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Barack Obama, la economía y el progresismo estadounidense

La presidencia de Barack Obama ha creado en estos años tantas expectativas como frustraciones. Si en tiempos normales las posiciones consensuales y posideológicas pueden resultar eficaces para construir una base política en un país como Estados Unidos, hoy muchos asocian la postura minimalista del presidente con una capitulación ante los grupos de poder, especialmente los financistas de Wall Street. Así, las bases progresistas se han desmovilizado, mientras Obama intenta redefinir su estrategia con vistas a las elecciones de 2012.

Barack Obama, la economía y el progresismo estadounidense

Para los progresistas estadounidenses, el gobierno de Barack Obama supuso un momento de grandes promesas, pero finalmente se convirtió en una fuente de profunda frustración y en una tremenda oportunidad perdida. Como consecuencia del colapso financiero de 2008, que coincidió con la elección presidencial, la ideología neoliberal y el gobierno republicano saliente quedaron desprestigiados como un fracaso teórico y práctico. Muchos creyeron que a partir de entonces se podría impulsar un cambio radical en la política del país. Cuando Obama asumió el cargo, la crisis exigía modificar drásticamente las políticas del pasado reciente. Pero el nuevo presidente estableció una continuidad respecto a los bancos y no prestó suficiente atención a la necesidad de estímulos macroeconómicos. Su reforma de salud –destinada a mejorar el ineficiente sistema de seguro privado– pronto se tornó muy impopular desde el punto de vista político. Lo que pudo haber sido una ventaja se transformó en una desventaja. Después de algunos signos iniciales de recuperación, el declive económico se agudizó aún más. La crisis heredada por Obama ya era su propia crisis, no la de George W. Bush. Así, en las elecciones intermedias de 2010, los demócratas sufrieron una derrota histórica en el Congreso, que significó tal vez un anuncio de la caída del presidente y su partido en 2012.

Desde el inicio de la recesión, declarada oficialmente a finales de 2007, el hogar estadounidense promedio perdió 9,9% de sus ingresos. El deterioro se aceleró a partir de mediados de 2009, aunque las cifras nominales indican que esa es la fecha en que concluyó el periodo recesivo. Los hogares vieron evaporarse billones de dólares en el valor de sus casas y en los ahorros jubilatorios. La tasa de desempleo supera el 9%, y una medición más precisa llegaría a 16% si tuviera en cuenta a la gente que ya ha dejado de buscar trabajo o que no puede hallar un empleo regular. Según la previsión de la mayoría de los economistas, el nivel de desocupación será igual o superior el día de las elecciones de 2012. El sistema bancario es nuevamente muy frágil. Mientras tanto, se ha disipado una gran parte de la energía desplegada por los activistas que apoyaron a Obama en 2008. Solo habrá una elección reñida en caso de que el partido opositor presente candidatos débiles y divididos. Y si los republicanos ganan la Presidencia en los próximos comicios, podría iniciarse un periodo de conservadurismo extremo y una larga deflación económica.

A medida que nos acercamos al año electoral, surgen preguntas interesantes: ¿por qué Obama impulsó las políticas en cuestión?; ¿cuál fue la magnitud del daño causado por esas políticas en la economía y en el progresismo?; ¿es posible que mediante ese camino el presidente salga de la crisis económica y renueve sus perspectivas para la reelección?

Hasta el momento, Obama no logró realizar un cambio transformador debido a razones personales y estructurales. Por un lado, el actual jefe de la Casa Blanca aparece como una figura conciliadora y constructora de consensos. En segundo lugar, la economía nunca ha sido su punto fuerte. Un tercer obstáculo es el poder residual de Wall Street. Ni siquiera el colapso nacional pudo amenazar la hegemonía financiera; para eso, sería necesaria la presencia de un presidente personalmente comprometido a adoptar un cambio al menos tan radical como el impulsado por Franklin Roosevelt durante la Gran Depresión y el New Deal. Un cuarto motivo está relacionado con los movimientos sociales progresistas, que tuvieron gran incidencia en otras épocas de crisis y ante importantes liderazgos presidenciales, pero que han estado mayormente ausentes durante el mandato de Obama. Queda por ver si Occupy Wall Street (OWS) podrá convertirse en un movimiento de masas.

En otros momentos de grandes crisis y cambios, hubo presidentes progresistas que se vieron presionados desde la izquierda por los movimientos sociales. En ciertos casos el presidente alentó la acción del movimiento, al que usó para sus propios fines; en otras ocasiones, el primer mandatario se vio presionado más de lo que le habría gustado. Aunque las condiciones particulares fueron muy diferentes, esta compleja danza entre el liderazgo presidencial y la protesta de masas permite describir etapas como la de Abraham Lincoln y los abolicionistas, Franklin Roosevelt y el movimiento obrero industrial o Lyndon Johnson y el movimiento por los derechos civiles.

Obama también fue víctima del calendario y de una democracia estadounidense disfuncional. A primera vista, su acceso a la Presidencia se produjo en el momento justo: indudablemente, el colapso formaba parte de la etapa de George W. Bush, y el nuevo mandatario contaba con el apoyo público para promover una ruptura. Sin embargo, cuando Franklin Roosevelt asumió el poder en marzo de 1933, lo hizo después de tres años y medio de depresión y fracaso republicano, en una situación en la que el desempleo rondaba el 25%, miles de bancos cerraban sus puertas y la gente estaba totalmente preparada para un cambio radical. En cambio, Obama llegó a la Casa Blanca en enero de 2009, cuando la crisis se estaba profundizando, el desempleo todavía no alcanzaba el 8% y el sistema bancario parecía alejarse del abismo. Dentro de ese marco, el cambio transformador aún era un gran desafío político, que exigía un liderazgo presidencial excepcional.

Además, Obama debió enfrentarse al incesante obstruccionismo y a la determinación de los republicanos de bloquear todas sus políticas. Con un sistema más presidencialista que parlamentario y las múltiples oportunidades existentes para que los opositores impidan la sanción de leyes, la Constitución estadounidense crea una tendencia estructural contra el activismo. En el pasado, especialmente durante las emergencias, la oposición y el oficialismo casi siempre lograron alcanzar acuerdos dirigidos al interés nacional. Solo una vez en la historia del país, cuando la disputa giraba en torno de la esclavitud, las negociaciones llegaron a un punto muerto y el conflicto desembocó en una guerra civil.