Prosperidad compartida en las economías emergentes Del cambio de paradigma al cambio de realidad

La crisis financiera iniciada en 2008 y las grandes recesiones resultantes han dado lugar a un cambio de paradigma. Ahora debe haber un cambio en la realidad. Los mayores niveles de endeudamiento y de desequilibrios globales ponen en peligro la economía del planeta, y un crecimiento estable requiere ser impulsado por los salarios y el consumo, no por el ajuste salarial. A diferencia de lo que sugiere el viejo paradigma, para garantizar la prosperidad, es necesario implementar políticas que reduzcan la desigualdad y distribuyan los frutos del crecimiento entre los sectores más pobres.

Análisis | Prosperidad compartida en las economías emergentes | Del cambio de paradigma al cambio de realidad | Agosto 2015

1. Introducción

La desigualdad ha aumentado en la mayoría de los países a lo largo de las últimas décadas. Durante mucho tiempo, esto era considerado un mal necesario o incluso algo bueno; la desigualdad era vista como una condición para el crecimiento y la prosperidad. Debido a la crisis financiera mundial de 2008 y a la gran recesión resultante, estas posiciones han perdido parte de su peso. Hasta se podría hablar de un cambio de paradigma, ya que la preocupación en torno a los riesgos de la mayor desigualdad es expresada no solo por los economistas keynesianos y la izquierda liberal, sino también por importantes organismos de análisis y política económica, incluidos el FMI, la OCDE y el Foro Económico Mundial, además del propio gobierno de Estados Unidos. Por lo tanto, se volvió a centrar la atención en la relación existente entre prosperidad y desigualdad.

Repensar la desigualdad es un importante paso adelante, pero no es suficiente por sí solo. Es necesario incorporar nuevas políticas dirigidas a corregir la distribución del ingreso, que se torna cada vez más inequitativa. El cambio de paradigma debe ser seguido por un cambio en la realidad. El presente trabajo revisa las teorías sobre crecimiento y desigualdad, así como las evidencias históricas. Dentro de este marco, hace especial referencia a la desigualdad salarial en las grandes economías emergentes por su importancia a escala mundial y por su papel en la relación entre prosperidad y desigualdad.1 Se presta particular atención a cinco economías emergentes (5EE), cuyo análisis se basa en los estudios de los respectivos países: Brasil (André Calixtre), China (Guo Jiannan), India (Arup Mitra), Corea del Sur (Lee Joung-Woo) y México (Gerardo Esquivel Hernández).2 El trabajo también explora las oportunidades de reducir la desigualdad sin afectar la prosperidad. Investiga en primer lugar la desigualdad en los ingresos y, en menor medida, la distribución de la riqueza.3

2. Prosperidad y desigualdad: algunas teorías

El concepto de prosperidad abarca no solo el crecimiento económico como núcleo, sino también otros aspectos importantes del bienestar que el producto interno bruto (PIB) subestima o excluye, como la sostenibilidad ambiental, el trabajo doméstico, el ocio y la calidad laboral (trabajo decente). En gran medida, la prosperidad es también el resultado de una labor no remunerada llevada a cabo en el seno de la familia (por ejemplo: cocinar, limpiar, cuidar a los niños, a las personas con discapacidad, a los ancianos, etc.), que comprende el grueso de las horas trabajadas en todas las sociedades y es realizada en su mayor parte por las mujeres. El modo habitual de alcanzar el crecimiento implica hoy a menudo agotar los recursos naturales y dañar las bases ambientales de la vida y el trabajo humanos, o permitir condiciones laborales inhumanas. Quizás así aumenta la producción, pero no la prosperidad, que requiere también del trabajo doméstico, predominantemente femenino. En las economías emergentes, es fundamental la labor efectuada en el sector rural de subsistencia y en el sector informal, mayormente urbano, cuyo producto no suele registrarse en las cuentas nacionales. La prosperidad aumenta asimismo cuando el aumento de la productividad significa más tiempo de ocio y menos de trabajo –y no por desempleo involuntario–, aunque en este caso el incremento de la producción será más lento.

No obstante, en este trabajo, el crecimiento suele usarse como un indicador de prosperidad. Dado el caso, se señala dónde el crecimiento ha aumentado la prosperidad y cuál ha sido el costo para otros aspectos del bienestar de las personas. El enfoque en el crecimiento del PIB tiene otra desventaja: subestima su distribución. Los promedios, como el PIB per cápita, muchas veces esconden grandes desigualdades. Compartir la prosperidad implica una mejora en la distribución del ingreso, con condiciones de trabajo más dignas y horas para todos. Se puede suponer razonablemente que una distribución más equitativa aumenta la prosperidad de una sociedad. Las condiciones salariales y laborales son un factor clave para la relación entre desigualdad y prosperidad, ya que tienen una gran incidencia en el empleo, la productividad (por ende, el crecimiento) y la distribución del ingreso (ver figura 1).

En las dos secciones siguientes analizaremos, por un lado, la relación entre desigualdad y crecimiento y, por el otro, entre salario y crecimiento.


2.1. Desigualdad y crecimiento

La relación entre crecimiento y desigualdad constituye un tema muy controvertido para la teoría económica y ha dado lugar a una enorme cantidad de estudios (para obtener una sinopsis, v. Benabou 1996). Tradicionalmente, los economistas de "izquierda", como Karl Marx y John Maynard Keynes, han centrado su atención en los riesgos que la desigualdad plantea al crecimiento cuando los desequilibrios en la acumulación de capital y el ahorro reducen el consumo y la demanda. Los economistas clásicos, a su vez, han resaltado el papel del ahorro como presunta condición para la inversión, dando por sentada la existencia de una dicotomía entre eficiencia e igualdad (Okun 1975). Entretanto, la economía experimental ha demostrado que muchos supuestos básicos del modelo neoclásico –como el comportamiento maximizador de utilidades del homo oeconomicus– no describen la realidad, ya que los individuos valoran la justicia y la equidad más que el dinero (Stiglitz 2012: 126 y sig.).

En los mercados de capital perfectos, los ahorros elevados vinculados a la fuerte desigualdad se canalizarían hacia una inversión favorable al crecimiento, como proyectos de negocios prometedores, infraestructura física y capital humano. Lamentablemente, en los mercados imperfectos del mundo real, el crecimiento se ve obstaculizado por la especulación y el limitado acceso al capital para los hogares pobres y las pequeñas empresas. A menudo, los negocios con sofisticados instrumentos financieros parecen ofrecer una mayor rentabilidad que las inversiones en la economía real, mientras que los potenciales prestatarios de bajos recursos carecen de las garantías necesarias para obtener créditos. En particular, después de la crisis financiera de 2008-2009, algunos economistas señalaron que el aumento de la desigualdad puede crear burbujas financieras y socavar así las perspectivas de crecimiento a largo plazo (Rajan 2010; Kumhof/Rancière 2010; Cynamon/Fazzari 2013). Más recientemente, Piketty (2014) planteó que las menores tasas de crecimiento a largo plazo exacerban la distribución desigual de la riqueza y el ingreso.

  • 2.

    Los estudios son el resultado de un taller realizado el 11 de abril de 2014 en Washington, DC, con el auspicio de la Fundación Friedrich Ebert.

  • 3.

    Un agradecimiento especial a los participantes del taller de Washington (ver nota 2), a Hubert Schillinger, a Rudolf Traub-Merz y al editor Robin Surratt.