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América Latina en dos voces y una postdata

NUEVA SOCIEDAD invitó a un jóven argentino, y otro venezolano a plasmar en un intercambio de correo electrónico, sus visiones sobre la condición de ser jóven en América Latina en estos tiempos aciagos. Durante dos meses mantuvieron un diálogo vivaz y lúcido, en el que abundan, tanto contrastes como coincidencias.

América Latina en dos voces y una postdata

El 8/2/05 2:40 PM, «Jesús Ernesto Parra» <egoernesto@hotmail.com> escribió:

Estimado Martín: Nos toca a nosotros la tarea más difícil de todo este dossier. No es sencillo eso de capturar escenarios auspiciosos, y además saltar de meros objetos de un precario análisis, a sujetos que avancen hacia un contorno de la Latinoamérica que viene, la que se avecina, la de Caracas 2.15 pm y con lluvia.

Es muy curioso ese tema de las lluvias. De cómo a veces la naturaleza de las cosas se une a la naturaleza de los días. Desde inicio de año no ha dejado de llover, de hecho, ahora llueve más que nunca, los barrios pobres de la ciudad –ubicados en su mayoría en los cerros que la rodean– se vienen abajo, y la ciudad da la sensación de estarse derritiendo de a poco.Me vienen a la mente dos imágenes extraídas de la literatura. La primera es de Juan Villoro, quien habla de las ciudades de Latinoamérica como ciudades sin contornos, ciudades donde siempre es orilla; la segunda es de Walter Benjamin, que dice que la ciudad es la realización del antiguo sueño de la humanidad: el laberinto.

Si nos atenemos a esa noción de ciudades-espejo, entonces, ¿la Caracas derretida, dinamitada y sin contornos es reflejo del continente que la retiene dentro de sí? ¿El México DF de las demoliciones incesantes es un indicador de cómo mirar lo que tenemos entre manos?

Me hago estas preguntas partiendo de la agenda que nos marcó NUEVA SOCIEDAD. El futuro de Latinoamérica es el ahora, es cierto, pero más allá de lo que dicen los diarios, mi educación, víctima de la modernidad, necesita algunas bases mínimas, y sería muy curioso partir del no-ser y empezar a armar todo. Si, como tanto dicen, Latinoamérica es hija de la contingencia, ¿qué continente tenemos? Un abrazo,

Jesús Ernesto

El 8/4/05 6:49 PM, «Martín Aranguren» <martin_aranguren@yahoo.com> escribió:

Hola Jesús Ernesto:

Las chicas de la cerveza, sea cual fuere su condición racial, quizás no sean en este sentido la excepción más contestataria. A propósito, me sigo preguntando por qué la publicidad venezolana de cerveza consiste siempre en una chica y una botella, una chica y una lata.

Tenemos un continente que contiene contingencias, sin duda, pero también contiendas, contusiones, contaminación, contagio.

Hoy tuve un poco de contaminación, por ejemplo. Caracas me recibió, como de costumbre, con sus humaredas de país petrolero con gasolina a 100 bolívares el litro, todo un dato para esta conífera del sur, acostumbrada menos al Primer Mundo de Menem que al saqueo de Solanas. Pero todo muy europeo, por supuesto.La idea de contaminación no es algo que nos llegue desde el puerto en un container de la vanguardia ecologista, no. Contaminación como lo que produce impureza, lo que corrompe la naturaleza de las cosas. A pesar de mis esfuerzos, por ejemplo, no he logrado ver en Caracas una sola publicidad donde aparezca una persona de otra raza que la blanca. Ilusionado, el otro día fui a un bar y pedí una cerveza. De nada sirvieron mis quejas, el barman insistía en que la chica me la tenía que conseguir yo. Lo acusé de estafa, amenacé con denunciarlo, vociferé contra el imperialismo, pero no logré que me diera mi chica. ¿Será porque soy extranjero?

Entonces la contaminación es una idea que nos contamina desde tiempos de la Colonia. Observo tristemente que la historia del mestizaje generalmente es interpretada, en los hechos, en las publicidades, en el comentario de esa viejita mulata que me dijo «¡qué suerte, tus hijos van a salir blanquitos blanquitos!», como las peripecias de la contaminación racial y cultural. Entonces parece que la única alternativa que nos queda es decir: en América Latina, lo puro es lo impuro. Es una conclusión sugerente, sin duda, sobre todo para los ligeros amantes de las formulaciones «dialécticas», pero completamente incomprensible. Pensar en términos de pureza, ése es el problema, a pesar de las piruetas dialécticas. Pero si el problema del racismo, es decir, la consideración de la raza como un criterio pertinente para tipificar la conducta humana, si el problema del racismo fuera un simple galimatías conceptual, habría bastado un consejo de ilustres matemáticos para suprimir el apartheid. O de filósofos, si lograsen ponerse de acuerdo (bah, nunca faltan los que no están de acuerdo con la idea de que el acuerdo es necesario...).

El problema del racismo es que la raza sirve, no solo de manera «ideológica», para anticipar la conducta de la gente, sino de manera práctica para poder moverse en el mundo social, para realizar los fines que uno persigue a diario. Una actitud contestataria consiste en decir: todos somos iguales, voy a proceder haciendo abstracción de todas las diferencias, ¡pues solo tienen una existencia ideológica! Entonces hablas de literatura con los analfabetos, tomas Maltín (la marca más popular de malta en Venezuela) con los diabéticos, montas una cooperativa agraria con intelectuales y artistas. No importa, todos somos iguales, hacer diferencias es una vergonzante manifestación de «contrarrevisionismo reacciolucionario».

La otra es reconocer las diferencias como datos, y luego decidir cuáles son las que cuentan y las que no cuentan. Un extraterrestre podría extrañarse, por ejemplo, de que el complejo racial sea pertinente para anticipar conductas. Entre babas verdes, diría: ¿por qué es más importante ese conjunto difuso de caracteres fenotípicos que llamáis confusamente «raza», y no otra cosa, como el largo del pie o el complejo rodilla-codo-cuello, esencial en mi cultura saturnina, basada en el culto a las articulaciones?

Resultado: a) muchas chicas y latas de cerveza; b) dos actitudes; c) un extraterrestre.

¿Qué me dices de la contaminación, este comodín crítico? ¿Y del contagio, las contiendas, las contusiones?

Un abrazo,

Martín

El 8/10/05 2:40 PM, «Jesús Ernesto Parra» <egoernesto@platanoverde.com> escribió:

Martín:

Para que haya contagios tienen que existir, sin duda, los apestados. Pero tu carta me deja algunas preguntas: ¿cuál es el signo de nuestra peste? Y además ¿tiene algo de distinto nuestra afección antropológica de las de otras latitudes? Hablemos de la abulia de la juventud europea, de cómo las juventudes africanas no tienen más opciones frente a males menos metafísicos que los nuestros y de cómo, de la misma manera, los universitarios japoneses con bajas notas se cuelgan de una soga. ¿Qué signo nos puede articular, desde un eje generacional, si es que existe, y cómo arrancamos a trabajar sobre un escenario que asemeja a ciertas películas de la posguerra, pero ojo, sin grandes nombres de estrellas cinematográficas?

Un abrazo,

Jesús Ernesto

El 9/11/05 9:36 PM, «Martín Aranguren» <martin_aranguren@yahoo.com> escribió:

Ernesto,

No sé cuál signo nos pueda articular desde un eje generacional, pero intuyo que el signo de nuestra peste es cáncer. Nada como la precisión astrológica. Creo que más que la guerra, la figura por excelencia para dar cuenta de nuestra situación actual es la del ultraje. Pero es cierto que ambas expresiones llaman igualmente la atención sobre la necesidad de hacer algo para superar ese estado. ¿Qué hacer? Reconocer que se trata de un ultraje y no de una guerra perdida podría ser un buen comienzo (la derrota bélica supone un combate entre iguales). Reconocer que el ultraje se experimenta de maneras diferentes al interior de nuestras sociedades sería el segundo paso. Quizás el tercero sea abrir los ojos para comprender cada una de esas maneras de sufrir el ultraje. Creo que este último paso sería ante todo una garantía de que no nos contentaremos con ultrajes mejor instrumentados, con perfumes, flores y cenas en restoranes caros. Porque a pesar de la voluntad de no ver de algunos, el ultraje seguiría existiendo con la mayor crueldad para otros. Me parece que el soporte de un proyecto mayoritario no puede ser sino lo que le pasa a la mayoría. Ignorar el sufrimiento de la masa anónima es tratar los proyectos políticos como proyectos arquitectónicos que ignoran la naturaleza del terreno sobre el cual se alzará la futura edificación.

Abrir los ojos, antes que toda reflexión, propuesta o iniciativa, abrir los ojos. ¿Qué ven tus ojos abiertos en esta Latinoamérica de hoy? Después de la civilización, el progreso, el desarrollo, ¿hacia dónde apuntar? Un abrazo, Martín

El 9/13/05 6:28 PM, «Jesús Ernesto Parra» <egoernesto@platanoverde.com> escribió: Martín, Se me hace que el trecho es doble, más intrincado y extenso. Partimos de la tesis –refrendada– del ultraje, de la carencia, para simplificar al menos en eso. Y nos detenemos de espaldas al difícil ejercicio de intentar hacernos de una dinámica refleja como ésa de una cultura del modo occidental de vida, con opciones, tarjetas de crédito, planes de retiro y voto secreto, directo y uninominal. Sobre todo si nos miramos en el espejo empañado de mis congéneres –«clase media» recién salida de la academia en ordenada formación hacia la empresa privada–, noto una derrota cantada a una carrera que recién apenas inicia.Porque existen dos vías que propone el sistema, una manifiesta y una solapada. La primera es bajar la cabeza y recibir la carga desproporcionada de opciones suicidas: subempleo, desamparo legal y de régimen social, violencia, inseguridad, inestabilidad política, y además ciudades invivibles. La otra, más sencilla y siniestra: marchar al norte fruto de todos los males y riquezas, buscar el Trópico de Cáncer (y espejismos) y servir pizzas 18 horas al día para tener euros suficientes para pagar cable, coche, Eurodisney y otras chucherías. ¿Entonces? El mundo se cae a pedazos y nosotros no nos enteramos. Un abrazo. E.

El 9/14/05 12:00 AM, «Martín Aranguren» <martin_aranguren@yahoo.com> escribió: Hola Ernesto, Para que veas que el mundo se cae a pedazos y nosotros no nos enteramos. Vengo de sufrir la última tormenta bajo el frágil techo de latón de un ranchito en un terreno recientemente invadido en Caracas. Pensé en lo que me decías de las dos opciones que tienen abiertas los jóvenes universitarios, y me di cuenta de que esta gente también tuvo en su momento un juego de alternativas similares. O se quedaban viviendo donde estaban, si es que tenían un lugar donde hacerlo, o se aventuraban en esta historia de ocupación ilegal, policías prepotentes y políticos oportunistas. Ellos también dejaron lo que tenían con inconformidad en nombre de algo que todavía no tienen pero que les promete algo así como la plenitud. El detalle: la mayoría son jóvenes, algunos con hijos y otros no, movidos por una común aspiración: «dejar algo a nuestros hijos, para que ellos no sufran la necesidad que nosotros tenemos que pasar». La relación no es de pura analogía: los migrantes de clase media muchas veces deciden vivir de clandestinos en el Primer Mundo y asumir las consecuencias en nombre de un difuso futuro mejor. Ambos persiguen el estándar de vida que, creen, les corresponde. Ambos se ven obligados a hacerlo al precio de abandonar lo que tienen a mano por algo en apariencia mejor pero incierto. Ambos están dispuestos a incurrir en la ilegalidad si es necesario.

¿Dos juventudes o una juventud? Saludos, Martín

El 9/15/05 2:40 PM, «Jesús Ernesto Parra» <egoernesto@platanoverde.com>escribió:

«41. Soñé que estaba soñando y que en los túneles de los sueños encontraba el sueño de Roque Dalton: el sueño de los valientes que murieron por una quimera de mierda.» Roberto Bolaño

¿Será que seguimos creyendo que Quetzalcoatl volverá como serpiente emplumada? Pero ahora el dios benefactor se nos presenta como panorama de comodidad refleja en índices de bienestar: soluciones habitacionales, tv por cable, entradas al Eurodisney o más acá (o más arriba según la dirección del viento), algunos cartones y un terreno baldío para iniciar una vida en la urbe que, según cuentan, todo lo proveerá. La serpiente se muerde la cola.

Me recuerda aquella frase que ponía el Gabo en boca de Bolívar: «¡Déjennos vivir nuestra Edad Media en paz!» Y no es una excusa sino quizá un pivote para pensar que como las quimeras se nos rompen a cada rato o se las lleva el viento, nos tocará hacernos la idea de la carencia como estilo y propuesta, un continente atado con cinta adhesiva 3M: mal adheridos, con folios que se despegan al primer golpe de viento. Una realidad colonial, a duros golpes armada, solapada con los nuevos patrones –igualmente de cartón– de los desarrollismos y revoluciones prêt à porter. La informalidad invade todos los ámbitos, y contenerla en las categorías empacadas en otras latitudes o resolverla en una oración clasemediera como «cada quien tiene lo que se merece» es un ejercicio peregrino.

Una amiga me dijo que no podíamos contener el avance de la informalidad en nuestras vidas. Yo digo que ya estaba instalada como germen que justo ahora cobra su saldo histórico, que solo ahora asoma las costuras. Los no-formados, los nosabemosqué.

Vamos.

Un abrazo.

Jesús Ernesto

El 9/18/05 6:49 PM, «Martín Aranguren» <martin_aranguren@yahoo.com>escribió:

Hola Ernesto,

Hoy es mi último día en Venezuela, adiós al joropo y a la salsa, a la carretera panamericana, al metro de Caracas da la hora, a los «qué hubo pana». Nada de esto en París.

A pesar de Quetzalcoatl, la carencia como estilo o propuesta no me parece una buena solución. Diría más bien que condensa lo esencial del problema. Fijate: una carencia solo es inteligible en relación con algo que debería estar allí pero no lo está. Digamos que en ese sentido se trata de una noción normativa, que prescribe. Ahora, ¿qué nos hace pensar que lo que debería estar en América Latina es el bienestar, tal como se lo ha venido entendiendo?

Lo que el Gabo pone en boca de Bolívar va en la misma dirección: «¡Déjennos vivir nuestra Edad Media en paz!». Una edad, un periodo, un momento solo puede ser medio en relación con una totalidad temporal y desde el punto de vista de su desarrollo final, de su expresión acabada. ¿Cuál es esa idea a partir de la cual pensamos lo «medio» de nuestra edad? (La pregunta sería retórica si la crítica al desarrollismo no hubiese agotado por completo el tema.)

Me da la impresión de que se trata del mismo remanido problema de siempre: parece que no hemos aprendido a pensar por nuestra propia cuenta, seguimos pensándonos de manera heterónoma, perpetuando nuestra condición colonial desde las ideas.

No nos hemos planteado la pregunta fundamental, la pregunta por los fines que perseguimos. Decime, ¿para qué el bienestar? Porque los índices de consumo no nos informan en nada sobre el logro de ciertos fines colectivos, que son su razón de ser. Si no nos interrogamos sobre el para qué del bienestar a la nórdica corremos el riesgo de desdeñar maneras alternativas de realizar nuestros fines colectivos. Quizás, en nuestro lamento por el bienestar añorado, se nos escapa lo esencial, o sea, los fines del bienestar. La garantía de una base mínima de seguridad material es sin duda un objetivo noble, pero ¿para qué lo queremos? Decir que es un fin en sí sería absurdo: la gente podría seguir viviendo en la frustración y la insignificancia a pesar del «bienestar», algo de lo cual tenemos ejemplos a la mano.

Ernesto, ¿para qué el bienestar?

Un abrazo

Martín

El 9/23/05 10:36 AM, «Jesús Ernesto Parra» <egoernesto@platanoverde.com> escribió: Martín, Ésta es mi última carta para este folder. Me gustó esta conversa after-Caracas por el messenger. También, reconozco el agrado de compartir laberintos en este intento de armar un mapa auspicioso para el subcontinente. Retomo dos conceptos-trampa que entre carta y messenger salieron a flote. El primero, el bienestar, y el segundo, los espejos. Quizá no aclaré que cuando me refería al bienestar siempre lo hice desde la postura de la denuncia de un espejismo más terrible de lo pensado. Sabemos que la propuesta burguesa de la cosificación de nuestros destinos es un fraude. Cuando aludo a búsquedas y trompicones de la clase media o baja venezolana quizá lo miro desde la óptica de la supervivencia. Créeme que es un lujo que nosotros nos detengamos a pensar en el ser o no ser de un continente mientras afuera las cosas se vienen abajo (o hacia arriba si son listas de precios de supermercado) y el horizonte se llena de incertidumbres. Mis compatriotas de las casas de lata que conociste y mis compañeros de trabajo padecen la misma circunstancia. El bienestar es solo una palabra en una maraña más jodida de lo que nos pintaron, y sin embargo hay que salir todos los días a la refriega. Sobre los espejos el sistema está más claro, aunque más lejano en articulación. Fuimos espejo de espejismos desde nuestra conformación europea. Creían que habían llegado a las Indias orientales, que Marco Polo y el apóstol Santiago pasaron por acá. Veían sirenas donde solo había manatíes o delfines de agua dulce. Y trajeron la Inquisición, el pecado original y la cuaresma, entre otras delicias. Dime: ¿cómo todavía hoy no vamos a sentirnos en el contexto de la historia como personajes de Sofía Coppola? Quedan dos posibilidades, asumir el glamour del exiliado y hundirnos, o reinventarnos de a poco, y sobre todo, con lo poco. Y ahí vamos. Un abrazo, Martín. Siempre. Ernesto

El 9/26/05 8:22 PM, «Martín Aranguren» <martin_aranguren@yahoo.com>escribió:

Hola Ernesto,

Gracias por tus palabras del último mail. Para mí también fue un agrado y un desafío nuestro intercambio.

Me parece acertada tu propuesta de retomar los dos conceptos-espejismo con los que nos topamos en nuestras discusiones. Creo también que es posible ver que ambos conceptos remiten al mismo punto. En el caso del espejo, el problema es el del modus imitativo, de la falta de autonomía; en el caso del bienestar, el problema es el del contenido, la sustancia de nuestro modus imitativo. Imitamos buscando el bienestar, o la búsqueda del bienestar es el modo en que se manifiesta en este momento nuestra inerte tendencia a imitar.

Esta tendencia es inerte porque no nos damos los fines que perseguimos, nos limitamos a pedirlos prestados con autorización. No es que no tengamos proyectos, sino que los proyectos que tenemos no son nuestros. Es como si siguiéramos siendo incapaces de proyectar desde nuestra propia situación, ante todo porque parecemos ser incapaces de identificar lo que hace de la situación en la que nos encontramos NUESTRA situación. Alineación política e intelectual nos hacen perseguir zanahorias. Creo que el primer paso no puede ser otro que el de reconocer que lo que perseguimos es una zanahoria. Como el bienestar. En efecto, el bienestar no nos dice nada sobre los fines a los cuales obedece, solo nos informa sobre la disponibilidad de ciertos bienes materiales. En este sentido, el bienestar puede bien ser una condición necesaria para realizar ciertos fines. Pero es una noción económica y, como tal, carece de todo contenido ético; de ahí que, aunque condición necesaria, no se lo pueda erguir como fin político a realizar. Para darnos un fin político es necesario darnos una idea de la buena vida, y sin pretender pronunciar una verdad última, creo que en la Latinoamérica contemporánea esta noción debe contemplar al menos dos acepciones: vida buena como autorrealización de la propia singularidad, vida buena como coexistencia armoniosa en el seno de una comunidad de valores, prejuicios y creencias.

El desafío político parece ser el de darse una identidad, pues de otra manera no es posible trazar la frontera entre lo propio y lo ajeno.

¿Existe América Latina? No lo sé, pero quiero creer que no solo compartimos un pasado traumático, sino también un común y feliz destino.

Hasta siempre, Ernesto, espero volver a encontrarte en este desafío de reinventarnos.

Un abrazo,

Martín

Posdata. 2/11/05:

El 10/30/05 10:28 AM, «Jesús Ernesto Parra» <egoernesto@platanoverde.com> escribió:

Sin ánimos de dramatizar, más que dialogar con Martín me correspondió el papel de perseguirlo. Convertido en rastreador del trasegar de un estudiante-argentino-en-Venezuela que hace una tesis pero que a la misma vez –según me confesó en un bar en una esquina de Caracas– cuestionaba de forma profunda y por primera vez todos los planteamientos en los que se basaba la summa teórica de su ser y hacer.Asumí la asignación de este diálogo por correo electrónico mitad entusiasmado y mitad divertido. No se hacen este tipo de comentarios en cualquier ámbito por estos lados, ni mucho menos, en cualquier bar. Pero no quiere decir que no exista la inquietud, que no se huela a kilómetros entre mis congéneres. Porque de no ser así, no estaría en marcha un curioso y silente movimiento de redes, de asociaciones locales, de publicaciones alternativas, de búsqueda de lenguajes locales y de opciones de participación, desarrollo y ciudadanía, muy al margen pero muy de frente con la realidad aparente de nuestros países.

El mapa está por armarse. No lo harán estas líneas, ni tampoco –con el debido respeto– los trabajos de los ilustres invitados que componen este número. Le tocará a mi generación de náufragos de la historia. Veremos si tocamos tierra o hacemos una república de retazos, flotando en mareas diversas y con la intemperie como signo. O si quizás, sencillamente, cerraremos los ojos como han hecho muchos, aunque no creo que sea el caso de este servidor ni de ese otro viajero argentino que nos acompañó en estas páginas.

Jesús Ernesto

El 11/2/05 3:57 PM, «Martín Aranguren» <martin_aranguren@yahoo.com> escribió:

Para mí, ser joven es estar abierto a lo otro. Lo otro en el tiempo, es decir, lo nuevo. Ser joven es estar abierto a lo nuevo como lo que vendrá, abierto al futuro. Es maximizar la diferencia entre la experiencia actual y la potencial, entre lo que me pasa ahora y aquí y lo que me puede pasar mañana en algún lugar.

Si esto es cierto, entonces la relación entre juventud y proyectos políticos de transformación social no puede ser del todo fortuita.

Se me ocurre que los jóvenes somos propensos a adoptar posiciones políticas transformadoras porque pensamos la apertura de la sociedad a lo nuevo en base a la idea que nos hacemos de nuestra propia apertura a lo que vendrá. Es decir, tendemos a abrazar proyectos políticos transformadores porque proyectamos a la vida social lo que es cierto de nuestra condición juvenil: la apertura a lo nuevo.

Valga esta breve reflexión como puesta en perspectiva del contenido de las cartas que componen este dossier. Sin embargo, para guardar la simetría, me gustaría llevar este análisis un poco más lejos, en dirección a quienes hoy ya no son jóvenes.

Durante los últimos 25 años hemos asistido a la desradicalización generalizada de los intelectuales latinoamericanos. Para decirlo de un modo grotesco, la dogmática mesiánica de la revolución cedió paso al cancionero POSTizo de los sujetos descentrados. La conversión nos fue explicada como una mutación cultural, como un cambio de época. No dudo que algo de eso hay.

Sin embargo, me pregunto si la condición etaria de los conversos y la minimización de sus expectativas políticas es meramente casual. ¿No será que, al igual que los jóvenes, pero con resultados inversos, nuestros «viejos» intelectuales tienden a proyectar a la realidad político-social su propia condición? ¿Está la abulia política posmoderna en Latinoamérica verdaderamente desconectada del cierre de los horizontes personales de sus voceros?

Dicho esto, un diálogo intergeneracional se hace necesario. Ahora, este diálogo, para que sea sincero y efectivo, supone que los «viejos» reconozcan en los jóvenes a un interlocutor válido. Esto no implica borrar las muy reales diferencias que separan a unos de otros. Es cierto que en muchos sentidos los «viejos» saben y los jóvenes no. Sin embargo, no creo que esta relación de autoridad sea la única concebible entre generaciones. En efecto, si asumimos que existen convicciones, creencias y actitudes cuya verdad emana de una perspectiva etaria, estaremos fundando la posibilidad de un diálogo sincero y efectivo entre generaciones. Conocer la perspectiva del otro es valioso porque permite evitar los excesos a los que conduce el ensimismamiento en la propia perspectiva: comprender al viejo puede prevenir al joven contra los excesos de un entusiasmo intemperado; el viejo puede encontrar en el entusiasmo juvenil nuevas razones para esperar algo del futuro.

Creo que la crítica del dogmatismo mesiánico tiene mucho de fecundo, pero el desánimo ha llegado demasiado lejos. En medio de la abulia generalizada, la realidad nos impone un desafío: formular nuevos proyectos de transformación, a la altura de los tiempos y de nuestras posibilidades. Quién sabe, por nuestra apertura a lo nuevo, quizás seamos los jóvenes los más aptos para esta ardua pero grandiosa tarea.

Martín