Ensayo

Volver sobre la Revolución Rusa

La historiografía de la Revolución Rusa estuvo atravesada por fuertes disputas ideológicas e intereses políticos surgidos en gran parte al calor de la Guerra Fría. La disolución de la URSS trajo cambios en las perspectivas teóricas, un mejoramiento en el acceso a las fuentes y nuevos contextos políticos que cuestionaron los viejos prejuicios, aunque no los removieron. A 100 años de la revolución, este artículo repasa su recepción actual, los debates que se generaron históricamente y las perspectivas que se abren a partir de las principales transformaciones en la historiografía de las dos últimas décadas.

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Configuraciones actuales

No es un contexto favorable para evocar la Revolución Rusa. No lo es por lo menos en América Latina, donde en varios países la derecha ha retornado al poder y las experiencias progresistas atraviesan diversos niveles de crisis, pero tampoco hay un contexto favorable en la cuna de la Revolución. La Rusia de Vladímir Putin, quien se ha caracterizado por reconstruir el papel del Estado y por reposicionar a la nación rusa en la geopolítica mundial, prefiere recordar los logros políticos y económicos del orden soviético más que el «caos» y la «inestabilidad» de los tiempos de la revolución. No hace mucho, el presidente ruso responsabilizó al mismísimo Lenin por haber puesto, con sus ideas, las bombas que destruyeron la Unión Soviética. Ya hace años que el feriado que evocaba Octubre fue reemplazado por una oportuna «Jornada de Unidad y Reconciliación». Para 2017, el Kremlin decidió que la Revolución debe quedar dentro de los claustros académicos, donde debe investigarse «honesta y objetivamente» lo sucedido para así aportar a la armonía del país. Con la Revolución lavada, los festejos importantes se han dejado para celebrar, sin que genere ningún tipo de contradicción, la victoria del Ejército Rojo sobre los nazis o el nacimiento de la dinastía Románov.

100 años después, el recuerdo de la Revolución Rusa se encuentra con un clima social que le es, si no hostil, al menos indiferente. Y, sin embargo, cuando todavía las condiciones de vida siguen siendo en varios sentidos las mismas que animaron a cientos de miles de rusos a rebelarse en 1917, es vital acudir a ella no solo para comprender mejor ese pasado sino, sobre todo, para poder proyectar un sentido emancipatorio sobre nuestro presente. Tal vez, todavía hoy, la Revolución tenga muchas cosas para decirnos respecto de cómo superar el alienante dominio que el capitalismo tiene sobre nuestras vidas y su efectos destructivos sobre el planeta que habitamos.

Un buen punto de partida puede ser revisar su historia y dejar de lado las visiones tanto celebratorias como condenatorias y los mitos que se construyeron a su alrededor, que solo sirvieron para posicionar visiones distorsionadas de la realidad. Históricamente, por ejemplo, se sostuvo que hubo «dos revoluciones», una en febrero y otra en octubre. Pero, como hace poco explicó el investigador Boris Kagarlitsky en una entrevista, resulta gracioso pensar que hubo dos revoluciones en el mismo año en un mismo país1. Esa separación en dos es netamente política y permitió a las corrientes que la sostuvieron condenar o legitimar al régimen soviético de acuerdo con sus posicionamientos. Al mismo tiempo, se reducía la complejidad y se ocultaba la riqueza del movimiento revolucionario.

La Revolución ha sido desde siempre objeto de una fuerte disputa historiográfica. Superar los prejuicios y malentendidos sostenidos durante gran parte de su existencia y revisar los nuevos aportes de la historiografía tal vez nos ayude a pensar en una nueva narración de su historia que rescate, sin caer en idealizaciones ni esquematismos, sus prácticas emancipatorias y que empatice con los deseos y las aspiraciones de los sujetos que la protagonizaron.

Debates interpretativos

Durante el siglo xx, la ideología fue la que definió el significado de la Revolución Rusa y, en consecuencia, la naturaleza de la urss. Una evaluación de la Revolución suponía, de manera inevitable, una evaluación del comunismo. Es por ello que, Guerra Fría mediante, fue difícil escapar de interpretaciones que portaban un juicio de valor respecto de los episodios de 1917 y que sirvieron para legitimarlos o condenarlos, según la pluma que escribiera.

En la urss se construyó un relato que monopolizó la interpretación no solo dentro del régimen sino también en gran parte del campo de la izquierda2. La toma del poder en octubre aparecía retratada como el evento fundamental y los bolcheviques, al mando de Lenin, como los protagonistas decisivos, ya que eran la vanguardia política de la clase obrera. Esta narración permitía construir una línea directa entre el viejo líder y los dirigentes posteriores, y legitimaba así al Partido y su lugar dentro de la estructura de poder de la urss. A pesar de la fuerza predominante de la ortodoxia de Moscú, surgieron en la izquierda otras interpretaciones que intentaron cuestionarla. Sin ser del todo homogéneas, estas versiones «heréticas» se pueden concentrar en tres grandes corrientes: la tesis del «capitalismo de Estado»3, que ponía el acento en la diferencia entre la estatización y la socialización de los medios de producción; la tesis trotskista del «Estado obrero degenerado»4, que veía a la urss como una «traición» de los ideales y aspiraciones de la Revolución; y la tesis de lo que se podría denominar «colectivismo burocrático»5, que depositaba en 1917 el origen de una nueva clase dominante: la burocracia. Sin embargo, la narración que prevaleció dentro de la izquierda siguió centrándose en Octubre, la clase obrera y los principales líderes del Partido Bolchevique. Más aún, todavía hoy la historia de la Revolución se sigue pensando en términos teleológicos y con categorías surgidas incluso antes de 1917.6

La academia pronto dio su versión y los primeros intentos estuvieron influenciados por la llamada «escuela del totalitarismo» que, entre las décadas de 1940 y 1960, dio lugar al surgimiento de la sovietología clásica7. Fuertemente impregnados de los prejuicios de la Guerra Fría, estos investigadores construyeron una imagen que le negaba a Octubre la condición de revolución y que, en su lugar, presentaba los hechos como un «golpe de Estado» llevado a cabo por un partido organizado y disciplinado al mando de un líder obcecado, que había aprovechado la crisis abierta por la Primera Guerra Mundial para hacerse con el poder. Estimulados por la enorme cantidad de recursos puestos a disposición para «estudiar al enemigo», los sovietólogos construyeron una imagen de la urss que se mantuvo cerca de la experiencia nazi y que insistió en encontrar su clave de interpretación en el régimen político. Entre sus principales postulados, se destacan el énfasis en desarrollar una línea de continuidad entre Lenin y Stalin y en mostrar que los intentos de cambios radicales conducen inevitablemente al totalitarismo. La preferencia por magnificar los alcances de la modernización económica de las últimas décadas del zarismo y la invisibilización de los problemas sociales y económicos estructurales también los condujeron a describir la Revolución como un trágico accidente que apartó a Rusia del camino «normal» de la historia8.

Hacia la década de 1960 surgieron las primeras voces críticas contra la interpretación totalitaria, a través de la «teoría de la modernización» y, sobre todo, de una corriente revisionista surgida dentro la sovietología norteamericana9. En un contexto un tanto más relajado, las nuevas investigaciones estuvieron dominadas por el trabajo de los historiadores y por un interés más centrado en las dinámicas sociales. De ese modo, los estudios rescataron el componente social de la Revolución, a la cual vieron como el resultado de una genuina movilización popular. En estos relatos, los bolcheviques quedaban ubicados como parte de una tradición más amplia y el partido fue caracterizado de un modo más abierto y democrático. Así, se quebraba la línea de continuidad entre Lenin y Stalin y se reconocía la existencia de alternativas al estalinismo10. Estas ideas se vieron reforzadas a su vez por los aportes de la historia social, en cuyos relatos se solía colocar a los bolcheviques por detrás de las masas y en donde se buscaba reconstruir, sin caer en falsos esquematismos, tradiciones, culturas y valores específicos de la clase obrera11.

Dentro del campo académico, estas dos grandes corrientes se disputaron la producción de sentidos sobre la Revolución; cada una prevaleció en diferentes contextos e impuso temáticas y líneas de investigación. La disolución de la urss, sin embargo, desprestigió a ambas: a los sovietólogos clásicos, por la incapacidad de prever el final, y a los revisionistas, por la confirmación de la inviabilidad de un proyecto comunista. El nuevo contexto conformado por el resurgimiento de las políticas neoliberales, el creciente desinterés por la historia social, el impacto del posmodernismo y la expansión de ideologías tales como la del «fin de la historia» se expresaron en un desdén por el periodo revolucionario. La disolución de la urss no solo trajo el fin del sueño comunista a escala mundial y la conformación de más de una docena de nuevos Estados, sino también una significativa reconfiguración del campo historiográfico, favorecida por el notable mejoramiento en la disponibilidad de las fuentes, los cambios en los enfoques teóricos y las perspectivas metodológicas y las posibilidades de intercambio entre distintas tradiciones historiográficas. Sin dejar totalmente de lado la política y las estadísticas, las nuevas investigaciones prefirieron concentrarse más en prácticas, discursos y rituales, lo que dio lugar a una corriente culturalista cuya presencia hoy es dominante.12

Perspectivas historiográficas

De cara al centenario, es legítimo y necesario preguntarse por los modos en que los historiadores han moldeado nuestro conocimiento sobre el pasado y las temáticas que prevalecen hoy en el estudio del fenómeno. ¿Cuáles son los interrogantes que los investigadores se plantean sobre la Revolución? ¿Qué cuestiones atraviesan de manera significativa sus trabajos? Responder estas preguntas no solo nos permitirá reconstruir un relato que intente dejar de lado los peores vicios de las interpretaciones de la Guerra Fría, sino que también nos ayudará a visibilizar los problemas que todavía enfrentamos a la hora de recuperar la idea de revolución.

Uno de los cambios más significativos en la historiografía se generó con la revisión de dos variables sensibles: tiempo y espacio. Las nuevas investigaciones cuestionaron la vieja tendencia de centrarse en las «dos revoluciones» del año 1917 y desarrollaron una cronología más amplia, que se inicia con el estallido de la guerra en 1914 y finaliza en 1922 con el establecimiento de la urss. Estos relatos hacen hincapié en el notable impacto que la Primera Guerra Mundial tuvo en la reconfiguración del panorama político europeo, en la desintegración del Imperio ruso y en las transformaciones que inspiraron las instituciones soviéticas. Esta ampliación cronológica tuvo también su correlato en la cuestión espacial: la historia se corre de la narrativa centrada en Petrogrado y se inserta en el marco más extenso del imperio. Este corrimiento permitió poner el acento en que la Revolución se produjo dentro de un espectro mucho más amplio de descolonización que abarcó toda Europa oriental y que no solo puso fin al poder de los imperios allí reinantes sino que, además, cuestionó el dispositivo mismo de dominación imperial13. El trabajo que tal vez condensó mejor estas posturas fue el de Joshua Sanborn, Imperial Apocalypse: The Great War and the Destruction of the Russian Empire14, que generó un notable impacto en el campo historiográfico gracias a las dos grandes ideas allí desarrolladas: por un lado, que la Primera Guerra Mundial no fue una contienda imperialista sino más bien una guerra de descolonización y, por el otro, que esa guerra no fue un preludio de la Revolución sino que ambas formaron parte de un único proceso. Es por ello que hoy se prefiere hablar de un «continuum de crisis» del cual la Revolución sería parte.15

Asimismo, la Revolución Rusa fue tempranamente el ejemplo preferido para discutir la expansión de la violencia política moderna. Las causas se buscaron en las «circunstancias» del caso ruso o en la difusión de la «ideología». En el primer caso, la violencia se consideraba una consecuencia de una histórica predisposición del «atrasado» pueblo ruso16. En el segundo, como una secuela directa de la introducción del marxismo17. Ambas explicaciones se mostraron inadecuadas, sin embargo, para dar con una explicación sólida del fenómeno, en tanto y en cuanto deshistorizaban su objeto de estudio. Las nuevas investigaciones propusieron superar esta visión indagando las verdaderas causas de la violencia en otros ámbitos y explorando sus efectos reales sobre la sociedad. Con ello se aspiraba a insertar el problema dentro de un contexto más amplio, vinculado a la guerra y la situación geopolítica18. Si la violencia era efectivamente el producto de una interacción entre determinadas circunstancias y una ideología específica –sostenían estos estudios–, era preciso estudiar las causas en las cuales circunstancias e ideología se cruzaron para generar a partir de allí la nueva sociedad soviética. Peter Holquist fue uno de los primeros en desarrollar este enfoque y en proponer que las convulsiones internas de Rusia luego de la Revolución de 1905 se conectaron con la crisis general europea de 1914-1924 y diseminaron la violencia por el territorio ruso; solo que, dado el contexto, esta violencia se expandió con fines revolucionarios.19

Una dimensión más que significativa de las nuevas investigaciones se vincula al descentramiento del relato sobre la Revolución y la exposición de múltiples conflictos, que varían según dónde se colocara el foco de la mirada: la capital o las provincias; el campo o la ciudad. Si los relatos más convencionales se habían centrado en Petrogrado, la clase obrera y el Partido Bolchevique, las nuevas investigaciones mostraron que la Revolución tuvo múltiples direcciones y experiencias. Respecto del primer caso, hoy es posible sostener que el panorama excedió el límite impuesto por lo sucedido en Petrogrado y que coexistieron una diversidad de experiencias revolucionarias que no siempre fueron una copia fiel de lo que había sucedido en la capital. Como sostiene Liudmila Novikova, «cada provincia e incluso cada distrito tuvo su propia combinación de factores y, en este sentido, su propia revolución local»20. Los historiadores tienden incluso a evitar la aplicación del modelo del «doble poder» para el interior, ya que fue un fenómeno solo observable con nitidez en Petrogrado21. En las provincias, la situación fue bastante diferente y son varias las experiencias allí observadas: colaboración entre soviets y dumas, coaliciones de varios partidos o bolcheviques locales que armaban agendas propias más allá de las directivas del centro.22

Respecto del segundo caso, podemos tener en cuenta lo sucedido con las rebeliones campesinas, frente a las cuales los relatos construían habitualmente un patrón en el que los campesinos se oponían a un nuevo poder que no siempre los tenía en cuenta. Más allá de las formas de acción directa llevadas a cabo contra la requisa de granos realizada por los bolcheviques, las revueltas en el campo tuvieron más que ver con las condiciones locales y con otros factores que no siempre coincidían a escala nacional, como los grados de deserción durante la guerra civil, la disponibilidad de armas en las aldeas o el surgimiento de líderes carismáticos, como sucedió en la famosa rebelión liderada por Alexander Antonov en Tambov.23

Gran parte de los historiadores eligió el campo de la cultura para orientar sus investigaciones, con lo cual aquí los aportes tal vez sean mayores. Los avances fueron en varias direcciones y, desde ese lugar, permitieron construir una nueva imagen sobre la Revolución y sus alcances. Un cambio significativo se observó en una dimensión sensible, el de la propaganda política, en el que los bolcheviques habían sido analizados como los maestros en la materia. Sin embargo, las investigaciones demostraron que su utilización no fue muy diferente de la observada en los países centrales del mundo. Más aún, los bolcheviques utilizaron técnicas que podían parecer bastante sencillas comparadas con las utilizadas en eeuu y Europa durante la posguerra.24 En ese sentido, el culto a la personalidad de Lenin, por ejemplo, no estuvo lejos de otros, como el que pudo observarse luego con Ronald Reagan.25

Un aporte significativo lo introdujo Katerina Clark con su libro Petersburg: Crucible of Cultural Revolution.26 Centrándose en el lugar que San Petersburgo ocupó dentro de la cultura rusa, la autora se corre de 1917 como momento fundacional y se remonta casi una década atrás para ver el rol desempeñado por la cultura letrada y, especialmente, por la acción de las vanguardias y de los intelligenty en la generación de un clima revolucionario. La búsqueda de un utopismo estético, la idea de purificación y el rechazo del mercado fogonearon el clima y crearon así el «ecosistema» de la Revolución. El trabajo de Clark es solo un ejemplo notable de las nuevas investigaciones en ese sentido, como las que hicieron Lynn Mally para el estudio de la formación de una cultura proletaria durante la década de 192027, James van Gelder para el análisis del rol jugado por festivales y conmemoraciones en la creación de una nueva identidad revolucionaria28, Catriona Kelly y David Shepherd para abrir nuevas perspectivas y temáticas como el consumo, las identidades y el género29, o Michael David-Fox para redefinir el polisémico concepto de «revolución cultural».30

La Revolución Rusa también fue abordada por la historiografía para discutir si ella –y luego la urss– podía ser vista como puerta de entrada en la modernidad31. De hecho, es un debate actual en el campo historiográfico, que no ha sido analizado en profundidad, entre los llamados «modernistas», es decir, aquellos que ven la Revolución y la urss como una modernidad alternativa a la occidental32, y los «neotradicionalistas», es decir, aquellos que ven la urss como una modernidad en la que se reactualizan aspectos arcaicos33. Quien ha llamado la atención sobre la división conceptual es Michael David-Fox, quien sostiene que ambas posiciones siguen sin desarrollar sus conceptos con rigurosidad y que, en ese sentido, «modernidad» termina siendo un término impreciso y, muchas veces, abstracto y teleológico34. Propone para el caso ruso el concepto de «modernidades enredadas», en tanto y en cuanto permite continuar con la internacionalización de los estudios rusos y dar cuenta no solo de los paralelos o discontinuidades respecto de la modernidad occidental, sino más bien de las mutuas apreciaciones e interacciones producidas a través de las fronteras.

Esto nos lleva a la reconsideración global de la Revolución y a cambiar el foco de la mirada, en el sentido de colocarlo dentro de un nuevo espacio transnacional. Nuevamente David-Fox propone recurrir a los aportes de la historia transnacional que nos permitan concentrarnos en los rasgos de la historia rusa/soviética que trascienden los fenómenos internos o domésticos y que ponen en evidencia los vínculos específicos o las conexiones con otros países y campos. Uno de ellos es precisamente el de las apropiaciones dentro del sistema internacional de la modernidad, lo cual ayudaría a superar la discusión estéril de si la urss era moderna por derecho propio o si solo se limitó a incorporar, adaptar o rechazar elementos modernos.35 Desde un enfoque de este tipo, la historia de la Revolución dejaría de centrarse en explicaciones internas y ampliaría su rango de un modo exponencial. El propio espacio de la Revolución se transformaría para empezar así a pensarse no a través de las rígidas fronteras de los Estados nacionales (algo que, por otra parte, Rusia nunca fue), sino a partir del nuevo lugar en donde los fenómenos anteriormente enunciados se conectan, se potencian y se transforman. El estudio de la Revolución adquiere así una dimensión más amplia y se proyecta de un modo global sobre toda la historia del siglo xx.

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Entonces, ¿cómo narrar hoy la Revolución? De lo expuesto quisiéramos mencionar aquí dos grandes cuestiones que sin dudas mejorarían nuestro acercamiento a la historia de la Revolución Rusa y a su proyección sobre nuestro presente. En primer lugar, el rescate de la multiplicidad. Los nuevos estudios han demostrado que para narrar una historia de la Revolución debemos alejarnos de los relatos limitados, parciales y unidimensionales. No solo en cuanto al sujeto de la Revolución, sino también respecto de variables como el espacio, el tiempo, los modos en que se estructuró el poder, las relaciones entre capital e interior y los distintos conflictos que se desarrollaron entre 1914 y 1922. Solo así podremos contar un relato que dé cuenta de la dimensión global de la Revolución, sus efectos sobre los sujetos, las prácticas alternativas en términos políticos y sociales y sus potencialidades como transformación radical de la sociedad que hicieron que se convirtiera en el faro de varias generaciones de revolucionarios.

En segundo lugar, no es menor el aporte que han realizado los estudios culturales y aquellos basados en la perspectiva transnacional. Sus análisis y descubrimientos nos llevan a revisar el espacio, el tiempo y los alcances de la Revolución en términos holísticos. En ese sentido, fue un movimiento mucho más que social y político. El actual contexto globalizador, en el cual lo cultural juega un rol fundamental como ámbito donde se juegan la dominación y la lucha, es un indicador del lugar que estos mismos aspectos pudieron haber tenido en el pasado. De este modo, cualquier historia de la Revolución debería otorgarles un lugar destacado, sobre todo en un espacio como Rusia, donde las prácticas culturales y artísticas desempeñaron un rol fundamental en las décadas previas y durante la Revolución.

Un objeto de estudio como la Revolución Rusa tiene una carga simbólica importante para todos aquellos que aspiramos a construir un futuro distinto del presente. Es ello, entre otras cosas, lo que nos invita a desarrollar una filiación con esos ancestros y no con otros. Pero esto no debe ser una veneración acrítica, ya que en ese caso el pasado no sería tanto una fuente de inspiración y de sentido para la acción del presente sino una carga. Como sabía el propio Karl Marx, recordar las gestas del pasado puede ser tan importante como «desprenderse alegremente de ellas», en el sentido de no repetir ese pasado sino construir un nuevo futuro. Es por ello que es fundamental elegir el legado y dejar de lado aquello que pueda significar un obstáculo para las prácticas concretas. Ya que no es posible rescatar todo del pasado, hay que producir un olvido activo pero diferente del que generaron las clases dominantes. Lo que proponemos, pues, es plantear un debate abierto, y no una simple omisión, para que podamos seguir avanzando en el camino de la transformación radical de la sociedad.

  • 1.

    B. Kagarlitsky: «Lenin Was a Genius Politician Just Because He Urged to Something that Did Not Exist» en Realnoe Vremia, 10/3/2017.

  • 2.

    V. Historia del Partido Comunista (bolchevique) de la URSS, Ediciones en Lenguas Extranjeras, Moscú, 1939.

  • 3.

    V., por ejemplo, Charles Bettelheim: La luchade clases en la URSS, Siglo XXI, Madrid, 1978, 2 vols.

  • 4.

    Ver León Trotsky: La revolución traicionada, Ercilla, Santiago de Chile, 1937, y la obra de sus seguidores, como Isaac Deustcher: La revolución inconclusa. 50 años de historia soviética (1917/1967), Ediciones Era, Ciudad de México,1974, y Moshe Lewin: El último combate de Lenin, Lumen, Barcelona, 1970.

  • 5.

    V., por ejemplo, Cornelius Castoriadis: «El régimen social de Rusia» en Los dominios del hombre. Las encrucijadas del laberinto, Gedisa, Barcelona, 2005.

  • 6.

    Ezequiel Adamovsky: Octubre hoy. Conversaciones sobre la idea comunista a 150 años del manifiesto y 80 de la Revolución Rusa, El Cielo por Asalto, Buenos Aires, 1998, p. 159.

  • 7.

    Entre los trabajos fundantes, se encuentran Hannah Arendt: Los orígenes del totalitarismo, Taurus, Madrid, 1974, y Carl Friedrich y Zbigniew Brzezinski: Dictadura totalitaria y autocracia, Liberia, Buenos Aires, 1965.

  • 8.

    Para una síntesis de esta postura, v., por ejemplo, Richard Pipes: The Russian Revolution, Knopf, Nueva York, 1990.

  • 9.

    Entre ellas se destacan las de Stephen Cohen, Sheila Fitzpatrick y Lynne Viola.

  • 10.

    Ver S. Cohen: Bukharin and the Bolshevik Revolution: A Political Biography, 1888-1938, Oxford University Press, Oxford, 1980.

  • 11.

    Ver Marc Ferro: La Revolución de 1917. (La caída del zarismo y los orígenes de Octubre), Laia, Barcelona, 1975.

  • 12.

    Algunas primeras evaluaciones sobre los aportes de esta corriente se intentaron en Stephen Kotkin: «1991 and the Russian Revolution: Sources, Conceptual Categories, Anaytical Frameworks» en The Journal of Modern History vol. 70 No 2, 1998 y en el dossier a diez años de la disolución de la URSS publicado en la revista Kritika en 2001, Kritika: Explorations in Russian and Eurasian History vol. 2 No 2, 2001.

  • 13.

    V., por ejemplo, Eric Lohr, Vera Tolz, Alexander Semyonov y Mark von Hagen (eds.): The Empire and Nationalism at War, Slavica Publishers, Bloomington, 2014.

  • 14.

    J. Sanborn: Imperial Apocalypse: The Great War and the Destruction of the Russian Empire, Oxford University Press, Oxford, 2014.

  • 15.

    Ver Peter Holquist: Making War, Forging Revolution: Russia’s Continuum of Crisis, 1914-1921, Harvard University Press, Cambridge, 2002.

  • 16.

    Orlando Figes: La Revolución Rusa (1891-1925). La tragedia de un pueblo, Edhasa, Barcelona, 2006.

  • 17.

    R. Pipes: ob. cit.

  • 18.

    V., por ejemplo, Arno Mayer: The Furies: Violence and Terror in the French and Russian Revolution, Princeton University Press, Princeton, 2000.

  • 19.

    P. Holquist: «Violent Russia, Deadly Marxism? Russia in the Epoch of Violence, 1905-21» en Kritika: Explorations in Russian and Eurasian History vol. 4 No 3, 2003.

  • 20.

    L. Novikova: «The Russian Revolution from a Provincial Perspective» en Kritika: Explorations in Russian and Eurasian History vol. 16 No 4, 2015, p. 770.

  • 21.

    V., por ejemplo, el trabajo de Donald Raleigh:Experiencing Russia’s Civil War: Politics, Society, and Revolutionary Culture in Saratov, 1917-1922, Princeton University Press, Princeton, 2002.

  • 22.

    V., por ejemplo, Sarah Badcock: Politics and the People in Revolutionary Russia: A Provincial History, Cambridge University Press, Cambridge, 2007; Tanja Penter: «The Unemployed Movement in Odessa in 1917: The Social and National Revolution between Petrograd and Kiev» en S. Badcock, L. Novikova y Aaron Retish: Russia Home Front in War and Revolution 1: Russia’s Revolution in Regional Perspective, Slavica, Bloomington, 2015.

  • 23.

    Ver Eric Landis: Bandits and Partisans: The Antonov Movement in the Russian Civil War, University of Pittsburgh Press, Pittsburgh, 2008.

  • 24.

    Ver Peter Kenez: The Birth of the Propaganda State: Soviet Methods of Mass Mobilization, Cambridge University Press, Cambridge, 1985.

  • 25.

    S. Kotkin: ob. cit., p. 402.

  • 26.

    Harvard University Press, Cambridge, 1995.

  • 27.

    L. Mally: Culture of the Future: The Proletkult Movement in Revolutionary Russia, University of California Press, Berkeley, 1990.

  • 28.

    J. Van Gelder: Bolshevik Festivals, 1917-1920, University of California Press, Berkeley, 1993.

  • 29.

    C. Kelly y D. Shepherd: Russian Cultural Studies: An Introduction, Oxford University Press, Oxford, 1998 y Constructing Russian Culture in the Age of Revolution, 1881-1940, Oxford University Press, Oxford, 1998.

  • 30.

    M. David-Fox: «What is a Cultural Revolution?» en Russian Review vol. 58 No 2, 1999.

  • 31.

    S. Kotkin: ob. cit., p. 425.

  • 32.

    Entre otros, se destacan historiadores como Stephen Kotkin, Peter Holquist y David Hoffman.

  • 33.

    Inspirados por los trabajos de S. Fitzpatrick, se destacan aquí historiadores como Matthew Leone y Terry Martin.

  • 34.

    M. David-Fox: «Multiple Modernities vs. Neo-Traditionalism: On Recent Debates in Russian and Soviet History» en Jahrbücher für Geschichte Osteuropas vol. 55 No 4, 2006.

  • 35.

    M. David-Fox: «The Implications of Transnationalism» en Kritika: Explorations in Russian and Eurasian History vol. 12 No 4, 2011.