Opinión

El papa y la Pachamama


mayo 2025

La derecha radical, sobre todo la estadounidense, ha rechazado al nuevo pontífice, elegido en la estela del papa Francisco. ¿Qué significado tiene la elección de un cardenal que no puede ser tachado de conservador ni de demasiado liberal? El escritor irlandés Colm Tóibín aborda este interrogante y no se priva de darle algunos «consejos», con una sutil ironía, a León XIV. 

<p>El papa y la Pachamama</p>

A Steve Bannon no le gusta. Antes del cónclave, se refirió al cardenal Robert Prevost como «uno de los tapados» para convertirse en el próximo papa. «Por desgracia, es uno de los más progresistas», añadió Bannon. Es poco probable que la aristócrata alemana Gloria von Thurn und Taxis, que se había opuesto al papa Francisco y quiere volver a un catolicismo más tradicional, tenga mucho interés en él. Brian Burch, el candidato de Donald Trump para embajador en el Vaticano, tampoco debe estar contento1. Según el New York Times, antes del cónclave, estos dos últimos asistieron a un baile en Roma  con varios políticos europeos de derecha. La mayoría de los presentes apoyaba a un cardenal húngaro llamado Péter Erdő. «Es lo que necesitamos ahora mismo», declaró Tim Busch, presidente del conservador Instituto Napa de California, al Times. «Necesitamos a alguien claro en la doctrina y fuerte en su liderazgo». A la hora de la votación de los cardenales, a Erdő no le ayudó el hecho de que también contara con el respaldo de Viktor Orbán y del cardenal George Pell, de Australia, condenado por abusos sexuales en 2018 (aunque la condena fue revocada en apelación dos años después).

Entre los asistentes al baile se encontraba Alexander Tschugguel, un católico converso austriaco que deleitó a los conservadores hace cinco años cuando robó unas estatuas de Pachamama, una deidad que representa a la Madre Tierra, de la iglesia de Santa María del Carmelo en Roma. Francisco las había aceptado de buen grado durante una reunión con indígenas amazónicos y Tschugguel se indignó por lo que consideraba idolatría, lo que lo impulsó a irrumpir en la capilla al amanecer, llevarse las estatuas y arrojarlas al Tíber. Francisco pidió perdón a los ofendidos y las estatuas fueron recuperadas.

El espíritu que imperaba en este cónclave era, claramente, el de la propia Pachamama. Debe de estar encantada de que un ciudadano peruano dirija los asuntos en Roma. ¿Qué querrá a cambio? Quizá le baste con saber que el papa León XIV, hasta ahora, ha sabido situarse en el centro cuando hay facciones enfrentadas. No se le puede tachar de conservador ni de demasiado liberal. Francisco, el papa fallecido, estará sonriendo en el cielo. Le gustaba la idea de no ser ni una cosa ni otra. Pero en una cuestión el nuevo pontífice es claro. No es partidario del régimen de Trump ni del gran grupo de católicos estadounidenses ricos y conservadores que buscan hacerse oír. Trump y el vicepresidente J.D. Vance pueden darle la bienvenida públicamente ahora, pero la cordialidad no durará.

En la semana anterior a la muerte de Francisco, había preocupación en el Vaticano por la inminente visita de Vance, que se convirtió al catolicismo en 2019. En un encuentro con Volodímir Zelenski en el Despacho Oval el 28 de febrero, Vance se mostró agresivo y beligerante, como un político populista en busca de una causa. Qué interesante podría ser para él, entonces, si estuviera buscando repetir una escena similar, iniciar una campaña contra el ala liberal de la Iglesia católica, para consolidarse como líder de un catolicismo más tradicional, alguien que anhela la misa en latín y una época en la que las normas eran normas, una época en la que lo máximo que los pobres podían esperar de la Iglesia era su piedad y su caridad.

Vance ya había sugerido que la Iglesia católica en Estados Unidos estaba interesada en los migrantes por razones económicas. En Face the Nation, en su primera entrevista como vicepresidente, dijo: «Creo que la Conferencia de Obispos Católicos de Estados Unidos debería mirarse un poco en el espejo y reconocer: cuando reciben más de 100 millones de dólares para ayudar a reasentar a inmigrantes ilegales, ¿realmente les preocupan las cuestiones humanitarias? ¿O les preocupa más bien su balance financiero?». El cardenal Timothy Dolan, normalmente partidario de Trump (pronunció la tradicional oración en ambas investiduras), calificó los comentarios de Vance de «simplemente difamatorios» y «muy desagradables».

Trump había disparado la primera salva en la batalla entre la Casa Blanca y el Vaticano al nombrar embajador a Burch, presidente del grupo de presión de derecha CatholicVote. El 20 de diciembre, el National Catholic Reporter escribió: «La elección de Burch por parte de Trump para representarlo aquí en Roma seguramente causará sorpresa en el Vaticano, ya que desde hace tiempo ha expresado críticas al papado de Francisco». Cuando Francisco decidió, en 2023, permitir a los sacerdotes bendecir a las personas unidas en parejas del mismo sexo, Burch lo atacó por crear «confusión» dentro de la Iglesia. Predijo que el papa no permanecería mucho tiempo en el cargo y afirmó que el próximo papa debía «aclarar» la confusión de la era Francisco. También criticó el gobierno de Francisco por lo que describió como un «comportamiento vengativo».

Francisco contraatacó el 6 de enero de 2025 nombrando a Robert McElroy arzobispo de Washington DC. En 2015, cuando McElroy, que apoyaba la postura de Francisco contra la injusticia y la desigualdad social, fue nombrado obispo de San Diego, se pronunció contra la falta de vivienda y expresó su apoyo a la reforma migratoria. Mientras los demás obispos estadounidenses predicaban contra el aborto y la eutanasia, él insistió en que también se opusieran a «la pobreza y la degradación ambiental». Cuando Trump visitó California en 2019 para inspeccionar el lugar donde quería construir el muro fronterizo, McElroy dijo: «Es un día triste para nuestro país cuando cambiamos el simbolismo majestuoso y lleno de esperanza de la Estatua de la Libertad por un muro ineficaz y grotesco, que muestra y exacerba las divisiones étnicas y culturales que han sido durante mucho tiempo la cara oculta de nuestra historia nacional».

En febrero, un mes antes de su toma de posesión en Washington, McElroy encabezó una marcha de protesta en San Diego contra las políticas de inmigración de Trump, integrada principalmente por miembros latinos de su congregación. Sin embargo, en el sermón que pronunció durante su toma de posesión, tuvo cuidado de no hacer ninguna referencia directa a la Casa Blanca. En su lugar, habló en tono elevado sobre cuestiones de fe, especialmente sobre la Resurrección. Su tarea ese día no era enfrentarse a Trump -eso ya lo había hecho con la marcha-, sino dejar claro que actuaba desde una posición inexpugnable. ¿Quién puede discutir con la Resurrección?

Vance visitó Roma sin que el nuevo embajador ante el Vaticano estuviera ratificado por el Senado. Si le hubiera apetecido, podría haber encontrado fácilmente una cámara dispuesta a grabarlo en algún lugar frente a San Pedro y haber pedido a la Iglesia que no se metiera en la política estadounidense y se concentrara en poner en orden su propia doctrina. No era difícil imaginar a Vance, en esa semana en la que las continuas atrocidades de Trump dominaban todos los ciclos informativos, diciéndole al papa y a sus cardenales que sus opiniones sobre los inmigrantes y los solicitantes de asilo no tendrían ninguna influencia en Washington, a pesar del nombramiento del nuevo cardenal. Podría haber añadido que muchos católicos estaban cansados de evasivas y prevaricaciones. Querían claridad. Él estaba allí, podría haber dicho, para ofrecer su liderazgo a los católicos alejados de la Iglesia por la debilidad del papa Francisco.

El problema no era solo que el papa se estuviera muriendo y que no fuera el momento de lanzar un ataque contra él. El Vaticano estaba dispuesto a dejar claro que, aunque su secretario de Estado, el cardenal Pietro Parolin, y su ministro de Asuntos Exteriores, el arzobispo Paul Gallagher, se reunirían con el vicepresidente, deseaban distanciarse de sus puntos de vista. Lo que siguió, según el comunicado oficial del Vaticano, fue «un intercambio de opiniones sobre la situación internacional, especialmente en lo que respecta a los países afectados por la guerra, las tensiones políticas y las difíciles situaciones humanitarias, con especial atención a los migrantes, los refugiados y los presos». Esta fue la versión difundida por la mayoría de los periodistas, que ignoraron la declaración de la oficina del vicepresidente en la que se afirmaba que él y el cardenal habían hablado de «su fe religiosa compartida, el catolicismo en Estados Unidos, la difícil situación de las comunidades cristianas perseguidas en todo el mundo y el compromiso del presidente Trump con el restablecimiento de la paz mundial».

Pero ¿qué hacer con Vance antes de que se marchara? Él y Francisco ya habían tenido una discusión abierta. Vance había hablado en enero del ordo amoris, o «jerarquía de obligaciones», afirmando en una publicación en las redes sociales que sus «deberes morales» hacia sus hijos eran mayores que los que tenía hacia «un desconocido que vive a miles de kilómetros de distancia»2. En una reprimenda directa, Francisco respondió: «El amor cristiano no es una expansión concéntrica de intereses que poco a poco se extiende a otras personas y grupos. (…) El verdadero ordo amoris que hay que promover es el que descubrimos meditando constantemente en la parábola del ‘buen samaritano’, es decir, meditando en el amor que construye una fraternidad abierta a todos, sin excepción». En Chicago, un cardenal poco conocido y recientemente nombrado, retuiteó otro ataque a la declaración de Vance: «J.D. Vance se equivoca: Jesús no nos pide que clasifiquemos nuestro amor por los demás». Ese cardenal era Robert Prevost.

Dado que el papa estaba enfermo, tenía todas las excusas para no recibir a Vance. Aunque es tentador afirmar que la visión de Vance, tan humilde y obsequioso, pudo haber acelerado la muerte de Francisco, sería más plausible suponer que ver a Vance durante unos minutos y escuchar sus expresiones de gratitud permitió al papa morir un poco más contento. Las imágenes de Vance siendo recibido por el papa enfermo y serio, con Vance pareciendo un chihuahua agresivo que había perdido las ganas de vivir, debieron de dar algún consuelo al pontífice y a sus seguidores. La reunión terminó con un regalo de huevos de Pascua para los tres hijos de Vance y con Vance diciendo que rezaría por el papa. Las oraciones de Vance llegan lejos. Los lectores atentos sabrán que la última vez que se informó sobre sus oraciones, estas habían sido para pedir la «victoria» de los ataques militares estadounidenses contra los hutíes en Yemen. Lo hizo en un chat de Signal con otros miembros del gobierno de Trump el 15 de marzo, un chat que fue compartido por error con el editor de la revista The Atlantic.

Pero incluso si Vance se marchó con el rabo entre las piernas justo cuando Francisco ascendía al cielo, sus payasadas dejan claro lo profundamente dividido que está el catolicismo estadounidense. Al centrarse en la difícil situación de los inmigrantes y oponerse abiertamente al régimen de Trump, la Iglesia ha abrazado, en su mayor parte, a los pobres. El problema es que muchos católicos estadounidenses no son pobres; entre ellos se encuentran seis miembros del Tribunal Supremo, todos los jueces excepto Elena Kagan, Neil Gorsuch y Ketanji Brown Jackson. El hecho de que John Roberts, Amy Coney Barrett, Brett Kavanaugh, Clarence Thomas, Samuel Alito y Sonia Sotomayor sean todos católicos quizás nos hable de la diversidad y variedad dentro de la Iglesia, pero también muestra lo poco que tienen en común los católicos estadounidenses entre sí. Estos jueces pueden estar de acuerdo en la Inmaculada Concepción, la virginidad de María y la Asunción, o en la transubstanciación y la divinidad de Jesús, pero difícilmente se pongan de acuerdo en la ley del aborto, la pena de muerte y el derecho a disparar en una escuela.

En una entrevista de camino al funeral de Francisco, Trump presumió de haber obtenido 56% de los votos católicos en las últimas elecciones. Y así fue, consiguió nueve puntos más que en 2020. Más tarde retuiteó una imagen generada por inteligencia artificial en la que aparecía vestido de papa, como si llevar un traje divertido y un sombrero peculiar fuera una broma.

El Viernes Santo de 1985 participé en una procesión organizada por el párroco local por las calles de la pequeña localidad brasileña de Promissão, en Mato Grosso. Nos guiaba un hombre descalzo que llevaba una pesada cruz de madera. Aunque este hombre no llevaba una corona de espinas, daba la sensación de que sus verdugos, dondequiera que estuvieran, no tardarían en añadirla a sus tribulaciones. Tropezaba, se detenía y volvía a tropezar. No me habría sorprendido que su afligida madre apareciera en cualquier momento en una de las casas por las que pasábamos. En varias ocasiones, vi a alguien de pie, con aire hosco, en la entrada de una casa, que se metía dentro cuando pasaba la procesión, o a alguien que miraba furtivamente por una ventana. Nadie salió de las casas de la larga avenida de clase media para buscar la bendición al paso de la procesión.

El sacerdote explicó que muchas de estas personas se habían alejado de la Iglesia católica y se habían unido a alguna de las iglesias evangélicas que rara vez predican opción preferencial por los pobres. Los que participaban en la procesión, dijo, eran jornaleros, desempleados o sus familias. La procesión conectaba el drama del Vía Crucis con la difícil situación de los pobres en Brasil. Al acoger a los pobres de estos pueblos y aldeas, la Iglesia había alejado a la clase media y a los ricos. Más de una quinta parte de los brasileños se identifican ahora como evangélicos, mientras que alrededor de la mitad son católicos. Las iglesias evangélicas están creciendo en número, pasando de menos de 1.000 en 1970 a más de 100.000 en la actualidad. Es probable que, en pocos años, el número de cristianos evangélicos en Brasil iguale al de católicos.

Aquel Viernes Santo de 1985 percibí una hostilidad palpable por parte de quienes no se unieron a la procesión. El desdén rayaba en el esnobismo. Una década antes, en 1973, en Argentina, cuando Jorge Mario Bergoglio se convirtió, a los 36 años, en el provincial más joven de la historia de los jesuitas, resistió cualquier tentación de convertir a la Compañía de Jesús de Argentina y Uruguay en una misión para los pobres. «Intentó que fuéramos más como una orden religiosa tradicional», recordaba uno de sus alumnos, «llevando sobrepellices y cantando el oficio». Las enseñanzas eran «todas de Santo Tomás de Aquino y los antiguos Padres de la Iglesia». Como provincial, Bergoglio animaba a los sacerdotes jesuitas que visitaban zonas pobres a hablar sobre religión en lugar de sobre condiciones sociales y a no vincularse con sindicatos o cooperativas. En 1977, cuando un jesuita inglés, Michael Campbell-Johnston, fue enviado a Argentina para informar sobre la orden en ese país, escribió consternado: «nuestro instituto en Buenos Aires pudo funcionar libremente porque nunca criticó ni se opuso al gobierno [militar]». Según Austen Ivereigh, biógrafo de Bergoglio, el enviado «reprendió a Bergoglio por estar 'desfasado con respecto a nuestros otros institutos sociales del continente'».

Bergoglio fue sustituido como provincial en 1979 y pasó a ser rector del seminario jesuita. Tenía fama de poseer un temperamento serio e inflexible. En 1998, cuando fue nombrado arzobispo de Buenos Aires, suavizó su carácter -al menos ocasionalmente-, pero se volvió más inflexible.

No vivía en un palacio, viajaba en autobús o metro y mostraba su humildad lavando los pies de la gente. También comenzó a sermonear al gobierno argentino sobre la forma en que debía gestionar el país. Tras la elección de Néstor Kirchner en 2003 y durante toda la presidencia de Cristina Fernández, esposa de Kirchner, predicó en contra de sus políticas en su presencia hasta que ambos dejaron de asistir a sus sermones. Es difícil pensar en algún gobierno democrático reciente que haya sufrido un ataque tan implacable por parte de un príncipe de la Iglesia católica. Al mismo tiempo, Bergoglio evitó a las Madres y Abuelas de la Plaza de Mayo, que seguían protestando por la desaparición de sus hijos y nietos durante la dictadura. Ellas, a su vez, no confiaban en él. No había apoyado el juicio de los generales tras la recuperación democrática.

¿Por qué fue elegido papa? ¿Su indiferencia a las desapariciones le granjeó el apoyo de sus compañeros cardenales conservadores? ¿O fueron sus ataques al gobierno kirchnerista por cuestiones de moralidad pública y estrategia económica una de las razones por las que votaron por él? ¿Fue por su humildad pública, su disposición a besar pies y vivir modestamente y esperar el autobús como si fuera un ciudadano más? ¿Es posible que los cardenales que votaron en 2013 -nombrados por Juan Pablo II y Benedicto XVI- supusieran que estaban eligiendo a un gestor moderado cuando se decantaron por Bergoglio (que quedó en segundo lugar cuando Benedicto fue elegido en 2005) y, en cambio, desde la lejana Argentina, llegara un papa carismático y de gran impacto político? Qué extraño que un cardenal tan rígido y solemne se convirtiera en un papa tan relajado y alegre. Una explicación podría ser la formación jesuita de Bergoglio. Aunque se distanció de la orden después de 1990, lo que aprendió de ellos, escribe Paul Vallely en Pope Francis: Untying the Knots [El papa Francisco. Deshaciendo los nudos] (2013), «no fue una modestia natural, timidez o humildad». Se trataba más bien de un acto de voluntad en el espíritu de la autodisciplina jesuita: «Su voluntad debe imponerse a una personalidad que tiene su parte de orgullo y una propensión al comportamiento dogmático y dominante».

También parecía relajado con respecto a ciertas cuestiones doctrinales. No parecía molestarle que los católicos divorciados y vueltos a casar recibieran la comunión. Y es famosa su pregunta sobre la homosexualidad: «¿Quién soy yo para juzgar?». Aunque no apoyaba la ordenación de mujeres, a principios de este año nombró a una mujer para un cargo importante en el Vaticano. La hermana Raffaella Petrini fue elegida presidenta de la Comisión Pontificia para la Ciudad del Estado de Vaticano, en la práctica, gobernadora del microestado, la primera mujer en ocupar este cargo. Los seis miembros ordinarios de la comisión son cardenales de alto rango. Las reuniones deben de ser todo un espectáculo.

La postura de Bergoglio sobre muchos asuntos políticos, desde el cambio climático hasta la guerra en Ucrania, era similar a la de la Unión Europea. De hecho, hubo momentos en su pontificado en los que parecía que el Vaticano se asemejaba a una Unión Europea rezando, aunque más elocuente y desinhibida3. En lo que respecta a mujeres y personas homosexuales, el Vaticano no tiene ni idea de qué hacer, salvo reconocer de vez en cuando que las mujeres son parte del designio divino y que nosotros, pobres gays, somos especiales y merecemos amor... excepto cuando nos dicen –según el epíteto de Benedicto– que somos «intrínsecamente desordenados».

Si el poder de Francisco dependía únicamente de su encanto y su ambigüedad, ¿cómo es que no se desató cierto caos durante su pontificado? La respuesta es que controlaba el Vaticano con la firmeza implacable de un jesuita. No se le escapaba nada. Su decisión de mudarse, tras su elección, a las austeras dependencias de la Casa Santa Marta en lugar de a los suntuosos aposentos papales creó un aura de santidad y humildad a su alrededor. Pero también significaba que, en el ambiente más informal de Santa Marta, nadie podía estar seguro de quién venía a ver a Francisco ni qué noticias recibía. La gente podía entrar y salir a su antojo. Pronto se supo que Francisco estaba al tanto de todo, como había ocurrido en Argentina. No toleraba la disidencia. Se aseguraba de que cualquier grupo que volviera a la misa en latín y a otros sistemas de culto anteriores al Concilio Vaticano II fuera vigilado. Como había pasado toda su vida en Argentina, Francisco no tenía un grupo de colaboradores cercanos entre los cardenales o la curia. Hizo de esta lejanía una forma de fortaleza. No le debía nada a nadie.

La Iglesia necesita cambiar; la Iglesia no puede permitirse cambiar. El nuevo papa debe supervisar esta mezcla de cambio y no cambio sin parecer ingenuo o débil. Puede que ayude que León XIV sea joven -si es que 69 años se puede considerar joven- y que sea jugador de tenis. Si, tras un duro partido de individuales en una luminosa mañana romana de mayo, me pidiera consejo -yo también tengo 69 años-, le diría en voz baja cómo podría manejar tres asuntos urgentes.

El primero es la misa en latín. Está muy bien y suena bonito -especialmente Sursum corda [arriba los corazones]-, pero es un código. Los que dicen anhelar su retorno también quieren muchas otras cosas; son ferozmente conservadores y hay que mantenerlos a raya. La regla es: no predicar contra la misa en latín ni hacer declaraciones memorables al respecto. Simplemente hay que vigilar de cerca a quienes la quieren recuperar y denunciarlos. Si son sacerdotes, se los puede trasladar a parroquias remotas y azotadas por el viento. Hay muchas formas de hacerles saber que los tienes en la mira.

Eso es lo que hizo Francisco. Sigue a Francisco también en la cuestión de los divorciados que comulgan, pero, a diferencia de él, no digas nada al respecto. Es un tema candente solo para aquellos que quieren impedir cualquier tipo de cambio. Deja que los cardenales alemanes discutan sobre ello. Si un divorciado quiere comulgar, seguramente sabrá ir a una iglesia cercana y ponerse en la fila. En cuanto a los católicos homosexuales, también debes guardar silencio. No digas nada. Por favor, ten en cuenta que el más mínimo comentario que sugiera que los homosexuales no son tan buenos como tú y tus compañeros cardenales hará reír a carcajadas a los homosexuales de muchos lugares, pero será escuchado de manera menos jocosa en aquellos lugares donde los homosexuales temen por sus vidas. Es esencial que no nombren obispos y cardenales en África que prediquen contra los homosexuales.

Por encima de todo, debes escuchar a la Pachamama. Ella sigue en Roma, después de haberse bañado en las aguas del Tíber. Siempre está dispuesta a ser consultada. Te aconsejará que sonrías, que nos hables de esperanza, que hables italiano y español, y que insistas en que Dios nos ama. Eso debería bastar por el momento.

Nota: la versión original de este artículo se publicó en London Review of Books vol. 47 N° 9, 22/5/2025, y está disponible aquí. Traducción: Pablo Stefanoni.

  • 1.

    Los demócratas lograron bloquearlo en el Senado, al menos, hasta la asunción del nuevo papa [N. del T.].

  • 2.

    En palabras de Vance, se debe amar primero «a tu familia, luego a tu vecino, luego a tu comunidad, luego a tus conciudadanos y a tu propio país y, luego de eso, puedes priorizar al resto del mundo» [N. del T.].

  • 3.

    En relación a Argentina, se reconcilió con Cristina Kirchner y tuvo también muy buenas relaciones con los gobiernos de la izquierda latinoamericana [N. del T.].

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