Opinión

El voto argentino

La suerte está echada. Las Primarias Abiertas, Simultáneas y Obligatorias (PASO) están a la vuelta de la esquina. Aunque en ellas solo se elegirán los candidatos que podrán competir en las elecciones de octubre, el clima imperante indica que está en juego mucho más. El macrismo y el kirchnerismo miden fuerzas en medio de una grieta que, lejos de atenuarse, se profundiza. Argentina votará el domingo en lo que será una gran encuesta nacional.

El voto argentino

La suerte está echada. Ya resta poco por decir, y todavía menos por hacer. Las Primarias Abiertas, Simultáneas y Obligatorias (PASO) están a la vuelta de la esquina. Aunque en ellas solo se elegirán los candidatos que podrán competir en las elecciones de octubre, el clima imperante indica que está en juego mucho más. El tono de la campaña, los humores cambiantes y la invocación permanente a un voto negativo así lo indican. La polarización, vulgarizada como «grieta», ha marcado el ritmo de las discusiones públicas, y todo indica que también lo hará con los resultados de este primer turno electoral.

Como ocurrió en 2011, las PASO no servirán para la competencia de varios precandidatos dentro de los frentes que se presentaron (lo cual agitó algunos rumores de suspensión de esta instancia, que fueron luego disipados). Funcionarán como una gran encuesta a cielo abierto (casi un censo, si no consideráramos las variaciones de concurrencia que ya se vieron en 2015 entre esta instancia y las generales) y, al mismo tiempo, servirán para dejar en el camino a las opciones menos convocantes, es decir aquellas que no superen el 1,5% de los votos. Hasta aquí nada inusual: son las reglas del juego que ya conocemos hace algún tiempo. La novedad, como ocurre cada vez, estará en las expectativas de los actores y en las lecturas que se hagan de los resultados. Cada uno de los participantes tiene mucho que perder o ganar en función de la fotografía, muy detallada por cierto, que dejen planteada las PASO.

¿Juntos por el Cambio o por el espanto?

De no mediar un descalabro de magnitud –o algo que se le parezca mucho–, los oficialismos cuentan con la ventaja de partida en cualquier contienda electoral. Como señala la conocida boutade del mundillo político: las elecciones no se ganan, se pierden. Los oficialismos cuentan con mayores recursos, tanto económicos como publicitarios, y pueden propiciar el efecto de «cancha inclinada». El inescrupuloso uso de la publicidad oficial en épocas electorales es una conducta tan usual como extendida (sin distinciones de color político) y esto repercute tanto en la campaña encubierta que se puede hacer a través de ella como en la pauta destinada a los medios privados, que los vuelve, en el mejor de los casos, complacientes con el gobierno de turno. El blindaje mediático con el que –en algunas circunstancias– ha sido beneficiado el gobierno actual es notorio y ha contribuido a mitigar el efecto de la crisis económica que, yendo a los números, parece inocultable.

Así como la performance gubernamental ha sido mala, las credenciales en materia de campañas electorales del equipo gobernante parecen fuera de duda. Su sofisticado uso de los datos personales (que es mejor no preguntar de dónde extraen) y un meticuloso diseño de la campaña le dan una sobrevida a la propuesta oficial mucho más allá de los magros resultados que pueden llegar a exhibir. La imagen del presidente Mauricio Macri, que se vio duramente lesionada en los momentos de mayor zozobra de su gobierno, parece haberse estabilizado gracias a la política agresiva que adoptó para mantener ciertos guarismos de la economía estables, en particular el precio del dólar, con ayuda de la atípica –e intencionada– generosidad del Fondo Monetario Internacional (FMI). Esto llevó al periodista Carlos Pagni a señalar con ocurrencia que el de Macri era un «liderazgo pesificado», cuya imagen se mueve de forma inversa al valor de la divisa norteamericana. Los alfiles de la campaña de Juntos por el Cambio son sus dos más importantes referentes subnacionales: Horacio Rodríguez Larreta (alcalde de la ciudad de Buenos Aires) y María Eugenia Vidal (gobernadora de la provincia de Buenos Aires). Su importancia es tal que, en los momentos más críticos del gobierno, se los conminó a mantener sus elecciones distritales en la misma fecha que las nacionales, mientras los otros referentes, en particular del radicalismo, optaban por alejarse lo más posible de la nube negra que parecía ceñirse sobre el gobierno. Ambos cumplieron, más o menos a regañadientes, con el deseo del presidente y hoy son las bazas principales para la estrategia de la coalición oficial.

Rodríguez Larreta es un político atípico para los tiempos que corren, cuyo aspecto y características lo hacen poco funcional para las estrategias de marketing contemporáneas. Sin embargo, sus capacidades parecen fuera de toda discusión. Asumió el gobierno de la ciudad como alguien que hereda algo que no le pertenece e, incluso, que no merece, una especie de relevo a falta de otras opciones mejores. Este punto de partida contrasta de manera notable con la situación actual, a la que llega fortalecido tanto dentro como fuera del PRO y Juntos por el Cambio. No solo su figura ha ganado predicamento sobre la base de la gestión, sino que ha logrado ampliar su coalición a sectores que hasta hace no mucho tiempo parecía imposible sumar. Por su parte, Vidal sigue siendo la figura más taquillera del PRO. Con una maleabilidad casi ilimitada, capaz de recorrer todos los estados de ánimo durante una entrevista televisiva, la gobernadora es el producto más exitoso de la factoría del publicista oficial Jaime Durán Barba. Si bien su terreno electoral es más escarpado que del Rodríguez Larreta, que heredó la maquinaria funcionando, las posibilidades de reelección de Vidal parecen todavía intactas, a pesar del descalabro nacional. La provincia de Buenos Aires, por peso simbólico y volumen electoral, se presenta como la madre de todas las batallas, y Vidal aspira a repetir el batacazo de 2015 sobre la base de su imagen personal, que se ha mantenido bastante invulnerable, y del corte de boleta, que ya la benefició aquella vez.

El último condimento de la estrategia del oficialismo fue la incorporación del peronista Miguel Ángel Pichetto como candidato a vicepresidente y la creación del sello Juntos por el Cambio. El senador por Río Negro le dio al gobierno una pata peronista de la que adolecía (más módica de lo que esperaban, por cierto) y un enunciador impune para una campaña con tintes agresivos. La última pieza necesaria para montar una campaña basada en la agitación de los demonios del pasado: qué mejor que alguien que conoció el infierno para contarnos sobre él. Con esa línea discursiva, que siempre estuvo más o menos presente, el oficialismo, con muy poco para mostrar, se consolidó como oposición de la oposición, en la búsqueda de un 2015 perpetuo. La eficacia de esta alternativa todavía está por verse, pero es mejor no dar por muerto a nadie antes de ver las cenizas.

El candidato que nadie esperaba, ¿el presidente que todos quieren?

La decisión de Cristina Fernández de Kirchner de renunciar a la candidatura presidencial y proponer –en realidad, disponer– a Alberto Fernández en su lugar fue el movimiento que sacó del letargo a la política argentina y encendió la campaña electoral. Fue una movida inesperada (sin filtraciones en tiempos de las redes sociales, lo cual no deja de ser un raro mérito), que desató una catarata de análisis e interpretaciones, algunos mejores que otros. Algunos la consideraron como una atenuación de la «grieta», con un candidato de un talante más dialoguista y que había estado alejado del seno del kirchnerismo durante los años de mayor radicalización. Otros, por el contrario, lo veían como una transición de la «grieta» de una etapa defensiva, de repliegue, a una expansiva, en la que Alberto Fernández sería el ariete para conquistar a aquellos sectores peronistas que manifestaban su desconfianza con respecto al kirchnerismo y sus formas. Ambas cosas fueron parcialmente ciertas, pero la evidencia indica que la polarización no se atenuó, sino que se profundizó.

El flamante candidato apeló a sus dotes de armador (mucho más valiosas que sus nulas credenciales electorales) y, en poco tiempo, logró el apoyo de la mayoría de los gobernadores peronistas (aquellos que no lo hicieron, al menos se reunieron con él), reclutó a Matías Lammens (presidente del club de fútbol San Lorenzo y ahora candidato a jefe de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires) y repatrió, luego de muchos rumores al respecto, al huidizo Sergio Massa. Al mismo tiempo, Cristina Fernández aprovechaba la presentación de su libro Sinceramente para hacer una demostración de fuerza y lealtad y mostrar la vigencia de un liderazgo intransferible. El refundado Frente de Todos era el resultado de una alquimia que parecía improbable tiempo atrás. Ser oposición había unido lo que el poder había separado. Pero el ordenamiento de esos componentes heterogéneos no era sencillo y algunas dudas comenzaron a aflorar, sobre todo cuando el gobierno logró controlar, al menos en las apariencias, los vaivenes económicos.

La campaña del Frente de Todos comenzó desordenada, con descoordinaciones que rápidamente fueron utilizadas por algunos periodistas (y magnificadas por las redes sociales) para diagnosticar luchas intestinas ingobernables y recelos entre los miembros más destacados de la coalición. Algunas declaraciones públicas poco felices de Alberto Fernández, peleas con periodistas mediante, contribuyeron a avivar el clima de desconcierto. Entre los argumentos, se esgrimían la falta de una coordinación unificada de la campaña, la incompatibilidad entre las principales figuras y la falta de una línea clara en materia económica. El ajuste de cuentas con el último gobierno kirchnerista fue uno de los pilares de la campaña de Fernández y la base de su credibilidad. Pero, aun involuntariamente, esto traía roces y ruidos con algunos de sus compañeros de ruta, en particular con el candidato a gobernador bonaerense, Axel Kicillof.

Las nubes se fueron disipando en la medida en que la campaña ganó unicidad y las encuestas empezaron a mostrarse más favorables. Se comenzó a explotar mejor las virtudes de los candidatos y a esconder de la manera más cuidadosa posible sus diferencias. Alberto Fernández evitó nuevos exabruptos y explotó su perfil más cercano (apelando para ello a su mascota o a sus dotes musicales) jugando en el terreno que más réditos le ha traído al PRO en su construcción discursiva. Por su parte, Kicillof logró consolidar sus virtudes como candidato político, su aspecto juvenil y sus cualidades como orador, y dejó de lado su paso por el Ministerio de Economía. Sin dejar de lado el eje económico de la campaña, con la denuncia permanente de las políticas implementadas por el gobierno, se optó por una campaña de cercanía, con centro en los candidatos y sus virtudes más íntimas. Un impasse en la crispación permitió colocar la campaña en otro registro y, más importante aún, dejó al gobierno sin su sparring predilecto.

Las expectativas electorales del Frente de Todos son altas. Esperan sobrepasar el 40% de los votos y aspiran a quedar cerca de un eventual triunfo en la primera vuelta (para lo que requieren obtener 45% de los votos o más de 10% de diferencia con el segundo). El triunfalismo, aunque todavía comedido, parece aflorar tanto en las declaraciones de sus candidatos como en el tenor de sus actos e intervenciones públicas. Sin embargo, el kirchnerismo, base fundamental del armado, arrastra una serie de malas experiencias que lo hacen –o deberían hacer– estar alerta. Tanto en 2015 como en 2017, una ventaja amplia en las PASO no se tradujo luego en un triunfo en las generales o en el balotaje. Ese antecedente opera como la amenaza más certera para las expectativas del Frente de Todos. Derrotar a ese fantasma será su objetivo este 11 de agosto.

Más allá de la «grieta»

Los candidatos con mayores aspiraciones por fuera de las dos principales fuerzas, según las encuestas, son tres: el centrista Roberto Lavagna, el derechista José Luis Espert y el trotskista Nicolás del Caño. Espert y Del Caño apuntan a un voto de nicho, que puede ser más o menos amplio según las circunstancias, pero que parece tener un techo bajo y no demasiado permeable por el momento. La situación de Consenso Federal, la agrupación que postula a Lavagna, es bien distinta, aunque su proyección electoral parece hoy condenada a un muy lejano tercer puesto. Las acciones de estos tres espacios están a la baja, pero las de sus potenciales votantes no. Los muchos o pocos votos que estos espacios políticos retengan serán decisivos para definir si la elección se resolverá en octubre o si será necesario acudir a una segunda vuelta (en este caso, una virtual tercera).

La candidatura de Lavagna pareció en su momento tener un potencial mayor, pero las circunstancias parecen haber apagado esas expectativas. Algunos sugieren que las expectativas iniciales fueron la causa de la caída posterior, mientras que otros atribuyen el declive al empecinamiento y a errores tácticos del candidato. La campaña se hizo cuesta arriba. Sin poder superar la «grieta», terminó posicionándose contra ella. Es un discurso que pretendió ser propositivo, pero que solo logró definirse por la negativa: contra Macri, contra Fernández de Kirchner, contra el voto útil. No obstante ello, Lavagna sigue siendo un candidato con peso propio y sus votos son sumamente apetecibles para sus adversarios. Conservarlos de aquí a octubre será su desafío más importante, frente a unos rivales que dejaron de descalificarlo para elogiarlo y convocarlo de forma nada desinteresada. Hay amores que matan.

Por su parte, Espert y Del Caño representan a dos fuerzas que parecen moverse por los extremos del arco ideológico (junto a algunos compañeros todavía menos competitivos), por lo márgenes de la polarización, pero esta imagen puede resultar engañosa. No por nada el macrismo intentó por todos los medios derrumbar la candidatura del economista o, por el otro lado, el kirchnerismo sigue recordando con rencor el malversado eslogan del trotskismo argentino en 2015: «Scioli y Macri son lo mismo». Esos electores, que parecen ser más ideológicos y proclives a trasladarse, pueden llegar a ser decisivos en un escenario de paridad, y tanto Juntos por el Cambio como el Frente de Todos esperan poderse convertir en el second best de esos ciudadanos renuentes a caer en la polarización.

Primer round

Las PASO serán el primer round de una batalla que se estima pareja e incierta. Cada uno de los actores en pugna pondrá a prueba sus expectativas y, en función de los resultados, definirá una estrategia diferente. Conservar una diferencia parece ser tanto o más difícil que recuperarla, por lo que el ganador circunstancial haría mal en creer que este es un asunto terminado. Por supuesto que la amplitud de la diferencia y la magnitud de la polarización determinarán el modo en que se disputarán las elecciones generales. Si la campaña fue virulenta, podrá volverse peor. La ciudadanía, mientras tanto, se debate entre candidaturas ricas en intensidad pero módicas en propuestas. El dato de fondo, y me permito un cierre pesimista, es que el escenario que se avizora, cualquiera sea el resultado, es francamente preocupante. El «mientras tanto» pueda que defina mucho, pero quizá no lo suficiente.