Coyuntura

Imaginarios en disputa

¿Cómo se está transformando el espacio sociopolítico cubano?


Nueva Sociedad 321 / Enero - Febrero 2026

El aumento de las desigualdades, las redes transnacionales y la expansión del ecosistema digital vienen debilitando el discurso oficial del gobierno cubano y la capacidad ordenadora del imaginario revolucionario. Al mismo tiempo, la pluralización del malestar y la multiplicación de repertorios de crítica desbordan la polarización castrismo/anticastrismo, reconfiguran el campo opositor y abren disputas sobre el sentido de la nación dentro y fuera de la isla.

<p>Imaginarios en disputa</p>  ¿Cómo se está transformando el espacio sociopolítico cubano?

Pensar el imaginario político cubano contemporáneo exige entrar en un terreno donde las palabras parecen haber perdido la solidez que tuvieron durante décadas. El vocabulario de la Revolución –soberanía, pueblo, igualdad, justicia social– ya no opera como gramática compartida ni como horizonte de sentido capaz de organizar la experiencia social. Su potencia aglutinadora se encuentra atravesada por fracturas internas asociadas a una crisis económica prolongada, la expansión de las desigualdades, nuevas sociabilidades mediadas por el ecosistema digital y una brecha generacional que reconfigura la sensibilidad política en la isla1. La erosión del consenso proviene tanto del deterioro material como de la incapacidad del relato oficial para dar cuenta de un presente que ya no puede ser narrado en los términos heredados.

Si bien la polarización es el lenguaje dominante con el que se representa la vida pública cubana –en la academia, en los medios y en las agendas políticas–, las coordenadas que ordenan este fenómeno han cambiado profundamente. El conflicto tan desigual con Estados Unidos persiste como un condicionante estructural ineludible y, al mismo tiempo, como un dispositivo simbólico que el Estado cubano reproduce para legitimar el cierre político. Sin embargo, este marco no explica por sí solo la pluralización del malestar ni la multiplicación de repertorios de crítica. Tampoco resulta suficiente el argumento contrario: reducir la crisis cubana al mero agotamiento de un régimen autoritario deja afuera la densidad histórica del proceso y sus legados emancipatorios. Entre el anticomunismo militante y el «bloqueocentrismo» exculpatorio se abre un espacio a partir del cual es posible comprender la crisis del imaginario político sin anular su complejidad.

Las transformaciones recientes –una transición que sobrepasa el alcance de las reformas– no pueden explicarse sin atender al impacto del ecosistema digital y la expansión de nuevas infraestructuras informativas. Por primera vez en seis décadas, el Estado ha dejado de monopolizar la producción y circulación de discursos públicos. La generalización de la conectividad ha producido una esfera pública fragmentada, contradictoria y transnacional que reordena el terreno de lo pensable. En ese nuevo espacio, los símbolos de la Revolución disputan visibilidad con imaginarios de prosperidad, movilidad, derechos civiles y autonomía personal. La circulación de significantes como «Patria y Vida» ‒en opción a «Patria o Muerte»‒ no solo desafía una narrativa, sino que destituye un régimen emocional y moral que durante décadas sostuvo la legitimidad oficial2.

Al mismo tiempo, el campo de disenso se ha vuelto más heterogéneo y difícil de categorizar. Convergen en él agendas radicalmente distintas: activismos culturales que reclaman libertad de creación, movimientos feministas y antirracistas, colectivos lgbti+, voces de izquierda crítica que buscan democratizar el socialismo, así como sectores conectados a proyectos de transición neoliberal con respaldo en la diáspora y en instituciones del gobierno estadounidense. La acusación indiscriminada de «mercenarismo» le ha servido al Estado para negar esa pluralidad, mientras que algunos discursos opositores reducen el malestar a la demanda de liberalización política y económica, invisibilizando memorias sociales de igualdad y justicia que siguen presentes en amplios sectores de la población. La disputa no es solo política, sino también epistemológica: qué cuenta como oposición legítima, quién tiene derecho a hablar en nombre de Cuba, qué futuro puede imaginarse desde adentro sin quedar subsumido ni por el autoritarismo estatal ni por agendas injerencistas externas.

Este texto se propone esbozar esta reconfiguración del imaginario político cubano, resaltando tres dimensiones que identifica como decisivas: (a) la pluralización del disenso y la emergencia de actores que desbordan la oposición tradicional; (b) el papel estructurante del ecosistema digital en la producción de sentidos; (c) la dimensión transnacional que enlaza la crisis interna con flujos de remesas, migración, culturas globalizadas e intervenciones externas.Su objetivo, más que adjudicar causas simples a estas dinámicas o reinscribir la «excepcionalidad cubana», consiste en situar a Cuba como un caso límite de las tensiones regionales recientes: crisis de representación, desgaste de los proyectos hegemónicos, expansión de derechas radicalizadas y búsqueda de horizontes democráticos que no reproduzcan las lógicas del mercado ni del Estado autoritario. 

La singularidad cubana

La especificidad del imaginario político cubano contemporáneo no surge como una anomalía aislada, sino como resultado de una genealogía marcada por la tensión entre emancipación y control, que atraviesa toda la historia revolucionaria3. Las disputas del presente heredan conflictos no resueltos del pasado, sedimentados en una tradición política que combina aspiraciones igualitarias, pulsiones autoritarias, dependencia estructural del exterior y un nacionalismo moldeado por la amenaza permanente de intervención estadounidense. Este sustrato histórico constituye la trama más o menos visible sobre la que se reconfiguran las percepciones actuales sobre legitimidad, soberanía y justicia.

En el ciclo que desembocó en 1959, la Revolución condensó fuerzas sociales heterogéneas en un proyecto de refundación radical. Su triunfo instauró una narrativa que, en pocos años, redefinió la vida pública: el socialismo como destino, el liderazgo carismático como eje de cohesión, la resistencia al imperialismo como mandato moral y la igualdad social como principio organizador del contrato nacional. Más que una elaboración ideológica, ese imaginario fue un proyecto de transformación estructural que alteró profundamente la economía, la movilidad social y las identidades colectivas, configurando un ethos igualitarista que marcó la sensibilidad política de varias generaciones.

Desde sus inicios, sin embargo, la narrativa revolucionaria estuvo atravesada por varias paradojas. El impulso a la participación popular coexistió con la construcción de un aparato estatal altamente centralizado; el internacionalismo solidario se desarrolló en paralelo a una creciente dependencia económica del bloque soviético; la defensa de la soberanía nacional se articuló con mecanismos de vigilancia y disciplinamiento que restringieron la pluralidad política. Mientras el crecimiento económico y la protección social mantuvieron su vigor, el modelo cubano pudo navegar esta tensión. Pero la crisis estructural del «Periodo Especial» ‒tras la caída del bloque soviético‒ fracturó ese equilibrio y abrió un proceso persistente de desajuste entre el relato oficial y las experiencias cotidianas de la población.

La desaparición del campo socialista y la inserción de Cuba en un orden global neoliberal profundizaron ese desacomodo. La reapertura parcial al mercado, el peso creciente del turismo y de las remesas, y la dolarización segmentada de la economía reintrodujeron desigualdades que erosionaron el consenso simbólico construido durante décadas. Lejos de desmontar el relato fundacional, el Estado lo reforzó, ampliando el desfase entre discurso y realidad, lo que debilitó su capacidad de producir adhesión.

En esa coyuntura, el nacionalismo revolucionario debió redefinir sus dispositivos de legitimación. La resistencia frente a las sanciones estadounidenses permaneció como pilar ideológico, pero la apelación al sacrificio colectivo perdió eficacia, especialmente entre generaciones socializadas sin la épica inicial ni las certezas materiales del periodo soviético. Los valores asociados a la autonomía individual, la movilidad social y el consumo comenzaron a tensionar la cultura política igualitarista, generando desplazamientos que hoy atraviesan el imaginario político: el ethos del deber revolucionario convive con aspiraciones individualizadas de bienestar, articuladas de manera desigual a partir de la clase, la adscripción racial, el territorio y la generación4.

La nueva Constitución de 2019 simbolizó esta encrucijada histórica. Al abandonar explícitamente el horizonte del comunismo, reconocer la economía mixta y definir el país como «Estado socialista de derecho», el gobierno buscó actualizar el pacto político sin desmontar los pilares del control institucional. Aunque incorporó derechos largamente demandados, mantuvo el monopolio del partido único y los mecanismos que restringen la deliberación pública. El resultado es un marco constitucional híbrido, en el que la aspiración a un orden jurídico moderno convive con prácticas de gestión política propias de una cultura estatal autoritaria, exponiendo las fisuras internas del imaginario revolucionario.

La «singularidad cubana» deriva, así, de la interacción histórica entre tres factores: la persistencia de un conflicto geopolítico excepcional en la región, que condiciona la posibilidad de reformas profundas; una trayectoria de igualitarismo social que configuró expectativas difíciles de desmontar; y una estructura institucional que, al resistirse a la pluralización política, produce un déficit creciente de representación. En este entrecruzamiento, el imaginario revolucionario deja de operar como horizonte compartido y se transforma en un repertorio en disputa, atravesado por expectativas divergentes que van desde la demanda de reformas de mercado hasta la democratización socialista, pasando por la salida migratoria como respuesta individual al agotamiento del horizonte de vida.

Crisis estructural y debilitamiento del consenso

La configuración histórica examinada desemboca en una crisis estructural que trasciende las coyunturas económicas y revela un agotamiento del modelo de legitimidad construido desde 1959. No se trata únicamente de fallas de gestión o errores de política pública. Lo que está en juego es la capacidad del proyecto socialista para seguir organizando sentidos, encauzar expectativas y producir adhesión colectiva. Cuando las promesas fundantes dejan de ofrecer horizontes creíbles, el consenso se erosiona por capas y las reformas pierden su eficacia.

La dimensión económica constituye el punto más visible de esta erosión, aunque no su causa exclusiva. La planificación centralizada, mantenida incluso tras el «Periodo Especial», había mostrado tempranamente sus limitaciones estructurales5. Los intentos de «actualización del modelo económico-social» introdujeron mecanismos de mercado sin transformar sus fundamentos. La «Tarea Ordenamiento», proclamada en 2021, condensó estas tensiones: aceleró la inflación, amplió brechas salariales, debilitó la capacidad adquisitiva del sector estatal y trasladó el costo del ajuste a los hogares6. El deterioro de la vida cotidiana se consolidó, así, como un dispositivo de desafección política, pues la frustración económica toca el núcleo del pacto fundacional: la igualdad material como base de legitimidad.

Esta fractura económica se entrelaza con una clausura política persistente. El sistema de partido único, concebido como garante de cohesión y continuidad, es hoy una fuente de inmovilismo. Los canales formales de participación resultan insuficientes para procesar el conflicto social y la deliberación pública se reduce, en muchos casos, a rituales de confirmación. En paralelo, la creciente gravitación de la elite político-militar en la definición de políticas económicas y en el control de sectores estratégicos refuerza dinámicas corporativas que amplían la distancia entre las instituciones y la ciudadanía.

La desconexión entre discurso y experiencia se amplifica en la dimensión social. La desigualdad dejó de percibirse como anomalía transitoria y se constituyó en rasgo estructural: diferencias territoriales, raciales y generacionales atraviesan el acceso al empleo, la vivienda, las remesas y la conectividad7. Mientras algunos sectores amortiguan la crisis mediante apoyos transnacionales, otros –en particular, personas racializadas, mujeres con responsabilidades de cuidado y habitantes de zonas periféricas– experimentan esta redistribución regresiva como una pérdida de derechos previamente garantizados8

En el plano ideológico, el desgaste se expresa en la pérdida de capacidad aglutinadora de los significantes centrales del relato estatal. La apelación a la continuidad, la heroicidad o la resistencia convive hoy con un escepticismo extendido. La retórica del sacrificio ya no interpela a una ciudadanía socializada en la incertidumbre económica y en la circulación de referentes globales de consumo y bienestar. Categorías como «contrarrevolucionario», antes eficaces para delimitar el campo político, funcionan ahora como mecanismos de exclusión –como un «algoritmo de deslegitimación»9– que inhiben el debate y debilitan la agencia de actores críticos, lo que erosiona la capacidad del discurso oficial para reconstruir un horizonte inclusivo.

A este cuadro se suma el impacto de la emigración masiva. La salida de cientos de miles de cubanos constituye menos un fenómeno demográfico que un plebiscito tácito sobre la viabilidad del modelo político y económico. Las familias se tornan espacios transnacionales donde circulan recursos, expectativas y referencias culturales que compiten con la narrativa estatal. Para amplios sectores jóvenes, la experiencia migratoria se vuelve un horizonte de posibilidad más verosímil que la promesa revolucionaria, lo que reconfigura la noción misma de ciudadanía y pertenencia.

El factor externo, aunque decisivo, opera no obstante de manera ambivalente. El recrudecimiento de las sanciones estadounidenses intensifica los efectos materiales de la crisis y restringe la capacidad de maniobra económica del país. Al mismo tiempo, su instrumentalización política alimenta un círculo vicioso: la hostilidad externa se invoca para justificar la ausencia de reformas estructurales, y esta ausencia refuerza la dependencia del discurso antiimperialista como fuente de legitimación. Esta dinámica obstaculiza la construcción de una cultura política capaz de reconocer simultáneamente los daños reales del bloqueo y las responsabilidades internas del Estado.

Todas estas dimensiones convergen en la pérdida de capacidad del imaginario revolucionario para ordenar la experiencia social y establecer acuerdos mínimos sobre el futuro. El consenso se erosiona en su núcleo mismo cuando la igualdad deja de figurar como promesa plausible, la soberanía se percibe como abstracción desvinculada de la vida cotidiana y la participación se vacía de eficacia política. En ese vacío emergen nuevas gramáticas –individualistas, comunitarias, religiosas, artivistas o tecnopolíticas– que compiten por definir la posibilidad misma de imaginar Cuba.

Esta crisis estructural no anuncia necesariamente un colapso inmediato, pero sí un punto de inflexión. La legitimidad ya no puede sostenerse en la combinación clásica de épica, bienestar social y disciplina política. El deterioro del consenso es, a la vez, síntoma del agotamiento del proyecto revolucionario y condición para la emergencia de nuevas formas de imaginación política que desbordan los marcos heredados.

Reconfiguración del campo político

La crisis estructural no solo ha erosionado el consenso revolucionario, también ha reconfigurado las fronteras mismas del campo político. El espacio del disenso –durante décadas reducido a una zona vigilada, deslegitimada y narrada desde la excepcionalidad– se ha vuelto más visible, plural y difícil de encapsular en categorías binarias. La oposición opera hoy como un mosaico de actores con trayectorias, valores y estrategias heterogéneas que tensionan el orden político sin converger en un horizonte común.

Ese mosaico se articula en tres dinámicas simultáneas: la diversificación interna del disenso; la expansión de actores que, sin asumirse como oposición, cuestionan dimensiones estructurales del orden instituido; y la persistencia de un aparato estatal que responde de forma homogénea a fenómenos profundamente disímiles. El resultado es un campo político cada vez más poroso, donde las líneas de conflicto se desplazan del eje ideológico clásico revolución/contrarrevolución hacia disputas alrededor de la autonomía, los derechos, el reconocimiento y la legitimidad10.

La primera transformación relevante es la pluralización del disenso político explícito. Coexisten organizaciones y plataformas vinculadas al exilio cubanoestadounidense y a la agenda de Washington, centradas en la lógica del «cambio de régimen», con colectivos y voces críticas que emergen dentro de la isla, cuyo horizonte no es la restauración capitalista, sino la ampliación de derechos y la apertura institucional. Mientras los primeros cuentan con infraestructura mediática y recursos transnacionales que amplifican sus discursos, los segundos elaboran lenguajes anclados en la experiencia cotidiana: denuncias de violencia institucional, reclamos contra la censura, demandas de autonomía cultural y propuestas redistributivas orientadas a reactivar la promesa de justicia social.

A este mapa se suma un tercer polo que desborda cualquier taxonomía rígida: las izquierdas críticas. Estas incluyen a intelectuales, periodistas y colectivos culturales que, desde posiciones socialistas o autogestionarias, cuestionan simultáneamente las derivas autoritarias del gobierno y la captura neoliberal del malestar social. Su intervención articula derechos civiles, igualdad material y soberanía nacional-popular, interpelando el núcleo ético del proyecto revolucionario. Su presencia confirma que el campo del disenso no puede reducirse a la polarización entre oficialismo y anticastrismo, y que una parte sustantiva del pensamiento crítico cubano busca una salida al binarismo que ha ordenado la política por más de medio siglo.

La segunda dinámica involucra a actores que no se definen como oposición, pero que producen efectos de contestación. Movimientos feministas, redes antirracistas, colectivos lgbti+, agrupaciones ambientales y proyectos comunitarios desplazan el conflicto hacia dimensiones que el universalismo estatal tendió a subsumir bajo la igualdad abstracta. Al visibilizar discriminaciones, violencias estructurales y déficits de reconocimiento, estos actores erosionan el monopolio estatal sobre la definición de justicia y ciudadanía, aun cuando no articulen estrategias clásicas de confrontación política.

La tercera dinámica se expresa en el campo cultural y mediático de la contraesfera pública. El artivismo –visible en experiencias como el Movimiento San Isidro o el 27n, o en campañas simbólicas como #LaBanderaEsDeTodos– opera como laboratorio de lenguajes políticos que combinan estética, performance y protesta11. Al cuestionar la apropiación oficial de los símbolos nacionales, estas prácticas desplazan la disputa del terreno institucional al de la sensibilidad cotidiana. En paralelo, medios como El Estornudo, Periodismo de Barrio, El Toque u OnCuba producen narrativas que documentan desigualdades, violencias y contradicciones sistémicas; amplían así el repertorio de lo decible y erosionan el monopolio informativo del Estado. Aunque no todos estos proyectos se autodefinen como opositores, el simple hecho de narrar la realidad sin mediación estatal los sitúa en una zona de conflicto permanente12.

La respuesta gubernamental a esta diversificación ha sido, sin embargo, relativamente uniforme: vigilancia, campañas de descrédito, detenciones selectivas, regulaciones restrictivas y uso de figuras penales ambiguas, reforzadas por el nuevo Código Penal (2022). Al tratar como equivalentes fenómenos tan distintos como el artivismo cultural, el periodismo crítico o la protesta social localizada, el Estado elimina la posibilidad de procesar demandas legítimas y contribuye a profundizar la polarización y la desafección política.

Este proceso se ve atravesado, además, por tensiones internas en el propio campo crítico. Una línea de conflicto particularmente relevante enfrenta a sectores del exilio radical con las izquierdas críticas autónomas, a las que se acusa alternativamente de reformismo o de subordinación a agendas externas. Estas disputas, lejos de ser un síntoma de debilidad, expresan un ecosistema político en transformación, en el que las lealtades heredadas ya no ordenan la acción colectiva.

El resultado es un campo opositor expandido, transversal y contradictorio, cuya potencia política reside precisamente en su heterogeneidad. La crítica se ha normalizado y los criterios de legitimación ya no se distribuyen en función de la adhesión al relato revolucionario, sino de la capacidad de articular diagnósticos verosímiles y prácticas conectadas con la vida cotidiana. El disenso dejó de ser excepción para convertirse en un elemento constitutivo del espacio público, aun cuando el gobierno se resista a reconocerlo. Lo que está en disputa no es la alternancia política, inviable bajo el actual diseño institucional, sino el monopolio estatal sobre la definición de Cuba y su futuro.

Ecosistema digital y esfera pública

Esta reconfiguración del campo político constituye la plataforma desde la cual se despliegan los fenómenos vinculados al ecosistema digital. Su reciente expansión en Cuba no puede entenderse como una mera modernización tecnológica. Su impacto quebró el monopolio estatal sobre la opinión pública y habilitó la emergencia de actores antes invisibilizados –ciudadanos comunes, colectivos, periodistas y plataformas transnacionales– que reordenan el mapa del disenso. La entrada masiva a internet desde 2018 transformó no solo las rutinas comunicativas, sino también la forma en que amplios sectores de la población imaginan el país y proyectan sus expectativas de futuro.

Durante casi seis décadas, el Estado administró de manera centralizada la producción simbólica, articulando prensa, televisión, cine, instituciones culturales y sistemas de difusión en torno de un ideal de unidad nacional que convertía la divergencia en amenaza. La conectividad operó como una fisura en esa arquitectura –ya erosionada desde los años 90– y abrió un pluralismo de facto que ninguna reforma institucional había permitido. No se trató únicamente de acceder a contenidos globales, sino de habilitar la producción autónoma de significados y la emergencia de subjetividades políticas no reguladas por el aparato estatal.

Esta apertura no comenzó con la internet móvil. Experiencias previas, como el «paquete semanal»13 y las redes barriales de conexión, revelaron la capacidad social de construir infraestructuras informativas paralelas. Estas prácticas anticiparon la lógica colaborativa de la esfera digital posterior y funcionaron como formas de sociabilidad autogestionada. El desmantelamiento de estas redes en 2019 –pese a no constituir espacios opositores– evidenció la desconfianza estatal hacia cualquier forma de comunidad autónoma con capacidad de producir vínculos y sentidos compartidos.

Con la generalización del acceso móvil, la conexión adquirió una dimensión política inmediata. Miles de ciudadanos comenzaron a registrar y difundir episodios de represión, escasez, apagones, corrupción y deterioro de servicios básicos. Este flujo de testimonios produjo una contraesfera pública, donde la experiencia cotidiana se convirtió en evidencia política14. La población dejó de depender de la prensa oficial para narrar su realidad y comenzó a contrastar versiones y a disputar silencios, lo que debilitó la autoridad comunicacional del Estado.

Esta contraesfera no se limita a la denuncia, pues artistas, activistas, periodistas y expertos han creado espacios híbridos que articulan diagnósticos complejos sobre economía, desigualdad, racismo, género, ecología o derechos laborales. La política dejó de estar confinada a marcos institucionales y se produce hoy en entornos digitales donde conviven lenguajes técnicos, artísticos y populares, lo que amplía los repertorios de intervención pública.

Las protestas del 11 de julio de 2021 condensaron esta transformación. Las movilizaciones no dependieron de una organización previa ni de una agenda articulada desde el exterior, sino del entrelazamiento entre precariedad material, agotamiento social y una cultura digital que permitió difundir convocatorias espontáneas, documentar la represión y crear una memoria colectiva compartida. El ecosistema digital actuó como catalizador de demandas diversas –económicas, políticas y simbólicas– que, ante la ausencia de canales institucionales efectivos, se expresaron en la calle. La reacción estatal confirmó que el ámbito digital se ha convertido en uno de los principales frentes de disputa, mediante cortes de internet, vigilancia y persecución penal selectiva.

La interpretación de estos acontecimientos ha sido objeto de controversias. Una lectura los inscribe en la lógica de la «guerra híbrida», subrayando el rol de plataformas externas, financiamiento estadounidense y agendas transnacionales. Otra destaca la agencia ciudadana y la capacidad de las redes para ampliar márgenes de autonomía y producir horizontes democráticos desde abajo15. Ambas miradas captan dimensiones reales: existen estrategias de injerencia digital, pero también una ciudadanía que utiliza las tecnologías para disputar la definición de lo público.

De manera más general, la política estatal frente al fenómeno digital se caracteriza por una ambivalencia persistente. Mientras promueve la informatización y la alfabetización tecnológica, despliega dispositivos de control orientados a recentralizar un espacio que escapa a los repertorios tradicionales del gobierno. Esta tensión produce una forma de autoritarismo digital que convive con usos alternativos de las tecnologías, lo que configura un campo atravesado por la disputa permanente entre vigilancia y autonomía.

El ecosistema digital, a su vez, amplifica desigualdades preexistentes. El costo de la conexión, la calidad irregular del servicio y las brechas de alfabetización tecnológica condicionan la participación. La visibilidad digital se distribuye de manera desigual, privilegiando a sectores urbanos y con mayor capital cultural mientras otros permanecen subrepresentados. La esfera pública digital amplía la pluralidad, pero también reproduce las distorsiones estructurales de la sociedad cubana.

Con todo, lo decisivo es que las redes dislocaron el vínculo tradicional entre Estado, ciudadanía e información. La política se volvió un proceso distribuido y polifónico, donde la autoridad narrativa se disputa en tiempo real. La identidad nacional, antes producida fundamentalmente desde arriba, se reinscribe ahora en comunidades digitales transnacionales que desdibujan la frontera entre el adentro y el afuera.

Fronteras porosas y disputas de sentido

La crisis del imaginario político cubano no puede comprenderse únicamente desde el interior de la isla. Desde hace tiempo, la nación se inscribe en un orden transnacional donde confluyen presiones externas, redes migratorias, flujos culturales, dispositivos de injerencia y formas de resistencia que desbordan el espacio estatal. La apertura de las últimas décadas ‒que incluye los viajes de los cubanos al exterior‒ ha configurado una constelación compleja de actores y fuerzas que intervienen en la vida política y simbólica del país, reconfigurando identidades, expectativas y horizontes de futuro.

La hostilidad estructural de la política estadounidense constituye el eje más persistente de esta dimensión. Más que un factor externo, opera como un marco que condiciona las decisiones económicas, moldea la narrativa estatal y estructura el campo político en clave de confrontación. El bloqueo –material y simbólico– constriñe el desarrollo y afecta severamente la vida cotidiana, al tiempo que ha sido instrumentalizado por el gobierno para justificar controles internos, reforzar la retórica de plaza sitiada y desplazar responsabilidades en contextos de crisis. Esta instrumentalización no anula la gravedad del cerco, sino que evidencia el entrelazamiento entre política interna y política exterior.

En este escenario, la diáspora cubana se ha convertido en un actor decisivo. La coexistencia de múltiples generaciones –desde el exilio anticastrista histórico hasta los nuevos emigrados marcados por la precariedad y la búsqueda de proyectos de vida viables– configura un campo transnacional atravesado por fracturas políticas, generacionales, raciales y económicas. Mientras sectores del exilio tradicional mantienen influencia sobre la política estadounidense y promueven estrategias de cambio de régimen, redes migratorias más recientes sostienen vínculos densos con la isla a través de remesas, cuidados y circuitos digitales que no se alinean necesariamente con agendas radicalizadas.

La migración ha dejado de ser solo un gesto político para convertirse en una estrategia de supervivencia y de búsqueda de dignidad material. Este desplazamiento simbólico se articula con el impacto desigual de las remesas, que reproducen y profundizan brechas raciales y territoriales preexistentes. La diáspora funciona así no solo como sujeto político, sino como estructura de desigualdad que redefine el espacio doméstico y reconfigura la noción misma de ciudadanía, cada vez más transnacional.

Los cambios recientes en la política estadounidense hacia Cuba han profundizado esta vulnerabilidad. Las restricciones a viajes y remesas, la presión sobre empresas nacionales y extranjeras y la reinstalación de Cuba en listados punitivos han incrementado la incertidumbre material. Esta inestabilidad económica incide directamente en la imaginación política de una ciudadanía para la cual la movilidad se ha incorporado como horizonte de vida posible, y no como excepción.

A este entramado se suma la globalización cultural, que reconfigura deseos y referencias simbólicas, en particular entre las generaciones jóvenes. La circulación de productos culturales y estéticas de consumo convive con memorias igualitarias y tradiciones antiimperialistas que persisten como componentes del imaginario nacional. Esta convivencia no se resuelve en una síntesis, sino que produce tensiones constantes entre aspiraciones de prosperidad individual, lealtades colectivas y discursos de justicia social.

Las redes transnacionales de activismo, comunicación y financiamiento añaden otra capa de complejidad. Organizaciones de derechos humanos, plataformas digitales, programas de «democracia» financiados desde el exterior, iniciativas artísticas y proyectos solidarios de distinto signo intervienen en la esfera pública cubana desde posiciones divergentes. Estas redes amplían los lenguajes disponibles, pero también introducen agendas que pueden fortalecer la autonomía cívica o subordinarla a lógicas geopolíticas ajenas. Conceptos como «transición», «democratización» o «derechos humanos» circulan en este espacio sin significados estables y son disputados por actores con legitimidades desiguales.

Creadores de contenido, periodistas y activistas radicados en Miami, Madrid o Ciudad de México disputan sentidos con actores situados en la isla, y esto configura un espacio híbrido donde se desdibujan las fronteras entre adentro y afuera. El imaginario político se redefine así en una esfera descentralizada, donde la pertenencia nacional se vuelve móvil y relacional, más diaspórica que territorial.

La reconfiguración transnacional del imaginario cubano no se reduce, por tanto, ni a la presión externa ni a la diáspora como actor político homogéneo. Involucra la construcción de una comunidad ampliada, atravesada por flujos de afectos, recursos y disputas ideológicas. En este contexto, la defensa de la soberanía y la democratización ya no pueden formularse en términos binarios. Deben pensarse frente a las lógicas del mercado global, las plataformas tecnológicas y la captura de agendas políticas por intereses externos, sin perder de vista las memorias sociales y las aspiraciones de justicia que siguen estructurando, de manera conflictiva, la imaginación política cubana.

Transformaciones del imaginario político

El imaginario político cubano atraviesa una mutación que no puede reducirse ni a la erosión del relato revolucionario ni a la emergencia de un anticastrismo más visible. Lo que se reconfigura es el conjunto de marcos simbólicos que durante décadas organizaron la relación entre ciudadanía, Estado, nación y proyecto social. Este desplazamiento opera de manera simultánea en distintos planos de la experiencia social y se caracteriza por la incapacidad de los lenguajes heredados para ordenar de forma estable las expectativas colectivas. Cuba transita así un momento de indefinición productiva: se agotan sentidos históricos sin que se hayan cristalizado nuevos consensos hegemónicos.

La Constitución de 2019 refleja este desplazamiento al formalizar una transición que ya venía operando en el plano social y simbólico. Sin resolver las tensiones estructurales del sistema político, consagra un reordenamiento del horizonte normativo que evidencia el agotamiento de la épica del sacrificio y de la retórica de la resistencia como matrices capaces de dotar de sentido a la vida cotidiana. La precariedad persistente, el aumento de las desigualdades y la sensación de estancamiento erosionan la capacidad del imaginario revolucionario para seguir funcionando como principio articulador del consenso.

En este contexto, las tensiones entre estatismo y autonomía se intensifican. La ampliación de actores económicos no estatales y la descentralización parcial de la gestión económica abrieron grietas en la hegemonía simbólica del Estado sin dar lugar a un nuevo pacto social. La ciudadanía experimenta estas transformaciones como posibilidad de agencia material y, al mismo tiempo, como evidencia del debilitamiento de la igualdad como principio organizador. El imaginario socialista no desaparece, pero deja de estructurar los sentidos comunes y entra en disputa con aspiraciones de prosperidad, movilidad y autonomía que expresan, antes que una adhesión doctrinaria, una búsqueda de dignidad en condiciones de escasez prolongada.

El campo cultural se convierte en uno de los principales espacios de esta disputa simbólica. La resignificación de emblemas y lenguajes –como ocurrió con Patria y Vida– no puede leerse solo como provocación política ni como consumo cultural despolitizado. Funciona como un laboratorio de imaginación política donde se ensayan nuevas formas de pertenencia, de narración de la experiencia cubana y de interpelación a lo público, desplazando la centralidad estatal en la producción de sentido.

Las protestas del 11 de julio condensaron estas transformaciones. No inauguraron el descontento, pero sí evidenciaron el agotamiento del imaginario revolucionario como dispositivo de contención del conflicto. La articulación entre demandas materiales urgentes y reclamos de derechos y libertad expresó una mutación decisiva: la igualdad ya no puede pensarse sin derechos, ni los derechos sin justicia social. En ausencia de canales institucionales efectivos, esa síntesis solo pudo emerger de manera disruptiva.

En su conjunto, estas transformaciones no implican un vaciamiento del imaginario político, sino su pluralización conflictiva. El nacionalismo se resignifica más allá del Estado; el antiimperialismo persiste como sensibilidad crítica sin monopolio oficial; los imaginarios de mercado y movilidad se expanden sin consolidar una narrativa dominante. En este campo abierto coexisten posibilidades emancipatorias y riesgos reales de captura, tanto por lógicas neoliberales como por nuevas formas de autoritarismo. Lo decisivo es que el horizonte político cubano ya no se organiza desde un centro único ni desde una verdad incuestionable: se construye en la disputa. Imaginar un futuro común exige articular democratización y justicia social como condiciones recíprocas de posibilidad.

  • 1.

    Carmelo Mesa-Lago: «La economía de Cuba en tiempos de crisis: 2020-2022 y perspectivas para 2023» en La Joven Cuba, 3/1/2023; María del Carmen Zabala: «Una lectura de la vulnerabilidad social y de las políticas para su atención desde el enfoque interseccional en el contexto cubano actual» en PALARA (Publication of the Afro-Latin/American Research Association) vol. 27, 2024.

  • 2.

    Este contraeslogan se popularizó en la canción del mismo nombre interpretada por Descemer Bueno. V. video en YouTube, www.youtube.com/watch?v=pp9bto...

  • 3.

    Boaventura de Sousa: «¿Por qué Cuba se ha vuelto un problema difícil para la izquierda?» en Otra Economía vol. 3 No 4, 2009.

  • 4.

    Sobre el desplazamiento desde el ideal del «hombre nuevo» hacia sociabilidades marcadas por el consumo y la desigualdad, v. Velia Cecilia Bobes (ed.): Cuba: ¿ajuste o transición?, Flacso México, Ciudad de México, 2015; Mauricio de Miranda Parrondo (ed.): Cuba: sociedad, cultura y política en tiempos de globalización, Pontificia Universidad Javeriana, Cali, 2003.

  • 5.

    Sobre los límites históricos de la descentralización en Cuba, v. Julio César Guanche: Estado, participación y representación políticas en Cuba. Diseño institucional y práctica política tras la reforma constitucional de 1992, Clacso, Buenos Aires, 2013; Juan Valdés Paz: La evolución del poder en la Revolución cubana vol. II, Fundación Rosa Luxemburgo, Ciudad de México, 2018; W. Pérez Varona: «Estado, crisis y reforma en Cuba» en Crítica y Resistencias No 16, 2023.

  • 6.

    Sobre la «Tarea Ordenamiento» y sus efectos en términos de pobreza laboral e inflación, v. Jencky M. Campos Alfonso y Francisco García: «Política de ‘Ordenamiento Monetario’ en Cuba 2021-2023 y sus efectos» en EntreDiversidades. Revista de Ciencias Sociales y Humanidades vol. 21, 2024.

  • 7.

    Geydis Fundora Nevot: «La estructura socioclasista cubana entre 2008 y 2018. Diferentes aproximaciones a un contexto sui generis» en Estudios del Desarrollo Social: Cuba y América Latina vol. 9 No 1, 2021.

  • 8.

    Sobre la «refamiliarización» y «refeminización» del bienestar en el contexto de crisis, v. Elaine Acosta (coord.): Crisis de cuidados, envejecimiento y políticas de bienestar en Cuba, Universidad Sergio Arboleda, Bogotá, 2020; Cuido60 et al.: «Mujeres cubanas en condiciones particulares y la crisis multifactorial en Cuba», 9/2024, disponible en Repositorio 4Métrica, https://repositorio.4metrica.o...

  • 9.

    Para el análisis del «algoritmo» de deslegitimación del disenso, v. J.C. Guanche: «Enfoques para abordar las protestas del 11J en Cuba» y Alexander Hall: «Descolonizar el socialismo en Cuba», ambos en A. Hall (coord.): Cuba 11J. Perspectivas contrahegemónicas de las protestas sociales, CEHUS, Buenos Aires, 2024.

  • 10.

    Sobre la pluralización del campo opositor y sus tensiones internas, v. Constanza Mazzina y Pedro Isern (comps.): La disidencia cubana: Experiencias y aprendizajes para la democratización, Dunken, Buenos Aires, 2023; y V.C. Bobes: Protestas en Cuba: más allá del 11 de julio, Flacso México, Ciudad de México, 2024.

  • 11.

    Ted A. Henken: «Del Movimiento San Isidro a ‘Patria y Vida’: ¿quién controlará la revolución digital cubana?» en Revista Foro Cubano vol. 2 No 2, 2021.

  • 12.

    Un ejemplo reciente de esta tensión es la intensa controversia en torno de la tasa representativa del mercado informal publicada diariamente por El Toque. En un contexto de severa crisis inflacionaria y ante la ausencia de un mercado cambiario oficial, este indicador se ha convertido en la referencia de facto para la economía doméstica y privada. El gobierno cubano ha escalado su ofensiva contra el medio, acusándolo de emplear algoritmos manipulados para inducir artificialmente la devaluación del peso y de actuar como un instrumento de «terrorismo financiero» y «guerra económica» financiado por agencias estadounidenses para desestabilizar el país.

  • 13.

    El «paquete semanal» era un servicio vendido mano en mano que entregaba aproximadamente un terabyte de contenido digital pirateado (películas, series, música, aplicaciones) almacenado en una memoria flash.

  • 14.

    Luis Yaim Martínez Acebal: «¿Participación en la esfera pública digital en Cuba? Análisis del debate sobre la reforma constitucional en los foros digitales de las plataformas de noticias Cubadebate y OnCuba», tesis de maestría, Universidad Iberoamericana, Ciudad de México, 2020.

  • 15.

    Para el debate sobre internet, ciberguerra y agencia ciudadana, v. Javier Gómez: La dictadura del algoritmo, Ocean Sur, La Habana, 2021; Keith Bolender: Manufacturing the Enemy: The Media War Against Cuba, Pluto Press, Londres, 2019; Ted A. Henken y Sara García Santamaría (eds.): Cuba’s Digital Revolution: Citizen Innovation and State Policy, University Press of Florida, Gainesville, 2021; y V.C. Bobes: Protestas en Cuba: más allá del 11 de julio, cit.

En este artículo
Este artículo es copia fiel del publicado en la revista
ISSN: 0251-3552
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