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Alternativas latinoamericanas frente a la globalización y el capitalismo

El desarrollo de América Latina se encuentra condicionado por la influencia de EEUU, el creciente poder de las empresas transnacionales y los condicionamientos de los organismos multilaterales. Sin embargo, en los últimos años comenzó a surgir un movimiento de resistencia al neoliberalismo y la globalización, tal como evidencia el giro político a la izquierda registrado en muchos países y la multiplicación de redes y organizaciones progresistas de la sociedad civil. En este contexto, América Latina tiene la oportunidad de profundizar la integración regional como camino para construir un mundo multipolar y más justo.

Alternativas latinoamericanas frente a la globalización y el capitalismo

Nuevas condiciones

El desarrollo económico, político y social de los países de América Latina se encuentra obstruido por las relaciones de poder y las estructuras que regulan el sistema capitalista mundial. Ellas proveen un exoesqueleto jerárquico que limita los esfuerzos nacionales para avanzar en un desarrollo autodirigido, orientado hacia adentro, equilibrado y sostenible en términos medioambientales.

Al menos desde la década de los 80, las relaciones interamericanas y el desarrollo de los países de la región se encuentran condicionados por una agenda neoliberal promovida por el gobierno de Estados Unidos, las grandes corporaciones internacionales y las tres instituciones financieras internacionales más importantes que operan en la región (Harris/Nef). Se trata del Fondo Monetario Internacional (FMI), el Banco Mundial (BM) y el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), cuyas sedes se encuentran en Washington y que en general siguen los mandatos del gobierno estadounidense. Sus políticas para América Latina priorizan la promoción y la protección de los intereses de los grandes inversores y las corporaciones transnacionales, que en su mayoría tienen su sede en EEUU, y apuntan a mantener y fortalecer la hegemonía geopolítica norteamericana sobre el hemisferio occidental (Harris/Nef).

Pero todo esto está cambiando. El control de EEUU se encuentra amenazado por las estrategias políticas y económicas que se están gestando, que apuntan al desplazamiento del modelo neoliberal orientado a la exportación por nuevos modelos de desarrollo sostenible, enfocados hacia adentro y adaptados a las diversas condiciones, capacidades económicas, estructuras políticas, recursos y capacidades naturales y valores culturales de las sociedades latinoamericanas.

Además, en los últimos años han surgido todo tipo de organizaciones civiles, internacionales y regionales, dispuestas a impulsar esas alternativas. Los foros, las redes, los programas y las actividades de estas organizaciones revelan la existencia de una ascendente fuerza comprometida con la promoción de nuevas formas de cooperación y regulación internacional, más equitativas, que respalden el desarrollo endógeno sustentable, que permitan consolidar una democracia genuina y avanzar en un régimen global de comercio diferente al que se ha erigido bajo la Organización Mundial del Comercio (OMC).

La mayoría de las alternativas propuestas por estas organizaciones, así como las políticas de los nuevos gobiernos de izquierda, priorizan la convergencia entre la política exterior de cada país con las necesidades internas de la mayoría de la población. Esto implica, por ejemplo, que las decisiones acerca de qué exportar y qué importar se definan en función de las necesidades de la sociedad, en lugar de ponerse en línea con los intereses de los capitalistas y las corporaciones transnacionales. Algunas de esas estrategias requieren lo que Walden Bello (2002) ha definido como un proceso de «desglobalización». Es decir, que las economías de los países capitalistas de la periferia se desliguen de los centros avanzados de la economía mundial, en particular de EEUU. Sueños de integración

En América Latina, el interés por revivir el ideal de unidad es creciente. Su mayor expresión hoy quizá sea el presidente de Venezuela, Hugo Chávez, y su sueño bolivariano de convertir a Sudamérica en una unidad económica regional (DeLong). Los gobiernos de Bolivia, Cuba, Ecuador y Nicaragua han manifestado su voluntad de sumarse a Venezuela en la construcción de una unión regional que redirija el comercio extracontinental hacia Europa, Asia y Sudáfrica, en lugar de orientarlo hacia América del Norte. La posibilidad de que esto suceda parece alarmar a Washington mucho más que los triunfos electorales de políticos de izquierda (DeLong). También se ha discutido la creación de una moneda única sudamericana, similar al euro y probablemente vinculada a él, y no al dólar. En suma, son los síntomas del creciente deseo de crear una comunidad política y económica más integrada, diferente del esquema de integración económica continental que pretenden Washington y sus aliados en la región (DeLong).

Pero la amplia oposición popular al neoliberalismo y a la globalización, al igual que el giro político a la izquierda, representa mucho más que un simple desafío a la hegemonía de EEUU. Constituye también una seria amenaza al modelo de desarrollo capitalista en la región. En efecto, un elemento central de la estrategia de Washington ha sido la imposición de un modelo neoliberal que requiere una integración cada vez mayor en un área hemisférica de libre comercio. En otras palabras, la formación de un bloque comercial dominado por EEUU e integrado por las economías latinoamericanas reestructuradas en clave neoliberal, para dar rienda suelta a las corporaciones transnacionales. De este modo se lograría una sólida base hemisférica desde la cual afirmar su dominio sobre la economía mundial.

En oposición a este modelo neoliberal, poliárquico y globalizador, el creciente movimiento para la construcción de una forma alternativa de desarrollo parece estar ganando terreno en diferentes lugares de América Latina. Pero este modelo requiere la reorganización y el realineamiento de las economías de la región, así como el reemplazo de los regímenes políticos existentes, que en general responden a los intereses del bloque transnacional de fuerzas sociales dominantes. Por eso, además de los cambios económicos fundamentales, la mayoría de los regímenes políticos seudodemocráticos necesitan ser democratizados concienzudamente, para que sean capaces de dar una respuesta a las necesidades y los intereses de la mayoría de la población.

Un requerimiento esencial para avanzar en esta tarea es la integración de América Latina en una unión, económica y política, que cuente con los recursos, las estructuras y el poder suficientes para funcionar de manera independiente de Washington y de las corporaciones transnacionales que operan desde EEUU, la Unión Europea y Japón. Este tipo de integración regional permitirá que los países latinoamericanos se liberen de la influencia hegemónica estadounidense y contribuirá a revertir la desnacionalización (el verdadero significado de la globalización) de las economías de la región.

Pero este tipo de desarrollo solo puede tener éxito si es puesto en marcha por líderes políticos elegidos mediante mecanismos democráticos, que gocen de un amplio apoyo popular y demuestren un compromiso genuino con la construcción de una alternativa al modelo elitista neoliberal.

Hacia un nuevo sistema multipolar

El regionalismo ha sido un sueño de la izquierda democrática durante mucho tiempo. El origen de la UE puede rastrearse en el deseo del socialismo francés de terminar con la enemistad con Alemania por medio de la unificación. Del mismo modo, el regionalismo africano nace de la visión de socialistas como Julius Nyerere, de Tanzania, quien consideraba que la integración era el único mecanismo para superar el tribalismo y el colonialismo y crear un África unida, socialista y democrática (Faux, p. 4).

Visto desde la perspectiva de aquellos que quieren crear un orden social distinto en América Latina, el actual proceso, controlado por las corporaciones de la seudoglobalización capitalista, debe ser reemplazado con urgencia por lo que Samir Amin denomina un nuevo sistema de «globalización multipolar regulada» (Amin 2001a; 2004). Esta forma de globalización alternativa requiere la creación de uniones regionales, económicas y políticas, en África, Asia, América Latina, el Caribe y Oriente Medio. Según Amin, estas uniones regionales de Estados son necesarias para trabajar en conjunto en la tarea de regular colectivamente la reestructuración global de la economía mundial en beneficio de la gran mayoría de la humanidad.Los países de América Latina necesitan desligarse del sistema vigente de explotación y desigualdad. Necesitan redirigir y reestructurar sus economías para satisfacer las necesidades de la mayoría de sus habitantes y, al mismo tiempo, proteger sus recursos naturales. Las políticas alternativas propuestas, y en algunos casos adoptadas, por los nuevos líderes de izquierda y las organizaciones progresistas de la sociedad civil, en combinación con el proyecto de integración regional que representa la Unión de Naciones Sudamericanas (Unasur), constituyen indicios de que una transformación profunda está teniendo lugar.

Las organizaciones de la sociedad civil y los movimientos sociales presionan a los gobiernos de la región para que adopten un nuevo modelo, tal como lo definen las redes progresistas como la Alianza Social Continental (ASC). Como se expone claramente en sus documentos y en sus campañas de información pública, la ASC afirma que el proyecto de Unasur está amenazado por los tratados de libre comercio que Washington ha negociado con Chile, Colombia, Perú, los países de Centroamérica y República Dominicana. Estos tratados comprometen la soberanía nacional, obstaculizan la producción local de medicamentos, habilitan la privatización con fines de lucro del servicio de agua y otros vitales como la salud, y amenazan la supervivencia de las culturas indígenas, la biodiversidad, la soberanía alimenticia y el control local de los recursos naturales.

La multiplicación de redes, organizaciones y movimientos como la ASC evidencian el surgimiento de nuevas fuerzas sociales y confirman los pronósticos elaborados en los 90 acerca de un creciente movimiento de oposición al neoliberalismo y la seudoglobalización (Panitch, p. 89; Harris 1995, pp. 301-302; Jonas/McCaughan). Hoy parece cada vez más posible que esas fuerzas transformen los regímenes políticos de la región y la naturaleza de las relaciones interamericanas, generen avances en la integración regional y enfrenten la hegemonía de EEUU. Este nuevo modelo, además de centrarse en el pueblo, ser genuinamente democrático, orientado hacia adentro y sostenible en términos medioambientales, deberá combinarse con una estrategia internacional eficaz dirigida a democratizar la economía mundial y la regulación genuinamente multipolar de los agentes y los procesos de globalización. Esto último requiere una mayor colaboración Sur-Sur.Para avanzar en este objetivo de construir un mundo más justo y democrático es necesario conformar una coalición más cohesionada de Estados latinoamericanos. Es necesario, además, seguir el liderazgo de Brasil y establecer alianzas y relaciones comerciales con China, la India y Sudáfrica, además de otros poderes regionales emergentes como Rusia, Indonesia e Irán. La colaboración y las alianzas interregionales serán necesarias para movilizar el poder político y el consenso requeridos para contribuir a reestructurar la economía mundial y equilibrar el poder político global. La coalición global actual, liderada por EEUU, deberá ser reemplazada por una nueva alianza multipolar de uniones regionales, establecidas principalmente en el Sur.

Por supuesto, existen otras alternativas. Brasil podría convertirse en la China de Sudamérica. De hecho, ya se encuentra en un proceso de transición de lo que los teóricos realistas de las relaciones internacionales llaman una «potencia media» a una «potencia regional». Desde luego, Brasil podría hacerlo individualmente, sin formar parte de una alianza contrahegemónica, articulándose con los otros países del grupo BRIC (Brasil, Rusia, la India y China), para formar una coalición contrahegemónica mundial de poderes regionales. Sin embargo, también puede inclinarse por la construcción de un liderazgo en la integración democrática de América Latina para, desde allí, crear una alianza estratégica interregional en el Sur global con otras potencias medias y regionales. Es demasiado temprano para determinar el resultado de la iniciativa trilateral India-Brasil-Sudáfrica (IBSA), que apunta a la cooperación Sur-Sur y el intercambio interregional. Sin embargo, podría ser el impulso fundamental para la creación de una alianza contrahegemónica desde el Sur.

Hasta ahora, los líderes brasileños no han escogido definitivamente ninguna de esas estrategias. Por un lado, el gobierno de Luis Inácio Lula da Silva cumplió un papel importante en el bloqueo a la estrategia hegemónica de integración económica continental liderada por EEUU. Pero por otro lado, Brasil ha actuado unilateralmente para explorar relaciones estratégicas con China, la India y Sudáfrica. En ambos casos, el gobierno brasileño ha seguido los principios del realismo periférico y ha evitado cuidadosamente un choque grave con EEUU.

Palabras finales

La coalición hegemónica que domina el sistema capitalista y la política mundial está liderada por el bloque tripolar compuesto por EEUU, la UE y Japón. El presente ensayo sugiere que este bloque y el régimen global que ha impuesto pueden y deben ser reemplazados por un orden interregional multipolar que promueva la democratización del sistema mundial y una nueva forma de globalización regulada multipolar.

América Latina puede hacer una contribución significativa a la construcción de un orden global alternativo por medio de la creación de la primera unión regional del Sur global que se base en el comercio justo, la democratización, la justicia social y las formas de desarrollo económico y social sostenibles en términos medioambientales. Este es, hoy, el mayor desafío de la región.

Bibliografía

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