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A Bogotá le encanta la independencia

A comienzos del siglo XX, Bogotá fue llamada por su cultura letrada la «Atenas sudamericana»; luego devino «la tenaz», una de las ciudades más inseguras del mundo, y llegó al siglo XXI convertida en la mágica ciudad de cultura ciudadana, movilidad novedosa, mucho espacio público y ganas de inclusión social. En este nuevo siglo, diversos alcaldes de izquierda han intentado convertirla en una ciudad social, humana, progresista, equitativa y sensible. El resultado: un buen discurso y logros significativos, pero muy malas prácticas de gobierno.

A Bogotá le encanta la independencia

Bogotá es una ciudad modelo para el mundo. Modelo de cómo esta urbe sudamericana se transformó y se convirtió en la ciudad de la cultura ciudadana, del espacio público y de la seguridad urbana. Modelo de cómo la corrupción –que no tiene ideología pero sí políticos– es capaz de destruir en poco tiempo logros ciudadanos que toman mucho tiempo. Modelo de lucha entre la ciudad gestionada por el Estado y la ciudad ganada por lo privado. Pero, sobre todo, modelo de ciudad donde los ciudadanos piensan con cabeza propia y siempre se arriesgan a la hora de elegir a sus gobernantes, por eso en los últimos 20 años han elegido la independencia. ¡Bienvenidos a Bogotá: la ciudad capital! La ciudad más importante de Colombia, que aporta 25% del PIB nacional y concentra 20% de la población y cuyo presupuesto es igual al de las siguientes ocho ciudades de Colombia reunidas. ¡Bienvenidos a Bogotá: la ciudad de la independencia!

Prehistoria democrática

Bogotá ha pasado por grandes transformaciones desde que se aprobó, en 1988, la elección popular de alcaldes y gobernadores. A partir de ese momento, ya no fue el presidente de la República quien decidió en manos de quién quedaba la ciudad, sino que fueron los mismos ciudadanos quienes pudieron escoger el rumbo que querían para Bogotá. Al comienzo, los «elegidos» siguieron con la misma idea de ciudad: la capital de la República y el centro burocrático que a nadie le importaba. De hecho, era la ciudad para odiar porque al final no era de nadie. El primer alcalde elegido por voto popular fue el conservador Andrés Pastrana Arango (1988-1990), quien luego sería presidente de Colombia (1998-2002); su mayor obra fue un concierto de rock que duró más de 12 horas (¡inolvidable hasta hoy!). Luego vino el liberal Juan Martín Caicedo Ferrer (1990-1992), quien terminó destituido por corrupción, y finalmente otro político liberal-conservador llamado Jaime Castro (1992-1995), a quien se le reconoce el Estatuto Orgánico de Bogotá de 1993 con el que la ciudad empieza a tener un poco de orden y algo de autonomía como ente territorial.

Con Bogotá no pasaba mucho, pero con un escándalo televisivo en el que el rector de la Universidad Nacional de Colombia, el filósofo y matemático Antanas Mockus, se bajó los pantalones para mostrar el culo, las cosas empezaron a cambiar. Mockus tuvo que dejar su cargo y decidió convertirse en candidato a la alcaldía de Bogotá. Y desde ese preciso momento los bogotanos han empezado a elegir más allá de los partidos y las burocracias y se han arriesgado a apostar por modelos alternativos de ciudad. Así, Bogotá dejó de ser la ciudad odiada para pasar a ser la ciudad deseada, la modelo, la que se hizo distinta siendo ella misma.

La historia espectacular: Mockus-Peñalosa-Mockus (1995-2003)

Cansados de la política tradicional que no daba ninguna solución a los problemas de la ciudad, los bogotanos eligieron a un candidato independiente, con la certeza de querer un cambio en el tipo de personas encargadas de la tarea. En 1995, el controversial Mockus fue elegido alcalde de Bogotá, y con él se eligió la antipolítica. Ganó con una campaña en la que solo gastó ocho millones de pesos colombianos (5.000 dólares estadounidenses) y fue elegido alcalde sin tener una carrera política previa ni el apoyo de un partido tradicional. Como recuerda Ernesto Cortés, periodista editor general de El Tiempo y experto en temas de Bogotá, ese fue precisamente su gran atractivo. Cuando llegó a su mandato, no muchos sabían cuál era su propuesta de ciudad, pero con el paso del tiempo se pudo ver que su idea era ir más allá de los proyectos de infraestructura y cemento y que aspiraba a ser el pedagogo de los bogotanos, para que aprendieran a cumplir con las normas de convivencia de manera voluntaria. «Su idea era lograr que los bogotanos se sintieran sujetos activos en la transformación de la ciudad y se apropiaran de su papel como ciudadanos», afirma Cortés1.

Sin recurrir al aumento de las penas ni de los castigos, la política de Mockus se basó en buscar la autorregulación y el cumplimiento de las normas a través de proyectos simbólicos. Por ejemplo, para enfrentar la violencia que se estaba viviendo en la ciudad, el alcalde creó una campaña de «vacunación» en la que cerca de 45.000 bogotanos llevaron un globo con el nombre de la persona que más les había hecho daño y descargaron su rabia en ese globo para desahogarse y evitar así hacerle un daño real a la persona «odiada».

Este fue solo uno de muchos actos simbólicos para mandar mensajes concretos y generar cambios de comportamiento en los ciudadanos; otros fueron la «hora zanahoria», para cerrar bares temprano y aprender a gozar sin emborracharse; la «noche de las mujeres», para demostrar que la violencia era masculina; los mimos para amonestar al infractor de la movilidad. Según Jaime Iregui, profesor de la Universidad de los Andes que trabaja en proyectos de arte urbano, con Mockus «el espacio público dejó de ser un sitio de encuentro para convertirse en un lugar performático en donde el mismo alcalde se convirtió en un personaje de una obra que mezclaba arte, cultura y publicidad no aparatosa»2. Mockus asumió un papel más cercano al de un profesor que al de un político y los ciudadanos se convirtieron, felices, en sus estudiantes.

Con estas campañas, los bogotanos empezaron a sentirse parte de algo, vinculándose ellos mismos como promotores del cambio y, lo mejor, empezaron a querer a su ciudad. De hecho, llegaron a pagar voluntariamente 10% más de impuestos para apostar por la ciudad que querían, sabiendo que sus dineros iban a ser bien usados y no se perderían en las redes de corrupción.En verdad, no se concretaron grandes obras que mostraran cambios profundos en la infraestructura de Bogotá, ya que Mockus no negoció con los políticos el presupuesto de la ciudad para así cerrarle el espacio a la corrupción acostumbrada. El alcalde transformó la ciudad a partir del símbolo, de eso que llamó «cultura ciudadana». Su éxito residió en que logró un proyecto que incluía cultura cívica, honestidad, «querer a Bogotá» y ciudadanía activa con ganas de hacer cosas, todo lo cual se tradujo en una percepción distinta de los ciudadanos sobre lo que era la capital. Según Miguel García, profesor de Ciencia Política de la Universidad de los Andes y experto en temas de opinión pública, «Mockus es el paradigma de una articulación perfecta entre un proyecto, una gestión y buenas campañas de comunicación»3.

  • 1. Entrevista de los autores, 4/11/2012.
  • 2. Entrevista de los autores, 7/11/2012.
  • 3. Entrevista de los autores, 8/11/2012.