Opinión
Enero 2021

Anatomía del 27N cubano y su circunstancia

¿En qué consistió la protesta del colectivo de artistas cubanos del 27 de noviembre de 2020? ¿Cómo tomaron el tema los medios de comunicación y cuál fue su impacto en la isla?

Anatomía del 27N cubano y su circunstancia

A primera vista, resulta difícil explicar que los casos de un rapero partidario de Donald Trump y de un artista performático que se retrata sentado en el inodoro envuelto en la bandera cubana –ambos defendidos por periódicos con una línea editorial antigubernamental y apoyados públicamente por agencias de Estados Unidos–, consigan despertar solidaridad en otros sectores de la sociedad cubana. También parece insólito que un grupo de jóvenes artistas e intelectuales discrepantes, la mayoría desconocidos por el público, se den cita en la puerta de un organismo gubernamental cubano, se sienten a exigir que los reciba el ministro, no sean obligados a retirarse por la policía y finalmente consigan que los dejen entrar para iniciar un diálogo de carácter eminentemente político.

Algunos podrían preguntarse también cómo es posible que, si la raíz de todo esto es el Decreto Ley 349 que limita severamente la libertad de expresión y sanciona a quienes lo violen, numerosos medios independientes –muchos de ellos con una nítida línea editorial antigubernamental– puedan seguir existiendo. Cabe analizar también qué sucede con ese decreto, que no parece estar en vías de implementarse de manera integral, luego de que su versión original fuera objeto de polémica entre escritores y artistas en todo el país, y carece del reglamento requerido para su aplicación.

La mayor parte de la información que ha circulado acerca de estos hechos ha estado sujeta a visiones muy polarizadas. Si, tratándose de temas cubanos, esta polaridad no resulta extraña, en este caso recubre una circunstancia especialmente compleja, hecha de factores nacionales e internacionales que demandan un análisis más detenido y ecuánime.

Las interrogantes que suscita el 27 de noviembre son legión ¿Se trata de un movimiento liderado por jóvenes artistas? ¿Comparten una agenda o un cierto enfoque? ¿Tienen una articulación, más allá de llamarse amigos en las redes sociales? ¿Promueven una «primavera árabe» a la cubana? ¿Tienen el mismo código genético que Black Lives Matter en Estados Unidos? ¿Comparten una perspectiva como la del movimiento Solidaridad en la Polonia comunista en la década de 1980? ¿Se ven a sí mismos como antagonistas del régimen socialista y del gobierno? ¿De dónde salieron y quiénes son? ¿Han aceptado apoyo del gobierno de Estados Unidos? ¿Se identifican con los objetivos del Movimiento San Isidro (MSI)? ¿Y de qué se trata el MSI? ¿Son jóvenes de los barrios pobres y más negros de La Habana? ¿Cómo se conectan con los blancos de clase media predominantes en el 27N? ¿Son los hijos pródigos de una clase profesional que se desempeña en las instituciones establecidas o descendientes de la clase política? ¿Saben lo que quieren o apenas convergen en lo que no quieren? ¿Es la primera vez que discrepan o le reclaman a un alto funcionario de la cultura? ¿Son un problema de seguridad nacional? ¿Constituyen un déficit de la política cubana en esta fase de compleja transición?

¿Quiénes integran el 27N?

El grupo que generó la sentada y puso sobre la mesa del Ministerio de Cultura la agenda del diálogo estaba formado sobre todo por teatristas, cineastas y artistas plásticos. La foto de los primeros 24 integrantes, tomada alrededor del mediodía del 27N, muestra que no se habían incorporado aún los líderes del MSI ni del Instituto Internacional de Artivismo Hannah Arendt (INSTAR), ni ninguno de los medios de oposición. Antes de que se produjera la llegada de la prensa extranjera y sin la memoria gráfica de los medios que cubrieron el evento con posterioridad, esa foto muestra a algunos que luego integraron la delegación de 30 representantes elegida para el encuentro con el Ministerio de Cultura. Entre ellos se encuentran Yunior García y Reynier Díaz (teatro), Julio Llópiz-Casal y Reynier Leyva Novo (plástica), José Luis Aparicio, Myriorly García, Mijail Rodríguez (cine). Del MSI y el INSTAR, solo dos jóvenes, Katherine Bisquet y Camila Ramirez Lobón, estaban allí en ese momento. 


La mayoría de esa delegación (en adelante, G30), elegida en medio de la calle 2 de El Vedado esa noche del 27 de noviembre, no se había puesto de acuerdo para concurrir a esta manifestación. Algunos sí tenían una organización previa y así se presentaron en el lugar, en particular los del MSI, el INSTAR y los medios de oposición. Elegido según gremios artísticos y grupos, el G30 estuvo integrado finalmente por siete artistas plásticos, cinco artistas vinculados al cine, tres escritores, dos miembros del mundo del teatro, un  músico, cinco miembros del MSI, cuatro miembros del INSTAR y tres de medios de oposición al gobierno.

Según sus cuentas de Facebook, la mayoría (63%) de estos representantes del 27N tiene menos de 35 años. Casi la mitad son mujeres y 83% son blancos. Casi todos son oriundos de La Habana y la totalidad reside en la capital. Pero algunos nacieron y crecieron en Camagüey, Villaclara, Cienfuegos, Holguín, Pinar del Río e Isla de la Juventud.

La gran mayoría de los 30 han sido o son todavía editores y colaboradores de revistas y casas editoriales establecidas (vinculadas al Ministerio de Cultura, la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), eL Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC) y el Ministerio de Salud Pública de la República de Cuba (MINSAP)). Algunos son directores de galerías, productores y curadores de arte en instituciones oficiales. Otros son directores, actores y dramaturgos de grupos teatrales adscritos al Consejo de Artes Escénicas o profesores y graduados de escuelas de arte oficiales (Instituto Superior de Arte, Escuela Internacional de Cine y TV). También había realizadores de cine producido por instituciones estatales y de programas de televisión en canales oficiales, funcionarios de organismos municipales como la Oficina del Historiador de La Habana, organizadores de eventos culturales auspiciados regularmente por instituciones oficiales, profesores universitarios de la Universidad de La Habana y periodistas que trabajan en medios de comunicación oficiales. Una minoría han sido organizadores de espectáculos musicales y grupos literarios alternativos, que funcionaron durante años sin prohibición hasta que los cerraron, o de numerosas galerías de arte no registradas que siguen abiertas.

Salvo los miembros del grupo conformado por el INSTAR, el MSI y los medios de oposición, la mayoría no se identifica con una línea radical contra el gobierno. Los opositores ni siquiera descienden de la vieja guardia ni de las organizaciones disidentes que caracterizan a las posteriores generaciones del anticastrismo. Muchos fueron criados en familias que comparten los ideales del socialismo, cuyos abuelos abrazaron la Revolución, fueron alfabetizadores y milicianos, les inculcaron valores patrióticos, el sentido de la igualdad y la justicia social. Algunos provienen de las escuelas secundarias vocacionales para estudiantes sobresalientes repartidas en varias provincias. En muchos casos, incluso entre los que manifiestan posturas radicalmente opositoras al gobierno, las familias de origen son militantes del Partido Comunista de Cuba (PCC) y hasta dirigentes políticos y funcionarios de alto nivel, diplomáticos, rectores y profesores universitarios.

El encuentro del 27N

Según el periódico de oposición Cubanet, la agenda del encuentro, previamente acordada entre las dos partes, fue enunciada por una representante del MSI al inicio de la reunión en los siguientes términos: 1) revisión y transparencia del proceso judicial contra el rapero Denis Solís, 2) libertad para el artista plástico Luis Manuel Otero Alcántara, 3) derecho a tener derechos, libertad de expresión, libre creación y disenso, 4) cese de la difamación y descrédito por parte de los medios oficiales, 5) reconocimiento y respeto al posicionamiento independiente, 6) no más violencia policial, no más odio político.

Según la misma fuente, quienes intervinieron activamente en la sesión del 27N –sin contar a los facilitadores: los cineastas Fernando Pérez y Jorge Perugorría– fueron 18.  Los primeros en hacerlo, marcando los tópicos del debate, fueron los del MSI, INSTAR y los medios de oposición. Los representantes de estas organizaciones predominaron a lo largo del intercambio (48% del total recogido por Cubanet). Los menos jóvenes del grupo (35-52 años) también tuvieron un peso específico mayor (62%) en el conjunto de las intervenciones, en una reunión que duró casi cinco horas.

La mayor parte del encuentro se concentró en comentar los arrestos y la aplicación el decreto ley (puntos 1 y 2) y en discutir la autonomía de acción política de los espacios creados por los artistas (punto 5), como el INSTAR y el propio MSI. Se invirtió menos tiempo en los tópicos relacionados con la libertad de creación artística o los reclamos a las instituciones de la cultura (acuerdos 1, 3 y 6).

Según el viceministro de Cultura Fernando Rojas, se acordó mantener un canal de diálogo entre instituciones y artistas, a la vez que se tomó el compromiso de que el Ministerio de Cultura muestre interés urgente por las situaciones de Alcántara y Solís. Además, se acordó desarrollar una agenda de trabajo múltiple con todos los artistas (el Ministerio de Cultura señala que fue una iniciativa suya), revisar la declaración de la institución oficial Asociación Hermanos Saíz (AHS) donde se descalifica a los miembros del MSI y aplicar una tregua en el acoso a espacios independientes donde se reúnen los artistas. Por último, se acordó una reunión del G30 con el ministro de Cultura y se dieron garantías de seguridad para los que han participado en reunión frente al Ministerio.

El post-27N

Antes de que se rompiera el acuerdo de diálogo con el G30, una semana después del 27N, ocurrieron eventos que informan sobre la complejidad de este escenario y que se han disuelto en la negatividad predominante en los medios luego de esa ruptura. Los principales fueron la continuidad de las reuniones del G30 posteriores al 27 de noviembre, la reacción de los medios oficiales y la iniciativa del parque Trillo.

Las sucesivas reuniones del G30, realizadas en la sede del INSTAR, en La Habana Vieja, no se reportaron en ningún medio –ni oficial, ni independiente ni de oposición–. Según algunos de los participantes, se caracterizaron por la búsqueda de un consenso que resultó problemático. Divisiones suscitadas por la confrontación entre posiciones radicales y moderadas provocaron intensos debates. Los más radicales propusieron incluir en el G30 al recién liberado Luis Manuel Otero Alcántara y a otros miembros del MSI que no habían participado del 27N. Según uno de los iniciadores de la manifestación, «el jueves [3/12] fue el día más difícil. Teníamos mil diferencias dentro de los 30, se había mandado un correo electrónico que yo realmente nunca leí aunque apareció mi firma y había surgido una desproporción dentro del grupo de personas radicales». Esta corriente radical terminó enviando un correo electrónico donde le ponía nuevas condiciones al Ministerio de Cultura. «Éramos unos muchachos casi todos sin experiencia política, artistas con mucho ego y era bastante complicado el asunto», sostuvo Yunior García el 6 de diciembre.

Como era de esperar, el Ministerio de Cultura rompió el diálogo, sobre la base de que el G30 había introducido condiciones inadmisibles, ajenas a los acuerdos del 27N, incluyendo la presencia del presidente de la República y del ministro del Interior en el siguiente encuentro. En su lugar, decidió convocarlo con los artistas presentes en el G30 que no tuvieran un alineamiento contra el gobierno.

La prensa legalmente establecida no cubrió el 27N, de manera que la casi totalidad de los reportajes, imágenes e interpretaciones de este evento estuvo en manos de los corresponsales extranjeros y, sobre todo, de los medios independientes, en particular, los de oposición, que fueron jueces y parte del acontecimiento. Estos últimos tuvieron todo el espacio informativo a su disposición, incluido el acceso directo exclusivo a la reunión a puertas cerradas donde se produjo la negociación. Aunque el Ministerio de Cultura había establecido un acuerdo con el G30, su aceptación de los opositores como interlocutores ocurrió a regañadientes. Lo más insólito de este evento no fue tanto el diálogo entre artistas y organismos oficiales, ni siquiera la polémica en torno al decreto 349, sino la conversación, aunque pacífica, bastante tensa, entre esos organismos y los  interlocutores antigubernamentales.   

El Ministerio de Cultura había justificado el encuentro del 27 de noviembree en el hecho de haber reconocido como legítimos interlocutores a los artistas que habían generado la iniciativa y advertido que «no era un diálogo» con quienes recibían dinero del gobierno de Estados Unidos. Pero, de hecho, asumió públicamente los acuerdos alcanzados con el G30. Algunos artistas, por su parte, habían dejado claro que no defendían la agenda del MSI, pero sí reclamaban que se respetara el debido proceso y los derechos establecidos en la Constitución en el tratamiento de los artistas detenidos. Aunque la cuestión de si se aceptaba o no apoyo relacionado con proyectos artísticos referidos a las libertades políticas sí se había suscitado en el seno del G30 luego del 27N, miembros del grupo como Yunior García habían remarcado en entrevistas a prensa extranjera que no eran «un grupo que quiera dar un golpe de estado ni fuerte ni blando» y que no aceptaban «donaciones ni injerencia de gobierno extranjero».

La prensa oficial, por su parte, les dedicó menos atención a los artistas del 27N ajenos a los grupos de oposición y se concentró casi todo el tiempo en emplazar a los miembros de los grupos opositores, identificándolos a todos con la condición de mercenarios o delincuentes al servicio de Estados Unidos, así como a cuestionar la lealtad de otros intelectuales, ajenos también al MSI, que se habían solidarizado con la causa del 27N y su legitimidad.

La iniciativa del parque Trillo le vino a agregar una nueva dimensión al contexto del 27N. Los jóvenes de izquierda que planearon esta manifestación son los desconocidos de siempre. De su pensamiento y política auténticos no se ha ocupado la prensa extranjera, ni la independiente y menos la de oposición. Pero tampoco se había ocupado la prensa oficial, al menos hasta que «de arriba arriba» le indicaron que estos no eran «mercenarios del enemigo». Se habían bautizado como «tángana», en alusión al nombre que en las décadas de 1920 y 1930 habían recibido las protestas universitarias contra la política de gobiernos y partidos establecidos. Eligieron el parque Trillo, en el barrio predominantemente negro de Cayo Hueso en el corazón de Centro Habana, porque su objetivo era posicionarse de otra manera frente a los problemas suscitados por el 27N y, al mismo tiempo, debatir críticamente los problemas del socialismo cubano desde la izquierda. Al hacerlo, discrepaban con lo que percibían como la derecha anticomunista representada por los grupos y medios opositores, así como de la retórica de las organizaciones establecidas y los medios oficiales. Eso comentaron, por ejemplo, Iramis Rosique y Raúl Escalona, quienes fueron parte de la iniciativa.

Aunque las organizaciones políticas no los reconocieron como enemigos, sí les propusieron una agenda y, de hecho, manejar la tángana con los códigos oficiales. Al poder contar con la comprensión del más alto nivel del gobierno, ellos lograron decidir su estilo y contenido, y mantener el enfoque crítico original. El 29 de noviembre, en el parque Trillo, miembros del la tángana como Claudia Damiani, Raúl Escalona, Iramis Rosique y Josué Benavides cuestionaron, micrófono en mano, la creciente desigualdad, exhortaron a subvertir el entramado de prácticas racistas que afectan nuestra vida diaria y otros males de un socialismo que desborda las instituciones. Además, afirmaron que si la izquierda no es lo suficientemente feminista, antihomofóbica, ecologista, antirracista y democrática, le estará regalando estas causas a la derecha anticomunista. Sostuvieron que es necesario formar sujetos emancipados del sentido común liberal, pero también del dogmatismo estalinista, a la vez que defender la espontaneidad revolucionaria y la sinceridad. Recalcaron, asimismo, la necesidad de democratizar la Revolución y sus organizaciones, propiciando un «socialismo hereje» que logre una socialización real del poder, un control popular sobre los medios de producción, una economía democrática e inclusiva basada en la cooperación, que no sea la misión exclusiva de las instituciones tradicionales de la Revolución.  

Lo que no pudieron controlar fue la forma en que los medios oficiales desdibujaron el evento. La mayoría de los que no asistieron juzgó que se trataba de un acto oficialista, organizado y planeado por la Unión de Jóvenes Comunistas y el PCC. A pesar de proyectarse en las redes sociales igual que otros grupos, antes y después del 27N, los jóvenes de la tángana siguieron invisibles para la prensa extranjera, que no los considera noticia, como sí a los disidentes veteranos y juveniles. La prensa oficial los reconoce pero solo parcialmente, porque sus discursos cuestionadores le resultan incómodos. Los medios de oposición no les prestan atención porque son la cara de una juventud que, a pesar de todo, no está desencantada, ni abomina del liderazgo del PCC, aunque critica duroamente su estilo y los atavismos del sistema.

La embajada de EEUU

Aunque los medios oficiales cubanos y el Ministerio de Relaciones Exteriores han calificado de injerencista y beligerante la conducta del encargado de negocios de Estados Unidos por visitar al MSI en La Habana Vieja y brindarle apoyo logístico, usaré aquí solo una fuente opositora más allá de toda sospecha, la Radio y Televisión Martí, que transmite desde Estados Unidos.

Al despedir a la anterior encargada de negocios, Mara Tekash, el portavoz del Departamento de Estado recalcó que «su legado incluye amplificar los gritos de disidentes, activistas, periodistas independientes y de la comunidad religiosa que defiende sus derechos de asociación y orar libremente». El nuevo encargado de negocios, Timothy Zúñiga-Brown, anunció que «está atento al llamado del Movimiento San Isidro por la justicia económica y los derechos humanos en la isla» y le hizo «merecido homenaje a Omara Ruiz Urquiola, una mujer extraordinaria que hoy se encuentra junto a más de una decena de activistas del Movimiento San Isidro bajo el acoso del régimen cubano».

Según el subsecretario de Estado Michael Kozak, «esta política (la de Trump) está forzando una pequeña negociación entre el gobierno y el pueblo de Cuba. Creo que es un momento óptimo en la historia de Cuba». A partir de «sus muchos años de lidiar con los cubanos», Kozak encuentra una nueva situación, que justifica la necesidad, para el gobierno estadounidense, de «refinar» la política hacia la isla, con el objetivo de fortalecer la sociedad civil y el sector privado, pero no al régimen, al que busca cortar los recursos que utiliza para «financiar su represión en Cuba y su interferencia maligna en Venezuela».

Finalmente, el congresista cubanoestadounidense Mario Díaz-Balart (Miami, 1961) solicitó apoyo del Congreso para «los valientes activistas a favor de la democracia en Cuba, que están arriesgando sus vidas en este mismo momento» y pidió a los legisladores unirse a ellos «en sus demandas de libertad».

Díaz-Balart también se refirió a los movimientos a favor de la democracia, ya sea como opositores o como miembros activos de la sociedad civil, y felicitó al presidente de Estados Unidos, Donald Trump y a su gobierno «por su solidaridad con el pueblo cubano al imponer duras sanciones contra la dictadura cubana».

A pesar de todo este discurso, resulta incongruente que si los iniciadores del 27N y la mayoría de los reunidos allí fueran afines a Estados Unidos, contaran con su apoyo o respondieran a su política, se les ocurriera plantarse delante del Ministerio de Cultura y solicitar un diálogo con el ministro, en lugar de adoptar acciones más beligerantes.

Es un lugar común analizar la política estadounidense limitándola a su hábito de capitalizar todo disentimiento en Cuba como un éxito de su política es un lugar común. Su costumbre de identificar a empresarios, jóvenes profesionales, artistas y al sector privado como sus aliados naturales también resulta obvia. Aquí se trata realmente de una estrategia de doble vía, aplicada en diversos escenarios, como por ejemplo, el venezolano, aunque en otra escala. Se propone maniobrar en el plano de la seguridad nacional, mediante acciones subversivas cuya organización y alcance resultan demasiado simples y fáciles de desarmar (romper vidrieras de tiendas, cocteles molotov aislados, pintarrajear monumentos). Su objetivo principal no es militar o paramilitar, sino político. Lo mismo que apoyar a grupos disidentes de nuevo tipo, formados por artistas y periodistas, percibidos como subversión ideológica. Consiste en crispar al gobierno de la isla, empujarlo a trancar el juego, cerrar los espacios de libertad de expresión propiciados por la política desde los años 90, y llevarlo a usar medios policiales e instrumentar acciones operativas para enfrentar situaciones políticas, que se convierten en desafíos solo si escalan y se manejan de manera contraproducente.

Reflexión final: la circunstancia

El 27N no es un relámpago en un cielo despejado ni un parteaguas, sino apenas una punta saliente del iceberg: un consenso heterogéneo y contradictorio, con una estructura y dinámica cambiantes. Desde fines de la década de 1980 e inicios de la de 1990, expresiones de disenso identificadas entonces como «contra la revolución» se han hecho parte de la conversación diaria, incluida la de militantes del PCC. El discurso de Raúl Castro normalizó esa discrepancia: «acostumbrarnos a decirnos las verdades de frente, discrepar y discutir, incluso ante lo que digan los jefes» es un derecho «del que no se debe privar a nadie». «El debate sin ataduras a dogmas y esquemas inviables», «dialogar con los ciudadanos», entender que «nuestro peor enemigo no es el imperialismo», ni sus aliados en la isla, sino «nuestros propios errores», las «visiones estrechas y excluyentes», defender un partido único que para serlo tiene que ser «el Partido de la Nación Cubana», «el más democrático», ser capaz de «promover la mayor democracia en nuestra sociedad», acabar con el estilo de unos medios y una burocracia que reflejan «la vieja mentalidad». A pesar de que ese discurso no se ha materializado en políticas institucionalizadas y legisladas, sí ha legitimado conductas ciudadanas y reclamos de estilos de liderazgo nuevos.

En la consulta del borrador constitucional (septiembre a noviembre de 2018) se recogieron millones de opiniones discrepantes, también acerca del sistema político y el papel del Partido, la idea del comunismo y los derechos humanos. La consulta fue acompañada de sesiones televisivas donde se explicaba en detalle la nueva Constitución y se propiciaba una nueva cultura de la Ley. El artículo 56 de esa Constitución recién aprobada dice que «los derechos de reunión, manifestación y asociación, con fines lícitos y pacíficos, se reconocen por el Estado».

El cine, el teatro, la plástica, la literatura se politizaron especialmente desde la crisis de los 90. Los artistas que iniciaron el 27N no estaban discutiendo con los dirigentes de la cultura por primera vez. En 2013, un grupo de cineastas conocido como G20 se empezó a reunir por su cuenta, en actitud discrepante de las políticas implementadas en el cine para aplicar el VI Congreso del PCC (2011). Fueron escuchados. Basta ir a ver sus obras, para saber que los teatristas han ganado un rango de libertad de expresión política descomunal. También se han entrenado para discutir con las instituciones de la cultura, y saben que pueden presionar por un diálogo con esos dirigentes, pues lo han hecho antes, y han sido escuchados. El decreto 349 fue recibido con una reacción en cadena negativa instantánea, que conllevó reuniones con más de cinco mil artistas y escritores en todo el país. Está paralizado y difícilmente se aplique.

Resulta evidente que el 27N no nace de un grupo de artistas identificados con la política antigubernamental del MSI y el INSTAR, sino opuestos a lo que ellos perciben como acciones policiales arbitrarias, cuya índole rechazan, porque mañana les puede tocar a ellos. Se trata de precaverse de una censura que les atañe y ante la cual han ganado libertad de expresión pulgada a pulgada. Esa práctica les ha dado alguna flexibilidad para debatir.

Declararse partidario del debate y la libertad de expresión, sin embargo, o apoyar una sana pluralidad, como ha hecho recientemente la Iglesia católica cubana, es siempre más simple que ejercerlos. Por ejemplo, para no salirnos del ejemplo de la fe reconciliadora y el papel de las iglesias, esperar un diálogo interreligioso real desde el cristianismo hacia los creyentes en la Regla de Ocha o santería parece improbable. Si esa fuera la prueba de fuego de una actitud dialogante, no todas las iglesias cubanas la pasarían con iguales calificaciones.

Sería también una ilusión óptica percibir a los intelectuales solidarizados con el 27N como un cuerpo orgánico u organizado, que se alinea de una sola manera frente al gobierno. Entre los redactores y firmantes de algunos documentos que circulan en las redes, donde se juntan socialistas críticos junto a enemigos declarados, hay muchos que aprecio especialmente, tanto por sus dotes intelectuales y talento, como por la buena voluntad que seguramente los anima. Más declarativo que analítico, el discurso de estos manifiestos no está exento, sin embargo, de los déficits que arrastra la cultura de debate en el socialismo cubano, en particular la coherencia y el reconocimiento del otro. Ateniéndose a la misma razón júrídica que animan las reformas, este discurso defiende el diálogo mediante un tono poco dialogante, que difícilmente reflejaría la imagen del gobierno como interlocutor. Dedicado más a denostarlo y cuestionarlo que a entablar una conversación con él y con su postura reformista, carece del tono persuasivo que podría darle continuidad al sentido inicial del 27N. En cambio, termina proponiendo tomar esta acción improvisada y espontánea, generada en medio de la calle entre sujetos que convergen en un espacio determinado, como modelo para construir consenso ciudadano dentro de la sociedad cubana, lo que es cualquier cosa menos la visión de una institucionalidad capaz de articularlo y canalizarlo de manera coherente.   

Estados Unidos, que siempre ha patrocinado a los grupos disidentes y, de paso, ha contribuido a que muchos cubanos los vean a todos como oposición ilegítima y mercenarios a su servicio, cree una vez más que ha llegado el momento de montarse en la actual crisis y precipitarla a su favor. La salida final de «los Castro», un gobierno joven, una situación económica difícil, una sociedad civil protestona más desigual y diferenciada, cuyos miembros antes de la pandemía salían y entraban en un flujo continuo, y recibía a cuatro millones de turistas, junto a un creciente sector privado, en medio de un difícil ajuste monetario, y bajo los efectos de la Covid, los hacen percibir que el régimen se encuentra muy vulnerable.

De hecho, no es extraño que, en esa circunstancia, se activen los anticuerpos del sistema, y proliferen las corrientes más proclives al síndrome de fortaleza sitiada. Son las que identifican toda discrepancia como cuerpo extraño y cada diferencia como enemiga, postulan que la seguridad nacional está en juego literalmente en todas partes, y terminan metiendo en un mismo saco a discrepantes y a contrarrevolucionarios. Esa reacción autoinmune tiende a producir respuestas inflamatorias, como los virus de pandemia, y a que las instituciones políticas se abroquelen. El predominio de esos vidrios polarizados conlleva una escalada que solo la política puede parar.

Los aparatos estatales y políticos, así como los medios de difusión que los acompañan, no se han sincronizado con esa nueva normalidad discrepante promovida por Raúl Castro que apuntaba arriba. A pesar de que el nuevo presidente Díaz-Canel ha pulsado a sus ministros para que den explicaciones en público una y otra vez, el estilo político de la dirigencia tiene mucho que andar para alcanzar el diálogo constante con los dirigidos. El presidente debe saber que su carta de crédito no es como la del liderazgo histórico, y que gobernar requiere fomentar consenso, especialmente en medio de una transición como esta, reformas económicas incluidas.

Evitar reacciones «autoinmunes» que fracturen el consenso en lugar de reforzarlo, no ceder a provocaciones, mantener la lucidez y el apego a la Constitución, aplicarse sobre los vacíos dejados por políticas inmovilistas y carentes de sensibilidad hacia la ciudadanía, asegurar que la participación empiece por los jóvenes, no solo en las instituciones culturales, sin paternalismo y en diálogo respetuoso con sus intereses, es solo una parte de los retos que la política y la sociedad civil cubana tendrán que enfrentar en los años que vendrán.

●     Movimiento San Isidro (MSI): grupo de activistas políticos antigobierno formado por artistas y otros jóvenes de barrio San Isidro (Habana Vieja), en huelga de hambre por liberación de su fundador, un artista plástico preso por desacato a la bandera, y un rapero, arrestado por desacato a la policía, y en demanda de cierre de las tiendas en dólares y derogación de decreto ley 349.

●     Grupo del 27N: delegación de 30 representantes de grupo de artistas, periodistas, activistas políticos y otros reunidos frente al Ministerio de Cultura el viernes 27 de noviembre, para demandar encuentro con el Ministro, reclamarle trato con apego a la ley para los del MSI, y otros derechos consagrados por la nueva Constitución (2018), referidos a la libertad de expresión y creación artística, y al debido proceso.

●     Grupo del MinCult (interlocutores de Grupo del 27N): vViceministro, y representantes de presidencia de Unión de Escritores y Artistas (UNEAC) y Asociación Hermanos Saíz (AHS, jóvenes creadores), Museo Nacional de Bellas Artes y Galería de Arte Génesis.

●     Instituto Internacional de Artivismo Hanna Arendt (INSTAR): grupo fundado por artistas, especialmente plásticos, con una misión eminentemente política, consagrada a trabajar con «la gente que se encargará de la construcción de la democracia en Cuba, demandando sus derechos y luchando por la justicia social», desarrollar «herramientas que permitan actuar en la esfera pública para potenciar la libertad de expresión». Un espacio independiente donde en teoría se podrían reunir «personas con diferentes convicciones políticas» pero que en su trayectoria de cinco años ha aglutinado a artistas y otras personas con posiciones antigobierno.

●     Medios de oposición (periódicos electrónicos con línea editorial antigobierno). En acción dentro del 27N: Diario de Cuba, ADN y Cubanet. A diferencia de otros medios no estatales que cubrieron estos eventos (El Toque, Periodismo de barrio), y registrados como extranjeros (OnCuba), que se limitaron a reportarlos, estos estuvieron involucrados directamente en los acontecimientos.

●     Grupo del Parque Trillo (la tángana): intelectuales jóvenes iniciadores de actividad pública en parque Trillo (Centro Habana), el domingo 29 de noviembre, e identificados como La Tángana en las redes, opuestos al MSI-INSTAR-medios de oposición, se desmarcan del 27N, y tienen su propia agenda crítica sobre el socialismo cubano, cuyo apoyo reafirman.

●     Policía Nacional Revolucionaria (PNR) y Departamento de Seguridad del Estado (DSE): instituciones dentro del Ministerior del Interior (MININT), encargados del orden público y la seguridad, que intervienen en este conflicto político, aplicando mecanismos operativos y legales, según la orientación del gobierno y el PCC.

●     Embajada de EEUU: representación del gobierno que responde a la misma política hostil e injerencista de la Casa Blanca de Donald Trump, y que contradice la establecida en 2014 por el gobierno de Barack Obama, en acuerdo con el gobierno de Raúl Castro.


Nota: este artículo se basa en documentos e información pública, así como entrevistas en profundidad con cinco participantes de los sucesos. Yunior García, dramaturgo y director de Trébol Teatro, uno de los líderes principales de la manifestación e interlocutor principal con el MinCult; Fernando Rojas, viceministro de Cultura; Daniel Díaz Mantilla, escritor y editor de la Union de Escritores y Artistas (UNEAC), participante del grupo de los 30 el 27N; Iramis Rosique, bioquímico, y Raúl Escalona, estudiante de Periodismo, organizadores de la tángana del parque Trillo el 29/11/2020.

Este artículo forma parte de la sección Diálogo y Paz, realizada junto con analistas y especialistas para analizar la compleja situación política de América Latina.



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