Opinión

América Latina no es Caperucita Roja

Analizar la suerte de los procesos de integración regional a partir de las prioridades estadounidenses no es ni la única ni la más importante variable a la hora de entender el auge y declive de los procesos políticos en la región.

América Latina no es Caperucita Roja

En los últimos meses, la Organización de Estados Americanos (OEA) parece haber recobrado protagonismo como espacio para tratar los conflictos regionales. Por caso, las intervenciones del Secretario General, Luis Almagro, sobre la situación en Venezuela han obligado a los Estados de la región a activar sus diplomacias para discutir el tema en el seno del organismo. A ello se sumaría el pedido de explicaciones de la institución interamericana al gobierno de Michel Temer sobre el proceso de impeachment a Dilma Rouseff (pedido hecho, además, a instancias del Partido de los Trabajadores).

De este resurgimiento de la OEA pueden sacarse dos deducciones, aparentemente entrelazadas entre sí y que reiteran con frecuencia desde círculos académicos, políticos y periodísticos. En primer lugar, que los procesos de integración surgidos en los últimos años –como la Unasur y la CELAC– no han sido más que una moda pasajera, destinada a languidecer en la abultada cantidad de instituciones regionales que coexisten en América Latina. Atrás quedarían las exitosas intervenciones en la crisis boliviana (2008), en el intento desestabilizador en Ecuador (2010), frente al denominado «golpe blando» que sufrió Fernando Lugo en Paraguay (2012) o los intentos de mediación entre gobierno y oposición en Venezuela.

La segunda de las conclusiones de este recobrado papel de la OEA tiene que ver con un supuesto «retorno» de los Estados Unidos a la región, luego de haber estado demasiado focalizado en otras áreas del planeta. En Medio Oriente luego del 11-S y, más acá en el tiempo, en la zona de Asia-Pacífico producto de su disputa geopolítica con China. Asimismo, desde esta esta lógica, «el giro hacia el pacífico» que se está produciendo con la Alianza del Pacífico y el Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica (TPP, en inglés) también sería el resultado de un renovado interés de Washington por la región.

Lo que está implícito en este razonamiento es que, a fin de cuentas, lo que determina las posibilidades de avanzar hacia proyectos de integración más autónomos en América Latina depende en última instancia de la importancia que la potencia del norte le otorgue a la región.

Una idea que, vale la aclaración, tampoco resulta novedosa en el campo de los estudios sobre regionalismo. Trabajos de larga data sostienen que las posibilidades de conformar proyectos regionales en las zonas periféricas del planeta dependen de cómo estén las cosas en los centro de poder mundial1. Bajo este razonamiento, durante la guerra fría los regionalismos estuvieron limitados por la disputa entre dos superpotencias que concebían cada espacio y cada país como un eslabón en su lucha por el poder. Allí no había margen para que se crearan organismos regionales y en caso que se sucedieran, estos solo tenían lugar bajo la tutela de una de las potencias. El nacimiento de la OEA en 1948 constituye un claro ejemplo de ello.

Dicho esto, aquí se sostiene que esta supuesta correlación necesaria de «mientras más mira el lobo, menos posibilidades para la integración latinoamericana» merece ser puesta en cuestión. En primer lugar, porque –en línea con lo que sostiene Juan Tokatlian en su idea de la “doctrina Troilo»2- el hecho de que las principales figuras del gobierno norteamericano establezcan como prioritarias determinadas zonas, países, conflictos y agendas internacionales no significa que el Estado como tal se «olvide» de las otras. Menos aun cuando se trata de la primera potencia militar y económica del planeta. Si hay un país que tiene intereses en todo el orbe, ese es Estados Unidos. Por ello es que tal vez no sea el Presidente o el Secretario de Estado quien se despierte a la mañana pensando qué hacer con América Latina, pero sí existen otras agencias estatales -menos políticas, pero no por eso menos poderosas- ligadas al ámbito militar, de inteligencia o de los lobbys económicos que procuran defender lo que consideran los intereses norteamericanos más allá de sus fronteras.

En segundo lugar, este argumento resulta insuficiente porque existen significativos ejemplos que dan cuenta de avances realizados a contrapelo de los designios de Washington. Por caso, Argentina y Brasil iniciaron en la década de 1980 un proceso inédito de cooperación que terminaría desembocando en la creación del Mercosur. El contexto de aquellos años distaba mucho de ser irrelevante para los Estados Unidos. En primer lugar, la guerra fría seguía vigente y no estaba tan claro que quedaban pocos años para su final. Asimismo, Argentina no era el alumno más aplicado de la región como para generar el relajo norteamericano: reclamaba por el yugo que representaban las deudas externas para el desarrollo de los países, denunciaba golpes financieros y sostenía un programa misilístico con capacidades ofensivas como el Cóndor II.

Más acá en el tiempo, la Unasur tampoco nacería en un escenario de pasividad norteamericana. En efecto, en el mismo año que se creaba el organismo sudamericano Estados Unidos reactivaba la Cuarta Flota en los mares de la región y mucho tendría que ver con la incursión militar en terreno ecuatoriano que terminó con la vida del jerarca de las FARC, Raúl Reyes. Ni hablar de que, uno año después, suscribiría con Colombia un acuerdo para instalar nueve bases en su territorio o que, entre 2003 y 2009, rubricaría tratados de libre comercio con Chile, Perú, Colombia y Panamá e intentaría, sin suerte, concretar uno con Uruguay. ¿Realmente se puede decir que Washington estaba distraído en otra cosa?

No se pretende, tampoco, negar la influencia de Estados Unidos en el avance que están teniendo en la región las iniciativas para volver a formar simples zonas de libre comercio; en las presiones para introducirse sin demasiados reparos en un sistema de internacional de comercio altamente desigual (vía, por ejemplo, el Tratado de Cooperación Transpacífica); o sobre el retroceso que experimenta la izquierda en América Latina3. Pero establecer el destino político de un país, un grupo de países o, mismo, de una región solo a partir de la voluntad del «otro» encierra una trampa identitaria, casi ontológica. En palabras del politólogo indio Manoranjan Mohanty, «autopercibirse como colonizado termina por reproducir el complejo de inferioridad de los colonizados»4. ¿Existe un escenario estructural de asimetría con una potencia hegemónica con la que debemos cohabitar? Sin dudas. Aun así, las potencialidades de desarrollar –o no- procesos autónomos radican en gran medida en cómo se desenvuelvan las dinámicas propias de la región y de la creatividad autóctona para pensar modelos alternativos de integración.

  • 1.

    Al respecto, véase: Väyrynen, Raimo. Regionalism: old and new. International Studies Review, 2003, vol. 5, Nº 1, p. 25-51.

  • 2.

    Tokatlian, Juan Gabriel. “Bye bye Monroe, hello Troilo”. El País, 29 de noviembre de 2013. Disponible en: http://elpais.com/elpais/2013/11/27/opinion/138557...

  • 3.

    Al respecto, véase: Leiras, Marcelo; Malamud, Andrés y Stefanoni, Pablo. ¿Por qué retrocede la izquierda? Capital Intelectual/Le Monde diplomatique, 2016.

  • 4.

    Mohanty, Manoranjan. Contemporary Indian Political Theory. New Delhi: Saṁskṛiti, 2000.