Opinión
Diciembre 2021

Éric Zemmour, un ultra salido del establishment francés

Con un discurso ubicado a la derecha de Marine Le Pen, Éric Zemmour lanzó finalmente su esperada candidatura a la presidencia. Sin provenir de una tradición fascista, este comentarista de televisión y escritor de best sellers, hijo de judíos franceses de Argelia, despliega una retórica obsesionada con la identidad nacional. Muchos conservadores podrían sentirse tentados de apoyarlo en un contexto en el que, según las encuestas, la derecha y la extrema derecha sumarían más de 70% de los votos en las elecciones del próximo año.

<p>Éric Zemmour, un ultra salido del establishment francés</p>

¿Es fascista el comentarista de televisión Éric Zemmour, devenido candidato presidencial? Sus ideas sobre la inmigración, el islam o el género son indudablemente extremas. Hasta la fecha ha sido condenado en dos ocasiones por incitación al odio racial. El 17 de noviembre, el publicista de 63 años enfrentó un juicio con nuevos cargos por comentarios racistas. En septiembre de 2020, declaró que los menores extranjeros no acompañados eran «ladrones y violadores» y que Francia «debe deportarlos». Su primer mitin electoral en Villepinte el 5 de diciembre se vio empañado por escenas de violencia: algunos seguidores de Zemmour que pertenecen a la extrema derecha o a grupos neonazis sometieron a una golpiza a activistas antirracistas que se manifestaron en el acto.

Sin embargo, ponerle la etiqueta «fascista» a Zemmour es demasiado fácil e incluso problemático: no ayuda a esclarecer las razones de su meteórico ascenso político ni explica lo que este avance actual representa para la política francesa.

Promovido por los medios

En efecto, Zemmour suena como un fascista y tiene las ideas de un fascista pero, a diferencia de Marine Le Pen, no tiene ninguna filiación con la tradición fascista francesa. Zemmour puede sonar fascista, pero proviene de la política francesa convencional. Pasó los últimos 35 años en el periodismo conservador. Trabajó sucesivamente para periódicos y medios como Le Quotidien de Paris y Le Figaro, emisoras radiales con programas para la familia, como RTL, o un popular programa de entrevistas en France 2, el principal canal de la televisión estatal.

Entre 2019 y 2021, fue editor y periodista en un programa diario transmitido en CNews, un canal de noticias de televisión abierta que está bajo el control de Vincent Bolloré, propietario de medios y magnate empresarial. Bolloré, un devoto católico tradicionalista, se enemistó con Emmanuel Macron. Ahora hostil a la reelección del presidente, es considerado por muchos como promotor de ideas de extrema derecha y ha montado CNews como una suerte de equivalente francés del canal estadounidense Fox News. Bolloré ha utilizado a Zemmour para promover su idea de orden público y su agenda islamófoba.

Nacido en Argelia de padres judíos y criado en las afueras de París, Zemmour encarna la vacuidad de los medios de comunicación franceses: no están interesados en informar seriamente y adoptan una actitud abúlica hacia el gobierno de turno. Los medios lo han convertido, sin dudas, en una estrella de la política. Varias estaciones de radio y televisión populares, así como periódicos, le han dado una plataforma para ejercer su estilo corrosivo y profesar sus ideas racistas. Zemmour no se convirtió en una figura política sensacionalista en un ambiente hostil. Por el contrario, es la criatura del establishment político, mediático y económico francés, que lo ha protegido y promovido durante años.

Al igual que Trump, las opiniones de Zemmour sobre raza, género y clase son extremistas y vulgares. Pero hay diferencias entre ambos. El ex-presidente estadounidense no pretende ser culto y se deja llevar alegremente por la «cultura popular». Zemmour, que se graduó en la elitista universidad Sciences Po, presume de (su) alta cultura y parece obsesionado con la historia de Francia (que distorsiona constantemente para adaptarla a su agenda política).

Durante el anuncio de su candidatura a la Presidencia de Francia, Zemmour estuvo un buen rato enumerando los nombres de grandes personalidades francesas del pasado. Eran todas personas blancas y, en su mayoría, varones. Su Francia está estancada en el pasado: en el siglo XIX en materia de literatura, y en las décadas de 1960-1970 en lo que respecta a la cultura popular y la política.

Racismo tallado en el universalismo republicano

¿Cómo puede uno tener puntos de vista de extrema derecha, cuando no fascistas, y aun así no ser, estrictamente hablando, fascista? A Zemmour le gusta repetir que sus dos principales referentes políticos son Napoléon I y Charles de Gaulle. Resulta revelador que ambos hombres, en distinta medida, provengan del ala autoritaria del conservadurismo francés. Es más, este autoritarismo (más descarado en el caso de Napoléon I) es compatible con el tradicional discurso republicano francés. Esta ideología une hoy a la derecha y a vastos sectores de la izquierda en un relato patriótico que defiende el universalismo como valor supremo.

El republicanismo universal es una noción clave para entender las ideas extremistas de Zemmour, las cuales, paradójicamente, tienen sus raíces en la corriente mainstream de la política francesa. Según la concepción universalista de ciudadanía, la nación francesa es una construcción política más que una comunidad étnica o cultural predeterminada. Todos los ciudadanos franceses son considerados iguales, cualquiera sea su raza, cultura, religión o género. Se dice que el republicanismo francés es «daltónico».

Esta filosofía es heredada de la Revolución Francesa y hoy cuenta con el firme apoyo de grandes sectores del espectro político, desde la izquierda populista de Jean-Luc Mélenchon hasta la extrema derecha de Marine Le Pen. Zemmour también es un firme partidario de una ideología cuyo «daltonismo» permite que los racistas –como él– tampoco distingan el racismo. Si el racismo de Zemmour (en particular, su obsesiva islamofobia) se inspira en esta concepción universalista de ciudadanía, lo hace desde un punto de vista particular: su judaísmo.

En un discurso pronunciado ante la Asamblea Nacional de Francia en diciembre de 1789, Stanislas Marie Adélaïde, conde de Clermont-Tonnerre, resumió la posición universal frente a los judíos emancipados: «Debemos negarles todo a los judíos como nación y otorgarles todo a los judíos como individuos». En otras palabras, los judíos son franceses, no porque el Estado reconozca que son judíos, sino porque, como individuos y ciudadanos, forman parte de la comunidad nacional. Esta concepción de ciudadanía puede ser considerada como altamente asimilacionista y hostil a las políticas multiculturales al estilo de Reino Unido o Estados Unidos.

A veces se dice en Francia que Zemmour ignora sus propios orígenes cuando ataca a las familias que enterraron en Israel a sus seres queridos después del ataque terrorista en una escuela judía en Toulouse, o cuando sostiene erróneamente que el régimen de Vichy (bajo la ocupación nazi) protegía a los judíos franceses. Los críticos señalan que Zemmour es el arquetípico «buen judío», el que quiere ser «más goy que los goyim». Por el contrario, Zemmour actúa como un típico «israelita francés», una expresión que encapsula el judaísmo como religión, no como una identidad cultural más amplia.

Desde la Revolución Francesa en adelante, los judíos quisieron ser vistos como republicanos irreprochables. En los siglos XIX y XX fueron devotos patriotas, sirvieron a su país como funcionarios públicos y libraron guerras para defender la nación. Ser judío –o israelita– era un asunto estrictamente privado. Ser ciudadano francés era fundamental. Zemmour puede ser racista, pero su racismo proviene de un asimilacionismo intransigente. Actúa como un celoso republicano de extrema derecha. Esto no significa que todos los republicanos en Francia sean racistas o reaccionarios. Simplemente muestra que un racista como Zemmour puede encontrar en el republicanismo asimilacionista una herramienta útil para ejercer su odio hacia los musulmanes y los extranjeros.

Derechización electoral

El racismo de Zemmour está bien documentado. Recientemente ha declarado que a los padres solo se les debería permitir dar a sus hijos nombres franceses «tradicionales», ha dicho que los empleadores deberían tener derecho a rechazar a los postulantes árabes y negros, ha expresado su admiración por el general Thomas Bugeaud, quien masacró a musulmanes durante la guerra colonial en Argelia, apoya la reintroducción de la pena de muerte y cree que los varones deben ejercer el poder político mientras las mujeres se quedan en casa y crían a los hijos. Además, abraza la teoría del «Gran Reemplazo», acuñada por el escritor Renaud Camus que sostiene que las poblaciones europeas están siendo deliberadamente reemplazadas  por inmigrantes no blancos (la misma teoría de la conspiración motivó cuñada por el escritor francés de extrema derecha Renaud Camus, quien impulsó a un supremacista blanco a cometer los ataques terroristas de 2019 en dos mezquitas de Christchurch, Nueva Zelanda, en los que 51 personas fueron asesinadas. El nuevo partido de Zemmour, bautizado Reconquête (Reconquista) hace referencia a la Reconquista que expulsó de España a los musulmanes… y a los judíos.

¿Zemmour mantendrá firme y demostrará ser un serio contendiente? Como principiante absoluto en política y con poco apoyo en el territorio, lo espera una tarea gigantesca. Tenga éxito electoral o no, ya ha causado impacto en esta elección y en la política francesa en general. Además de la centralidad lograda por Zemmour en el escenario político, ha habido un gran giro hacia la derecha. Este comenzó durante la presidencia de Nicolas Sarkozy (2007-2012), pero se ha intensificado durante el mandato de Macron. Las proyecciones de votación para todos los candidatos de derecha (Macron y Valérie Pécresse, candidata de Los Republicanos) y de extrema derecha (Zemmour y Le Pen) ha alcanzado un máximo de 70%-75%. La fragmentada izquierda es históricamente débil y no influye en los principales debates políticos.

De hecho, los políticos franceses dedican poco tiempo a debatir cuestiones socioeconómicas. Los debates más polarizados giran en torno de las guerras culturales. En Francia, se centran en la inmigración, el islam y su supuesta amenaza a la laicidad y los valores, la cultura y la educación republicanos (la controversia sobre el «islamo-izquierdismo») y la «cultura woke». Esas guerras culturales interminables fortalecen a la extrema derecha, que tradicionalmente se desenvuelve bien en esos temas.

En febrero de 2021, Gérald Darmanin, ministro del Interior de Macron, en un debate con Marine Le Pen, consideró que ella «no era lo suficientemente dura con el islam». Le Pen, a cambio, felicitó a Darmanin por su último libro, titulado Separatismo islamista, haciendo notar que podría haberlo escrito ella. En la primera vuelta de sus elecciones primarias, los miembros del partido Los Republicanos dieron el triunfo a Éric Ciotti, situado en la extrema derecha del partido, quien se impuso a todos los demás candidatos. Ciotti, que es una copia carbónica de Zemmour, ha declarado que estaría feliz de apoyarlo si Zemmour superara la segunda vuelta electoral. El giro radical de Los Republicanos hacia la derecha, pese a que finalmente ganó la candidatura Valérie Pécresse, hace que Le Pen parezca una figura bastante moderada (algo que no es).

Éric Zemmour es una verdadera amenaza para la democracia francesa. A pesar de ser políticamente de extrema derecha, no lleva consigo ningún bagaje de extrema derecha (a diferencia de Le Pen) y ello puede persuadir a los votantes conservadores de apoyarlo.

Zemmour puede tener una oportunidad histórica de reunir a grandes porciones del electorado conservador y de extrema derecha. Si lo logra, provocaría un realineamiento cataclísmico de la política francesa, incluso más dramático que el de Macron en 2017.

Traducción: Carlos Díaz Rocca

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