Opinión

De la ratificación de la Unasur a los 20 años del Mercosur

La integración regional en América del Sur está de fiesta: en marzo se produjeron dos hechos de una importancia trascendental en el camino hacia la reafirmación de la unidad latinoamericana. Por un lado, el 11 de marzo entró en vigencia el Tratado Constitutivo de la Unión de Naciones Suramericanas (Unasur) luego de la última ratificación realizada por Uruguay -el noveno país que aprobó el Tratado- en diciembre de 2010. Por otro lado, el 26 de marzo se celebró el vigésimo aniversario de la firma del Tratado de Asunción que dio inicio al Mercado Común del Sur (Mercosur), un acontecimiento político fundamental, según Alberto Methol Ferré. No es un recordatorio más en el calendario regional sino que indica un balance felizmente positivo de los logros de las políticas de integración con agendas no comerciales. Estos dos hechos institucionales se suman a un proceso acumulativo de experiencias de integración regional en los ámbitos económico, social, cultural, y en particular en la esfera política.

De la ratificación de la Unasur a los 20 años del Mercosur

La integración regional en América del Sur está de fiesta: en marzo se produjeron dos hechos de una importancia trascendental en el camino hacia la reafirmación de la unidad latinoamericana. Por un lado, el 11 de marzo entró en vigencia el Tratado Constitutivo de la Unión de Naciones Suramericanas (Unasur) luego de la última ratificación realizada por Uruguay -el noveno país que aprobó el Tratado- en diciembre de 2010. Por otro lado, el 26 de marzo se celebró el vigésimo aniversario de la firma del Tratado de Asunción que dio inicio al Mercado Común del Sur (Mercosur), un acontecimiento político fundamental, según Alberto Methol Ferré. No es un recordatorio más en el calendario regional sino que indica un balance felizmente positivo de los logros de las políticas de integración con agendas no comerciales. Estos dos hechos institucionales se suman a un proceso acumulativo de experiencias de integración regional en los ámbitos económico, social, cultural, y en particular en la esfera política. La firma del Tratado de Asunción en 1991 dio inicio a una nueva etapa en América del Sur: la historia del retorno a la unión. Sin embargo, es necesario considerar algunos matices de ese momento fundacional. La conformación de un bloque regional entre Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay avivó los sentimientos y los ideales de aquellas experiencias ensayadas en los años '70 pero la forma que adquirió el proceso de regionalización se diferenció de ese modelo de regionalismo autonómico y se encauzó en las prerrogativas del Consenso Neoliberal imperante. En este sentido, la creación del acuerdo regional se construyó con una de las herramientas de la ideología liberal imperante. La segunda década del Mercosur se inició con el proceso de reconstrucción del proyecto regional en 2003 de la mano de los nuevos gobiernos nacionales. El punta pie inicial fue dado por Inacio Lula da Silva y Néstor Kirchner en el Consenso de Buenos Aires, con la instalación, tanto en el plano simbólico como en el práctico, de un programa de medidas para la región que dieron un giro de 180 grados respecto de las políticas anteriores. El Mercosur retomó la conducción política del proceso de integración y reafirmó un modelo de región orientado a la inclusión social y al desarrollo productivo, es decir una integración eminentemente solidaria. Claramente, los veinte años desde Asunción encuentran al Mercosur fortalecido porque los gobiernos han apostado a la inclusión y, por el azar o por la fuerza, han coincidido en la historia. Pero entonces ¿cómo comprender a la Unasur, donde se conjugan proyectos nacionales en franca oposición y con modelos de integración basados en el nuevo regionalismo? La Unasur no constituye un acuerdo de integración destinado a suplantar a los esquemas regionales vigentes. Se construye sobre ese antecedente para potenciar agendas transversales y colocar la decisión política en el centro de la escena por medio de la toma de decisiones autónomas del subcontinente, en especial de cara a la Organización de Estados Americanos (OEA). Esa es la clave de lectura para la comprensión de la Unasur hoy vigente. Desde su fundación el eje fue la integración política (ya no la económica, por lo menos de manera exclusiva) y la reafirmación de dos ideas: democracia y autonomía. Asimismo, un componente peculiar de la Unasur es la ampliación de la membrecía a Surinam y Guyana, de manera de contar con casi la totalidad de la sub-región (exceptuando a la Guayana Francesa) e incorporar así la diferencia cultural en la medida en que no podemos afirmar la existencia de una tradición “latinoamericana” en esos dos países. En la Unasur se da una disputa entre la integración regional como herramienta de desarrollo -los cuatro Estados del Mercosur junto a Bolivia, Ecuador y Venezuela- y el nuevo regionalismo, es decir, la estrategia de Tratados de Libre Comercio de Perú, Colombia y Chile. Para comprender la reafirmación de la Unasur pese a las divergencias debe tomarse en consideración que los mandatarios de cada Estado han logrado sobreponer sus diferencias para reafirmar su identidad común sudamericana en base al valor de la democracia y la reafirmación de la autonomía. La fase actual de la Unasur complementa los acuerdos existentes a partir de la incorporación de dos temas en la agenda: el diálogo y la decisión política con vistas a la autonomía de América del Sur en la resolución de sus conflictos y la defensa de la soberanía y la democracia. El accionar de la Unasur desde su creación abona a este argumento, en especial si recordamos la resolución de las crisis en Bolivia y Ecuador y la salida consensuada y sin interferencia de actores externos del conflicto entre Venezuela y Colombia. Por ejemplo, sobre la base de la experiencia acumulada de Mercosur, la Unasur permite correr el límite de los logros alcanzados y profundizarlos con la incorporación de más Estados al diálogo político. Por ello resulta anticipado decretar la muerte de los procesos de integración previos o menos abarcativos, aunque igualmente ambiciosos, en tanto haya una convergencia hacia una integración suramericana duradera, que respete la diversidad y las asimetrías y que apunte al desarrollo integral. La confluencia en un mismo espacio de diálogo político de modelos nacionales divergentes es un desafío para la formulación de lineamientos políticos comunes. Los gobiernos de la Unasur han logrado trascender los particularismos y construir una nueva “alta política” basada en la reciprocidad y la responsabilidad asimétrica o diferencial con un componente elevado de solidaridad. En suma, la renovada unión suramericana tiene un potencial inigualable para la promoción de la democracia y de la soberanía nacional mientras se avanza –a múltiples velocidades– en la concreción de una agenda sustantiva que fortalezca el desarrollo autonómico. El desafío radica en cómo compatibilizar agendas e intereses de gobiernos en temas álgidos -como la seguridad y la defensa, las políticas sociales, la reforma (o no) del sistema financiero- en un espacio que promueva una mayor integración regional bajo el común denominador del bienestar de los pueblos.

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