Ensayo

El anti-antinorteamericanismo en América Latina (1898-1930). Apuntes para una historia intelectual

La década de 1920 dio el marco para el desarrollo de las ideologías antiimperialistas en América Latina. Fueron muchos los jóvenes e intelectuales que, inspirados por el Ariel de José Enrique Rodó o incluso por Lenin, formaron parte del cuestionamiento radical a la política expansionista de Estados Unidos. Pero, al mismo tiempo, surgían voces que –dentro de esa misma sensibilidad– buscaban tender puentes políticos y culturales con los sectores progresistas estadounidenses, y varios escritores e intelectuales de ese origen se diferenciaban de la política imperialista de su país y entablaban productivos diálogos con el sur del continente. El artículo se enfoca en la historia, pero los movimientos disidentes que hoy agitan EEUU renuevan la necesidad de estas redes de pensamiento y acción crítica.

El anti-antinorteamericanismo en América Latina (1898-1930). Apuntes para una historia intelectual

I. América Latina parece haber recibido con cierta tibieza y perplejidad los acontecimientos y las dinámicas políticas que, en distintos puntos del planeta, han conformado a lo largo de 2011 un escenario global singularmente convulsionado y preñado de novedades. La extendida idea de que el continente ha logrado mantenerse a resguardo de la crisis económica mundial, reforzada por procesos políticos y electorales que en la región otorgan una tonalidad excéntrica a las demandas que en otras latitudes se han configurado al grito de «Democracia real ya», ha favorecido el desarrollo de ilusiones explícitas o implícitas de una posible «desconexión latinoamericana» (o al menos sudamericana). Uno de varios ejemplos en ese sentido ha sido la virtual inexistencia en América Latina de un «efecto Fukuyima» (la puesta en cuestión de la energía nuclear que se disparó en otros sitios a partir de la catástrofe ocurrida en la central atómica japonesa). Sin embargo, los hechos del agitado 2011 están plagados de retos y también de oportunidades para la región.

Para las fuerzas progresistas y de izquierda, uno de ellos es el de reiniciar la conversación, efectiva o imaginaria, con algunas dinámicas políticas que ocurren dentro de Estados Unidos. Más precisamente, el arborescente movimiento Occupy Wall Street (OWS) ofrece para América Latina la posibilidad de retomar un diálogo que se había iniciado con la emergencia del movimiento alterglobalización en Seattle, a fines de 1999, pero que se había clausurado violentamente luego del 11 de septiembre de 2001 (con un breve resurgir generado por la llegada de Barack Obama a la Presidencia, un hecho que despertó esperanzas rápidamente desvanecidas). Se ha sugerido que, bajo el doble impacto de la «primavera democrática» árabe –con sus efectos de dislocación del paradigma del choque de civilizaciones– y de la reinvención del espacio público norteamericano que supone OWS, se ha resquebrajado el propio orden global surgido tras los atentados contra las Torres Gemelas. Tal vez entonces desde América Latina pueda comenzar también a reevaluarse uno de los principales rasgos de la década que se inició en 2001: el antinorteamericanismo.

Cierto que la tarea parece especialmente difícil, si atendemos al hecho de que la decidida repulsa respecto a EEUU no nace en América Latina el 11 de septiembre de 2001, sino que se encadena a un antiguo y perdurable sustrato de ideas, provisto por el antiimperialismo. En efecto, al menos desde finales del siglo XIX –primero como patrimonio de las elites intelectuales y políticas y luego como una sensibilidad de notable arraigo masivo– se configuró en torno de la denuncia del fenómeno imperialista una de las más acusadas ideas-fuerza del siglo XX latinoamericano. Y ese antiimperialismo a menudo se confundió con el mero antiyanquismo, en la medida en que las continuas intervenciones norteamericanas también fueron un rasgo secular en el continente, ya sea a través de invasiones directas, de apoyo a golpes de Estado o a actores de la política interna en diversos países, de más difusos procedimientos de lobby y diplomacia secreta, o de los efectos del poderío de las corporaciones económicas y financieras estadounidenses.

«Imperialismo» fue un nombre mentado para ilustrar muy diversas circunstancias. Cargado de diversos acentos y valencias, declinado en clave política, militar, cultural, intelectual o económica, el imperialismo se mostró como una categoría omniabarcativa y de poderosas capacidades heurísticas. Pero, sobre todo, fue el articulador de un campo simbólico de notables efectos políticos. La retórica antiimperialista supo cumplir un inapreciable papel en la construcción de consensos y legitimidades. La propia historia de la cultura política nacional-popular, de consabido e inveterado arraigo en América Latina, resulta inentendible si no se consideran los usos históricos de motivos antiimperialistas o antinorteamericanos. Pero en otro nivel, menos explícito, el antiimperialismo gozó de una presencia difusa de efectos más difíciles de mensurar, pero no por ello despreciables. Al decir del gran historiador argentino de las ideas Oscar Terán, en los años 60 «el imperialismo se fue perfilando como la categoría central capaz de explicar una porción fundamental de la historia nacional, y desde entonces el discurso antiimperialista casi no se verá porque, como Dios, estará en todas partes». Lejos de ser una noción circunscripta al universo político de las izquierdas o de lo nacional-popular, como a menudo se cree, los efectos del antiimperialismo se hicieron sentir también en franjas liberales y conservadoras.

La historiografía intelectual y política latinoamericana ha ofrecido recientemente contribuciones al mejor conocimiento de ese universo. En cambio, mucha menor atención ha recibido un discurso más tenue y episódico: el que ha buscado, precisamente, complejizar las apreciaciones sobre el fenómeno imperialista (sin que ello implique negarlo), intervenir sobre los efectos locales derivados de los usos de la retórica antiimperialista, y ofrecer visiones que vayan más allá de los binarismos que suelen venir insertos en esos usos. En particular, respecto de las visiones de EEUU, ese discurso ha buscado evitar que se derive, de la denuncia de las intervenciones y los abusos de poder político y económico asociados a ese país en la escena latinoamericana y global, el rechazo in toto de su política o de su cultura. Las notas que siguen no se proponen más que recuperar algunos fragmentos iniciales para una historia intelectual y político-cultural de lo que provisoriamente podemos llamar «anti-antinorteamericanismo». Tienen por objeto apenas algunas figuras y episodios significativos de las primeras tres décadas del siglo XX y, sobre todo, de la década de 1920, un decenio que presenció momentos en los que el antiimperialismo antiyanqui gozó de un extendido consenso. Con todo, no se trata de evocar aquí los nombres de quienes, sobre todo en el siglo XIX –con Domingo Faustino Sarmiento como caso emblemático–, pudieron mentar a EEUU como modelo de sociedad deseable, sino de atender a aquellas figuras que buscaron intervenir dentro del campo simbólico antiimperialista. Tal vez, una reconstrucción de esa saga (una tarea que aquí apenas se esboza) resulte un insumo para el reinicio de un diálogo entre las fuerzas democráticas latinoamericanas y norteamericanas, acaso un modo más efectivo de enfrentar realmente el fenómeno imperialista en el siglo XXI.