Opinión

La descomposición política de Mauricio Macri y el laberinto argentino

El domingo, Mauricio Macri no perdió solo una elección: perdió el poder. Mientras tanto, Alberto Fernández conquistó un poder real, pero todavía no posee el formal. El lunes hubo otra votación: la que hicieron los mercados haciendo disparar el precio del dólar y atacando la soberanía popular.

La descomposición política de Mauricio Macri y el laberinto argentino

El contundente resultado de las elecciones Primarias Abiertas, Simultáneas y Obligatorias (PASO) en Argentina dejó al poder político en un limbo. La diferencia obtenida por la dupla constituida por Alberto Fernández y Cristina Fernández del Frente de Todos fue de una dimensión tan considerable (47% a 32%) que se transformó en un hecho irreversible. Convirtió la fórmula en el virtual nuevo gobierno que reemplazará a la devastada administración de Mauricio Macri. Sin embargo, el enredado sistema electoral local impide confirmar esta realidad y abre una inquietante paradoja: Macri perdió el poder político real y mantiene el poder formal, mientras que Alberto Fernández conquistó un poder real y no posee el formal. En las PASO, se seleccionan las candidaturas dentro de cada partido o coalición que van a participar en la elección general a realizarse en octubre. Pero los resultados dieron nacimiento «de hecho» a un nuevo gobierno. La dinámica institucional prevé que estos guarismos deben confirmarse dentro de dos meses y la asunción del poder puede efectivizarse recién en diciembre, es decir, dentro de cinco largos meses. En esta transición eterna (mucho más para los tiempos argentinos) las fuerzas siguen, además, en campaña electoral. Se configura una especie de «doble poder» por arriba o un vacío de poder sui generis, con una administración en retirada, que mantiene el control del Estado y del gobierno, y una fuerza que triunfó con contundencia sin la obligación de asumir inmediatamente. Se muestra la composición política futura sin que pueda hacerse el traspaso del mando en el presente. La situación es dramática, entre otras cosas, porque el domingo 11 de agosto Macri no perdió solo una elección: perdió el poder. El rey quedó desnudo.

Una de las mayores demostraciones de esta angustiante realidad para el oficialismo es el salto brusco de periodistas y referentes del establishment comunicacional que hasta ayer nomás estaban férreamente alineados con el gobierno. Son conductores televisivos que durante estos cuatro años adularon sin pudor al presidente y hoy despliegan con virulencia sus reclamos, columnistas que exigen un balance autocrítico y hablan del primer mandatario con una falta de respeto inédita o analistas que ventilan un clásico de clásicos de los momentos de extrema debilidad política: intrigas sobre el estado de salud física o mental del primer mandatario, su desconexión de la realidad o furia descontrolada. Hay que reconocer que la perplejidad general que causó la conferencia de prensa de Macri del lunes siguiente a las PASO, cuando culpó a «la gente» que votó por la oposición y la hizo responsable del caos financiero, abonó la tesis del desequilibrio psicológico o, en todo caso, hizo difícil diferenciarla de la anomia política. Quizá por aquella frase atribuida erróneamente a Albert Einstein que sentencia que «locura es hacer lo mismo una y otra vez esperando obtener resultado diferentes».

El cuestionamiento mediático no es un fenómeno solo de cabotaje: el periódico británico Financial Times informó que los inversores consideran que se acabó el tiempo de Macri, el diario estadounidense Bloomberg aseguró que minuto a minuto aumenta el temor al default argentino y el corresponsal del diario español El País en Argentina escribió que los resultados de las PASO «han creado un largo vacío de poder».

En un nutrido grupo de WhatsApp que reúne a más de 250 CEO de las más importantes empresas que operan en el país y se denomina «Nuestra Voz», alguien planteó la necesidad de que el presidente dé un paso al costado y llame a respaldar en octubre a Roberto Lavagna (candidato que obtuvo 8% de los votos en las primarias). Varios empresarios salieron a aclarar que fue tan solo un rumor. Justamente del tipo de rumores que se filtran cuando se está en franco proceso de descomposición política.

Esta tensa coyuntura estimula una crisis que tiene como motor el colapso del modelo económico que estuvo en la base de la derrota de la coalición oficialista en las primarias. El país tiene una deuda que se acerca peligrosamente a 100% del PIB, una combinación fatal de fuerte recesión y alta inflación, y tasas de interés de referencia que ya superaron el 70%. No puede proyectarse ni siquiera una turbulenta «transición» adelantada como la que se produjo al final del gobierno del radical Raúl Alfonsín a fines de la década de 1980, cuando entregó el mando al peronista Carlos Menem antes de finalizar su mandato, pero luego de que el riojano fuera elegido presidente. Si quisiera llevarse adelante una salida de este tipo en el caso de la transición Macri/Fernández, debería activarse un mecanismo para el adelantamiento de las elecciones generales, lo que no haría más que precipitar las dificultades políticas, con efectos demoledores sobre la delicada situación de la economía. Es que la crisis económica argentina –como todas las de su género, pero más aún con un modelo neoliberal como el del macrismo, que tiene entre sus fundamentals la «confianza»– necesita de autoridad política para ser contenida. Precisamente eso es lo que perdió el gobierno de un saque en las primarias. La crisis azota en el contexto de un creciente vacío de autoridad y hace muy difícil que no termine en una hecatombe.

Para completar el combo, la doble función de presidente y candidato, en el caso de Macri, y de candidato y virtual presidente, en el caso de Fernández, empuja a la continuidad de la campaña. El actual presidente optó en un primer momento por explotar al extremo el único activo con el que cree que puede recuperar algo del terreno perdido: un antikirchnerimo rabioso, que no hace más que dinamitar cualquier utópico consenso que le permita mostrar mayor volumen político. Dos días después, retrocedió desordenadamente sobre sus pasos y anunció algunas medidas paliativas de un «populismo tardío» para colocar algo de dinero en los bolsillos de la gente, en el marco de un contexto recesivo e inflacionario.

Las consecuencias están a la vista: el peso se devaluó 25% al inicio de la semana, el riesgo país se disparó hastasuperar los 1.700 puntos (récord en una década) y la inflación comenzó a notarse inmediatamente en las góndolas. Hubo comercios que dejaron de vender a la espera de nuevos precios y los pronósticos oficiales ya se resignan a una disparada de la inflación.

La inconsistencia política provocó que actuaran descarnadamente los factores reales de poder y dejaran al desnudo el carácter de la democracia. Como los resultados de las PASO no fueron los que deseaban quienes detentan el poder real, como sentencia ese terrible lugar común, el lunes «votaron los mercados». Un grupo ínfimo de personas disparó todo su poder de fuego porque no le agradó la decisión de cerca de 25 millones de ciudadanos que participaron de las elecciones para intentar tomar algún tipo de decisión soberana: una clase a cielo abierto sobre la naturaleza de una democracia de clase. En este caso, la extorsión ejercida sobre la decisión mayoritaria se manifiesta con el apoyo abierto del presidente de la Nación, que actuó más como delegado de «los mercados» ante el pueblo que como representación de la ciudadanía ante el mundo.

El ideal de la soberanía popular quedó tapado por el carácter despótico de una minoría con poder. Lo paradójico es que el poder de la calle (el único que se le puede oponer a la potencia del poder concentrado) está contenido. Los aparatos conservadores de los sindicatos y movimientos sociales que fueron garantes de la gobernabilidad de Macri y ahora están con el peronismo actúan para mantener la quietud en medio de un saqueo. Las aspiraciones e ilusiones en el cambio de gobierno operan también como factores de pasivización. La elección, contradictoriamente, fue un elemento desestabilizador y estabilizador al mismo tiempo. Pero la dinámica violenta de la crisis y el laberinto en el que se encuentra el país empujan a lo que es una hipótesis y a la vez una apuesta: que una vez más la disputa se traslade al terreno en el que siempre se produjeron los grandes cambios argentinos, el escenario de la movilización y la gramática de la multitud en las calles.