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Visiones en pugna

Desde la colonización, la inserción de América Latina en el mundo se produjo a partir de la exportación de productos primarios o bienes elaborados a partir de ellos, en general destinados a los mercados de Europa y Estados Unidos. En esencia, esta realidad se mantuvo a lo largo de los años y no ha podido ser modificada por los intentos de integración iniciados en los 60, que buscaron incrementar el comercio intrarregional. En la actualidad, las diferentes posiciones acerca de la globalización, desde la postura más radical de Hugo Chávez hasta las visiones más matizadas del gobierno de Brasil, generan desafíos para la integración latinoamericana y su inserción en el mundo. Palabras claves: economía, globalización, integración, desigualdad, América Latina.

Visiones en pugna

A pesar de su dinámica realidad cultural e histórica, la integración económica de América Latina sigue siendo limitada, incluso tras varias décadas de liberalización comercial, como resultado de un legado que se remonta al pasado colonial. En efecto, desde la conquista las economías latinoamericanas se orientaron a la producción de bienes primarios destinados a los mercados de ultramar. Al mismo tiempo, las distintas dotaciones de recursos, las estructuras y los tamaños de los mercados, la ubicación geográfica y los desarrollos políticos e institucionales de cada país han generado diversas oportunidades y obstáculos para la integración de América Latina en la economía mundial. Este aspecto debe ser tenido en cuenta al analizar la integración y la inserción de la región en el mundo.

El difícil legado histórico de América Latina

Desde la colonización, América Latina fue incorporada al modelo mercantilista de los conquistadores españoles y portugueses como proveedora de metales preciosos y productos alimenticios y como consumidora de manufacturas europeas. En consecuencia, el desarrollo industrial tuvo lugar en general solo en zonas remotas, donde el poder colonial no logró evitarlo. Si bien este fue el panorama general, el impacto de la conquista presenta diferencias drásticas de una región a otra. Mientras que el norte de la región prosperó gracias a la extracción de metales preciosos y su exportación a través de los puertos de Veracruz y Cartagena, el sur, en especial el área del Río de la Plata, permanecía estancado por su escasa importancia para el imperio español.

Más tarde, durante el primer cuarto del siglo XIX, cuando Gran Bretaña se afianzó como poder hegemónico mundial, las luchas por la independencia se vincularon al deseo de los miembros de las elites nacidos en América de integrar sus economías al mundo e incorporarlas a la división internacional del trabajo.

No obstante, una vez más, este objetivo no se logró de manera uniforme: las economías del Cono Sur se expandieron rápidamente gracias a su capacidad de suministrar productos alimenticios de clima templado y tropical, además de minerales, a los mercados europeos, sobre todo al británico. Se trató de una actividad exitosa que generó otras industrias relacionadas. En contraste, las economías del norte de la región encontraron más dificultades para desarrollarse. A excepción de México, en general solo lograron exportar productos alimenticios, como banana y café, o consolidarse como productores de un único mineral. En estas economías, el desarrollo de la industria fue limitado.

Esta herencia colonial y de inserción en el mercado mundial continuaría hasta la década de 1930, cuando comenzó un proceso de industrialización en la región. En los lugares en los que se logró alcanzar un alto nivel de desarrollo industrial, las exportaciones de productos primarios proporcionaron las divisas tan necesarias para las inversiones industriales. En la década de 1950, la inversión extranjera directa se encontraba en aumento y había logrado superar las barreras proteccionistas y las cuotas, para abastecer a los mercados locales. El desarrollo industrial del siglo XX tampoco fue parejo, donde más demoró fue en los países andinos, y fue aún más lento en Centroamérica.

En esta época surgieron los primeros intentos de integración comercial. En 1960, con el objetivo de fomentar la inversión industrial, en particular la extranjera, se creó el Mercado Común Centroamericano (MCCA), que preveía la eliminación de todas las barreras tarifarias. También en 1960, la preocupación por la disminución de la actividad comercial intrarregional en otras áreas de América Latina dio origen al Tratado de Montevideo, suscrito por siete países que propusieron crear una zona latinoamericana de libre comercio, aunque cinco años después las negociaciones seguían estancadas (Thorpe, p. 151). En 1969 se creó el Pacto Andino, del cual participaron Chile, Colombia, Ecuador, Perú y, más tarde, Venezuela, con el objetivo de reducir las barreras arancelarias internas, establecer aranceles externos comunes e impulsar un programa de desarrollo industrial coordinado que garantizara mercados regionales para ciertos productos seleccionados de cada país. Sin embargo, en los primeros años de la década de 1970 el Pacto Andino ya había perdido impulso. En general, los acuerdos mencionados fracasaron debido a los distintos niveles de industrialización y la rígida oposición de los intereses comerciales internos, acostumbrados a un alto grado de protección, junto a las crisis de las balanzas de pagos y los altos niveles de pobreza y desigualdad.

La crisis de la deuda que estalló en los 80 fue un duro golpe para América Latina y marcó el comienzo de la «década perdida», durante la cual se incrementaron la pobreza y la concentración del ingreso. Fue también el inicio de una nueva etapa en el desarrollo y la incorporación de América Latina al mundo. Con el auspicio del Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial (BM), los países latinoamericanos fueron aplicando, uno tras otro, el paquete de reformas neoliberales conocidas como «ajuste estructural». Se presionó a los gobiernos para que liberaran el comercio, privatizaran las empresas públicas, eliminaran los obstáculos que entorpecían la inversión extranjera, flexibilizaran los regímenes laborales y redujeran drásticamente el gasto estatal. Estas reformas, acogidas como la panacea para las dificultades económicas y políticas de la región, debían aumentar la eficacia de las economías latinoamericanas y, de este modo, facilitar su inserción en la economía global.

El ritmo y el alcance de estas reformas promercado fueron diferentes en cada país, al igual que las estrategias de incorporación al mundo globalizado. La resistencia de la elite agrícola argentina, por ejemplo, consolidó una estrategia exportadora basada en los productos agrícolas tradicionales –y los bienes procesados a partir de ellos– que dejó de lado los incentivos a la industria. En Chile se implementó una nueva estrategia, muy exitosa, sobre la base de las exportaciones de frutas, productos forestales y salmón. En Bolivia, la combinación de crisis económica y ajuste de mediados de los 80 hizo que el país perdiera terreno en la exportación de minerales estratégicos y se afianzara como productor de pasta de coca e hidrocloruro de cocaína. En el norte de la región, en México y Centroamérica, se hicieron esfuerzos para atraer inversiones extranjeras hacia las zonas de procesamiento de exportaciones (maquilas), mediante la oferta de incentivos impositivos, mano de obra barata y normas ambientales laxas. Aunque el objetivo era incrementar los ingresos de divisas y el empleo, el esfuerzo, como demuestra el caso de México, no cumplió las expectativas: en efecto, la decisión de numerosas empresas maquiladoras de trasladarse a China para aprovechar la mano de obra barata evidencia la precariedad de esta estrategia. Las deficiencias del neoliberalismo En paralelo con la liberalización del mercado, América Latina buscó acuerdos comerciales regionales y bilaterales. Actualmente existen cinco acuerdos comerciales regionales: el Mercosur, la Comunidad Andina de Naciones (CAN), el Mercado Común Centroamericano (MCCA) y la Comunidad del Caribe (Caricom). Estas uniones buscaron celebrar acuerdos entre sí o con otros bloques similares, como la Unión Europea, y en algunos casos han firmado tratados comerciales específicos con EEUU u otros países. La combinación entre reforma económica y acuerdos comerciales regionales no ha servido para fomentar la actividad comercial intrarregional, que hoy es inferior a la de una década atrás. En todos los casos, a excepción del MCCA, el comercio con EEUU y con la UE es, para cada país, más importante que el comercio con los integrantes del bloque (Cepal 2005, p. 82). Por otra parte, el fuerte rendimiento de las exportaciones se limita a un número reducido de países, como México, debido a su participación en el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN).