtener la aprobación de la mayoría de la sociedad en 1992, cuando tomó la decisión de dar un autogolpe mediante el cual cerró el Congreso y decretó la reorganización de los poderes públicos. Ese día, el 5 de abril de 1992, el ex-presidente García fue buscado por fuerzas del Ejército para ser detenido, pero logró escapar y terminó asilándose en Colombia. Poco después, en septiembre de 1992, Fujimori se benefició de la captura del líder máximo de Sendero Luminoso, Abimael Guzmán, con lo que a los logros en materia económica se sumaron los éxitos en la política contrasubversiva.