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Una historia de conquistas y victorias en el cine latinoamericano

Aunque muchas veces se pasa por alto, el aporte de las mujeres al cine latinoamericano ha sido clave, no solo frente a la cámara sino detrás de ella. Al comienzo, el cine silente contó con importantes innovaciones estéticas y de producción introducidas por mujeres. Más tarde, en los combativos años 60 y 70, las directoras asumieron posiciones radicalmente feministas y se manifestaron en colectivos de cineastas mujeres, muchas veces orientados al género documental. Hoy las mujeres ya no tienen que demostrar que manejan las artes del oficio: los éxitos internacionales, las innovaciones estilísticas y los recursos narrativos originales que han aportado así lo demuestran.

Una historia de conquistas y victorias en el cine latinoamericano

El objetivo de este texto es reconstruir la historia de la participación de la mujer latinoamericana en el cine, con especial énfasis en sus luchas, conquistas y victorias, que a la fecha son indiscutibles, aunque en general muy pobremente valoradas. Ante todo, porque ha sido una historia borrada, oculta e incompleta: una historia que exige ser escrita y difundida para poder conectarla con la historia y con la práctica fílmica actual, para después revalorar el trabajo de las mujeres en el cine y sus significativas contribuciones en las áreas de la producción, el guión, la edición y la dirección. Me interesa señalar algunos caminos para explicar la formación de una identidad de género y una autoría femenina. Una identidad construida dentro de un sistema de relaciones, contradicciones, desfases, cambios y continuidades, en diferentes momentos históricos y en diversas coyunturas sociales. Y una autoría femenina que confirma la incursión de la mujer en el ámbito cinematográfico ya desde los albores del cine silente, y su lucha por conquistar y ganar una condición laboral no subordinada.

Reconozco que los lentes de acercamiento a este objeto de estudio se han modificado en los últimos años, no solamente por los cambios en las agendas de discusión de las teorías de cine feministas, sino también por las transformaciones sociales ocurridas en el mundo. Consecuentemente, esta recapitulación histórica debe destacar el rol social de las mujeres cineastas y reconocer que lo han sabido ejercer desde la esfera pública. Y que, por lo tanto, ya no es posible seguir avalando una visión de exclusión y de minoría, sino, por el contrario, reconocer que las mujeres cineastas son sujetos sociales renovadores y transgresores de un estatus y de una identidad de género.

De tal suerte que ya no es prioritario argumentar si sus propuestas fílmicas están concebidas en el marco de un pensamiento feminista o si sus gramáticas audiovisuales se construyen desde lo femenino. Desde luego, quizás sea posible distinguir entre conciencia femenina (una identidad propia y una construcción de género) y conciencia feminista (una postura política que modifica un orden de cosas para emancipar a las mujeres) en el quehacer cinematográfico. Pero antes debemos revalorizar las conquistas de lenguajes innovadores, las temáticas transgresoras y las invenciones formales y estéticas introducidas por las mujeres.

Para realizar este trabajo me apoyo en algunos de los supuestos teóricos de Mary Ann Doane, quien, en el marco de serias discusiones en los ámbitos anglosajón y francés, definió el «cine de mujeres» como aquel que opera como una narrativa fílmica y una puesta en escena organizadas en función de las fantasías femeninas, o bien como la crisis de subjetividad alrededor de la figura de la mujer. Este enfoque permite poner el acento en la manera en que las propias cineastas han sido las autoras y constructoras de las miradas y los ideales femeninos, sociales y políticos, en sus películas. Pero más allá de las bases teóricas, los sustentos más relevantes son los testimonios de las propias mujeres: ellas han definido mi percepción y apreciación de sus posturas frente al mundo en que viven. En América Latina no son pocos los nombres ni las conquistas alcanzadas por mujeres: la pionera brasileña Carmen Santos, las chilenas Alicia Armstrong de Vicuña, Gaby Von Bussenius Vega y Rosario Rodríguez de la Serna, así como las mexicanas Mimí Derba, Adriana y Dolores Elhers, Cándida Beltrán Rendón, Cube Bonifant, Elena Sánchez Valenzuela y Adela Sequeyro. Se trata, en todos los casos, de mujeres productoras, argumentistas y directoras del periodo del cine silente que lograron progresar sin ninguna plataforma ideológica que las fortaleciera, solo gracias a su tenacidad y su necesidad de expresión creativa.

No son pocas, tampoco, las cineastas latinoamericanas que han merecido reconocimientos y galardones internacionales: la venezolana Margot Benacerraf obtuvo dos premios en Cannes por su película Araya (1958); la argentina María Luisa Bemberg fue nominada a dos Oscar por Camila (1984); la venezolana afincada en Francia Fina Torres logró fama internacional con su ópera prima, Oriana (1985); la brasileña Suzana Amaral fue reconocida por La hora de la estrella, que recuperó la tradición del Cinema Novo y obtuvo el Oso de Plata a la Mejor Actriz en Berlín en 1986, el premio mayor de la Organización Católica Internacional de Cine y del Audiovisual (OCIC) y el Premio Especial del Jurado de la Confederación Internacional de Cines de Artes y Ensayo (Ciace). Por su parte, María Novaro consagró la renovación del Nuevo Cine Mexicano con su segundo largometraje, Danzón (1990), que participó en la Quincena de Realizadores del Festival de Cannes; y, más recientemente, dos jóvenes cineastas argentinas han recogido galardones internacionales: Lucrecia Martel obtuvo en 2000 el premio Alfred Bauer en el Festival de Berlín por La ciénaga, y Lucía Puenzo se alzó con el Premio de la Semana de la Crítica en Cannes 2007 por XXY.

La mayoría de estas cineastas vivieron las grandes reconstrucciones sociales y los proyectos políticos de los 60 y 70, cuando se abrió un amplio espacio para los movimientos feministas. Luego, algunos de estos proyectos sociales sucumbieron y quedaron condenados por el sistema económico mundializado. Esta movilización de esquemas y paradigmas trajo consigo reacomodos y nuevas maneras de pensar. En el camino, algunas posiciones radicalmente feministas se movieron de lugar y generaron nuevos impulsos creativos. Por ejemplo, algunas directoras que lucharon por un cine emancipador y político –como las mexicanas María Novaro, Dana Robert y Maryse Sistach, o la brasileña Ana Carolina Teixeira Osares– se han despojado de una etiqueta de cine estrictamente feminista para asumir una concepción incluyente o una nueva búsqueda colectiva que encuentre mejores caminos en las áreas de producción, distribución e innovaciones tecnológicas. Para la cineasta brasileña Ana Carolina, hablar de feminismo significa «algo repugnante. Te aclaro que el movimiento feminista de los años 70, desde el punto de vista político, fue importante e hizo una contribución formidable. Lo que yo repudio es una diferenciación absurda, abstracta, reaccionaria y limitadora, porque una feminista tiene menos oportunidades que un ciudadano común y corriente. Por eso prefiero ser una ciudadana».