Tema central

contingencia y afiliación con el exceso

Las maras se extienden más allá de su espacio y propósito de origen. Hoy, estas agrupaciones no solo controlan parte del corredor migratorio entre América Central y Estados Unidos, sino que han logrado construir un orden paralegal capaz de atraer a miles de jóvenes carentes de referencias simbólicas.Las maras dan pruebas de que la violencia exacerbada que hoy padece el continente es enbuena medida resultado de la economía neoliberal impuesta en los 80 y 90. Un problema que no se resuelve citando estadísticas de la crisis, ni apelando a la revancha de lo divino travestido en lo jurídico.

contingencia y afiliación con el exceso

Interrogar lo que las violencias juveniles significan en el escenario de una geopolítica que reorganiza las relaciones planetarias apelando al miedo social y a las retóricas de la seguridad adquiere una importancia crucial. En particular, porque se han instalado en el debate público y en el imaginario social la demonización a priori de ciertos jóvenes y la simplificación extrema de su accionar violento, lo que contribuye al calentamiento de la llamada «opinión pública» y a la preparación de un clima propicio para una solución autoritaria, en detrimento de la democracia y los derechos humanos.

Sin contextualización histórica, sin un análisis de los efectos de las políticas de inspiración neoliberal en la región, prescindiendo de las secuelas del 11 de septiembre y su efecto dominó en las políticas migratorias y al margen de lo que implica, más allá de la retórica belicista, la expresión «guerra preventiva», resulta explicable que, en el transcurso de los últimos años y subiendo de tono, la mara se haya convertido en el emblema de la violencia brutal, el caos, el deterioro.

La mara representa el retrato perfecto de la amenaza extrema y, lamentablemente, sus integrantes colaboran activamente en la propagación de su propia leyenda, en la que ficción y realidad se entremezclan para certificar que las profecías posapocalípticas se realizan en esos cuerpos plagados de mensaje, que avanzan ominosamente sobre territorios reales y simbólicos, como testimonios vivos de la fragilidad del orden social que nos hemos dado.

Resignificar el pasado

La primera vez que tuve noticias de las maras fue en 1989, cuando venía de calibrar mis «instrumentos de conocer» en una larga investigación sobre bandas juveniles en Guadalajara. Las noticias llegaron en la forma de un libro titulado Por sí mismos. Un estudio preliminar de las «maras» en la ciudad de Guatemala, una investigación dirigida por la historiadora Deborah Levenson, asistida por Nora Marina Figueroa y Marta Yolanda Maldonado y publicada por primera vez en 1988. El libro me hizo pensar en aquel momento que lo que las autoras describían no se alejaba, en lo sustancial, de lo que en México y otras partes de América Latina los investigadores estábamos encontrando en torno de las «nuevas» expresiones de las culturas juveniles: necesidad de agrupamiento para construir identidades, referentes, sentido de pertenencia; formas de respuesta a la incapacidad de las instituciones modernas (la escuela, las iglesias, el trabajo, la propia familia) de ofrecer alternativas a las crisis, tanto estructurales como de sentido, que a finales de la década de los 80 iniciaron la espiral de precariedades y colapsos que apadrinaron la creciente escalada de violencias juveniles que hoy ocupan un lugar central en las agendas públicas. De hecho, pensé que el acercamiento que las propias autoras describían como estudio preliminar no lograba la tensión necesaria entre la descripción y el momento interpretativo.

Dieciséis años después, encuentro en este libro algunas claves fundamentales para comprender las transformaciones de la mara y algunas respuestas al peso de las condiciones estructurales en la aceleración de las violencias juveniles.

En el texto en cuestión, las autoras señalaban que «la combinación de rasgos de las antiguas pandillas delincuentes y de los grupos políticos anteriores a los ochenta hace de las maras una expresión de clase» (Avancso, p. 35). Y apuntan:

Su bautizo como maras ocurrió durante la masiva manifestación de septiembre de 1985, cuando asaltaron tiendas (como las pandillas) y lucharon contra el incremento de la tarifa del transporte público hasta que triunfaron (como jóvenes politizados). Como descendientes de movimientos juveniles urbanos previos, sus miembros tienden a ser trabajadores y estudiantes o ambas cosas, además de ser ladrones (...) se trata de jóvenes que se ubican en el contexto del fracaso aparente de los movimientos populares.

Dos cuestiones resultan relevantes aquí: la primera, el reconocimiento temprano de que estas expresiones juveniles no podían leerse al margen de una cuestión de clase y, de manera especial, como expresiones que se insertaban de forma más o menos clara no solo en el fracaso aparente de los movimientos populares, sino en la derrota evidente de las luchas políticas de los 70 y principios de los 80 en buena parte de América Latina. La otra cuestión es la ambivalencia como signo primero de estos colectivos juveniles, su rostro bifronte y desconcertante: la recuperación de las tradiciones democráticas de lucha y reivindicación ciudadana junto a incipientes formas de expresión violenta y de ruptura con el orden social.

En el libro se citan dos encuestas realizadas por el Plan Nacional de Juventud de Guatemala (Avancso, p. 17), donde mareros encuestaron a mareros. Citan las autoras:

Casi el 90% de los miembros de las maras nació y creció en la ciudad; 27% no tienen religión, y de la mayoría que se declaró religiosa 24% es evangélico (...) todos son alfabetos. 61% está en la escuela primaria o secundaria y el 39% abandonó los estudios, 83% no trabaja. La mayoría se ha enrolado en la mara recientemente: 73% en el último año, 15% en los dos últimos años (...) 55% respondió que su aspiración era estudiar, 2% formar una familia, 19% trabajar, 1% ir a Estados Unidos y 19% dijo no tener aspiraciones (...) 85% está de acuerdo con las normas que rigen su propio grupo (...) y el 100% afirmó estar de acuerdo con su mara, de la que tienen una imagen positiva recia y violenta, pero que les permite ser solidarios y respetuosos entre ellos.

Este rápido bosquejo permite establecer algunos rasgos clave para entender las transformaciones de la mara: el componente urbano de esta forma de agregación juvenil, en ciudades empobrecidas pero maquilladas de modernidad; la expansión del «evangelismo» y el fuerte crecimiento de la feligresía juvenil en estas iglesias. También se ratifica lo que ha ido agravándose en la región: alfabetismo funcional, abandono temprano de la escuela y desempleo generalizado. La década de los 80 marcó decididamente la opción juvenil por formas de agrupamiento a través de las cuales buscaban y encontraban respuestas al choque de sus aspiraciones con las condiciones objetivas y reales, que los alejaban cada vez más de las trayectorias estables y estabilizadas del proyecto moderno para la reproducción social. La «mara», la «banda», «la clica», «el crew» se convirtieron en alternativas de socialización y pertenencia, en espacios de contención del desencanto y el vaciamiento de sentido político; en esos espacios, fuertemente cifrados, codificados, en el sentido del honor, del respeto, de la «ganancia» de nombre propio, muchos jóvenes en América Latina encontraron respuestas a la incertidumbre creciente del orden neoliberal que anunciaba su rostro feroz en los 80 (Reguillo 1991 y 2000).El texto anticipaba preguntas importantísimas, quizás sin intuir que sus hallazgos y preocupaciones adquirirían un cariz profético quince años después. Se lo planteaba de la siguiente manera: