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Doce equívocos sobre las migraciones

Las migraciones se encuentran en el centro del debate sobre la globalización y sobre las tendencias políticas en diversos países. Sin embargo, puede constatarse que en una parte de la producción académica, pero sobre todo en las noticias periodísticas y las políticas públicas, se reitera un conjunto de equívocos hasta el punto de naturalizarlos. Cuando las creencias equivocadas gobiernan los sistemas de información y de gestión, avanzamos en la construcción de imaginarios sociales que afectan de modo muy real la vida de las personas y los grupos. Por eso, este breve artículo busca señalar algunos de esos equívocos y sus implicancias políticas.

Doce equívocos sobre las migraciones

Confundir migraciones con migraciones internacionales

Es frecuente que el periodismo, pero también a veces los académicos, hablen de «migraciones» o «migrantes» exclusivamente en referencia a la migración entre Estados nacionales. Es necesario saber qué se pretende decir con la palabra «migración», ya que en términos cuantitativos y cualitativos hay contextos históricos en los cuales los desplazamientos territoriales internos de los Estados nacionales son más importantes que los internacionales. Los procesos de urbanización son el caso paradigmático: mientras que en América Latina estos se desarrollaron en distintos momentos del siglo XX y continúan hoy con otras características, diversas zonas de Asia se encuentran atravesando un crecimiento vertiginoso de las ciudades que es mayor que la inmigración extranjera a muchos países europeos.

Por otra parte, la categoría de «refugiado» ha tendido a reservarse para casos internacionales, pero hay fenómenos de desplazamiento territorial masivo, como por ejemplo los provocados por la guerra en Colombia, que involucran a millones de personas dentro de un Estado-nación. Las clasificaciones de los movimientos territoriales tienen consecuencias profundas en las políticas públicas y en las decisiones de las agencias internacionales y, por ello mismo, deben atender las particularidades de contextos sumamente diversos.

Confundir migraciones internacionales con migraciones Sur-Norte

Desde los países centrales existe la tendencia a observar y analizar las migraciones internacionales como un fenómeno poblacional relacionado con el arribo a esos mismos países, dejando en un plano secundario las dinámicas regionales que se producen en el Cono Sur, en Centroamérica (Nicaragua/Costa Rica) y en diferentes zonas de Asia y África. Las migraciones hacia Europa desde las ex-colonias son un fenómeno tan peculiar como cualquier otro. Aproximadamente uno de cada tres migrantes actuales se desplaza entre regiones y países «del Sur».

Suponer que estamos en la época de las migraciones

«Provincializar Europa», tal como propone Dipesh Chakrabarty, implica comprender que las categorías sociológicas y teóricas que los investigadores europeos construyen se encuentran imbricadas con los contextos sociales e históricos en los cuales trabajan y viven. Considerar que la multiplicación de inmigrantes del Sur al Norte implica que estamos en una época de migraciones sin parangón en la historia humana es equiparar la novedad que implica esa recepción para los europeos con una novedad que debería ser asumida por el mundo entero. Pensar y volver a analizar los fenómenos de la migración transatlántica de fines del siglo XIX y principios del XX, que tuvo un impacto decisivo en la formación de las sociedades australiana, canadiense, estadounidense, argentina y tantas otras, así como volver sobre los diferentes procesos de urbanización, o incluso ir más atrás en la historia de los procesos migratorios y diaspóricos, permitiría comprender que las migraciones estuvieron presentes en muchas épocas de la historia humana, en lugar de buscar delimitar una «época de migraciones».

En términos más generales, el cronocentrismo atribuye a una época un carácter único, que marca un antes y un después. Esa creencia, además de no tener sustento –ya que solo podremos apreciar en el futuro la importancia de los cambios actuales– impide una comprensión histórica. Es decir, ha habido varios momentos decisivos en la extensa historia de la humanidad, y ya sabremos en el futuro si el actual es uno de ellos o no.

Suponer que «mucha gente» implica «problemas más grandes»

En la historia humana ha habido procesos migratorios de enormes proporciones para las sociedades receptoras. En casos como esos –por ejemplo, una sociedad como la de Buenos Aires en 1914, donde 80% de los trabajadores eran extranjeros– se generaron diversos problemas sociales, como en todos los procesos de urbanización e industrialización. Pero de acuerdo con las políticas públicas y los modelos de desarrollo, no solo en muchas ocasiones esos problemas encontraron soluciones, sino que el mismo proceso de poblamiento fue el hecho decisivo para generar tendencias de crecimiento económico, integración social y ampliación de los derechos sociales y políticos. Asimismo, en casos de prejuicios extremos y políticas públicas de segregación, procesos migratorios comparativamente pequeños han originados problemas graves y situaciones de exclusión y violencia social.

Confundir migraciones con pobreza

Si bien en muchas sociedades la mayor parte de los nuevos inmigrantes ocupa los escalones menos favorecidos en la distribución del ingreso, la identificación de migración con pobreza pasa por alto varios elementos. El primero es que las personas más pobres de cada sociedad no suelen conformar los grupos más dinámicos en la búsqueda de nuevos horizontes, por el simple motivo de que migrar es una empresa y requiere generalmente de ciertos ahorros y redes sociales. Los sectores más empobrecidos muchas veces están condenados a no poder ni siquiera migrar. Por otra parte, es incorrecto evaluar la situación de los inmigrantes considerando solo a los recién llegados. Dependiendo de diversos factores, es posible que a lo largo del tiempo los inmigrantes asciendan socialmente (como sucedió con amplios sectores de la migración transatlántica de fines del siglo XIX) o que asciendan económicamente. En el caso de los bolivianos que migraron hacia Argentina en las últimas décadas, por ejemplo, se ha constatado que algunos grupos inician emprendimientos propios y logran mejorar su situación económica. Sin embargo, esto no modifica las poderosas estigmatizaciones que sufren esos inmigrantes, que son discriminados usualmente en la vía pública, en el trabajo, en la escuela y en otras esferas sociales. En ese sentido, no siempre los más estigmatizados son los más pobres en términos estrictamente económicos.

Por otro lado, cuando en efecto los inmigrantes son los más pobres en una sociedad no lo son porque acarreen o trasladen consigo la pobreza. Son los más pobres porque sufren discriminaciones muy concretas que afectan su situación económica. La principal de ellas puede ser la situación legal –por ejemplo, la falta de documentación–, que los coacciona a aceptar salarios más bajos que los de los «nativos», peores condiciones de trabajo, etc.

Creer que la gente «se mueve con su cultura»

Las dimensiones culturales de los procesos migratorios han sido estudiadas solo en las últimas décadas. Ante la ausencia de cualquier preocupación por la cultura en muchos estudios clásicos, se pretendió introducir el tema desde una visión de sentido común que afirma que cuando las personas viajan llevan consigo un «equipaje cultural».

Ciertamente, la lengua primera es un hecho decisivo en la constitución del ser humano. Pero actualmente se reconoce el riesgo de creer que las personas se mueven con su cultura. Como la cultura no se porta en la sangre, como la cultura está vinculada a contextos sociales específicos y a desigualdades de poder históricas, cualquier definición que utilicemos de «cultura» debe implicar necesariamente sus procesos de cambio. Cuando cambian los contextos, las culturas no pueden permanecer inmunes. Entonces, constatar que los inmigrantes de una región, provincia o país determinados viven en casas, por ejemplo, repletas de plantas, lleva a la afirmación simplista de que «reproducen» su medio ambiente de origen. También se emplean las mismas metáforas de la reproducción en relación con las vírgenes, los rituales, las vestimentas. Es imperioso convertir ese supuesto en un interrogante de toda investigación: ¿qué aspectos de la cultura persisten y cuáles cambian? ¿En qué grupos, en qué sociedades y en qué condiciones se producen esas continuidades y rupturas?

Identificar migración con diáspora

Expresiones en boga como «mundo nomádico» o todos los usos del término «diáspora» tienen el mismo inconveniente que el caso anterior, aunque con un lenguaje más a la moda. Son simplificaciones. Más allá de otras connotaciones del último término, al menos debería constatarse que entre todos los miembros de la supuesta diáspora hay una identificación colectiva, un sentimiento de pertenencia. Los migrantes de un mismo país y grupo social que no mantienen relaciones entre sí ni comparten un fuerte sentimiento de pertenencia no son parte de una diáspora. Hay migraciones sin identificación. Y la adjudicación de una identidad diaspórica a todos los migrantes implica una esencialización.

Algo similar sucede con términos como «comunidad» u otros que pueden adjetivarse con el gentilicio de cualquier región, grupo étnico, provincia o país. Se supone que ese origen implica una pertenencia y una «colectividad». Conviene no presuponer tanto y consultar más a los involucrados. Seguramente, usted o yo, si hoy o mañana fuéramos migrantes, querríamos que nos consultaran.

Creer que existen los inmigrantes de segunda generación

Sí existen, pero en la imaginación de las sociedades que extranjerizan a los hijos de extranjeros. Al existir en la imaginación son una realidad, porque son tratados realmente como tales. Esta idea es muy poderosa para bloquear accesos a ciudadanías y derechos de descendientes de inmigrantes en determinados países. La idea de que los hijos de los inmigrantes son inmigrantes es tan cierta como la de que existen razas superiores. Como sabemos, esa idea permitió durante mucho tiempo que unas personas fueran dueñas de otras, con todo lo que eso implicaba. O sea, las razas existían aunque fueran inexistentes. Sociológicamente, inmigrante es aquel que se desplaza de una zona a otra, no el hijo del que se desplazó. Si no, todos los seres humanos perteneceríamos a distintas generaciones de inmigrantes. En la larga duración, nadie ha permanecido en «su lugar». La idea de segunda o tercera generación tiende a presuponer una continuidad identitaria entre padres, hijos y nietos. La identidad se portaría en la sangre. De ese modo, se postula la reproducción del estigma entre generaciones.

Creer que mayor tiempo de residencia implica mayor integración social

Cuando las políticas asimilacionistas regían todas las orientaciones educativas, militares y de otras áreas hacia los inmigrantes, las teorías presuponían que los distintos grupos podían demorar más o menos, incluso una o dos generaciones, en «integrarse» plenamente a la sociedad hasta disolver sus identidades. Nada demuestra en la experiencia histórica que eso deba ser inexorablemente así. ¿Cómo se explicarían las ciudades multiculturales que existen en distintas regiones del mundo, algunas hace unos pocos siglos y otras desde más tiempo? Esa era la expresión de deseos de las elites estatales elevada a teoría sociológica (lo cual es muy frecuente). No existen leyes que indiquen si habrá mayor o menor asimilación e integración. Lo que sí existe son estudios que muestran que cierto tipo de políticas públicas contribuyen a subrayar las fronteras identitarias, los estigmas y la exclusión, mientras que otras contribuyen a generar mejores condiciones para la porosidad y el diálogo intercultural. Ese diálogo no tiene por qué tener como horizonte la utopía mestiza, núcleo hegemónico de homogeneización de diversos Estados nacionales. Conversación e intercambio en tensiones no implica reponer ilusiones de fusión ya suficientemente cuestionadas por amplios movimientos sociales y culturales.

La confusión entre transnacionalismo y translocalismo

En contra de la idea de que todos los procesos migratorios analizados a lo largo del tiempo, intergeneracionalmente, se dirigían a una creciente integración, varios autores han propuesto el término «transnacionalismo» en alusión a diversos fenómenos y prácticas a través de los cuales las personas y los grupos desarrollan su vida entre dos países. Porque han dejado una parte de la familia a la cual le envían remesas, porque trabajan alternativamente en ambos lugares, porque comercian bienes étnicos que compran en su zona de origen y venden en la de destino. En fin, porque la circulación de información y las redes políticas, comerciales y de parentesco que entablan constituyen campos transfronterizos.

Una de las formas más características de esencialización es creer que todos los inmigrantes pertenecen a los grupos tal como son definidos por los Estados nacionales. Los Estados preguntan por nacionalidades y documentaciones. Pero las personas de ciertas zonas de Bolivia o México pueden sentirse integrantes de una ciudad, de una región o de un grupo étnico más que de una nación. O no. Se trata de una pregunta para responder en las investigaciones. Cuando el campo de relaciones sociales transfronterizas se produce entre una zona específica del país de origen y una ciudad o barrio del país de destino, cuando eso genera formas no nacionales de identificación, corresponde aludir más a fenómenos translocales que transnacionales.

Creer que toda situación migratoria plantea un «encuentro entre dos culturas»

Si los migrantes no viajan con «su cultura» definida de un modo esencial, la zona de contacto en los lugares donde se asientan los inmigrantes propone situaciones diversas que requieren ser estudiadas cuidadosamente. Plantearlo como una oposición entre dos situaciones posibles: a) los inmigrantes conservan su cultura originaria, o b) se asimilan a la cultura de recepción, obtura el análisis de la heterogeneidad cultural tanto de la zona de origen como de la sociedad a la cual llegan. En la zona de destino también es difícil que solo exista «una cultura». Por lo general, en el mundo contemporáneo se plantean situaciones de interculturalidad que difícilmente puedan reducirse a dos culturas. Por otra parte, como en la interculturalidad hay poder y desigualdad, la palabra «encuentro» parece demasiado optimista para explicar lo que sucede.

Asumir el discurso de que solo los nativos tienen derechos

En la medida en que la xenofobia se ha expandido en diversos países del mundo, se torna crecientemente difícil para muchos investigadores y políticos asumir el carácter global de los procesos migratorios y reducir su explicación en la mayoría de los casos a desigualdades históricas entre regiones y países. Cuando se retoma la perspectiva de relacionar las proporciones de la desigualdad con las de la inmigración, se comprende que las intervenciones políticas destinadas a cercenar los derechos de los inmigrantes cumplen funciones específicas en la estabilización de desigualdades históricas. Las políticas destinadas a detener las inmigraciones con muros y represión han tenido efectos desastrosos en cualquier perspectiva de derechos humanos. También han tenido consecuencias paradójicas respecto de sus intenciones declaradas. A veces produjeron que migrantes que entraban y salían dejaran de salir, para no ver amenazada su posibilidad de volver a ingresar. En ningún caso la represión ha detenido realmente los flujos migratorios históricos. Pero en todos los casos ha colocado a las personas que migran en una situación de vulnerabilidad extrema, por la maximización de prejuicios y por la aceptación de condiciones laborales peores dada su situación legal.

Cuando se condena a un extranjero a no acceder a la salud pública, se vulneran sus derechos como ser humano y se pone en riesgo sanitario a toda la población que, en verdad, comparte la vida cotidiana con los excluidos de los hospitales. Cuando se condena a los niños sin documentos a la exclusión de la educación pública, se vulneran tratados internacionales y derechos, a la vez que se proyecta una sociedad futura con problemas sociales de extrema gravedad.

Las ciencias sociales han constatado que no existen los «inmigrantes ilegales», sino personas y grupos sociales que son ilegalizados por los Estados ante condiciones objetivas ajenas a su voluntad. Frente a esto, se responde que la migración es una decisión individual y que quien migra sin papeles debe hacerse responsable de las consecuencias de su decisión. Lo cierto es que si no hubieran migrado quizás deberían hacerse responsables del aislamiento, la desnutrición o incluso la muerte de sus hijos. ¿Qué harían los acusadores ante esa situación? No cabe duda de que se comportarían igual que aquellos a quienes acusan. Primero, porque muchos de sus antepasados o parientes se han comportado de ese mismo modo, huyendo de persecuciones, xenofobias, represiones políticas o hambrunas. Segundo, porque desplazarse ante esas condiciones obedece a causas sociales, a la desigualdad existente entre regiones o países. Si esas desigualdades no se revierten, cada vez más personas adoptarán «individualmente» esa decisión.

Conclusión: promover el debate acerca de migración y democracia

Es conocida la implicación tradicional entre nacionalidad y ciudadanía. También son conocidos los criterios basados en la descendencia y el lugar de nacimiento para establecer la nacionalidad y, consecuentemente, los derechos de las personas. Sin embargo, tanto los procesos de construcción de bloques regionales como las realidades de ciudades interculturales colocan en cuestión esa implicación simple. Si la nacionalidad se asocia a la pertenencia, la ciudadanía se asocia a los derechos y obligaciones. En ese sentido, el horizonte de una sociedad realmente democrática e igualitaria exige retomar uno de los criterios menos utilizados por los Estados: el lugar de residencia. El lugar de residencia ha otorgado –y en diversas legislaciones otorga– derechos, pero muy lejos estamos de una noción de la democracia como el gobierno de aquellos que viven juntos. La noción de extranjería como amputadora de derechos ha llevado a algunos países, en especial a pequeños Estados petroleros, a otorgar derechos políticos, en el mejor de los casos, a menos de la mitad de la población. Los «sin papeles» se han convertido en una tipificación de las personas que, al igual que lo que hace menos de dos siglos sucedía con la esclavitud, legitima acciones y omisiones que posiblemente serán consideradas aberraciones en el futuro. Si «taxation without representation is tirany», como afirmaba el ideario liberal, permitámonos constatar que una gran parte de los inmigrantes está sometida a esa tiranía. Los inmigrantes pagan los impuestos al consumo y otros que alimentan los presupuestos públicos que deberían atender la salud, la educación y el bienestar social en general. En los niveles locales y nacionales, esos presupuestos son definidos por gobiernos que todos quisiéramos que fueran elegidos democráticamente. La persistencia de la exclusión de los derechos políticos de los extranjeros será sin duda analizada con rechazo en un futuro más inclusivo, del mismo modo en que observamos hoy el momento en el cual solo los varones podían votar. Un futuro más democrático requiere un mundo menos desigual y territorios en los cuales tengan derechos políticos quienes trabajan, viven y cumplen sus obligaciones en ellos.