Opinión
Marzo 2021

«Islamoizquierdismo» o caza de brujas en la academia francesa

El término «islamoizquierdismo» alimenta una creciente ansiedad, motorizada por el gobierno, contra las investigaciones académicas que ponen el foco en temas «raciales», consideradas parte de una perjudicial influencia estadounidense. Considerado un pseudoconcepto en el mundo académico francés, el «islamoizquierdismo» se utiliza de manera más general como ariete antiprogresista y entronca con la retórica tradicional de la extrema derecha.

«Islamoizquierdismo» o caza de brujas en la academia francesa

En una entrevista emitida en febrero pasado en CNews, la equivalente francesa a Fox News, la ministra de Universidades lanzó un ataque sin precedentes contra la totalidad de la comunidad académica de Francia. Frédérique Vidal dijo que la universidad francesa está «gangrenada por el islamo-gauchisme» o islamoizquierdismo. El epíteto del islamoizquierdismo lo emplean actualmente, de forma acrítica, miembros del gobierno, además de amplios sectores mediáticos y académicos conservadores. Recuerda a la difamación antisemita del «judeobolchevismo» de la década de 1930, que culpaba a los judíos de la propagación del comunismo. En realidad, el «islamoizquierdismo» es un seudoconcepto elusivo que confunde adrede el islam –y al mundo musulmán– con el extremismo islámico y señala con el dedo a académicos de izquierda que supuestamente colaboran con esas nebulosas entidades islámicas.

La noción, tachada de inconsistente por la comunidad científica, la acuñó a comienzos de la década de 2000 el profesor Pierre-André Taguieff. El neologismo se refería originalmente a la supuesta convergencia del movimiento altermundista de izquierda con el extremismo musulmán en el combate contra la coalición «estadounidense-sionista». Taguieff alegó que se había formado una alianza inesperada, que expresaba una «nueva judeofobia», entre los dos campos en nombre de la lucha contra el imperialismo y la globalización neoliberal. Actualmente, Taguieff consiente sin rechistar el uso de su término con la nueva acepción. Es cofundador de una red universitaria llamada Vigilance Universités, que estudia la supuesta deriva racialista en el mundo académico francés. Entre las actividades de esta red figura la remisión al gobierno de algunas de las investigaciones académicas realizadas por supuestos islamoizquierdistas sobre raza, interseccionalidad o estudios descoloniales/poscoloniales.

El mismo día de la entrevista de CNews, la ministra de Universidades declaró que pediría al Centro Nacional de Investigaciones Científicas (CNRS, por sus siglas en francés), un organismo financiado por el Estado, que indague sobre la investigación académica en las universidades francesas. Prometió identificar «la labor militante y motivada ideológicamente» en el mundo académico. La ministra puso los estudios poscoloniales como ejemplo de una investigación «acientífica». Refiriéndose también a estudios poscoloniales, confesó que «le chocó extremadamente ver banderas confederadas en el Capitolio» de Washington durante el ataque de los seguidores de Donald Trump. Esta comparación rayó en lo absurdo y dejó boquiabiertos a los comentaristas.

Amplios sectores del mundo universitario francés perciben sus intervenciones como un ataque a la libertad académica y un indicio de que se ha desplegado la «policía del pensamiento» para controlar de cerca qué está permitido investigar. Las declaraciones de Vidal provocaron impugnaciones de una contundencia inusual de dos de las instituciones académicas más influyentes de Francia. La tradicionalmente discreta Conferencia de Rectores (CPU) tachó el «islamoizquierdismo» de seudoconcepto propio de la prensa amarillista y de la retórica de extrema derecha. Además señaló que la universidad no es «un lugar de adoctrinamiento que fomente el fanatismo». En suma, la CPU vino a decir que la ministra no decía más que sinsentidos.

Poco después vino la respuesta del propio CNRS, expresada con la misma contundencia. Pese a cumplir la orden ministerial de revisar la investigación que se lleva a cabo en el mundo académico, el organismo reiteró que el término «islamoizquierdismo» carece de base científica. Declaró que «condena firmemente» todo ataque a la libertad académica y todo «intento de quitar legitimidad a diferentes ámbitos de investigación, como los estudios poscoloniales, los estudios interseccionales y las investigaciones en materia de raza».

Las declaraciones injuriosas de Vidal no eran fruto de la improvisación. En junio de 2020, el propio presidente Macron declaró que «el mundo académico, en busca de un nicho, es culpable de haber fomentado la racialización de cuestiones socioeconómicas. El resultado de esto solo puede ser secesionista. Acabará desmembrando la República». Macron manifestó estos comentarios desdeñosos tras el asesinato de George Floyd en Estados Unidos y de las manifestaciones antirracistas más importantes habidas en Francia desde la década de 1980. No es una coincidencia que aquellas palabras desencadenaran una nueva ola de retórica antiestadounidense contra unos llamados «conceptos no franceses» como «privilegio blanco», «gente racializada», «racismo de Estado» y «pensamiento descolonial».

Francia está familiarizada con la brutalidad policial sistémica contra las personas de color de extracción social baja. Sin embargo, cuando se habla de «raza», el establishment francés se cierra en bloque: la mayoría de políticos y periodistas repiten el ajado argumento de que hablar de raza es racismo. Alegan que Francia, una República sin prejuicios raciales, ha de mantener sus valores universalistas, la mejor defensa frente al racismo y la división. En un discurso a la nación, emitido por televisión el día siguiente a una histórica marcha antirracista en París, Macron tachó a los manifestantes antirracistas de «separatistas» y «comunitaristas», un término muy peyorativo que implica que rechazan las leyes  y tradiciones de la República y cultivan en su lugar sus propios valores y estilos de vida establecidos por su comunidad. Macron ensalzó en cambio el «patriotismo» el «orden» republicanos, expresiones que tradicionalmente abundan en boca de la derecha y la extrema derecha francesas.

Miembros destacados del gobierno siguieron su ejemplo: Jean-Michel Blanquer, el ministro de Educación, fue el primero en cruzar la línea y emplear el epíteto «islamoizquierdista», asociado tradicionalmente con medios conservadores o de extrema derecha. En una conocida cadena radiofónica francesa, declaró que «el islamoizquierdismo genera confusión en el mundo académico». Como siempre, no aportó pruebas que corroboraran tales afirmaciones. En fecha más reciente, Gérald Darmanin, el ministro del Interior, corrió por derecha a Marine Le Pen mostrándose más derechista que la propia líder de extrema derecha en materia de inmigración: la acusó de ser demasiado «blanda en relación con el islam». Estas declaraciones públicas culminaron en febrero de 2021 con la aprobación de un controvertido proyecto de ley encaminado a hacer frente al llamado «separatismo islámico». Mucha gente en Francia considera que el proyecto de ley atenta contra la libertad religiosa y consagra la islamofobia como doctrina oficial.

Las principales instituciones académicas rechazan rotundamente la acusación de «islamoizquierdismo» y nadie ha sido capaz de definir exactamente qué es un «islamoizquierdista». Los estudios poscoloniales y descoloniales, sobre raza y sobre interseccionalidad son extremadamente marginales y están infravalorados en las universidades francesas: tan solo 2% de las publicaciones en revistas sociológicas francesas se refieren a dichos estudios desde la década de 1960.

Entonces, ¿por qué estos aspavientos con el «islamoizquierdismo»? El personal académico que aborda cuestiones de interseccionalidad, raza o descolonialismo se toma en serio las discriminaciones y desigualdades por motivos de género y de raza. Por tanto, los hallazgos de sus investigaciones no son del agrado del gobierno, que sostiene la opinión de que no existe machismo ni racismo estructural en Francia y que no hay nada de qué hablar con respecto al pasado colonial del país. De ahí los ataques concertados contra docentes críticos, para desacreditar su trabajo y silenciarlos.

Es más, Macron sabe que actualmente una mayoría de votantes lo perciben como un político de derecha. Su electorado también ha virado mucho a la derecha desde 2017. Ahora apuesta por enfrentarse de nuevo a Le Pen en la segunda vuelta de la elección presidencial del año que viene, presentándose como la cara respetable del conservadurismo. Para lograrlo, considera que «mostrándose firme con valores patrióticos y contra el islam» ganará el apoyo de votantes conservadores. Macron entiende que Le Pen es una oponente más débil porque se supone que  los votantes moderados de la izquierda lo apoyarán a él para impedir que la extrema derecha gane en la decisiva segunda vuelta. Esta estrategia funcionó en 2017, pero puede que no funcione la próxima vez.

A raíz de las movilizaciones sociales combativas contra sus reformas económicas, como la de los chalecos amarillos, de una gestión deficiente de la pandemia de covid-19 y de unas concesiones de calado a la extrema derecha en materia de ley y orden, Macron ya no es percibido como un baluarte creíble frente al crecimiento del ex Frente Nacional. Imitando y sobrepasando a esta en sus temas tradicionales de la inmigración y el islam, Macron ha estado jugando con fuego. Sus fracasos económicos, su impopularidad y la ausencia de candidatos con apoyo social en la centroizquierda y la centroderecha podrían hacer que Francia acabe como un sonámbulo eligiendo a un(a) presidente(a) de extrema derecha, casi por default.

Nota: este artículo se publicó originalmente en inglés en CounterPunch. Puede verse aquí. Traducción: Viento Sur.



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