Opinión

El futuro de la Concertación: ¿un giro impostergable?

La Concertación enfrenta nuevos dilemas de gobernabilidad, atrapada entre su imagen de éxito y un gradualismo marcado por la prudencia que resultó funcional para las primeras etapas, pero que hoy ha devenido en inmovilismo, producto del virtual empate político existente. El equiparamiento de las fuerzas políticas en el Congreso y la exigencia de altos quórums para algunas reformas, como las de tipo político, que al principio obligaban a buscar consensos, hoy son vistos como una negociación permanente que ha terminado por trastocar la esencia inicial de muchas iniciativas.

El futuro de la Concertación: ¿un giro impostergable?

Se ha comenzado a instalar, particularmente a nivel de los medios de comunicación y desde 2006 a la fecha, la idea de que la Concertación de Partidos por la Democracia, la coalición más estable de la historia de Chile así como también de la historia democrática de América Latina, habría llegado a una suerte de «fin de ciclo». Otras formulaciones que circulan, procedentes tanto de ámbitos académicos como políticos, aluden a los males que produce una suerte de «ideología del gobiernismo» (Cortés Terzi), que reproduciría las características de sistemas de partidos como coaliciones de intereses o partidos «holding». Otros afirman que la hoja de ruta de la coalición de habría agotado (Navia) o bien que se hace necesaria una reingeniería profunda (Letelier). Desde la oposición, integrada por Renovación Nacional y la Unión Demócrata Independiente y que, como nunca en el pasado, ha adoptado frente al actual gobierno de la Presidenta Bachelet una actitud obstruccionista simbolizada en la lógica del «desalojo», se señala que ésta adolece de una cierta «fatiga de material» (Allamand).

No es la primera vez que se preconiza el desgaste del conglomerado, conformado al día de hoy por el Partido Socialista, la Democracia Cristiana, el Partido Radical Socialdemócrata y el Partido por la Democracia, procedente muchas veces de sectores interesados en su término. Sin embargo, es justo reconocer que nunca había enfrentado tal cúmulo de dificultades como hasta ahora y que éstas no se habían manifestado en resultados electorales. Nos referimos al resultado ambivalente de las más recientes elecciones municipales de octubre de 2008, donde se produjo un acortamiento de la brecha entre la coalición de gobierno, de centroizquierda y la Alianza por Chile, de centroderecha. Así, si bien en concejales, la Concertación obtuvo 46,6% frente a 36%, en materia de alcaldes, recibió un 38,43% frente a un 40,49%. Un aspecto no menor es que la Alianza triunfó en las principales capitales del país y, en términos numéricos, gobierna localmente hoy sobre aproximadamente un millón más de personas en relación a la Concertación.

Los problemas que enfrenta derivarían de la convergencia de falta de disciplina parlamentaria, el surgimiento de nuevos referentes en el escenario político chileno producto de escisiones importantes que han tenido lugar desde 2006 a la fecha y que han demostrado tener costos electorales, los casos de corrupción detectados puntualmente en algunas reparticiones del Estado y los problemas de política pública que quedaron en evidencia con la implementación del plan de transporte Transantiago. Lo cierto es que la exitosa coalición que ha gobernado Chile por más de dieciocho años, teniendo a su haber cuatro gobiernos consecutivos y que ha enfrentado exitosamente la reducción de la pobreza desde un 45,1% a un 13,7%, se encuentra hoy en una encrucijada y deberá replantear algunas de los postulados que resultaron funcionales para su funcionamiento.

El próximo escenario electoral de diciembre de 2009, en que se realizarán elecciones concurrentes para elegir Presidente y parlamentarios, no parecieran elecciones rutinarias. Si bien toda competencia conlleva una carga intrínseca de incertidumbre, ésta la tiene más si cabe por producirse en el contexto de la crisis internacional a la que el gobierno ha respondido con un paquete de estímulo fiscal de US $ 4.000 millones diseñado para proteger el crecimiento y el empleo durante 2009. El extranjero que visite Chile por estos días podrá comprobar que se vive un momento parecido a la parusía, a la llegada de algo que todavía se desconoce. Se percibe un ansia de cambio, que se ha venido dilatando en el tiempo. Nos toca asistir hoy a la incongruencia de que es la oposición, quien ha venido ejerciendo el rol de custodia del modelo económico de mercado que la Concertación aceptó administrar, la que enarbola la bandera del cambio sumada a una disciplinada campaña de denuncia de la falta de eficiencia de la acción de gobierno, a la que la prensa se ha sumado con particular agrado.

La Concertación enfrenta nuevos dilemas de gobernabilidad, atrapada entre su imagen de éxito y un gradualismo marcado por la prudencia que resultó funcional para las primeras etapas, pero que hoy ha devenido en inmovilismo, producto del virtual empate político existente. El equiparamiento de las fuerzas políticas en el Congreso y la exigencia de altos quórums para algunas reformas, como las de tipo político, que al principio obligaban a buscar consensos, hoy son vistos como una negociación permanente que ha terminado por trastocar la esencia inicial de muchas iniciativas. Quien deberá hacerse cargo de estos dilemas es Eduardo Frei Ruiz-Tagle, presidente durante el periodo 1994-2000 y actual senador, quien en apariencia será el candidato único de la Concertación. Sin duda, se verá enfrentado a la necesidad de conjugar un pacto programático que integre la diversidad de la coalición (con la paradoja de que su partido, la DC, cuenta con menos volumen de votación que los partidos PS-PPD, que han constituido tradicionalmente el eje progresista del conglomerado) y un pacto instrumental que integre a la izquierda extraparlamentaria y rompa la exclusión, avanzando hacia las mayorías parlamentarias que hoy son tan esquivas.

En el Chile actual se debaten varias posiciones en relación al futuro de la Concertación. Algunos plantean que la alternancia sería aconsejable para obligar a los sectores representativos de la izquierda al interior del conglomerado a reconciliarse con las fuerzas sociales con las que no han mantenido el necesario contacto durante estos años de concentración en las funciones político-institucionales propias de la administración del poder. Parecen olvidar los riesgos que entraña que llegue al poder ejecutivo una derecha compuesta por una parte que respaldó al régimen militar y las violaciones a los derechos humanos y cuya participación en el juego democrático es más bien una concesión que el vicio hace a la virtud por cuanto se ha opuesto a todas las iniciativas de reforma política que se han impulsado en estos años tales como la reforma al sistema electoral binominal, la inscripción automática en los registros electorales y el derecho a voto de los chilenos en el exterior. Un segundo grupo, autoconfiado en la valoración exitosa de la propia obra, erigida a la categoría de modelo en América Latina, y bajo la creencia de que los chilenos son mayoritariamente de centro-izquierda y no se inclinarán por un abanderado de la centro-derecha, plantea la necesidad de avanzar en mayor equidad social aludiendo a un cambio en la estrategia de desarrollo pero sin indicar con precisión cuál sería ésta y no prestando la atención suficiente al resultado de serios estudios que, desde 1990, vienen advirtiendo del malestar que los chilenos sienten con un modelo de mercado que parece haber traspasado los umbrales de la economía, derramando sus lógicas en todos los intersticios de la sociedad. A este malestar se suma el que, desde 2007 a la fecha, estudios como Latinobarómetro y otros vienen indicando la demanda de la población chilena por un rol más protagónico y decisivo del Estado, lo que es difícil de materializar cuando el país está regido por la Constitución de 1980, que consagra el papel subsidiario del Estado y el derecho a la propiedad como el fundamental sobre los demás. Otras señales preocupantes vienen dadas porque, al año 2009, cuatro millones los jóvenes no se inscriben en los registros electorales o que más del 50% de los chilenos no adhiera a ninguna de los dos grandes bloques (lo que incluye también a la Concertación). Otros plantean que los tiempos que vienen no resisten la postergación de un giro estratégico de la Concertación, en términos de renovar su compromiso con la izquierda a partir de lo realizado por los anteriores gobiernos y haciéndose cargo de las señales que emiten los estudios y otros termómetros sociales. Ello supone, además de generar los mecanismos que permitan romper con la exclusión de partidos como el Comunista, perder el miedo a las acusaciones de «izquierdización» y de vuelta al pasado que, sin duda, deberá enfrentar tanto desde la oposición como desde una prensa con una descarada agenda conservadora, ahuyentado sus propios fantasmas y ofreciendo un programa de gobierno que proponga un nuevo modelo de desarrollo, cambie la Constitución, permita una equitativa distribución del ingreso, un traspaso de mayores cuotas de poder a los ciudadanos y un manejo sustentable de los recursos naturales. Se trata, en definitiva, de reconocer que si bien la Concertación ha cumplido con lo comprometido, pasando del modelo autoritario liberal excluyente de la dictadura a un modelo democrático liberal incluyente, una correcta interpretación de lo que los ciudadanos demandan pasa por avanzar hacia un modelo basado en un Estado de bienestar productivo y solidario como bien ha advertido Manuel Castells. Para ello, pareciera ser condición sine qua non terminar por desatar amarres heredados de la dictadura como es la Constitución de 1980.

La Concertación de Partidos por la Democracia ha sido eficiente en la duplicación del ingreso per cápita en Chile y en la reducción de la pobreza. Enfrenta ahora el dilema de caer en el síndrome de la mujer de Lot, ensimismándose en los éxitos del pasado, o enfrentar creativamente los nuevos dilemas, en una perspectiva de adaptabilidad y cambio. Si no lo hace, corre el riesgo de pasar a convertirse en un interesante objetivo de estudio politólogico porque es cierto que la unidad demostrada por los partidos que la han venido conformando resulta impresionante en un cuadro como el de América Latina, signado por lo provisorio, lo fugaz, la informalidad, la dispersión y la volatibilidad.

Sólo en este escenario será posible hablar, no sólo de un quinto gobierno de la Concertación de Partidos por la Democracia sino de un gobierno que, más allá de administrar el curso cotidiano de las cosas, tenga sentido.

Otras publicaciones recientes de la autora, sobre el mismo tema, son: «Concertación: aristas y posibilidades de un debate obligado», Revista Foro Chile 21,Nº 79, Septiembre 2008 y «Entre enclaves y oportunidades», con Peter Siavelis, La Tercera, 6 de octubre de 2008.

Pie de página