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El desafío político de gobernar la ciudad

Las ciudades latinoamericanas están cambiando. De la «ciudad frontera», con una lógica de urbanización basada en la expansión de las periferias y la metropolización industrial, se ha pasado a una «ciudad en red», resultado de la globalización, la reforma del Estado y los cambios demográficos. En este nuevo contexto, se perciben en la región dos modelos políticos de gobierno de la ciudad: el de la ciudad empresarial privada, que recurre al mercado para inyectarle eficiencia a la gestión urbana, y el de la ciudad inclusiva, basada en una revalorización del espacio público y la promoción de derechos. La exitosa experiencia de algunas fuerzas de izquierda demuestra que es posible una perspectiva distinta de gestión de la ciudad.

El desafío político de gobernar la ciudad

Devolver la polis a la ciudad

En la antigua Grecia tuvo lugar el nacimiento de la ciudad y la política, al extremo que la ciudad no se diferenció del Estado. La polis griega, fundada en la democracia, integraba al ciudadano, quien la asumía como propia. De esta manera, la ciudad fue la primera forma de participación política y el escenario de construcción de la tríada compuesta por la ciudad, el Estado y la ciudadanía. Este sentido histórico se ha ido perdiendo. La ciudad se ha vaciado de la política y de lo público debido, entre otras cosas, a los procesos de privatización, al hecho de que la plaza ha perdido sentido y funcionalidad por los tecnicismos del nuevo urbanismo (agorafobia), a la crisis de los partidos políticos, a la alta fragmentación urbana (foraneidad) y a la emergencia de otras instancias de socialización, como los medios masivos de comunicación.

En América Latina, desde inicios de los 80, la ciudad fue el escenario de la competencia política, pero no logró constituirse en objeto de una propuesta política explícita; es decir, no pudo convertirse en un referente específico para la política, los políticos y los partidos políticos. La relación entre política y ciudad se vio restringida porque los partidos políticos –como instancias de intermediación entre la sociedad y el Estado– carecían de propuestas específicas sobre ella. El Estado tampoco logró formular políticas urbanas claras, integrales y coherentes, a punto tal que la creciente urbanización y la separación entre el organismo político y la participación social, características esenciales del Estado moderno, le restaron atributos a la condición de ciudadanía y transformaron a los gobiernos locales (de cercanía) en apéndices del gobierno nacional (de distancia), según una lógica clientelar.

El crecimiento del Estado lo fue convirtiendo en un verdadero Leviatán, cada vez más separado de la sociedad civil. Las formas de participación se transformaron, en el mejor de los casos, en delegaciones, representaciones o simples sufragios, que no comprometen ni al mandante ni al mandatario. La crisis económica y las políticas de ajuste, privatización y apertura redefinieron la participación social excluyendo a buena parte de la población.

Pero la fuerza histórica de la polis le permitió primero resistir y luego superar esta realidad, gracias a la existencia de un movimiento contradictorio que rige la cualidad esencial de la ciudad. Así, de un tiempo a esta parte, en el contexto de redemocratización que vive América Latina, se observa la búsqueda de una mayor representación política a través de una aproximación interesante entre política y ciudad: esto se confirma en el fortalecimiento del poder local, en el nuevo rol de la ciudad en el mundo, en el desarrollo de procesos de descentralización, en la apertura de nuevos canales de participación y en la emergencia de nuevos actores.

El movimiento histórico que le da vida a la ciudad es el mismo que le permite resistir. Una urbe no es solo el lugar donde se concentra la población: adquiere la cualidad de tal al asumir su condición de polis. Por ello, las metrópolis o megalópolis no pueden ser simplemente escalas superiores, demográficamente hablando, de la ciudad. Esto implica pasar de una concepción puramente demográfica de la ciudad a otra que tiende a devolverle la polis a la civitas, sobre la base de la restitución de la articulación de la tríada ciudad-Estado-ciudadanía. Si la ciudad es el espacio político por excelencia, lo que se observa hoy en América Latina es que la política empieza a retornar a su lugar de nacimiento: la ciudad. Y ello ocurre en una coyuntura en la que hay un desprestigio de la política y una despolitización de la ciudad. En este contexto, la urbe se convierte en objeto de la política, con dos fuerzas claramente identificadas que se disputan su destino.

La ciudad en la historia

Las ciudades ceremoniales de Tenochtitlán (azteca), Tikal (maya) y Cusco (inca), entre muchas otras, fueron el centro de la conquista española, pero también escenarios claves de resistencia a la dominación y de procesamiento de los conflictos políticos, sociales y económicos. Desde entonces hasta hoy, estas ciudades, como tantas otras, han sido los ejes centrales de las transformaciones más importantes en los ámbitos de la economía, la política y la sociedad.

Las ciudades latinoamericanas han jugado distintos roles políticos en momentos diferentes de la historia: por ejemplo, en la época de la conquista y colonización fueron el núcleo de resistencia a la dominación, al punto que en algunos casos se prefirió el fin de la ciudad –y con ello, de la vida– y se decidió incendiarla. Durante la etapa de la independencia, las urbes fueron el eje de la reivindicación de autonomía respecto del poder colonial. Y en el siglo XX la ciudad fue el escenario de las movilizaciones populares alrededor de la producción (sindicalismo) y del consumo (paros cívicos por servicios), así como de la oposición a las dictaduras. Hoy, en los albores de este nuevo milenio, todo indica que las ciudades serán la plataforma de relanzamiento del nuevo Estado en construcción.

Esto significa que la ciudad siempre fue el espacio central de las reivindicaciones por días mejores por parte de la población, incluso de aquella que vive más allá de sus límites territoriales. Hoy su función no es distinta, con una diferencia significativa: las ciudades mismas empiezan a ser protagonistas directas de las reivindicaciones de la sociedad, en una nueva coyuntura urbana marcada por nuevos gobiernos de signo progresista y de izquierda. Hoy, de la mano de estas fuerzas políticas, el gobierno de la ciudad en América Latina está viviendo un momento de transición y cambio.

El universo urbano

El universo urbano de América Latina se caracteriza por la existencia de cuatro ciudades con más de 10 millones de habitantes (México, San Pablo, Buenos Aires y Río de Janeiro) y 46 urbes con más de un millón. Esto significa que hay 50 áreas metropolitanas. Además, existen 16.600 municipios, muchos de ellos recientes y pequeños. Todos son parte del proceso de urbanización que vive América Latina desde la segunda posguerra. En 1950, 41% de la población latinoamericana vivía en ciudades, cuando hoy es casi el doble.