Coyuntura

¿Una nueva clase media en Brasil? El lulismo como fenómeno político-social

Caso emblemático de país rico y desigual, Brasil comenzó a transitar desde 2003 un proceso de reducción de sus polaridades sociales. Al mismo tiempo, el Partido de los Trabajadores (PT) sufría una fuerte transformación de su base de reclutamiento: de un partido de obreros calificados y clases medias progresistas localizadas en las grandes urbes evolucionó hacia una suerte de «partido de los pobres» o, mejor dicho, de los que salen de la pobreza. Pero ¿conduce el actual proceso de movilidad social, como sostiene Dilma Rousseff, a que Brasil se transforme en un país de clase media? ¿Cuáles son las lecturas posibles de este fenómeno que muchos llaman «lulismo» y que la actual presidenta mantiene con elevados índices de popularidad?

¿Una nueva clase media en Brasil? El lulismo como fenómeno político-social

Brasil, otrora campeón mundial de la desigualdad, actualmente está reduciendo la polaridad social a partir del fuerte proceso de movilidad verificado en la última década. Y todo esto ha suscitado un amplio debate político y académico que interesa a movimientos, universidades, gobiernos, organizaciones internacionales y empresas. Sin duda, algo profundo ocurrió en Brasil en los últimos diez años, lo que algunos denominaron una «orkutización» del país. En 2005, un año después de su creación, la red social Orkut fue lanzada en portugués, y a partir de ese momento se tornó tan popular en Brasil que Google, su propietaria, pasó el control total de la red a su filial en ese país, ya que los brasileños representaban la mitad de su público global. La palabra «orkutización» es utilizada con sentido peyorativo por algunos, que lamentan la (sorprendente) apropiación popular y su «invasión» sobre las herramientas antes restringidas y exclusivas de una elite principalmente blanca y universitaria, pero también expresa, sobre todo, una popularización que vino para quedarse.

Ahora bien, la «orkutización» va más allá de la red, para convertirse en una metáfora que remite al ascenso social de millones de brasileños –y al desembarco popular en universidades, aeropuertos y otros espacios sociales otrora más cerrados–, alentado durante los gobiernos de Luiz Inácio Lula da Silva (2003-2011) y Dilma Rousseff. Este artículo busca discutir varias dimensiones del denominado «lulismo». En ese sentido, y luego de exponer algunos datos sobre la disminución de la desigualdad en Brasil y una breve caracterización de este fenómeno político, nos detendremos en varios puntos problemáticos: los procesos de movilidad social y reducción de la pobreza verificados durante la última década ¿están dando lugar a la constitución de una nueva clase media o se trata de sectores ascendentes de la clase trabajadora? ¿Cuál es la lectura que hacen de este fenómeno el gobierno brasileño y el Partido de los Trabajadores (PT)? ¿Qué visiones políticas y académicas derivan de este ascenso? ¿Qué perspectivas se abren?

La década de la caída de la desigualdad

A contramano de los países desarrollados –la desigualdad aumentó en todos los países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) desde 1985, excepto en Francia y Bélgica–, en Brasil las distancias sociales han disminuido. Adicionalmente, si el crecimiento económico brasileño es más modesto que el de los demás países que se agrupan bajo la denominación BRICS (Brasil, Rusia, la India, China y Sudáfrica), ese crecimiento está, no obstante, acompañado por una disminución de las disparidades sociales, lo que lo diferencia del crecimiento «tradicional», compatible con el aumento de las desigualdades. Por ejemplo, en Rusia, el coeficiente de Gini superó el 0,22 en 1992 y alcanzó el 0,44 en 2008, y en China, la India y Sudáfrica, el ingreso del 10% más rico de la población ha crecido más que el del 10% más pobre.

Los números de la Encuesta Nacional por Muestreo de Domicilios (PNAD, por sus siglas en portugués), elaborada por el Instituto Brasileño de Geografía y Estadística (IBGE), indican que entre 2001 y 2009 el ingreso del 10% más rico de la población aumentó 16%, en tanto que el del 10% más pobre casi se duplicó (su crecimiento fue de 91%). En 2011, el país logró el menor nivel de desigualdad desde los primeros registros en 1960 (aunque aún continúe siendo altísimo). Así, según el economista Marcelo Neri, surge la nueva clase media: más de 39 millones de personas ingresaron en la llamada clase C entre 2003 y 2011, si se considera un ingreso de entre 1.200 y 5.174 reales mensuales (equivalentes a 588 y 2.540 dólares estadounidenses, respectivamente). En 2011, este sector representaba unos 105,5 millones de brasileños. Este dinamismo social se manifiesta de manera diferenciada en términos regionales, espaciales y sociales, ya que el ingreso aumentó 41,8% en el Nordeste contra 15,8% en el Sudeste. El incremento es mayor en la periferia que en el centro de San Pablo, y es más fuerte en las áreas rurales que en las urbanas. También se observa un contundente crecimiento del ingreso en las mujeres (38% contra 16% de los hombres). Adicionalmente, el ingreso de los negros sube 43,1% y el de los mulatos, 48,5%, contra 20,1% en el caso de los blancos. En resumen, estos grupos tradicionalmente más pobres han observado cómo crecieron sus ingresos frente a los restantes sectores de la población. Esto es aun más significativo si consideramos que el racismo y el patriarcado siguen gozando de buena salud en el Brasil actual.

Así, la década 2003-2012 es llamada la «década de la reducción de la desigualdad», y esto se refleja en el Ranking Mundial de Felicidad de Gallup, que indica un aumento en el índice de satisfacción: si en 2001 Brasil se encontraba en el puesto No 44, en 2006 pasó a ocupar el No 23, y en 2011 alcanzó el liderazgo entre 132 países. Esto se ve reforzado por un relevamiento del Boston Consulting Group, que pone de relieve que Brasil tuvo el mayor incremento de bienestar en cinco años, a partir de un indicador de desarrollo económico sustentable y tomando como base los 51 indicadores obtenidos de fuentes del Banco Mundial (BM), el Fondo Monetario Internacional (FMI) y la Organización de las Naciones Unidas (ONU), que cubren 150 países. Principalmente, el desempeño brasileño se debe a una mejora en la distribución del ingreso y al aumento de la escolaridad.

El «lulismo»

El gobierno de Lula da Silva y sus políticas sociales de lucha contra la pobreza y la miseria, aumento del salario mínimo, protección social y créditos para los sectores de menores ingresos generaron un gran dinamismo económico y una activación del mercado interno. Todo ello se dio sin la ruptura de la seguridad jurídica, como ya lo vaticinara la Carta a los Brasileños, escrita por Lula durante la campaña electoral de 2002. Estas políticas –que incluyeron la universalización de la electricidad, el acceso a la universidad a través de cupos sociales y raciales y una fuerte creación de empleo– garantizaron el sostén de los más pobres, que tenían una relación distante con Lula (e incluso temían sus políticas) y no apoyaban al PT, cuya base se concentraba en los trabajadores organizados de grandes ciudades como San Pablo y entre los sectores medios progresistas. Este fenómeno se profundizó a partir de hechos como el escándalo del mensalão, que acentuaron el realineamiento electoral cristalizado en 2006 con el surgimiento del lulismo: mientras que ese escándalo de corrupción no afectó el apoyo de los más pobres, sí debilitó el de los sectores medios y acomodados.