Ensayo

El anti-antinorteamericanismo en América Latina (1898-1930). Apuntes para una historia intelectual

La década de 1920 dio el marco para el desarrollo de las ideologías antiimperialistas en América Latina. Fueron muchos los jóvenes e intelectuales que, inspirados por el Ariel de José Enrique Rodó o incluso por Lenin, formaron parte del cuestionamiento radical a la política expansionista de Estados Unidos. Pero, al mismo tiempo, surgían voces que –dentro de esa misma sensibilidad– buscaban tender puentes políticos y culturales con los sectores progresistas estadounidenses, y varios escritores e intelectuales de ese origen se diferenciaban de la política imperialista de su país y entablaban productivos diálogos con el sur del continente. El artículo se enfoca en la historia, pero los movimientos disidentes que hoy agitan EEUU renuevan la necesidad de estas redes de pensamiento y acción crítica.

El anti-antinorteamericanismo en América Latina (1898-1930). Apuntes para una historia intelectual

I. América Latina parece haber recibido con cierta tibieza y perplejidad los acontecimientos y las dinámicas políticas que, en distintos puntos del planeta, han conformado a lo largo de 2011 un escenario global singularmente convulsionado y preñado de novedades. La extendida idea de que el continente ha logrado mantenerse a resguardo de la crisis económica mundial, reforzada por procesos políticos y electorales que en la región otorgan una tonalidad excéntrica a las demandas que en otras latitudes se han configurado al grito de «Democracia real ya», ha favorecido el desarrollo de ilusiones explícitas o implícitas de una posible «desconexión latinoamericana» (o al menos sudamericana). Uno de varios ejemplos en ese sentido ha sido la virtual inexistencia en América Latina de un «efecto Fukuyima» (la puesta en cuestión de la energía nuclear que se disparó en otros sitios a partir de la catástrofe ocurrida en la central atómica japonesa). Sin embargo, los hechos del agitado 2011 están plagados de retos y también de oportunidades para la región.

Para las fuerzas progresistas y de izquierda, uno de ellos es el de reiniciar la conversación, efectiva o imaginaria, con algunas dinámicas políticas que ocurren dentro de Estados Unidos. Más precisamente, el arborescente movimiento Occupy Wall Street (OWS) ofrece para América Latina la posibilidad de retomar un diálogo que se había iniciado con la emergencia del movimiento alterglobalización en Seattle, a fines de 1999, pero que se había clausurado violentamente luego del 11 de septiembre de 2001 (con un breve resurgir generado por la llegada de Barack Obama a la Presidencia, un hecho que despertó esperanzas rápidamente desvanecidas). Se ha sugerido que, bajo el doble impacto de la «primavera democrática» árabe –con sus efectos de dislocación del paradigma del choque de civilizaciones– y de la reinvención del espacio público norteamericano que supone OWS, se ha resquebrajado el propio orden global surgido tras los atentados contra las Torres Gemelas. Tal vez entonces desde América Latina pueda comenzar también a reevaluarse uno de los principales rasgos de la década que se inició en 2001: el antinorteamericanismo.

Cierto que la tarea parece especialmente difícil, si atendemos al hecho de que la decidida repulsa respecto a EEUU no nace en América Latina el 11 de septiembre de 2001, sino que se encadena a un antiguo y perdurable sustrato de ideas, provisto por el antiimperialismo. En efecto, al menos desde finales del siglo XIX –primero como patrimonio de las elites intelectuales y políticas y luego como una sensibilidad de notable arraigo masivo– se configuró en torno de la denuncia del fenómeno imperialista una de las más acusadas ideas-fuerza del siglo XX latinoamericano. Y ese antiimperialismo a menudo se confundió con el mero antiyanquismo, en la medida en que las continuas intervenciones norteamericanas también fueron un rasgo secular en el continente, ya sea a través de invasiones directas, de apoyo a golpes de Estado o a actores de la política interna en diversos países, de más difusos procedimientos de lobby y diplomacia secreta, o de los efectos del poderío de las corporaciones económicas y financieras estadounidenses.

«Imperialismo» fue un nombre mentado para ilustrar muy diversas circunstancias. Cargado de diversos acentos y valencias, declinado en clave política, militar, cultural, intelectual o económica, el imperialismo se mostró como una categoría omniabarcativa y de poderosas capacidades heurísticas. Pero, sobre todo, fue el articulador de un campo simbólico de notables efectos políticos. La retórica antiimperialista supo cumplir un inapreciable papel en la construcción de consensos y legitimidades. La propia historia de la cultura política nacional-popular, de consabido e inveterado arraigo en América Latina, resulta inentendible si no se consideran los usos históricos de motivos antiimperialistas o antinorteamericanos. Pero en otro nivel, menos explícito, el antiimperialismo gozó de una presencia difusa de efectos más difíciles de mensurar, pero no por ello despreciables. Al decir del gran historiador argentino de las ideas Oscar Terán, en los años 60 «el imperialismo se fue perfilando como la categoría central capaz de explicar una porción fundamental de la historia nacional, y desde entonces el discurso antiimperialista casi no se verá porque, como Dios, estará en todas partes». Lejos de ser una noción circunscripta al universo político de las izquierdas o de lo nacional-popular, como a menudo se cree, los efectos del antiimperialismo se hicieron sentir también en franjas liberales y conservadoras.

La historiografía intelectual y política latinoamericana ha ofrecido recientemente contribuciones al mejor conocimiento de ese universo. En cambio, mucha menor atención ha recibido un discurso más tenue y episódico: el que ha buscado, precisamente, complejizar las apreciaciones sobre el fenómeno imperialista (sin que ello implique negarlo), intervenir sobre los efectos locales derivados de los usos de la retórica antiimperialista, y ofrecer visiones que vayan más allá de los binarismos que suelen venir insertos en esos usos. En particular, respecto de las visiones de EEUU, ese discurso ha buscado evitar que se derive, de la denuncia de las intervenciones y los abusos de poder político y económico asociados a ese país en la escena latinoamericana y global, el rechazo in toto de su política o de su cultura. Las notas que siguen no se proponen más que recuperar algunos fragmentos iniciales para una historia intelectual y político-cultural de lo que provisoriamente podemos llamar «anti-antinorteamericanismo». Tienen por objeto apenas algunas figuras y episodios significativos de las primeras tres décadas del siglo XX y, sobre todo, de la década de 1920, un decenio que presenció momentos en los que el antiimperialismo antiyanqui gozó de un extendido consenso. Con todo, no se trata de evocar aquí los nombres de quienes, sobre todo en el siglo XIX –con Domingo Faustino Sarmiento como caso emblemático–, pudieron mentar a EEUU como modelo de sociedad deseable, sino de atender a aquellas figuras que buscaron intervenir dentro del campo simbólico antiimperialista. Tal vez, una reconstrucción de esa saga (una tarea que aquí apenas se esboza) resulte un insumo para el reinicio de un diálogo entre las fuerzas democráticas latinoamericanas y norteamericanas, acaso un modo más efectivo de enfrentar realmente el fenómeno imperialista en el siglo XXI.

II. Delimitemos en primer lugar el terreno discursivo en el que buscarán operar las notas de anti-antinorteamericanismo que seguidamente consideraremos. Si las prevenciones respecto a las acrecidas apetencias norteamericanas no estuvieron ausentes conforme avanzó el siglo XIX, un acontecimiento preciso fungió como disparador y dio inicial consistencia y visibilidad al discurso antiimperialista latinoamericano: la guerra hispano-estadounidense de 1898. A partir del registro del notable poderío y de las ambiciones de EEUU que ese conflicto puso en evidencia, se desplegó en respuesta una saga de intervenciones intelectuales que Terán reconstruyó y sintetizó, en un estudio ya clásico, bajo el nombre de «primer antiimperialismo latinoamericano».

En efecto, la guerra del 98 tuvo un hondo impacto en una opinión pública occidental que entonces se transfiguraba y se ampliaba vertiginosamente al calor de flamantes cambios que tenían lugar en la prensa, tales como la incorporación de reporters, agencias internacionales de noticias y fotografías. Como correlato de ello, junto con la visualización de EEUU como potencia amenazante, cobró cada vez mayor vigor la idea de que era necesaria la unidad latinoamericana para contrarrestar el influjo del gran país del Norte.

En rigor, las percepciones que cristalizaron en el 98 –y que se propagaron en los años siguientes al calor de la política del «Gran Garrote» seguida por la Casa Blanca– recogían humores que venían incubándose al menos desde una década antes. En ocasión de la Primera Conferencia Panamericana celebrada en Washington en 1889, algunas figuras latinoamericanas, particularmente argentinas, expresaron abiertas reservas frente al avance comercial y político sobre la región esbozado por EEUU. Dos de los delegados designados por el gobierno argentino como representantes en la conferencia, Roque Sáenz Peña y Vicente Quesada, conspicuos miembros de las elites políticas de la República conservadora, no solo fueron fervientes opositores diplomáticos a los intereses de Washington, sino que desplegaron una campaña publicitaria que nutrió un primer imaginario simbólico antinorteamericano.

A Sáenz Peña se debe el célebre cruce polémico con la pretendida actualización del apotegma de Monroe «América para los americanos», al que opuso el resonante principio de «América para la Humanidad». De la pluma de Quesada surge una obra virulentamente crítica con la potencia del Norte (Los Estados Unidos y la América del Sur: los yanquis pintados por sí mismos, publicada con seudónimo en 1893). En definitiva, este capítulo inicial del antiyanquismo resulta relevante, pues indica que, contra las genealogías habitualmente trazadas desde el siglo XX, las primeras formulaciones antiimperialistas, al menos en lo que respecta al caso de EEUU, provinieron de figuras pertenecientes a los grupos patricios.

Los motivos antinorteamericanos comienzan entonces a proliferar en América Latina desde 1898, y constituirán un ingrediente que recibirá tratamiento literario y ensayístico por parte de muchos de los miembros de la comunidad de escritores modernistas que se había conformado entonces en el continente. Es un hecho bien sabido que se debe a una de esas figuras, el uruguayo José Enrique Rodó, la modulación de una matriz que configura una sensibilidad antinorteamericana de dilatado influjo. Retomando un sesgo que había ya enunciado José Martí –y en el que abrevará también Rubén Darío, reconocido líder del modernismo–, Rodó condensa en su célebre Ariel, publicado en 1900, una representación de EEUU que alimentará la imaginación de decenas de miles de lectores en todo el continente. En esa imagen, la sociedad estadounidense se encuentra gobernada por el utilitarismo y por un afán de bienestar material soso y vulgar, carente de profundidad y sentido estético. La crítica de ese «materialismo» achatador –que en América Latina reaparecerá décadas después en la denuncia del American way of life– es contrapuesta en el ensayo de Rodó con la figura de Ariel, que epitomiza el idealismo desinteresado que se detecta en las poblaciones del continente en virtud de su linaje latino, y que en contraste se halla ausente entre los sajones del Norte.

El breve libro de Rodó hará escuela –sus incrustaciones y apropiaciones merecieron ya tempranamente el nombre de «arielismo»–, y dentro de ella se prolongará el prisma que observaba la existencia en cada una de las Américas de sendas culturas, una latina y otra sajona, que convenía mantener incontaminadas. En 1912, el peruano Francisco García Calderón, considerado el principal discípulo de Rodó, escribió en París un ensayo que dialogaba elípticamente con el Tocqueville de La democracia en América. Con Las democracias latinas de América, García Calderón disputaba con el ilustre francés la idea de que lo democrático-americano se reducía al territorio de EEUU. Para ello, trazaba una historia que hilvanaba episodios y figuras que daban un perfil singular a las repúblicas latinoamericanas. El libro, publicado en francés con un prólogo de Raymond Poincaré –quien se aprestaba a asumir la Presidencia del país galo– y traducido rápidamente al inglés, posicionó al intelectual peruano como una de las más autorizadas voces a la hora de ofrecer al público europeo un fresco del movimiento histórico de las sociedades latinoamericanas. Pero lo que nos interesa subrayar aquí es el hecho de que García Calderón volvía a distinguir dos tradiciones diferenciadas, la anglosajona y la iberolatina –la reconciliación con el pasado hispánico constituía otro rasgo habitual en los intelectuales del periodo–, a su juicio portadoras de «dos herencias morales» divergentes. Desde ese abordaje cultural, la mezcla y confusión entre sajones y latinos comportaría para estos últimos «el suicidio de la raza». De allí que, concluía, era menester mantenerse alerta ante el peligro estadounidense, cuyas acechanzas le semejaban «esas fuerzas misteriosas que en el teatro de Maeterlinck dominan la escena y preparan las grandes tragedias».

Pero esa matriz culturalista –que se presentaba a menudo bajo el ropaje de la categoría de raza, una esquirla heredada de la abandonada cuadrícula positivista– no fue la única desde la que se enfocó negativamente a EEUU. Más altisonantes fueron las denuncias que seguían a los episodios de repetida injerencia norteamericana en la región, y que además de un importante y creciente eco en la opinión pública continental, encontraron también intelectuales que les dieran forma. Desde los primeros años del siglo ocupó ese lugar otro escritor que había adquirido identidad pública en estrecha relación con Rubén Darío, Rodó y otras figuras de la cofradía modernista: Manuel Ugarte. Desde su primer artículo antinorteamericano, «El peligro yanqui», que publica en 1901, se advierte en su prédica un acento que privilegia factores políticos en sus denuncias antiimperialistas.

En los años y décadas sucesivos, Ugarte no cejará en sus diatribas contra EEUU y en su propaganda en favor de la unión latinoamericana como solución de equilibrio. Pero su fama de adalid del antiimperialismo norteamericano cobrará forma acabada en el bienio 1911-1913, cuando protagoniza una extensa gira que lo conduce por innumerables ciudades del continente. Ese periplo está plagado de episodios y actos en los que Ugarte, levantando siempre banderas unionistas y antiyanquis, congregará la atención de sorprendentes multitudes y de una opinión pública que siguió pormenorizadamente su marcha. El exitoso viaje de Ugarte revelaba que la sensibilidad antiimperialista era ya patrimonio de significativos sectores de las sociedades latinoamericanas. Y esa disposición no hizo sino crecer en los años siguientes, sobre todo a partir de que el movimiento reformista universitario, y los numerosos intelectuales y órganos de difusión que simpatizaban con él, la adoptaron como bandera indeclinable y la propagaron por todo el continente.

Así, a mediados de los años 20, el antiyanquismo se hallaba instalado como una visible dimensión de la cultura latinoamericana. Por ese entonces, surgieron numerosas entidades intelectuales y políticas que buscaron hacerse eco de él y darle mayor cauce organizativo. Entre ellas, la Unión Latinoamericana liderada desde Buenos Aires por José Ingenieros y Alfredo Palacios; la Liga Antiimperialista de las Américas, con sede principal en México; y, sobre todo, la Alianza Popular Revolucionaria Americana (APRA), que desde Perú hizo del antiimperialismo la piedra de toque de su ensayo de construcción de un movimiento político radical de alcance continental. Algunas de las figuras que encabezaron estas tentativas, en especial el líder aprista Víctor Raúl Haya de la Torre, hicieron suyo el legado de Ugarte y otros nombres de la generación anterior, pero –haciéndose eco más o menos directo de la perspectiva leninista– se autoproclamaron portadores de un enfoque que juzgaban superior para aprehender el fenómeno imperialista: el que asignaba primacía a los factores económicos. La avanzada de empresas y capitales estadounidenses en la región, por ejemplo en áreas de gran valor estratégico y simbólico como el petróleo, venía a dar visos de realidad a esa perspectiva.

Aun así, la polémica sobre la efectiva naturaleza del imperialismo concernía a círculos intelectuales y políticos relativamente estrechos. Para el resto de la opinión pública, los motivos culturales, políticos y económicos tendían a confluir indiferenciadamente en el común rechazo hacia EEUU. Así, por caso, la antigua división de tinte culturalista entre sajones y latinos podía ser mentada nuevamente en uno de los más afamados ensayos del periodo, La raza cósmica, del mexicano José Vasconcelos, a la sazón consagrado maestro de las juventudes universitarias que podían al mismo tiempo abrevar en antiimperialismos apoyados en otros sesgos. A la vez, las noticias de actualidad fogoneaban el antiyanquismo. En 1927, por caso, la ejecución sumaria en Massachusetts de los militantes anarquistas Sacco y Vanzetti conmovió a la opinión pública latinoamericana (y mundial), que sumó un motivo de vituperio a la sociedad norteamericana de hondo impacto emotivo. En la revista Claridad, de Buenos Aires, en grandes recuadros se instaba a los lectores a boicotear productos, revistas y hasta películas de origen estadounidense; y, en otro suelto, se exhortaba: «los yanquis han despreciado a la opinión de todo el mundo. Todo el mundo debe despreciar a los yanquis». Apenas unos meses antes, la invasión de los marines a Nicaragua ya había colocado a EEUU en el lugar de bête noire. Los diarios del continente, de diverso signo ideológico, se unieron en una condena casi unánime. Señalemos uno de muchos rebotes que esa circunstancia tuvo en América Latina: en 1928, el popular diario Crítica de Buenos Aires, que tenía en esos años un tiraje que superaba los 300.000 ejemplares, convoca a instancia de sus lectores a organizar una brigada cuyo fin era integrarse a las nacientes huestes resistentes lideradas por Augusto César Sandino. En definitiva, en los años 20 el antiimperialismo antiyanqui se hallaba profusamente extendido en América Latina.

III. En ese marco, se destacan sin embargo algunas voces que, desde dentro mismo del campo de ideas antiimperialistas (compartiendo inclinaciones ideológicas generales y espacios de sociabilidad), entonarán notas discordantes respecto al consenso antiyanqui. En algunos casos son breves alusiones al paso; en otras, referencias más decididas. Aquí consignaremos solo algunas de ellas, provenientes de intelectuales de renombre continental, a la espera de inspecciones más profundas.

Hay que decir en primer lugar que en el propio Ariel la condena de EEUU es bastante menos unívoca que muchas entonaciones que germinaron luego en su estela. Como observaba el crítico uruguayo Carlos Real de Azúa en el incisivo prólogo que consagró al texto de Rodó en la edición de la Biblioteca Ayacucho, hay en él un afán componedor que lo evade de juicios terminantemente condenatorios. En efecto, junto a los señalamientos de ausencia de idealismo y de una cultura estética coartada por el utilitarismo, en el Ariel se leen largos párrafos que destacan la pujanza y las conquistas de la sociedad estadounidense. El corolario de su argumento busca rechazar el sesgo imitativo respecto a EEUU que cree detectar en muchos de sus contemporáneos –lo que llama la «nordomanía»–, pero eso no lo priva de ofrecer un juicio equilibrado (una serena ecuanimidad que se trasluce en su conocida sentencia: «los admiro pero no los amo»).

Pero regresemos ahora a los años 20, que como se señalaba hace un momento representaron un periodo de furibundo antinorteamericanismo. Es ese clima de virtual consenso antiyanqui (sobre todo entre las izquierdas) el que torna significativas ciertas inflexiones que realizan algunas figuras para acotar la tendencia a ver a EEUU como un espacio homogéneo globalmente impugnable.

Una de las tentativas en esa dirección estuvo guiada por la búsqueda de interlocutores y aliados dentro de la sociedad estadounidense. Hacia 1926, desde su exilio en Londres y Oxford –y mientras pergeñaba la escritura del manifiesto «¿Qué es el APRA?», que ofició de presentación pública de la flamante organización de la que era líder–, Haya de la Torre se mostraba partidario de hacer distinciones dentro de las naciones imperialistas. En sus años ingleses había profundizado la lectura de los clásicos del marxismo, y de ese prisma brotaba su concepción del imperialismo de ese momento, sustentada en una perspectiva clasista antes que nacionalista: «los pueblos explotadores tienen también clases explotadas cuya solidaridad está con los pueblos explotados», afirmaba, para concluir que «[el] antiimperialismo es anticapitalismo, y anticapitalismo es revolución, socialismo, levantamiento de los oprimidos contra los opresores, de los explotados contra los explotadores». Poco después, en 1927, Haya de la Torre fue invitado a EEUU a dar una serie de conferencias sobre temas vinculados al imperialismo. El líder peruano tuvo así ocasión de exhibir su flema y su carisma en debates y actos en varias asociaciones y universidades, entre ellas Columbia y Harvard. En ese viaje, se vinculó con numerosos núcleos y figuras estadounidenses críticos del intervencionismo de su país. La revista The New Republic, por caso, lo agasajó con una comida en la que estuvo presente el afamado escritor Upton Sinclair. En su visita a Columbia conversó largamente con Scott Nearing, uno de los autores de La diplomacia del dólar, uno de los libros escritos en EEUU que más contribuyeron al análisis y la denuncia del imperialismo. También trabó relación amistosa con Norman Thomas, líder de los socialistas estadounidenses. Además, Haya estaba en contacto con el conocido intelectual y activista protestante Samuel Guy Inman, quien dedicó gran parte de su vida a intentar acercar las dos Américas. Sus imputaciones a la Doctrina Monroe eran entonces bien conocidas en América Latina, y había publicado artículos sobre el asunto en diversos diarios y revistas del continente (entre otros, en El Libertador, el órgano de la Liga Antiimperialista de las Américas). Inman, por su parte –que ya en los años 30 intervendría en el diseño de la política de «buena vecindad» impulsada por Franklin D. Roosevelt–, acogió en su revista neoyorquina, La Nueva Democracia, numerosas voces latinoamericanas, entre ellas la de Haya de la Torre. En suma, el periplo del máximo dirigente del APRA fue pródigo en contactos, y probablemente le deparó la conquista de la simpatía de una porción de la opinión pública. Eso al menos permite inferir su respuesta a un periodista, que desde el enjambre de reporteros y fotógrafos que cubrió su arribo a Boston le preguntó si su denuncia del imperialismo yanqui equivalía a odiar a EEUU: «Lo han engañado a usted. Nosotros, los apristas, no somos enemigos del pueblo norteamericano. Sabemos que aquí hay millones de hombres que nos acompañarían si conocieran las circunstancias verdaderas de nuestros pueblos. Somos enemigos de la política imperialista».

Una estrategia similar buscó desarrollar Alfredo Palacios, presidente de la Unión Latinoamericana y figura socialista de renombre continental, al enviar en 1927 una carta abierta titulada «A la juventud universitaria y obrera de los Estados Unidos», que fue reproducida y halló resonancias en medios gráficos de numerosos países. En rigor, Palacios no había mostrado hasta entonces señales de simpatía hacia el país del Norte. Invitado en 1925 por Samuel Guy Inman a un Congreso de las Iglesias Cristianas que tuvo lugar en Montevideo, rechazó la oferta alegando que la religión adormecía el espíritu de rebeldía necesario para enfrentar al imperialismo (una reacción que suscitó una polémica epistolar con la chilena Gabriela Mistral, para quien la labor de los religiosos podía resultar fructífera para el acercamiento de ambas Américas). Ese mismo año, en un artículo publicado en Renovación, el órgano de la Unión Latinoamericana, afirmaba que «se ha definido ya nuestra acción como opuesta a la del pueblo yanqui (…) Nada tenemos que hacer por hoy con la América del Norte, sino defendernos de las garras de sus voraces capitalistas».

Dos años después, sin embargo, Palacios enviaba la larga misiva recién mencionada, en la que, sin dejar de aludir a los atropellos imperialistas («la desviación enceguecida y desatinada del verdadero pueblo de Washington»), convocaba a los jóvenes y a los trabajadores estadounidenses a «romper la artificiosa muralla que nos separa y entablar a través del continente un diálogo cordial, como entre hermanos de lucha que pugnan por los mismos ideales». La carta tuvo una difusión e impacto tales como para merecer una cálida respuesta de Romain Rolland –uno de los más afamados intelectuales del mundo de entreguerras, a la sazón infatigable constructor de puentes y lazos culturales intercontinentales–, para quien el mensaje estaba destinado a «penetrar en el corazón de los jóvenes norteamericanos».

IV. Aproximaciones como las de Haya de la Torre o Palacios, con todo, inmersas dentro de campañas continuadas de denuncia del imperialismo yanqui, parecen haber sido más tácticas que estratégicas. Pero al mismo tiempo otro tipo de anti-antinorteamericanismo, ya no meramente político sino también cultural, despuntó en ese periodo. Esa postura, abonada tanto por latinoamericanos como por algunas figuras estadounidenses especialmente interesadas en estrechar lazos con estratos culturales del subcontinente, supuso un movimiento de ideas de mayor significación puesto que, en el límite, venía a disolver la antinomia entre sajones y latinos cara a la tradición arielista. En efecto, si en el esquema legado por Rodó (y, como vimos, rigidizado por algunos de sus continuadores) el espíritu latino se exhibía, al menos potencialmente, preñado de idealidad frente a una sociedad norteamericana atrapada en una mecánica de progreso utilitarista y plutocrático, la posición que ahora consideramos hallaba posible encontrar figuras representativas de una misma comunidad idealista y creadora transversal a ambas Américas. En otras palabras, también EEUU podía dar testimonio de una saga de figuras ilustres surgidas de su seno que tenían poco que ver con el ciego y tosco afán de lucro fijado en el ideologema arielista.

Así, por caso, lo reconocía a viva voz un escritor peruano representativo de la autoproclamada «nueva generación americana». Edwin Elmore –quien muriera asesinado en 1925 en un confuso hecho a manos del poeta José Santos Chocano, episodio que halló eco en numerosos medios del continente– había escrito un vigoroso artículo en el que sintetizaba los deberes intelectuales de la hora, y que José Carlos Mariátegui reedita en uno de los primeros números de su revista Amauta con el título «La batalla de nuestra generación». Allí, Elmore contaba entre las fuerzas renovadoras a «esa pléyade de publicistas que desde las columnas de The Nation, The Freeman, The New Republic y otras revistas, vienen azotando desde hace tiempo la dura piel de ese paquidermo insensible, de ese Leviatán moderno que se llama imperialismo». Y en la lista de «nuestros hermanos de doctrina en la patria de Lincoln», se apresuraba a anotar al también escritor Waldo Frank, «joven pioneer de la verdadera civilización americana», y la «obra de Samuel Guy Inman y su ‘Nueva Democracia’». No es casual que, en una evocación de su figura que realiza desde Montevideo, Oscar Cosco Montaldo lo recuerde como alguien a quien «no le anima fobia alguna contra todo lo yanqui y mucho menos contra el pueblo yanqui, sino tan solo contra el capitalismo imperialista, provenga de donde provenga, y, frente a los Hughes, a los Kellogs, o los Lodge y los Rowe, imperialistas, pone a otros yanquis como ilustres: a los La Follete, los Frank, los Sinclair, los Russell, solidaristas».

Pero para que esa línea de argumentación encontrara un más sólido basamento, era necesario darle profundidad histórica. Precisamente, fue común al discurso que destacaba una tradición idealista norteamericana mentar un canon de figuras que daban probada fe de su existencia. Así, en 1925 Mariátegui podía escribir desde Lima:

¿Es culpa de Estados Unidos si los iberoamericanos conocemos más el pensamiento de Theodore Roosevelt que el de Henry Thoreau? Los Estados Unidos son ciertamente la patria de Pierpont Morgan y de Henry Ford; pero son también la patria de Ralph Waldo Emerson, de Williams James y de Walt Whitman. La nación que ha producido los más grandes capitanes del industrialismo, ha producido asimismo los más fuertes maestros del idealismo continental. Y hoy la misma actitud que agita a la vanguardia de América Española mueve a la vanguardia de América del Norte. Los problemas de la nueva generación hispano-americana son, con variación de lugar y de matriz, los mismos problemas de la nueva generación norteamericana.

Mariátegui indicaba así contundentemente a sus lectores latinoamericanos la existencia de ese otro EEUU, rico en gestos libertarios y efusiones culturales originales, con el cual resultaba productivo conectarse. No casualmente su revista Amauta dio cobijo a algunas muestras de ese universo. Por caso, el cine de Charles Chaplin, a su juicio «uno de los más grandes y puros fenómenos artísticos contemporáneos». Tampoco fue por azar que Mariátegui fuera uno de los principales introductores en América Latina de una figura que intentaba comunicar, en su propia persona, la existencia de ese EEUU alternativo al que circulaba en el imaginario antiimperialista: Waldo Frank. En efecto, este escritor judío y neoyorquino, de afamado nombre en América Latina en el periodo de entreguerras, parece haber sido, tanto a través de algunos de sus textos como sobre todo en sus viajes, conferencias e innumerables relaciones en todo el continente, un eslabón clave en los ensayos de construcción de puentes culturales entre ambas Américas. Así al menos podía juzgarlo retroactivamente el mexicano Alfonso Reyes –que lo introdujo inicialmente en los círculos intelectuales del continente mediante la difusión de su «Mensaje a la América Hispana», de 1924–, para quien Frank era «uno de los personajes trágicos más eminentes en el diálogo de las Américas».

Reyes destacaba en ese texto «la coherencia (…) la homogeneidad de destino artístico que hay en el proceso de su obra y de sus viajes». En efecto, en 1929 Frank emprende un resonante periplo que lo lleva a numerosas ciudades del continente. Y si la travesía de Ugarte, casi dos décadas antes, había funcionado como un notable productor de diferencia entre ambas Américas, es posible pensar que la de Frank tuvo éxito en un sentido inverso. Así al menos lo recordaba nuevamente Reyes:

Todas nuestras juventudes estuvieron de acuerdo en que los viajes y conferencias de Waldo Frank –humanista transhumante como aquellos del Renacimiento– representaban un paso efectivo hacia la realización de esa América potencial: esa en que esperamos que la raza humana goce y disfrute íntegramente la misma luz de alegría y belleza. América aparece allí como el terreno más propicio para heredar y fundir las culturas anteriores, en un sentido de universalidad hasta hoy no alcanzado.

Esa generalización de Reyes –que en el párrafo parece corregir al Vasconcelos de La raza cósmica– recogía en efecto el notable eco que halló Frank a su paso. Sus conferencias fueron seguidas masivamente, y su viaje dejó un reguero de relaciones y vínculos (uno de los más importantes lo estableció con Victoria Ocampo; la fundación de su célebre revista Sur, según su propio testimonio, se debió a la insistencia de Frank). En suma, su presencia contribuyó sin dudas a atenuar el encono antinorteamericano de los años 1920. V. Cierto que cuando Alfonso Reyes escribía el prólogo a España virgen, en 1941, el mapa de las relaciones entre latinoamericanos y estadounidenses había cambiado por completo. La política de la «buena vecindad», primero, el ascenso de los fascismos, a continuación, y el estallido de la Segunda Guerra Mundial, finalmente, suspendieron o al menos disminuyeron la inquina contra EEUU. La directiva que ordenaba la disolución de las ligas o grupos antiimperialistas por su sesgo antiyanqui, emanada desde la Internacional Comunista luego de su VII Congreso de 1935, es una muestra elocuente de ello.

Pero en la segunda posguerra, el clivaje que oponía a latinoamericanos y norteamericanos se reactivó al calor de una nueva ola de intervenciones estadounidenses en la región. Ya en la última década del siglo XX y principios del XXI, aun cuando invasiones e injerencias directas como las habituales en el siglo XX son menos imaginables –entre otros factores, la caída del Muro de Berlín y la estabilidad democrática que domina la vida política de América Latina hacen más difíciles aventuras de esa especie–, la «guerra contra el terror» que siguió a los atentados del 11 de septiembre de 2001 brindó una formidable plataforma a ciertos modos de ejercicio del poder más sutiles pero no por ello menos peligrosos.

Por esta razón, la existencia de un polo democrático y efectivamente progresista dentro de la sociedad estadounidense sigue siendo crucial para América Latina. En 2003, en medio de la ola de repudio mundial que siguió a la invasión de Iraq comandada por el gobierno de George W. Bush, el colectivo italiano Wu Ming –lúcido partícipe del movimiento alterglobalización y originario de un país que, como varios otros de Europa, tiene tras de sí una larga historia de antinorteamericanismo– volvía a invocar el otro rostro de EEUU:

Un movimiento nacido en Seattle no puede ser «anti-americano», y solo si en EEUU se recupera esa ruptura del «frente interno» será posible poner en crisis el modelo de la guerra permanente. Por eso, resulta mucho más importante e interesante redescubrir los mitos de la «otra América», de la historia libertaria de ese país, desde su revolución anticolonial al «derecho a la felicidad», de Toro Sentado a la IWW, de Martin Luther King a Malcolm X, de la brigada Lincoln a los Beatnik.

La genealogía de los Wu Ming es diferente de la que construyó Mariátegui, pero el horizonte político es similar. El puro antiyanquismo, amén de sus efectos de producción de consenso y silenciamiento de los espacios críticos dentro de los países de América Latina, resultó en el siglo pasado a todas luces insuficiente para hacer frente al intervencionismo estadounidense. De cara al futuro, es hora de reiniciar la conversación entre los espacios más dinámicos e interesantes de ambas Américas.