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El difícil camino de la integración regional

La integración regional, en el pensamiento de Raúl Prebisch y la Cepal, se concebía como una herramienta esencial para generar mercados ampliados que permitieran apuntalar la industrialización y reducir la dependencia. El artículo afirma que, a 50 años de los primeros esfuerzos integracionistas, los resultados son decepcionantes. Las exportaciones intrarregionales apenas alcanzan 15% del total y los intentos por convertir a América Latina en una zona de libre comercio, con aranceles externos comunes y disciplinas comerciales homogéneas, han fracasado. Sin embargo, en la nueva etapa de globalización, marcada por el ascenso de China y la India, la integración sigue siendo un proyecto irrenunciable.

El difícil camino de la integración regional

El difícil camino de la integración regional

ROBERTO PIZARRO

La integración regional, en el pensamiento de Raúl Prebisch y la Cepal, se concebía como una herramienta esencial para generar mercados ampliados que permitieran apuntalar la industrialización y reducir la dependencia. El artículo afirma que, a 50 años de los primeros esfuerzos integracionistas, los resultados son decepcionantes. Las exportaciones intrarregionales apenas alcanzan 15% del total y los intentos por convertir a América Latina en una zona de libre comercio, con aranceles externos comunes y disciplinas comerciales homogéneas, han fracasado. Sin embargo, en la nueva etapa de globalización, marcada por el ascenso de China y la India, la integración sigue siendo un proyecto irrenunciable.

No basta con decir

A casi 50 años de los primeros esfuerzos integracionistas en América Latina, los resultados son decepcionantes. No solo porque las exportaciones intrarregionales apenas alcanzan 15% del total de lo que nuestros países transan en el mercado mundial, sino también porque las acciones concretas a favor de la unión regional se han oscurecido, al tiempo que la retórica se acrecienta y las controversias se multiplican, con preocupantes distanciamientos diplomáticos. No obstante, se sigue hablando sobre integración. Ya no basta con decir; hay que realizar.

Los países del norte de la región se han plegado formalmente a Estados Unidos: México a través del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) y los cinco países de Centroamérica mediante el Tratado de Libre Comercio entre República Dominicana, Centroamérica y EEUU (Cafta, por sus siglas en inglés). En segundo lugar, la virtual renuncia a la formación de un bloque regional conformado por naciones que tienen una misma historia quedó claramente de manifiesto a partir de las iniciativas gubernamentales de integración en curso, que se limitan a Sudamérica, sin México y sin los países del Istmo Centroamericano: así se observa con la Unión Sudamericana de Naciones (Unasur), el Banco del Sur o los proyectos de la Iniciativa para la Integración de la Infraestructura Regional Sudamericana (Iirsa). A esto se agregan los infructuosos esfuerzos de la Asociación Latinoamericana de Integración (Aladi) por construir una zona de libre comercio.

Incluso en América del Sur las iniciativas de integración exhiben dificultades. La Comunidad Andina de Naciones (CAN), después de casi 40 años, no ha sido capaz de establecer un arancel externo común. A partir de abril de 2006, con el retiro de Venezuela, su debilitamiento se hizo inocultable. El Mercosur, que tantas esperanzas generó en los 90, muestra actualmente un panorama desalentador: desde la devaluación de Brasil en 1999, los conflictos comerciales con Argentina han sido persistentes. A ello se ha agregado la disputa entre Uruguay y Argentina por la construcción de dos plantas de celulosa en la frontera entre ambos países, lo que ha llevado a una controversia en el Tribunal Internacional de La Haya, con duros enfrentamientos bilaterales. Sin una institucionalidad para resolver adecuadamente los conflictos, con un arancel externo perforado y una clara disminución del comercio subregional en relación con las exportaciones al resto del mundo, el estancamiento del Mercosur se torna manifiesto.

Finalmente, Chile ha seguido un camino propio de apertura al mundo, pero que también revela las dificultades de la integración regional. Desde 1976, cuando dejó el Pacto Andino, Chile se ha mantenido al margen de los acuerdos de integración. A partir de 1990, con la recuperación de la democracia, encaró una vigorosa ofensiva negociadora mediante la firma de Acuerdos de Complementación Económica (ACE), en el marco de Aladi, con todos los países de Sudamérica y México. Sin embargo, a fines de 2000, en medio de la negociación para su incorporación plena al Mercosur, la estrategia dio un giro radical con la firma de un TLC con EEUU. Ello, por supuesto, no ha ayudado a mantener buenas relaciones políticas con sus vecinos, sino que ha puesto al país en una incómoda situación de aislamiento. No obstante, Chile ha perseverado en su camino y ha firmado acuerdos con prácticamente todos los países industrializados y de desarrollo intermedio del mundo.

En este cuadro, el argumento de que la Unión Europea tardó largos años en constituirse como tal, que algunos esgrimen para justificar las dificultades para avanzar en la integración latinoamericana, ha perdido validez. El camino recorrido por la UE ha sido ciertamente largo y difícil, pero desde la Comunidad del Acero y el Carbón de comienzos de los 50 sus avances fueron sistemáticos y progresivos. Tanto es así, que la reciente incorporación de los países que hasta fines de los 80 formaban parte del bloque soviético se realizó sin mayores traumas.

Prebisch y el pensamiento de la Cepal

Para Raúl Prebisch, el gran economista fundador del pensamiento de la Cepal, la búsqueda deliberada –no espontánea– de la industrialización constituía el camino insoslayable para salir del subdesarrollo. Al industrializarse las economías periféricas, las técnicas modernas se extenderían progresivamente a diferentes actividades económicas, en especial en el ámbito de las manufacturas, y así se diversificaría el patrón productivo, disminuiría la dependencia de los centros capitalistas (precisamente de maquinarias y tecnologías) y se reduciría la heterogeneidad estructural económica y social.

Sin embargo, al cabo de algunos años Prebisch se daría cuenta de que la industrialización, al menos en los países más avanzados de América Latina, había agotado las posibilidades de sustitución de importaciones para el mercado interno en bienes de consumo no duraderos. En consecuencia, era necesario impulsar formas más complejas de industrialización en bienes intermedios, de capital y consumo durables, que exigían mercados más amplios. De aquí surgió su propuesta de crear un Mercado Común Latinoamericano. Desde esta perspectiva, la integración latinoamericana, al generar escalas más elevadas, le daría mayor racionalidad a la industrialización, estimulando aún más la sustitución de importaciones. Al mismo tiempo, serviría como instrumento para acumular experiencia exportadora entre países vecinos, lo que a su vez funcionaría como la antesala para conquistar los mercados de los países desarrollados. La industrialización como eje del desarrollo y, posteriormente, la creación de un mercado común como requisito para avanzar en ella constituyen componentes sustanciales del pensamiento económico de la Cepal de los 60 y 70. Con esos fundamentos conceptuales se crearon la Asociación Latinoamericana de Libre Comercio (Alalc), en 1960, el Mercado Común Centroamericano (MCCA), también inaugurado en 1960, y el Pacto Andino, en 1969.