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Una pieza más en el rompecabeza boliviano

La crisis estructural de Bolivia es la manifestación del fin de ciclo de la estructura político territorial del Estado-nación, de un unitarismo centralista administrado tradicionalmente desde la sierra y el Altiplano. En ese contexto, en el oriente tropical del país emerge un movimiento regional guiado por una elite que busca hacerse hegemónica, que proclama la identidad camba como ideología de cohesión regional y que reivindica la autonomía política. Aunque Santa Cruz es sin duda el nuevo eje del desarrollo nacional, los procesos sociales, demográficos y migratorios que se sucedieron en su historia reciente sugieren que sus problemas son en realidad un reacomodode las fuerzas interiores de la sociedad boliviana.

Una pieza más en el rompecabeza boliviano

Una pieza más en el rompecabezas boliviano El proyecto autonomista de Santa Cruz

Alberto A. Zalles

La crisis estructural de Bolivia es la manifestación del fin de ciclo de la estructura político territorial del Estado-nación, de un unitarismo centralista administrado tradicionalmente desde la sierra y el Altiplano. En ese contexto, en el oriente tropical del país emerge un movimiento regional guiado por una elite que busca hacerse hegemónica, que proclama la identidad camba como ideología de cohesión regional y que reivindica la autonomía política. Aunque Santa Cruz es sin duda el nuevo eje del desarrollo nacional, los procesos sociales, demográficos y migratorios que se sucedieron en su historia reciente sugieren que sus problemas son en realidad un reacomodo de las fuerzas interiores de la sociedad boliviana.

La crisis boliviana y la cuestión regional

La «muerte» y el «suicidio», como prosaicamente pronostican algunos, son categorías que no pueden aplicarse a la historia de los pueblos como si se tratara de individuos. Porque los pueblos y la cultura que ellos producen no se convierten en cenizas y desaparecen en un santiamén. En todo caso, la crisis de la sociedad boliviana alude a una recomposición societal inducida por variados elementos conflictivos, entre ellos el fraccionamiento regional que indica elocuentemente el fin del ciclo de la estructura político-territorial del Estado-nación, cuyo núcleo se ubicó tradicionalmente en la sierra y el Altiplano. La emergencia de la elite cruceña introdujo un elemento más en una crisis cuyo resultado podría ser, en el peor de los casos, la división del país; o, si confiamos en la sagacidad de los actores, la consolidación de una república de estilo federal compuesta por regiones autónomas.

Bolivia está dividida entre la voluntad autonómica del departamento de Santa Cruz, que reivindica las demandas regionales del oriente del país, y las posiciones del pueblo aymara, que condensan las aspiraciones indígenas del occidente; los dos polos autonomistas son los actores más dinámicos de la refundación de Bolivia, o de su fin. Ahora bien, ambos intereses pueden justificarse como legítimos y, más allá de los anhelos emotivos y conservadores, la construcción de dos países, de dos autarquías, podrá ser provechosa si contribuye al desarrollo de la democracia, la justicia social y la convivencia pacífica.

Pero ¿quiénes guían los intereses autonomistas? ¿Cómo se manifiestan los proyectos y las ideologías, y cuáles son las posibilidades para que esas aspiraciones se realicen? La reflexión sociológica boliviana ha resuelto solo parcialmente estas preguntas. Si bien es cierto que se ha ocupado bastante del pueblo aymara (Stephenson; Ströbele-Gregor), no ha sucedido lo mismo con el proyecto cruceño, sus implicaciones políticas y las propuestas de la «Nación camba», ala separatista del movimiento. El programa de la región oriental es incomprendido en el propio país y casi desconocido en el ámbito internacional. Es sobre este tema que vamos a reflexionar en este artículo, mostrando su trasfondo histórico, sus actores y sus pretensiones de hegemonía y poder.

El nacimiento de una región

La formación de Santa Cruz se remonta al siglo XVIII, cuando era una jurisdicción de la Audiencia de Charcas. La jurisdicción de Santa Cruz se prestó como tierra de misiones, donde los jesuitas realizaron una verdadera ingeniería utópica y lograron un esplendor económico y cultural que se irradió a través de toda la provincia. Esa bonanza regional quedó trunca en 1767, cuando los religiosos fueron expulsados por el Decreto Real. Durante el periodo colonial, Santa Cruz fue un espacio periférico, cuya articulación económica y política externa jugaba al ritmo de diferentes fuerzas centrípetas que la atraían hacia el sur, hacia Paraguay y Buenos Aires, o hacia el oeste, hacia el «macizo andino» del Alto Perú.

En 1776, luego de la creación del Virreinato del Río de la Plata, Santa Cruz tuvo que trasladar su capital a Cochabamba, lo que revela una mayor dependencia respecto del eje político y cultural andino, del cual constituyó un entorno agrícola. En cuanto a su situación fronteriza, Santa Cruz se formó contra la influencia portuguesa y, a lo largo del siglo XIX, contra los afanes expansionistas de Brasil. En el periodo de la lucha independentista de 1809-1825 (y, más precisamente, durante la revuelta guerrillera protagonizada por Ignacio Warnes y José M. «Cañoto» Baca), Santa Cruz expresó, como el resto del Alto Perú, una marcada compartimentación regional, lo que condicionó el carácter sectorial que adoptó la resistencia anticolonial en los Andes altoperuanos. La parcelación de la resistencia dio lugar a la noción de las «republiquetas», cuerpos políticos provinciales reunidos casi espontáneamente para emprender la lucha armada contra el ejército español (Arguedas, p. 38; Finot, p. 164).

Una vez creada la república boliviana, y sobre todo después de las pérdidas territoriales sufridas en el siglo XIX, el Estado nacional buscó afirmar su espacio geográfico, especialmente en el oriente tropical, donde la densidad de población era extremadamente baja. Podemos destacar, en este sentido, varios momentos y factores importantes en este proceso.

El primero es el interés por la colonización interna del país, lo que implicaba hacer efectivo el control sobre los territorios al este de los Andes. Esa voluntad nació con la independencia y constituyó un proyecto a fines del siglo XIX (García Jordán) bajo el siguiente esquema: poblar las tierras «baldías» a través del fomento del asentamiento de pioneros, de preferencia europeos, capaces de desarrollar la agricultura y la explotación forestal, sin preocuparse por la situación de las poblaciones indígenas de la selva. Este tipo de colonización venía a desmitificar la extendida leyenda de El Dorado, la ilusión de riquezas que solo requerían el riesgo de la aventura. Lacolonización se convirtió en un proyecto de acción planificada, en el que la prosperidad se prometía como efecto de la inversión de trabajo y esfuerzo civilizador. El ordenamiento territorial anhelado se inspiraba, en suma, en un positivismo sociológico propio de la época.