Opinión
Marzo 2020

¿Un «American first» progresista?

Los demócratas no parecen tener una propuesta de política exterior realmente alternativa a Donald Trump. Más allá del balance desastroso de esa política, pretender volver al status quo previo no resulta viable.

¿Un «American first» progresista?

La nación estadounidense es autosuficiente. En la actual campaña por las primarias demócratas, apenas se menciona la relación entre los Estados Unidos y el resto del mundo. Y si se lo hace, de lo que se habla es de comercio exterior y aranceles contra China y la Unión Europea. Los días en los que la Guerra Fría eclipsó muchas cosas de la política interna han terminado. La «guerra global contra el terrorismo» proclamada por George W. Bush nunca llegó a ese nivel, pero reforzó la «presidencia imperial» (elusión del Congreso) a la que Richard Nixon había aspirado durante la Guerra de Vietnam, y que Donald Trump impulsa ahora vigorosamente con un programa más bien aislacionista.

La arbitraria amenaza de guerra que Trump lanzó contra Irán violaba la Constitución estadounidense; su improvisada mezcla de confrontación y cooperación con el norcoreano Kim Jong-un y otros autócratas de todo el mundo, también ignora todas las convenciones sobre separación de poderes dentro del país y el cumplimiento de lo pactado fuera de él. Mientras tanto, Trump ha dejado atónitos a todos los socios de la alianza occidental -Japón, Corea del Sur y especialmente Ucrania- y ha dejado las manos libres a autócratas como Vladímir Putin y Recep Tayyip Erdogan en Medio Oriente, región siempre seguida de cerca por la política exterior estadounidense después de 1945, sin poder acabar con los constantes conflictos en Irak y Afganistán. El recientemente anunciado «Plan de Paz» para Medio Oriente no merece dicho nombre debido a su unilateralidad, para no hablar de la política ambiental sencillamente reaccionaria de Trump. En términos generales, el riesgo de una escalada global e incluso de un conflicto nuclear es el mayor de un tiempo a esta parte.

El hecho de que Trump pueda pasar a la historia con este balance desastroso no parece preocuparlo en absoluto. Su política exterior y de seguridad sigue siendo determinada por la lógica errática de un broker mediocre que, con gestos amenazantes, petulancia y adulación, logra acuerdos de dudosa calidad moral y los vende, como un ajedrecista genial, a sus inconmovibles seguidores. Trump ha arruinado la Acuerdo Transpacífico y la Organización Mundial del Comercio (OMC), la autoridad más importante para resolver los conflictos comerciales mundiales, de la que Es Estados Unidos han sacado el máximo provecho. Si bien algunos medios liberales críticos, como el New York Times, dan a conocer esta situación mundial en las primeras páginas, la mayor parte de los lectores sigue de largo y se concentra principalmente en los domestic issues (temas nacionales).

Pero incluso en la oposición demócrata escasean especialistas en política exterior con una visión clara del futuro de las relaciones internacionales y los problemas transnacionales. «¿Tienen los demócratas una política exterior?», preguntó Jessica T. Mathews, ex presidente del Carnegie Endowment for International Peace, que trabajó como asesora en temas de seguridad del Departamento de Estado y la Casa Blanca. Sobre todo, señala que los candidatos prometen, solo de la boca para afuera, reparar el daño hecho por Trump y volver al multilateralismo.

¿Volver al punto de partida? Incluso si Trump no lograra un segundo mandato, en el primero, junto con las tendencias globales que se ven desde el cambio de milenio, ha modificado el mundo tan radicalmente que simplemente dar marcha atrás con sus decisiones equivocadas y comprometerse con los valores occidentales es totalmente insuficiente. No hay status quo ante Trump, han surgido constelaciones geopolíticas radicalmente nuevas.

Sin embargo, casi no se detectan ideas originales entre los retadores demócratas. Con su mundialmente expandido populismo de izquierda, Bernie Sanders es, en política exterior, un pacifista tan extemporáneo como Jeremy Corbyn; Elizabeth Warren, que ya se retiró de la contienda, mide todo según la vara de su (¡totalmente justificada!) cruzada contra las grandes empresas estadounidenses y Joe Biden, que cuenta con el futuro más prometedor según las encuestas y las primarias recientes, solo repite las iniciativas que tuvo como vicepresidente de Barack Obama. Hay dos preguntas para la oposición: ¿Qué planes tienen los demócratas para qué problemas? ¿Y qué fundamentos normativos debería tener una política exterior de izquierda?

El filósofo político Michael Walzer planteó cuatro preguntas clave sobre esto último en la revista Dissent, que editó durante mucho tiempo: «¿Quiénes son nuestros socios en el extranjero y cómo podemos apoyarlos? ¿Cómo abordamos las desigualdades en la comunidad internacional? ¿Cuándo debemos oponernos al uso de la violencia, cuándo debemos apoyarlo? ¿Cuál debe ser la postura de una izquierda predominantemente secular frente al renacimiento de la religión en el mundo?». Walzer resalta con agudeza el defecto de la «postura progresista estándar»: enfocarse en mejorar la propia sociedad y no intervenir contra la opresión fuera de las propias fronteras.

Entonces, combinar principios internacionalistas con una práctica aislacionista e impulsar una especie de «America first» desde el progresismo significa combatir sin concesiones la violencia contra personas inocentes fronteras adentro, pero permitir que ocurra en el mundo. Walzer denomina «interiorismo de izquierda» a este intento de tener una política exterior pero no practicarla, lo cual ya había criticado en sus anteriores consideraciones sobre las guerras justas. Los lectores europeos saben esto desde la época en que pacifistas y belicistas (grupo, este último, al que Walzer, al igual que el autor, fue asociado a partir de 1990) lucharon por que interviniera la Organización de las Naciones Unidas (ONU) o las tropas occidentales tanto en la Guerra del Golfo, como en Bosnia, Kosovo e Irak.

Walzer menciona una vez más las conclusiones erróneas a las que los pacifistas habían llegado en la historia de la izquierda: que los pueblos oprimidos (ejemplos: Argelia, Cuba, Nicaragua) no deben ser criticados -con razón o sin ella-; que la política de los Estados Unidos, siempre y en todos lados, es imperialista per se; que Israel es un lacayo de los Estados Unidos. Así fue como se equivocó Sartre contra Camus, así fue como Foucault se enamoró del ayatolá Jomeini y así es también como se engaña Judith Butler con la Campaña BDS.

En general, Walzer critica todo tipo de internacionalismo que, con regulaciones lingüísticas identitarias y amenazas de boicot académico, pase por alto la complejidad de los conflictos globales. Y describe de forma concreta la dificultad que tendrían en su implementación -incluso donde están autorizadas- las intervenciones humanitarias en casos puntuales, mientras no haya instituciones que tan siquiera se parezcan a un gobierno mundial más allá de los Estados nacionales.

Aun con lo convincentes que son las tesis de Walzer, sorprende que en un libro publicado en 2018 casi no se mencionen desafíos capitales como el cambio climático y la extinción de especies, la ciberseguridad y la gestión sostenible. Y son precisamente estos problemas planetarios, que Trump y sus colegas niegan o ignoran cínicamente, los que deberían ser abordados por una alternativa demócrata y superar los parámetros todavía vigentes establecidos por la Guerra Fría y los intereses nacionales.

Hasta ahora, los candidatos apenas han recibido consejos de grupos de expertos en política exterior sobre estas cuestiones, por lo que solo se ven bosquejos de una alternativa demócrata a la política exterior de Trump. Esto es fatal porque las agendas de política exterior podrían tener un impacto significativo en la campaña electoral. Retirarse de la izquierda yendo de la línea de Obama a un «America first» ciertamente no bastará para dar nuevos bríos a una nación desconcertada que ahora se debate entre las fanfarronadas de Trump y las humillaciones de una ex superpotencia que son dadas a conocer diariamente.

Los módicos anuncios de que las tropas estadounidenses «serán repatriadas» de Medio Oriente continuarán siendo, debido a la situación, difíciles de cumplir, lo que hace improbable la promesa de reducir drásticamente el desbordado presupuesto de defensa. Que el Congreso pueda recuperar el control de la política exterior y de seguridad garantizado en la Constitución depende de las nuevas mayorías en el Senado, y actualmente parece poco probable que estas sean favorables a ello.

Durante los recientes y notoriamente álgidos debates de los demócratas sobre política exterior, outsiders como Pete Buttigieg, alcalde de South Bend/Indiana y de tendencia cristiana de izquierda, y el multimillonario y filántropo Tom Steyer han tenido que, por lo menos, tocar el tema del clima y exponer su acuerdo con la política de comercio exterior. El Green New Deal, que Estados Unidos proponen bajo la égida demócrata para reparar la deteriorada infraestructura, solo tiene sentido si la protección del clima y las especies también se convierten en principios rectores del comercio internacional y la inversión global.

Una política con una visión ambiental transnacional también debe incluir actividades de la sociedad civil, es decir, redes supranacionales y subnacionales de regiones y ciudades que se comprometan con los objetivos del Acuerdo de París sobre cambio climático y sigan la agenda de sostenibilidad de la ONU bajo la soberanía de los Estados nacionales y más allá de esta.

Sería más fácil quejarse de los fracasos de los Estados Unidos si la Unión Europea pudiera tomar más resueltamente una decisión para actuar de forma mancomunada en estos temas. Cualquiera que, a pesar de todo y casi desesperadamente, insista en los lazos de unión transatlánticos, tiene que admitir que no será posible hacerlo con un Donald Trump reelegido para un segundo mandato: Europa es su principal oponente declarado. Es aún más sorprendente que la parte europea hasta ahora apenas haya hablado en serio con la oposición demócrata y las organizaciones de la sociedad civil estadounidense acerca del mundo posterior a 2020.



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