Tema central

Una pasión gastada

El dinero es un documento que corrobora el compromiso, asumido por el Estado, de entregar cierto valor en especie. Pero también una metáfora de todo lo que en potencia puede comprar, y una metáfora abstracta del valor en sí. El dinero puede entenderse como recordatorio, síntoma y símbolo de la capacidad de una cultura para la abstracción y la sustitución. No muy diferente, por otra parte, de lo que sucede con las palabras. Las palabras, como el dinero, representan un acceso a las cosas. Partiendo de esta base, el artículo repasa algunas ficciones latinoamericanas que se han ocupado del tema del dinero, en las cuales –se afirma– es posible ver el esbozo de una tendencia o de una involución.

Una pasión gastada

«El dinero es abstracto», escribe Borges. «El dinero es tiempo futuro.» Por lírica que suene, esta afirmación no se aparta mucho de la ortodoxia: el dinero, por supuesto, es un documento que corrobora el compromiso, asumido por el Estado, de entregar, en cualquier momento en que sea solicitado, cierto valor en especie. En la Francia revolucionaria, los assignats, títulos de deuda sobre la venta futura de bienes de la Iglesia, fueron objeto de burla porque no podían cambiarse por oro; hoy, en un país como Argentina, pocos usan el papel moneda con ese fin y en cambio se compran dólares, otro documento que compromete en teoría la entrega de cierto valor, quizá de modo un poco más fiable1... El valor último del dinero, en todo caso, y bajo cualquiera de sus formas, se sitúa siempre en el futuro. La otra cualidad a tener presente –y que por supuesto está ligada a lo anterior– es que el dinero, en más de un sentido, es una metáfora. Metáfora, se entiende, de todo lo que en potencia puede comprar; pero también metáfora abstracta del valor en sí. El dinero puede entenderse como recordatorio, síntoma y símbolo de la capacidad de una cultura para la abstracción y la sustitución; consensuar el dinero como modo de pago y acumulación de valor es introducir en la estructura psicolingüística la fluctuación de las equivalencias. Para el antiguo nativo de Papúa, una canoa puede cambiarse por tres gallinas. Para Marx, la práctica del intercambio monetario comporta ya dos niveles de abstracción: uno, el valor específico asignado a las unidades de moneda o papel moneda; dos, el valor de intercambio que adquiere un bien como reflejo del tiempo de trabajo requerido para su producción en un tiempo y lugar dados. Considerado esto, no hace falta demasiada perspicacia para ver la analogía entre el dinero y las palabras. En su ensayo «Metaphor and Image in Borges’ ‘El Zahir’», Patrick Dove abunda en esta analogía2. Al igual que las monedas, dice, las palabras circulan dentro de un contexto nacional; igual que la palabra, el dinero está sujeto a la inflación y el desgaste material. Podríamos agregar, por nuestro lado, que su valor nunca es otra cosa que relativo a otras monedas o unidades de valor, es decir que es vulnerable a numerosos factores de cambio y hasta de extinción, y que no obstante el dinero, lo mismo que las palabras, sigue siendo solicitado como remedio parcial contra la vejez y la muerte, como extensión de la propia personalidad y vehículo de inmortalidad posible. Un hecho permanece: las palabras (como el dinero) representan un acceso a las cosas, y cuando falta un término para designar esas cosas, es posible acuñar uno... Considerados estos aspectos del dinero –el dinero como proyecto, el dinero como lenguaje–, puede ser interesante repasar algunas ficciones latinoamericanas que se han ocupado del tema. A mí me parece ver, en este asunto, el esbozo de una tendencia, aunque más bien habría que hablar de involución general.

El dinero como máscara

Antes que nada, hay que recordar lo evidente: las ficciones producidas en Latinoamérica que se ocupan en forma abierta y explícita del dinero son relativamente escasas. Por cierto que el dinero juega un papel –muy tradicional y en modo alguno tratado per se– en libros como Martín Fierro, de José Hernández, Martín Rivas, de Alberto Blest Gana, Diamantes y pedernales, de José María Arguedas, La Vorágine, de José Eustasio Rivera, o El roto, de Joaquín Edwards Bello. Pero, para encontrar un relato de auténtica relevancia literaria que se ocupe específicamente del dinero (que tome el dinero como problema, o como emblema de problemas), me parece que hace falta reportarse al mismo «El Zahir» (1949).

En este cuento, Borges recurre a una prestidigitación muy suya. Establece una situación dramática (aunque un poco ridícula): Teodelina Villar, una bobalicona modelo criolla que lo obsesionaba, acaba de morir. La descripción que hace Borges de ella es malévola y un poco penosa; el desprecio del maduro caballero culto por la frívola señorita desorientada, que afea tantas páginas del Borges de Bioy Casares, ya se percibe con toda claridad en este cuento. Teodelina (explica Borges) solía ocupar las portadas de las revistas mundanas, hecho que «acaso contribuyó a que la juzgaran muy linda, aunque no todas las efigies apoyaran incondicionalmente esa hipótesis». Pero la preocupación de Teodelina Villar, más que ser linda, es estar a la moda. Se muestra en lugares ortodoxos, con atributos ortodoxos, a la hora ortodoxa, con desgano ortodoxo. A esa pasión, Borges la compara con los preceptos del Talmud y de Confucio, que codifican todas las circunstancias humanas, con la Mishnah, con el Libro de los Ritos, con Flaubert y su maniática búsqueda del mot juste. Lo cruelmente humorístico de esas comparaciones no termina de ocultar, sin embargo, cierta angustia: a Teodelina la atormenta la necesidad de estar a la moda, pero la moda cambia sin cesar, de manera que su vida es una perpetua carrera para ajustarse a un patrón cuya autoridad es absoluta, pero cuya forma concreta es fluctuante. Un día, Teodelina muere. Borges acude al velorio. La muerte la ha rejuvenecido, se parece a la que fue veinte años antes, cuando el mundo entero y sus posibilidades parecían pertenecerle. Después Borges sale, se toma una caña y en el vuelto le entregan una moneda de veinte centavos. En este punto se produce (como en todos los mejores cuentos de Borges) una sustitución. La obsesión de Borges por Teodelina se transmuta en obsesión por la moneda. Borges descubre que no puede dejar de pensar en ese objeto; procura deshacerse de él, pensar en otras cosas, incluso en otras monedas, procura trabajar, en vano. Un libro, las Urkunden zur Geschichte der Zahirsage, de Julius Barlach, le revela la historia de ese objeto obsesionante, que puede variar según las épocas y los individuos, que se llama el Zahir. Pero antes de abundar en esto –en el significado del Zahir, objeto aterrador, que sin embargo parece contener una esperanza de redención y hasta de contemplación mística– parece procedente decir algo sobre el sistema de transferencias, sustituciones y fluctuaciones que opera Borges. Hay, en primer plano, una transferencia libidinal: el amor de Borges por Teodelina se metamorfosea en su obsesión con el Zahir. Pero la posibilidad de esa transferencia ya estaba implícita, en cierto modo, en la previa descripción de Teodelina: igual a diez mil otras debutantes porteñas, Teodelina ni siquiera es incontestablemente linda; tanto vale decir, como cualquier macho castigado por el infortunio que se desahoga en una charla de bar, que «las minas son todas iguales». Más precisamente, el valor como objeto erótico de Teodelina –de quien Borges está enamorado, según su propia confesión, por mero esnobismo– no es fijo, sino que fluctúa, como en una parodia de Marx, en relación con su capacidad para reflejar el valor real, que en este caso reside en los dictados de la moda; algo que la desasosegada Teodelina comprende, oscuramente. Dicho de otro modo, Teodelina puede convertirse en una moneda, puede metamorfosearse en dinero, porque esencialmente ya era dinero3.

  • 1. Desde 1971, el dólar estadounidense carece de respaldo en oro. Así, la moneda de reserva internacional es hoy la única que legal y explícitamente advierte que su «promesa» no puede cumplirse; solo mientras la deuda que el Estado asume al emitir el papel moneda no sea reclamada puede el dinero mantener su poder de compra; solo mientras la utopía permanezca como horizonte y jamás como meta por concretar puede funcionar la maquinaria creadora de prosperidad cuya base es el dinero.
  • 2. Romanic Review vol. 98 No 2, 3-5/2007, pp. 169-187.
  • 3. A este esquema –un objeto o un ser que gradualmente se transforma en otra cosa y que al final nos deja entender que siempre ha sido esa otra cosa– corresponde el cuento que Borges, dentro de «El Zahir», dice haber compuesto para distraerse de la moneda: el narrador de ese cuento sin título es «un asceta que ha renunciado al trato con los hombres». La alusión a un tesoro que custodia, la mención casual de escamas en su cuerpo, lo van volviendo horroroso. «Al final», apunta Borges, «entendemos que el asceta es la serpiente Fafnir y el tesoro en que yace, el de los Nibelungos». Dejo de lado la insistencia en el tema de las monedas y me limito a recordar que este cuento replica evidentemente otro cuento de Borges, «La casa de Asterión», y que a Borges le gustaba incluir en sus narraciones otra narración, en general obra del personaje principal, que funciona como clave del cuento mayor.