Opinión

¿De la Unión Europea a la Unión Euroescéptica?

La extrema derecha europea no detiene su impulso. Las elecciones que se realizarán el 26 de mayo podrían dar un resultado catastrófico: el de un Parlamento Europeo minado por fuerzas políticas antieuropeas. ¿Cómo puede frenarse el crecimiento del euroescepticismo?

¿De la Unión Europea a la Unión Euroescéptica?

El 26 de mayo se realizarán elecciones en los países que conforman el proyecto de integración nacido con la Comunidad Europea del Carbón y del Acero. La iniciativa encarada por Adenauer, Schuman, Monnet y de Gasperi constituyó la Asamblea Común de la Alta Autoridad, el antecedente primero del actual parlamento que adquirió su nombre en 1962 y cuyos representantes se eligen por sufragio directo desde 1979.

El panorama actual que rodea a las elecciones del presente año para elegir a más de 700 miembros de la Eurocámara se ha visto complejizada por la presencia de aristas conflictivas. La principal responde precisamente al que tal vez sea el hecho más disruptivo de la política internacional de todo el presente año: la salida del Reino Unido del proyecto integrador. El divorcio aun inconcluso de una relación ya tirante en el pasado promete un camino no exento de turbulencias al haber sido rechazado el acuerdo en múltiples ocasiones, generando incluso una serie de internas en un bipartidismo históricamente sólido.

El plebiscito de 2016, si bien habilitado por los errores del Partido Conservador en la gestión de Cameron, fue hábilmente fogoneado por un partido xenófobo y euroescéptico y sin bancas en la Cámara de los Comunes (apenas 1,8% en las legislativas de 2017): el Partido por la Independencia de Reino Unido (UKIP, por sus siglas en inglés). Paradójicamente, este partido había tenido una excelente performance al imponerse frente a los tories y los laboristas en su país en las elecciones europeas de 2014.

En ese sentido, el evento del presente año abre la posibilidad de que se comience a construir un nuevo equilibrio político a nivel regional donde el punto disruptivo serán las fuerzas de ultraderecha que despliegan un discurso severamente crítico a Bruselas. Algunos de los sondeos nacionales implican la continuidad de la tendencia iniciada las elecciones pasadas en las cuales se reforzó la presencia de estas fuerzas en uno de los parlamentos más numerosos del mundo.

De los cambios nacionales a los regionales.

Los cambios en los sistemas de partidos de la democracia liberal en Europa se han visto influenciados una situación económico-financiera iniciada en 2008, caracterizada por altas deudas y las políticas de austeridad con creciente desempleo juvenil y viviendas hipotecadas, a lo cual se sumaría posteriormente la presión migratoria de un mundo con un desplazamiento de personas sin precedentes.

En ese marco, sistemas de partidos históricamente estables y de fuertes bipartidismos como elfrancés se han visto envueltos en la formación de nuevos partidos y nuevas dinámicas, entre las cuales se destaca el ascenso de partidos de ultraderecha que han dejado de ser residuales en Europa. Los republicanos y socialistas fueron reemplazados en Francia por un Macron hoy debilitado y un ascenso del ultraderechista y renovado Frente Nacional (ahora llamado Agrupción Nacional).

Los Demócratas Suecos han avanzado en las últimas elecciones para convertirse en la tercera formación más votada con presencia en el Riksdag. No obstante, la preeminencia socialdemócrata y la colaboración de dos partidos de centroderecha permitieron tras cuatro meses de negociación formar gobierno sin la presencia del partido de orientación neonazi.

A pesar de que algunos sistemas políticos como el sueco han logrado marginar a la extrema derecha de la formación del gobierno no ha sucedido lo mismo en otros países. En el año 2000, la Unión Europea (UE) había sancionado a Austria por unanimidad para evitar que el Partido Popular austriaco -de extrema derecha- se incorporará a la formación de gobierno. Este mismo partido, desde fines de 2017 ocupa la viceancillería y las carteras de Interior, Exteriores y Defensa del país europeo. Actualmente, además de Austria, la extrema derecha forma parte de la coalición de gobierno –aunque con variaciones- en Suiza (Unión Democrática del Centro), Italia (Liga Norte), Bulgaria (Patriotas Unidos), Grecia (ANES, retirados de la coalición a principios de este año), Eslovaquia (Partido Popular Nuestra Eslovaquia), Noruega (Partido del Progreso) y Finlandia (Nueva Alternativa), mientras en Polonia (Ley y Justicia) es la fuerza política que encabeza el ejecutivo.

Según un estudio del diario británico The Guardian titulado Uno de cada cuatro europeos vota populista, en el año 1998 únicamente en Suiza y Eslovaquia había fuerzas políticas consideradas populistas en los gabinetes del Poder Ejecutivo. Los partidos políticos de ultraderecha experimentaron un crecimiento exponencial con el que llegaron a triplicar su caudal electoral en el periodo 1998-2008.

Asimismo, la representación parlamentaria a nivel nacional de la ultraderecha se ha extendido, abarcando no solo a los países mencionados. El Partido Popular Danés es segunda fuerza a partir de las elecciones de 2015, Jobbik es segunda fuerza en Hungría por los resultados de las elecciones de 2018, el Partido de la Libertad holandés fue el segundo partido político de las elecciones de 2017, Alternativa por Alemania accedió al Bundestag alemán siendo la tercera fuerza de las elecciones de 2017, el Partido Popular Conservador es tercera fuerza en Estonia desde este año.

La última unidad de análisis resonante para el estudio de los partidos de ultraderecha ha sido España, uno de los pocos países que se caracterizaba por la ausencia de estas formaciones en la vida democrática hasta la irrupción de Vox en el parlamento andaluz. Si bien este partido fue formado en 2013, su primer ingreso a un parlamento subregional como es el de la comunidad de Andalucia le dio representación política real. En las últimas elecciones generales ha obtenido 24 diputados -un resultado menor al esperado-. De esta forma, hasta el momento, únicamente Irlanda y Portugal siguen siendo la excepción al crecimiento de los partidos euroescépticos de extrema derecha en el continente.

El siglo XXI ha impactado de lleno en Europa y ha marcado el fin de la hegemonía construida por décadas por la socialdemocracia y los partidos democristianos. El centrismo político de la posguerra fría se ha visto debilitado fuertemente frente al crecimiento de la polarización del discurso político asentado en la retórica anti europea y antiinmigrante.

Elevando el debate a nivel regional europeo, el eje francoalemán que sustentó el proyecto integrador no se encontraría en su mejor momento. La actual debilidad de Macron es un ingrediente extra en un futuro en el cual finalizará el ciclo de la Alemania merkeliana -la principal potencia económica europea-, abriendo los interrogantes sobre si el destino político común comenzará a hundirse frente a un nuevo auge de las naciones.

Lo pasado y lo futuro en el recinto europeo

El Partido Popular Europeo y el Grupo Socialistas y Demócratas son las dos agrupaciones de partidos políticos más grandes del Parlamento Europeo. El primero tenía 288 escaños y pasó luego de las elecciones de 2014 a conservar 217, mientras que el segundo pasó de 217 a 186. Es decir, ambos vieron reducidos los lugares ocupados por sus representantes pero conservan aún más del 50% de los mismos en toda la Eurocámara. Por su parte, el tercer grupo más numeroso, el Grupo de la Alianza de los Liberales y Demócratas por Europa también perdió 32 escaños entre las elecciones del 2009 y las del 2014. En estos últimos comicios, la caída de los tres grupos principales, considerados el oficialismo, se produjo a merced del crecimiento de los partidos euroescépticos y de extrema derecha a un aproximado de 10% de los parlamentarios europeos. El mencionado caso del UKIP fue contundente: obtuvo más del 27% de los votos en su país. Mientras, el entonces Frente Nacional de Marine Le Pen logró contar con un tercio de los diputados franceses presentes en el Parlamento Europeo.

Según las estimaciones para las próximas elecciones realizadas por el Consejo Europeo de Relaciones Exteriores, de los 11 partidos de extrema derecha presentes en la actualidad en el Parlamento Europeo, ninguno tiene previsto perder bancas y 6 de ellos tienen la posibilidad de aumentar las que tienen. Asimismo, se espera que otros 10 de estos partidos ingresen al parlamento regional. De confirmarse estas proyecciones, con las elecciones del presente año se espera que los partidos euroescépticos de extrema derecha lleguen a ocupar casi un 20% del Parlamento Europeo.

De los actuales ocho grupos parlamentarios, las fuerzas de ultraderecha podrían a grandes rasgos, agruparse en tres de ellos. El movimiento Europa de las Naciones y de las Libertades, del que forman parte la francesa Marine Le Pen, el holandés Geert Wilders y el Partido de la Libertad en Austria, que de los 37 escaños con los que cuenta ahora se dispararía hasta los 59, gracias en gran medida a la Liga de Matteo Salvini. En cuanto al grupo Europa de la Libertad y la Democracia Directa, supone un crecimiento de Alternativa por Alemania e incluso el Movimiento 5 Estrellas, que ahora gobierna en Italia. Por su parte, el Grupo de Conservadores y Reformistas Europeos prevé el crecimiento de Ley y Justicia y los Demócratas Suecos y mantener casi todas las bancas que tiene, excepto tal vez la de Verdaderos Finlandeses, que se vería reducida por la división del partido. De confirmarse estas cifras, de los 16 partidos con más bancas en el Parlamento Europeo, cuatro serian de extrema derecha (Liga Norte, Ley y Justicia, Agrupación Nacional y AfD)

Las encuestas de Eurobarómetro, publicadas regularmente por el Parlamento Europeo, reflejan una paradoja. En 2018, el 60% de los ciudadanos europeos creía que ser miembro de la Unión representa algo bueno para su país (solo en Italia –hoy con un gobierno fuertemente crítico a Bruselas en diversas aristas- la respuesta negativa superaba la positiva). Las actuales elecciones serán clave no solo para elegir al próximo presidente de la Comisión Europea sino para evaluar si la elección de las fuerzas políticas que llegan a Estrasburgo se corresponde con la opinión de sus ciudadanos.